jueves, octubre 12, 2006

El Chincual

Margarito López Ramírez
Alfonso Maldonado Arellano



Corrección: Francisco García Vázquez+
Primera edición, 2003.
DRS. al autor
ISBN
Impreso en México

Dedicado a las mujeres y hombres que con su ingenio contribuyen al enriquecimiento de nuestra tradición oral ahora impresa para deleite y solaz de los amables lectores.


PROPÓSITO:

En la presente compilación, se intenta rescatar y, en su caso, resguardar, contra los rigores del tiempo, decires y haceres de quienes han dicho o hecho algo significativo sobre el particular; ya como producto de su ingenio o bien porque el diario acontecer los involucró circunstancialmente. No nos referimos a grandes acontecimientos, que para ello están los testimonios históricos, sino a aquello que aun teniendo como protagonistas a personas comunes, rompe la monotonía de los pueblos y se incorpora al anecdotario de los mismos; algo que se recuerda y festeja por su chispa que irradia calor y alegría en las emociones.


No se pretende ridiculizar a nadie ni emplear expresiones peyorativas que denigren la imagen de los protagonistas. En algunos casos las citas son textuales, conservando la autenticidad de las personas, y en otras se ha preferido usar un seudónimo para no causar molestia a los actores. En este propósito, habrá quienes se sentirán estimulados por ser motivo de evocación; a otros les parecerá que citarlos es irrelevante, y no se descarta a alguien que considere un insulto el asentar su nombre en estas páginas; en previsión de esto último, expresamos nuestras disculpas, sin omitir el agradecimiento que merecen mujeres y hombres que nos dan su comprensión en aras de lo que se pretende.


En este tenor, se asientan temas antiguos y de nueva creatividad, unos producto de la realidad, otras consecuencia de la imaginación; algunas son resultado de lo que se ha vivido; la mayoría de ellos son herencia cultural que perdura gracias a la tradición oral que se da exuberante e ingeniosa en las raíces que sustentan la autenticidad del pueblo mexicano y guerrerense en particular.


Los compiladores

DOÑA SEGUNDA.

(El Chincual)

La rezandera del pueblo ha concluido la conducción del novenario de rezos en memoria de un difunto, y como en otras ocasiones, los dolientes ofrecen un bocadito para quienes los acompañaron durante nueve días que se elevaron expresiones rogativas a Dios para lograr el eterno descanso de quien se supone pasó a mejor vida.

Doña Segunda, se llama la versada en estos menesteres. Ya recibió el presente (algún obsequio), bebió rompope y comió cacahuazintles que dieron los caseros; junto con otras señoras se encuentra en torno de una mesa en donde le han servido una cazuela con mole verde y dos o tres tamales tololoches; las demás comen, pero ella no; permanece en silencio, con la cabeza cubierta con su rebozo chilapeño; se le ve apesadumbrada con la mano derecha tocando una de sus mejillas, como si llorase. Quienes la rodean, conociéndola como se las gasta en estos acontecimientos, no le dicen palabra alguna; pero la casera, que la considera personaje importante en la vida de la comunidad y más en la novena de su muertito, se dirige a ella con comedimiento:

-Doña Segunda, cómase su molito. ¿O qué, no le gusta?
-No mijita, no es eso, es que estoy recordando que es el guiso preferido de mi hermano Poleis y pienso llevárselo, contesta ella en tono compungido.

En respuesta escucha que se le dice: ¡No se preocupe doña Segunda, cómase su mole y tamales, que para Poleis le daremos otro tanto! Sus compañeras de mesa, ríen y le gastan bromas de lo que supuestamente llegará al estómago de Poleis.

Hoy, en remembranza a los propósitos de doña Segunda, cuando alguien quiere que se le dé o ya se le entregó una buena porción para llevar a su casa, se justifica diciendo: “¡es para Poleis!”.

UNA MENTIRITA.

(El Chincual)

Era uno de tantos calurosos días en las obras de la presa de La Calera, cuya cortina detendría buena parte de las aguas del río del Oro. Era verano y los peones sudaban copiosamente ante los embates de los rayos del sol y esperaban con ansia el día de pago que ya se había retrasado casi dos meses.

Pepe, el hijo de doña Herculana la partera, mejor conocido por El Volcán, era el niño malcriado, entrometido y mentiroso del pueblo. Solía ayudar a su madre a ganarse unos centavos llevando algo de comida que ella preparaba para ofrecer a todos los empleados de la gran obra.

Su trabajo consistía en cargar su burro con sendos bultos que contenían uchepos, crema, toqueres, atole de San Juan, queso de cincho y gorditas de cuajada, viandas que vendía entre los trabajadores de la construcción.

El Volcán se había ganado la fama entre los peones por sus travesuras, maldades y mentiras que solía contar a los peones. Ese día, a la hora del desayuno, Juan el cadenero, llamó a Pepe y le dijo:

-Guache, Volcancito, tráeme unos uchepos y una pocha de atole que el hambre ya arrecia.
Pepe acercó su burro y atendió la petición de Juan.
-Oye Volcancito, échame una mentirita, ándale, de esas que tú sabes improvisar.
-No señor, ya tengo mucha prisa.
-Ándale, a ti te salen muy bien esas mentiritas. Muchachos vengan a oír una mentirita de aquí de mi amiguito el Volcán.- Dijo Juan
La gente se arremolinó en torno a Pepe.
-No, no, señor. Ya no me da tiempo. Es que ya están pagando y me tengo que apurar a vender todo para irme al pueblo, porque si no, no le voy a poder cobrar a los peones que me deben.
-Arí, ¿Cómo que ya están pagando? ¿De a deveras?
-Pos yo no sé señor, pero cuando me vine ya estaba la camioneta del ingeniero estacionada en la plaza y ya había artisísima gente; estaban las colas regrandotototas.
-Cuanto te debo Volcancito.
-50 centavos señor.
-Gracias por avisarnos. Hey muchachos, que ya está pagando el ingeniero en el pueblo. Vámonos.

Todos los trabajadores dejaron sus herramientas y se apresuraron a caminar hacia el pueblo que quedaba a no menos de 30 minutos.

Después de la caminata, al llegar al pueblo, todos los trabajadores encontraron una plaza completamente vacía: ni ingeniero pagando, ni colas de trabajadores, nadie sabía nada.
Descorazonados tuvieron que regresar a sus labores sabiendo que el jefe de la cuadrilla les tendría reservado un regaño por haberse ausentado de sus actividades.


De regreso a la obra Juan y sus compañeros encontraron a Pepe el Volcán montado en su borrico, feliz por ya haber terminado su vendimia para emprender el retorno a su casa.
-Guache jijo, nos engañaste. Nos dijiste que ya estaban pagando. Vas a ver la friega que te voy a acomodar pa’ que se te quite.
-¿Por qué señor? Usted me pidió que le dijera una mentirita ¿no? Y pos se la dije.

LAS GALLINAS DE DOÑA QUETA.

(El Chincual)

La farra había comenzado desde temprano en “El Foco Rojo”, la única piquera del pueblo.
Cruz Agatón “El Negro” y José Pineda, mejor conocido por “La Bamba”, ya habían consumido gran cantidad de alcohol. No eran grandes amigos pero se volvieron entrañables en la farra de ese día.

-Carlota, ¿qué aquí en esta cantina no hay nada de bastimento? Ya el alcohol me sacó harta hambre y el tripaje me está rechine y rechine-gritó El Negro.
-No mi prietito; aquí lo único que hay es lo que ves: las muchachas, yo y vino- contestó una de las meretrices.
-No mi zanca; allá en mi querida costa, en todas las piqueras siempre hay algo qué comer.
-Eso será allá en tu tierra, pero aquí te aguantas mi negrito- contestó La Bamba.

Cruz “El Negro”, llamado así por el color de su piel, siempre vestía de ropa y mocasínes blancos. Había llegado, por azares del destino, a esas tierras calentanas proveniente de la Costa Chica del estado.

La Bamba era el clásico bromista de pueblo. Dicharachero y desparpajado, ya había hecho pasar malos ratos a muchos de sus conocidos, como consecuencia de bromas pesadas en extremo.

Ya entrada la noche:
-Oye zanca, ya vámonos, tengo muchísima hambre.
-Espérate amigo-replicó La Bamba mientras se espantaba los zancudos con el sombrero.

Después de dos horas de insistir, El Negro logró convencer a La Bamba de que se retiraran del lugar para poder comer algo. Pidieron la cuenta y se encaminaron hacia el centro del pueblo, ya que el congal estaba situado en uno de los extremos, allá por el campo de aviación.

Mientras caminaban tambaleándose por entre las primeras calles, José ya venia maquinando en su mente la siguiente broma a realizar y obviamente el destinatario era el inocente costeñito. Se sentaron en el pretil de la casa de doña Cholita a descansar.

-Fíjate negrito que se me está ocurriendo algo.
-¿Qué pasó zanquita?
-A mi también me están rechinando las tripas, y como que se me antojó un caldito de gallina, bien calientito.
-Ummm, buena idea mi chulo, pero ‘onde vamos a agarrar a estas horas quien nos haga de comer.
-Eso es lo de menos; podemos cocinarla en tu casa.
-¿Qué estás loco? Si ya tengo cuentas pendientes con mi mujer por haberme salido de la casa todo el día y de seguro la voy a encontrar hecha una fiera y tú todavía quieres que le diga que se ponga a cocinar. ¡Virgen santísima! Además yo no tengo gallinas en mi corral y ¿en dónde piensas tú que vamos a poder encontrar una a deshoras de la noche?
-Tú no tienes gallinas, pero ‘ora que me acuerdo doña Queta la pollera tiene hartas que se suben a dormir en el cascalote que está en el patio de su casa y sus ramas salen hasta la calle de atrás ¿Qué te parece si nos subimos al árbol y bajamos algunas?
-No zanca, estoy borracho pero no pendejo.
-Bueno mi negro, vamos a hacer una cosa: yo me subo por la gallina y luego se la llevamos a mi vieja. Ella sí se va a levantar a cocinarla.
El hambre era más fuerte que la decencia y La Bamba convenció al Negro de ir a conseguir la cena. Al llegar a la casa de doña Queta doblaron en la esquina y se situaron justo debajo del árbol que en esa temporada del año no tenía muchas hojas. Por tal motivo era muy fácil distinguir a las gallinas echaditas en sus ramas.

-Órale zanquita, súbete pues.
-Va pues.

La Bamba hizo el intento de quitarse los botines, pero siguió con su plan.

-¿Sabes una cosa? Se me hace que tú eres el que se va a subir negrito; yo estoy güero y con esta luna llena va a ser muy fácil que me vean las gallinas. Si te encueras con tu colorcito no te van a ver y no se van a asustar. Además tú ya tienes práctica subiéndote a las palmeras a cortar cocos; se te va a hacer muy fácil. Yo te echo aguas desde aquí.
-No más eso me faltaba, güero desabrido. ‘Ora me quieres agarrar de tu cuchito para que me suba al árbol.
-Bueno si no quieres, pus no, al fin que yo tengo frijoles en mi casa y me los voy a calentar, pero eso si, nomás alcanzan pa’ mí.
-No, no zanquita, pus ‘ai voy pa’rriba.

Se quitó la ropa, la dobló con mucho cuidado y la puso encima de un huizache. Con agilidad Cruz empezó a subir. A su paso las gallinas empezaron a despertar y a hacer escándalo.

-Ira zanca, voy a agarrar ésta.
-Aviéntamela; yo la capeo acá abajo-susurró José.
Cruz tomó por las patas una gallina rechoncha y la aventó por los aires.
-Ya me voy a bajar.
-No mi negrito, espérate; ya que estás arriba, aviéntame otra.
-¿Ésta?
-No, ésa está muy flaca.
-Entonces ésta
-No, tampoco; se ve que ya está vieja. Mira, en aquella rama de hasta arriba se alcanza a ver una grandota; se ve que va a hacer buen caldo.
-No, mi rey. Eso ya está muy alto.
-Ándale condenado, al fin ya estás trepado; jálale más pa’rriba.
Cruz subía hasta la última rama del árbol mientras La Bamba, con gallina en mano, agarró la ropa del ingenuo negrito y empezó a retirarse del árbol, acercándose poco a poco hasta la ventana del cuarto de doña Queta, que da a la calle, en donde dormía plácidamente con su esposo don Pánfilo, el matancero.

Cuando El Negro estaba en lo más alto del árbol:

-¡Doña Queta se están robando sus gallinas! ¡Apúrese!

Cual fue la sorpresa del pobre Cruz al oír el grito de su compañero de farra. Trató de empezar a bajar, pero en un instante salió doña Queta acompañada de don Pánfilo que iba armado de pavorosa Cuasclera que guardaba tras la puerta del cuarto, y de una lámpara de baterías. Apuntó el haz de luz de la lámpara hacia el árbol en donde sabia que dormían las aves y descubrió a Cruz, completamente desnudo, bajando con mucho trabajo por las ramas.

-Méndigo crestón, bájate de ahí.

Doña Queta miraba azorada aquella escena.
-¿Y tú que vez Quetita? Tápate los ojos.

Don Pánfilo apuntó su arma y disparó contra la figura obscura que descendía rápidamente. El disparo atinó muy cerca de Cruz e hizo pedazos a varias gallinas. En su desesperación El Negro brincó hacia el lado equivocado cayendo sobre una nopalera. Nunca más se supo de Cruz en el pueblo. Por cierto, que al siguiente día el médico del lugar atendió a La Bamba por dolor estomacal y vómito; el dictamen: indigestión, con síntomas de cacareo.

EL TIZONCITO.

(El Chincual)

Arturo Martínez, de profesión ingeniero forestal, regresaba a su casa después de un largo mes de estancia en la Montaña de Guerrero. Su trabajo consistía en realizar revisiones periódicas para el control de la tala inmoderada, la cual ya estaba causando estragos en dicha región.

Siempre viajaba solo; su herramienta indispensable era su vagoneta de doble tracción, ideal para transitar por los accidentados caminos y lodazales producidos por las torrenciales lluvias.

La última revisión la había hecho en una barranca del municipio de Olinalá, que ya había sido devastada por los talamontes clandestinos; durante todo el trayecto de regreso a Chilpancingo, la lluvia lo venía acompañando.
Manejaba sumido en sus pensamientos, anhelaba volver a ver a su pequeño de 6 meses y a su esposa.

Transitaba por una vereda cuando de repente, de entre unos matorrales le salieron al paso cuatro indígenas con morrales al hombro y machetes terciados; aplicó los frenos a fondo y la camioneta derrapó un buen trecho antes de poder detenerse. Arturo pensó que se trataba de un asalto. No hizo más que quedarse con las manos sujetas al volante. Al voltear hacia la ventanilla vio que el indígena de mayor edad, empapado por la lluvia, se le acercaba:

-Patrón, ¿Vas crucero Tlapa?
-¿Qué?
-¿Vas crucero Tlapa? ¿Llevas crucero Tlapa?.

Arturo respiró profundo, menos mal que no se trataba de un asalto; pensó en reprender al viejo por cometer la imprudencia de atravesarse sin la más mínima precaución.

-Está bien, súbanse.
-Gracias patrón.

El anciano les dijo algo en náhuatl a sus acompañantes y rápidamente se subieron en la parte trasera de la vagoneta.

-Amigo, usted súbase aquí adelante conmigo- le dijo Arturo al anciano.

Por el retrovisor Arturo podía ver las caras lánguidas de los indígenas y cómo el agua les escurría por la frente.

-Qué mis amigos, ¿no pasaba el camión?
-No patrón, camión no pasa hace un mes, quesque se quedan atorados en el lodo-respondió el anciano.
-No me diga patrón; me llamo Arturo.
-Sí patrón.
-¿Cómo que no pasan los camiones? Entonces ¿Cómo le hacen para ir a Tlapa o a otro lugar?
-Caminando patrón, o en bestia.
-Pero, ¿Cuanto tiempo hacen para llegar cuando menos a Olinalá?
-Tenemos que caminar noche y día pa’ llegar.
-¿Un día caminando para llegar de su pueblo hasta Olinalá?
-Si patrón, en veces cortando camino por cerro.
-Y si tienen un enfermo ¿Cómo carajos hacen para traérselo?
-Pos veces en bestia, en veces cargando, pero veces si nos mueren en camino. L’otro día se murió chamaco de Pascacio, éste que va aquí atrás, de las calenturas; no más llegamos medio camino.

Arturo sintió que lo invadía una pena terrible y quiso cambiar de tema de conversación.

-Lo siento. Y ahora ¿Qué van a hacer a Tlapa?
-Vamos traer una cajita.
-¿Cajita? ¿De qué?
-Pa’l chamaco, vamos dar cristiana sepultura.

Arturo guardó silencio. Buscó entre sus ropas una cajetilla de cigarros, la cual no encontró. Intentó en la guantera y ahí estaban. Sacó uno y oprimió el encendedor de la camioneta. Cuando el encendedor estuvo listo, lo sacó y encendió el cigarro que tenia en la boca.
Miró por el retrovisor y se percató que sus acompañantes lo miraban con curiosidad.

-¿Quieren un cigarro?- dijo Arturo.
Todos asintieron. Extendió la mano y le pasó la cajetilla al anciano; tomaron uno. Después de un momento el anciano dijo:
-Patrón, préstame tu tizoncito.
-¿El qué?
-Tu tizoncito prender cigarro.
-Ya entiendo, el encendedor.

Oprimió nuevamente el encendedor para después pasárselo ya encendido.

La lluvia era intensa y Arturo no dejaba de pensar en la tragedia que le había sucedido a Pascacio. El barro hacía que la camioneta patinara y se acercara peligrosamente a los barrancos.
Pasaron cerca de dos horas de viaje y el silencio reinaba en el interior de la camioneta. Arturo sintió ganas de fumarse otro cigarro. Sacó de su bolsa la cajetilla y se agachó para volver a activar el encendedor, pero no lo encontró. Recordó que lo había pasado a sus acompañantes para encender el cigarro que les ofreció.
-Oigan, ¿Quién trae el encendedor?
-¿Qué patrón?
-Si, el encendedor, para prender mi cigarro.
-¿Usted dirá el tizoncito?-respondió uno de los indígenas que venían atrás.
-Sí, ese
-Hmmmm, quesque horas que lo tiré; pas’ que ya se había apagado.

ATOLITO

(El Chincual)

El General Jonás León fue en su tiempo un revolucionario que luchó del lado de los villistas. Había participado en gloriosas batallas, llegando incluso a entrar en acción en la toma de Zacatecas, de donde no salió bien librado, ya que recibió una bala en la pierna izquierda.

Ahora a sus 80 años, ya su visión se había nublado, la mano le temblaba cuando se llevaba la cuchara a la boca y a raíz de esa bala las dolencias en la pierna ahora le imposibilitaban caminar; yacía postrado en la cama. Había perdido la mayoría de los dientes y su dieta básica la constituían atoles de diversos sabores.

Doña Clara, su esposa, una mujer con mucha paciencia, diariamente a las ocho de la mañana servía una taza de atole a don Jonás. Si doña Clara, por algún motivo, no estaba puntual a la hora del atole, don Jonás le gritaba desde su cama:
-¡Clara, atolito!

Así transcurrían los días de Don Jonás. Por su parte Doña Clara estaba harta y no veía ya el día en que tuviera que dejar de atender de esa manera al General.
Una mañana, Clara se levantó, como de costumbre, a las seis de la mañana a barrer el patio del zaguán y a darles maíz a las gallinas. Después encendió el fogón y preparó un delicioso atole de arrayán, lo sirvió en un jarro y lo acompañó con pan de huevo.
Con paso lento se acercó a los aposentos del General, abrió la puerta y le llamó:
-Jonás, Jonás, despiértate ya, que está listo tu atole.
-Jonás, Jonás….
El General no daba signos de escuchar. Clara se acercó y lo sacudió.
-Ándale viejo, ya despiértate.

Entonces Clara comprendió que el General Jonás León había sido llamado a rendir cuentas con el Creador; tapó a su compañero de varios años con la sábana y con paso tranquilo si dirigió a la iglesia, por el cura.

En el transcurso del día, Clara se dedicó a comprar el féretro y a realizar los arreglos necesarios para velar el cuerpo del General. Al llegar la noche, Procorito, el rezandero, ya empezaba las primeras plegarias. Algunas gentes del pueblo se acomidieron a ayudar a doña Clara a repartir café, cigarros y pan.

Clara no había derramado una sola lágrima; parecía como si la muerte del General le hubiera quitado un gran peso de encima, ya que ella era la única encargada de atenderlo y de aguantar sus gritos y los maltratos típicos de una persona de edad avanzada.

Eran ya las siete de la tarde, el frío arreciaba y la gente abarrotaba la sala de la casa y seguía en el rosario que Procorito efectuaba. La tapa del féretro permanecía abierta a fin de que la gente que llegaba tuviera la oportunidad de despedirse del General.

De repente, Procorito notó un leve movimiento en los parpados del difunto. Tragó saliva y perdió el hilo de la oración, trató de concentrarse nuevamente en el rosario. Fijó otra vez la vista en don Jonás y se percató de una temblorina en una de las manos. Entonces Procorito envió por los aires el rosario y el libro de oraciones, y corrió despavorido al tiempo en que el General se incorporaba con dificultad dentro del féretro, con las manos colocadas en el pecho, ante los desorbitados ojos de los asistentes al velorio.

-Clara: ¡Atolito!- gritó el General con voz ronca.

Todos los asistentes corrieron y trataron de pasar para salir hacia la calle por la angosta puerta de la sala. Las mujeres observaban con horror y emitían gritos de terror, otras se santiguaban o lloraban. No faltó quien, con oraciones, trató de devolver al General al mundo de los muertos o de ahuyentar al mismo diablo.

-Clara: ¿Dónde está mi atole?

El segundo reclamo, del hasta hacía poco tiempo difunto, hizo que en un santiamén la casa quedara completamente vacía; nadie tuvo el valor suficiente para estar un momento más en aquel pandemonium. Era lógico que nadie se había dado cuenta que el General estaba despertando de un agudo estado cataléptico.

Doña Clara con paso sigiloso, se acercó hacia donde se encontraba el ataúd que contenía al General que permanecía sentado. Se armó de suficiente valor y llegó hasta el ataúd. Tomó al General de las solapas del traje color negro que vestía, lo miró a los ojos y le dijo:

-No, no, no, no,…yo ya compré la caja, ya gasté en flores, café, comida, rezandero; estuve toda la mañana en el trajín; no, no, no,…ahora “TE MUERES CABRÓN”.

EL ADIOS.

(El Chincual)

Con una diversidad de objetos, materiales y sustancias desperdigadas a su alrededor, Martín Farías, hombre industrioso conocido por su ingenio y laboriosidad en quehaceres manuales y de oficio remendón, suelda un tanque de gasolina en la acera que colinda con su casa; sin importarle la presencia de su clientela y demás personas que transitan junto a él, con voz cavernosa entona una canción al tiempo que pone esmero a su tarea.

En la acera de enfrente, camina el maestro Chon, don David Encarnación, quien es también persona muy conocida entre los estudiantes por su capacidad en las manualidades y elaboración de infinidad de objetos; atento por naturaleza, al pasar frente al taller de don Martín, se dirige a él con el mejor tono de voz:

- ¡Adiós, Martín!

Don Martín, suelta su soplete y el martillo, y con enojo lo enfrenta:

-¡Adiós David, hijo de tu ch.... madre.
-Hermano; porqué me la mientas
-Hermano, porqué me remedas.

Tranquilo como es el maestro Chon, prosigue su camino mientras don Martín da los últimos golpes a la lámina para dar por terminado su trabajo; como si nada hubiese sucedido, reinicia su cantaleta: “no hay ojos más lindos, en la tierra mía, que ... “.

Los sonidos de la voz cavernosa de don Martín hacen eco a lo largo de la calle. Al oírla, don Chon, se hace a sí mismo una pregunta: ¡Carajo! ... ¡Joder! ... ¿A poco así hablo?

EL CHILTEPIN.

(El Chincual)

Don Hemeterio Chiporahua, más conocido como el Chiltepín por lo ameno de su conversación, se halla sentado en la puerta de su casa, rodeado de sus amigos; junto a él, las dos muletas que le sirven para caminar en ausencia de la pierna que le cortaron a consecuencia de un accidente que tuvo en sus años de juventud. Ha dicho algo y los presentes lo festejan con carcajadas que cunden en el lugar.

Aún persisten algunas risas del grupo en cuestión, cuando calle arriba aparece la silueta de don Olegario Santamaría, señor de respeto, octagenario, contemporáneo de don Chiltepín y compañía. El hombre, cuya voz se ha perdido a causa de una dolencia crónica que lo ha dejado afónico, intuye que su bienvenida, como es costumbre, será una broma, una carajada de poca madre, como él da en llamar a las ocurrencias de sus amigos a quienes todas las tardes frecuenta para atemperar sus tristezas.

-Ahí viene Santamaría- impuso silencio la voz de don Chiltepín-escuchen cómo me lo voy a joder.

El grupo de hombres dejó escapar cuchicheos al tiempo que esperaban la llegada de don Olegario. Cuando estuvo a escasos pasos de ellos, se escuchó el vozarrón de don Chiltepín:

-¡Oye, Ole!
-¿Qué quieres cabrón? -sonó casi silente la voz afónica de él.

Con ironía y una sonrisa de oreja a oreja, don Chiltepín dijo: “cántame una canción a capela”
Don Olegario que para eso de dar respuestas rápidas, se pinta solo, contestó:
-Sí, cabrón, yo te la canto y tú me la bailas sin muleta”.

El grupo festejó lo escuchado, y no faltó quien acudiera a felicitar a don Olegario por su ingeniosa contestación.

Don Chiltepín se limitó a decir:
-No cabe duda, eres chingón, pinche Santamaría. Por eso te aprecio, y dado que, por este día ya tuviste tu ración de ironía ¿Qué te parece si nos buscamos a otro para chingarlo, y reírnos a más no poder para aligerar esta perra vida en la que tú estás sin voz y yo sin una pierna?

Don Olegario se limitó a expresar su afirmación con un movimiento de cabeza. Otra vez se escucharon las carcajadas y esa camaradería que siempre imperaba en el grupo comandado por don Chiltepín.

LOS CONVERSADORES.

(EL Chincual)

En el paraje denominado Los Amates, conversan, bajo la sombra de estos árboles, don Pedro Peperucho (más que apellido era su apodo por vivir en una casa rodeada de matorrales denominados peperucha) y don Fulgencio Farfán (don Ful). La charla que sostienen se ha prolongado más de lo acostumbrado: han hablado de su ganado, las siembras, el cura, el dueño del cine y hasta del presidente municipal. Ambos montan en sus respectivos jumentos. Desde hace un buen rato, el que carga a don Ful, le ha dado por rebuznar cada vez que habla su dueño, obligándolo a elevar el sonido de su voz. Ni reatazos y menos insultos hacen que el animal se sosiegue; a don Ful no le queda más que suspender su plática.

-Pepe- le dice a su compañero- ¿qué te parece si continuamos otro día? Porque este puto burro no nos deja oír.
-Como quieras, Fulgencio, como tú quieras; ya sabes que estoy a tus órdenes.

Ambos, de ochenta y pico de años, continúan su camino en direcciones encontradas; se les mira talonear la barriga de sus bestias para que éstas aceleren el paso. Don Pepe va tranquilo, pero don Ful lleva arranques de enojo; al llegar éste a su casa, desensilla a su borrico y de inmediato lo azota con una chicota hecha con las cintas de un viejo calzón de manta. El animal, simula miedo y dolor pandeándose cada vez que el objeto le toca el lomo. Se escucha constante la voz de su dueño, que con enojo le grita:

-¿Cuál es tu opinación? ... ¿Cuál es tu opinación? ¡Eh! ¡Dime, Dime!

Después de cinco o seis chicotazos, don Ful suspende el castigo y se sienta a poca distancia del borrico; éste, para las orejas en dirección a su dueño y le dedica una andanada de rebuznos, como si con ellos le quisiera recordar que por más de ocho años lo ha traído de aquí para allá y para todos lados a cambio de manojos de hoja seca y unas cuantas mazorcas de popoyote.

Al transcurrir unos treinta minutos en los que don Ful ha permanecido pensativo, el animal vuelve a rebuznar. Su dueño lo mira y hasta le sonríe; se pone de pie, toma un talego que cuelga de un horcón, en cuyo interior hay maíz, bellotas verdes y pedazos de tortilla tiesa, y lo lleva hasta el hocico del animal, el cual manifiesta regocijo pateando el piso y moviendo la cola.

Otra vez, don Ful lanza su pregunta:
-¿Cuál es tu opinación?...¿cuál es tu opinación?.
Pero el burro no puede rebuznar; se limita a menear las orejas, y con ello, se intuye, quedan allanados los enojos, y un entendimiento velado de que a cambio de una buena ración de alimento sabroso, éste soportará, durante el tiempo que sea necesario, las conversaciones de los señores en comento.

LAS GAMBUSINAS.

(El Chicnual)

Transcurría el año mil novecientos cincuenta y siete. Juan Romero, alumno de la Normal de Ayotzinapa, y tres de sus amigos entraron al dormitorio de los alumnos de nuevo ingreso de esa escuela
- ¡Ora, raleos - les dijo a los alumnos de reciente inscripción
-¡Vamos a las gambusinas!

-¿Qué es eso, güey?- interroga un muchacho alto, flaco, negritillo y pochunco.

-¿A poco no sabes? Son una especie de gallinitas gordas que en las noches caminan por los surcos en busca de alimento.

-Son palomas nocturnas- agregó otro
-Se guisan sabrosas y se comen acompañadas de salsa picosa con frijoles refritos y tortillas calientes del comal de La More.
-Y eso qué- dice alguien en tono desconfiado.

-¡Cómo que qué? - lo ataja Juan - pues que hay que agarrarlas para guisarlas y cenárnoslas. O qué, ¿no se les antojan ahorita que están sin cenar?
Lo dicho por él provocó que a más de cuatro les empezaran a gruñir las tripas y se les hiciera agua la saliva.
-Pues sí, pero, ¿cómo?
-Ustedes vengan con nosotros y verán cómo les enseñamos. Y, ahí van Juan y sus amigos seguidos de una veintena de muchachos que fueron a parar en las afueras de los edificios que emergían entre la oscuridad.

En lo que parecía ser el lugar ideal para agarrar las susodichas gambusinas, Juan y sus acompañantes se empezaron a desnudar al tiempo que ordenaban que los demás lo hicieran, argumentando que sólo de esa manera se podía tener éxito en la tarea que emprenderían. La poca resistencia que algunos presentaron fue vencida por la desnudez de quienes los guiaban.

Eran las nueve de la noche. Juan apresuró al grupo de raleos; les recordó que a las diez las autoridades de la escuela daban el aviso para suspender el alumbrado eléctrico; acto seguido los colocó frente a cada surco del sembradío y les dijo que se fueran a lo largo de ellos buscando las avecillas.

-¡Ustedes, - les dijo a sus amigos-colóquense en el otro extremo con la ropa de todos. Yo me voy con ellos. Sus amigos cargaron las ropas y se alejaron.

Los encuerados empezaron a caminar en silencio entre las matas de milpa, a lo largo de los más de trescientos metros que medían los surcos. Iban agachados, con las manos extendidas y con la ilusión de encontrar las gambusinas para mitigar su hambre de adolescentes. Al llegar al final del sembradío, ¡Oh, decepción! Tenían las manos maltratadas por el roce con los terrones y pedruscos; no habían encontrado ninguna avecilla, y para completar su infortunio, los muchachos que transportaban sus ropas no estaban. El más sorprendido fue Juan, a quien se suponía que le dejarían su vestimenta en algún lugar. Después de mucho buscar y gritar pidiendo sus ropas, no les quedó más remedio que aprovechar la oscuridad, posterior al aviso que indicaba que todos deberían disponerse a dormir.

Juan echó punta; atrás iban todos con su desnudez y su vergüenza oculta en las sombras de la noche. Seguramente pensaban que lo que estaban viviendo concluiría al llegar a los dormitorios, pero para su sorpresa cuando entraron, éstos fueron iluminados y empezaron a recibir golpes en las nalgas, provenientes de quienes, al saber que había un grupo de gambusineros, atrajeron la complicidad del velador para que en el momento preciso activara el servicio del alumbrado.
Ante ello, Juan demostró su disgusto y a punto estuvo de liarse a golpes con sus amigos promotores, pero la intervención oportuna de uno de los alumnos más antiguos, de profesional, como se les llamaba en aquel entonces a quienes cursaban estudios posteriores a la educación secundaria, evitó el enfrentamiento. Al allanarse los enconos, todos rieron de la broma que era una de tantas acciones de la novatada reservada a quienes ingresaban como alumnos de la Escuela Normal “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, Gro.

VENGANZA A LA MEXICANA.

(El Chincual)

En el mercado de un pueblo pequeño como muchos hay en el ámbito mexicano, se hizo presente un señor flaco y descolorido; cargaba una enorme bolsa en la espalda, que lo jorobaba; vestía pantalón corto y camiseta sucios y desteñidos; sus pies calzaban zapatos prietos de suela tosca; en la cabeza llevaba un sombrero de palma y en el cuello muchos colgajos. Tan pronto como lo columbraron, doña Matiana Rentería, que vendía atole blanco con dulces y panile, y doña Rebeca Romero, expendedora de guisos y chirmoles picantes, lo llamaron “gringo”.

-Ey,... güero,... mister,... ¡Acércate, precioso!
-¡Ven pa´ca, gringo, jijuelmaiz! Vente al atole.

Era la primera vez que visitaba el lugar, y ante las voces de las mujeres y la admiración que causó su presencia entre los comensales, el gringo se sintió estimulado. Empezó a caminar hacia el fondo del manteado; en su transitar, le dio por probar los guisos que humeantes se exponían en cazuelas. Sorpresivamente, empezó a introducir el dedo índice en cada uno de ellos para después metérselo en la boca, al tiempo que exclamaba:

-“¡Oh, mucho bueno! ... ¡Rico, saber rico,... bueno, bueno,... oh, oh! ... “

Así avanzó ante la mirada, primero de admiración, después de repulsión que le brotaba a doña Rebeca; con su ¡Oh, qué bueno!, saboreó frijoles, enjitomatado, aporreadillo, tlatonile, huaspedo, adobo, frijol con carne, mole, ... ; concluyó metiendo el dedo en la jícara con atole que tenía en sus manos doña Matiana y en el molcajete del que sopeaban panile una decena de inditos. Cuando se dio por satisfecho, con un “Gud bay” como despedida, se alejó.

Al siguiente día, sin esperar que lo invitaran, repitió su osadía. Los comensales protestaron y no faltó quien le quisiera dar sus fregadazos, pero las responsables de los changarros recomendaron prudencia.

-No se enoje, marchante, ya sabe cómo son estos güeros de entrometidos; si quiere le cambio su comida para que no tenga sabor de gringo- dijo una de las mujeres para calmar los ánimos.

Pasaron algunos días, y el forastero no había aparecido de nuevo; las mujeres pensaron que para ventura de ellas, se había alejado del lugar; pero no fue así: el domingo siguiente, arribó haciendo alharaca:

-¡Ya llegué, cabruoones! -gritó al tiempo que enarbolaba su sombrero- ¿Mi extrañar?

Ante la pregunta que lanzó, las mujeres se miraron y se dieron a entender algo. Doña Rebeca, que para esa hora atendía su comal repleto de memelas, le gritó a su compañera: ¡A´i te lo mando! Acto seguido, se dirigió al gringo:

-¡Mister, chulo,... ven,...precioso! ..., ¡Acércate, corazón!

Presintiendo que el güero empezaría a meter el dedo en las cazuelas de guisos y en los platos de sus clientes, tan pronto como miró que se acercó al puesto de comida, sin darle tiempo para reflexionar, con diligencia y expresiones cariñosas, logró que éste mordiera un taco hecho con tortilla recién sacada del comal, en cuyo interior rebosaba de salsa de chile de árbol, picante a más no poder.

La cara del gringo enrojeció, gruesos cordones de lágrimas le brotaron en los ojos, levantó los brazos y el movimiento de sus manos daban a entender que quería agua; doña Matiana aprovechó la oportunidad, poniéndole en la boca una jícara que contenía atole caliente; era tanta la desesperación del forastero, que sin precaución alguna sorbió el contenido. Las consecuencias para él fueron desastrosas: de pronto no sabía si tragar o arrojar la porción hirviente. Cuando por fin el atole encontró sosiego en el estómago, sus intestinos arrojaron un estrepitoso pedo cuya sonoridad llegó más allá del ámbito destinado a la vendimia. Se le vio aspirar por boca y nariz, y palmearse las nalgas al tiempo que decía:

-”¡Ayyy caubrooon, si no salirte, hasta tú quemarte!

En ese momento, nadie sonrió, vendedoras y clientes se comportaron como si apreciaran que el pedo de referencia hubiese resultado sin quemaduras; pero, tan pronto salió el gringo, se dejaron escuchar carcajadas cuyos ecos rebasaron fronteras, llegando al otro lado, más allá del Río Bravo.

Ha pasado el tiempo; ahora, en la marquesina de uno de los negocios que expenden alimentos cocinados en el mercado de ese pueblo, se lee en letras garigoleadas: “AQUÍ, NO HAY PEDO”

EL JARRO.

(El Chincual)

Silvestre y Guadalupe habían salido muy temprano del pueblo para subir al cerro a localizar unas reses perdidas. Ya tenían caminando 7 u 8 horas a lomo de caballo.
No llevaban ni sus bules ni provisiones, ya que no pensaban que la búsqueda se tuviera que alargar tanto; tampoco había algún riachuelo o manantial cercano.

Para esas horas el hambre ya empezaba a arreciar y la sed hacía que ambos se relamieran los bigotes continuamente.

-Oye Chivete, ya tengo harta hambre y sed.
-Hmmmm, tan delicado, aguántate amigo.

Siguieron su búsqueda y después de dos horas más, Guadalupe escuchó a lo lejos los ladridos de unos perros y le dijo a su acompañante:

-O’i Chivete, pa’llá se oyen unos perros; debe de haber una ranchería o alguna casuchita; vamos a ver si nos dan agua.
-Pos ora.

Se guiaron por los ladridos y llegaron a un plan en donde había una pequeña casa de adobe de donde salía una pequeña nube de humo proveniente del fogón de la cocina; en el patio había un pozo de reata. Los perros les dieron la bienvenida asustando a los caballos. Llegaron hasta la tranca de la casa; en el patio jugueteaban dos niños que sacaban agua del pozo y se la arrojaban uno con el otro:

-Buenas tardes; oye guache ¿no’stá tu apá?- preguntó Chivete.

Uno de los niños corrió hasta la puerta de la casa y gritó:

-Amá, te buscan unos forasteros.

-Mira Chivete, se ve que ya está ardiendo el fogón de la cocina; de segurito nos van a ofrecer de comer- Dijo Lupe.

Salió la mamá de los niños limpiándose las manos con el mandil y acercándose hacia la tranca. A primera vista todo parecía estar bien. Lupe fijó su vista en la cara de la señora: era muy visible la deformidad de su rostro causada por el labio leporino.

-Muejnas tajdes senores ¿ En que lej puedo sejvil.
-Señito buenas tardes, mire ya llevamos mucho tiempo buscando unas reses y tenemos mucha sed, ¿No sería usted tan amable de regalarnos un jarro con agua?.
-Ji como no, con usto. Peo pajen, jiéntense, dejcansen.

La señora se metió a la casa; Silvestre y Gudalupe se bajaron de los caballos y se cubrieron con la sombra de un cirián.

-Mira Chivete, hay que decirle a la señora que nos dé un plato de frijoles y unas tortillas, y que se las pagaremos, yo ya tengo hartisisima hambre.
-Ari, bueno, tas bien loco Lupe; no ves cómo tiene la boca la señora; a lo mejor esa enfermedad se pega.
-Hmmmm…tan delicado que eres hombre.

En ese instante salió la señora de la casa con dos enormes tarros de agua.
-Gracias señito.

Guadalupe lo bebió con avidez mientras Silvestre tomó el jarro entre sus manos y dándole vuelta intentó beber del lado del asa, donde por lo menos –pensaba- que la mujer no colocaba su boca con frecuencia; y trataba así de evitar el contagio.
Guadalupe terminó el agua y le regresó el tarro a la señora, quien reía disimuladamente, como burlándose de ellos.

-¿Qué le pasa seño?- le preguntó Guadalupe.
-Nada. Jijijijijiji. Lo que paja eg que el señor bebe en el jarro igualitito que yo. por el mijmo lado.

LA ADIVINANZA.

(El Chincual)

Son las cinco de la tarde; el sol va en busca de su ocaso. Don Venustiano Corona alienta a dos de sus hijos, buscando motivarlos para que se apresuren a quitar la hierba que crece junto a las matas de fríjol. A consecuencia de haber trabajado inclinados la mayor parte de lo que va del día, Martín, de once años, y Arturo, que recientemente cumplió seis, se quejan, sin detener su labor, del dolor de cintura que los fustiga.

Como viese don Venusriano que el corte de limpia que llevan está aún muy retirado del carril, opta por platicarles y hasta contarles adivinanzas, las mismas que repetidas veces les ha hecho “adivinar” y que resultan aburridas:

“Agua pasó por mi casa, cate me dio la razón”.

“Tú allá, yo acá”.

Y otras más que eran de la edad de la canica.

Ante el cansancio y la indiferencia de sus hijos, don Venustiano cambió de táctica:

-Cuéntenme una adivinanza -dijo- Sí, ... sí, cuéntenme una. Y nos apuramos para salir a las cinco y media, antes de que se meta el sol.

Los dos chamacos, que conocían el carácter estricto de su padre, que los había educado sin permitirles decir disparates u otra grosería, se miraron uno al otro como diciendo: “tú,... yo, no”. Pero ante la insistencia de quien buscaba hacerles menos pesada la tarea que les había impuesto, Arturo, sintiéndose estimulado por Martín que con cuchicheos le recordaba una adivinanza escuchada a sus compañeros de juego, accedió, no sin antes preguntarle a su papá que si lo que iba a escuchar no le causaría enojos. A lo que él contestó que no, que de ninguna manera se molestaría, siempre y cuando no dejaran de arrancar el pajón.

-¡Bueno, a´i te va! ... ¿Pero, no te vas a enojar? -se aseguró de ello Arturo.

Nuevamente, don Venustiano le confirmó que no habría problema. Confiado en ello, Arturo se destapó diciendo:

-Ulo, ulo, tres pelos en tu culo.

Todavía no bien cerraba la boca por donde le había salido la última palabra a Arturo, cuando ya le estaban lloviendo los majaguazos, y a Martín también porque - según el decir de don Venustiano -tenía culpa por haber alentado a su hermano a decir ese disparate.
-“Y, ahora, para que se les quite.... nos vamos a ir hasta que anochezca, léperos”, remató don Venustiano.

Arturo, con llanto en los ojos y sin dejar de arrancar la hierba, dijo en voz baja: “no es leperada, es el nanche”.
La explicación no aminoró el castigo; el retorno a la casa de ellos fue en silencio, aunque de vez en cuando en la oscuridad, una risilla se escapaba como aligeramiento del llanto derramado por algo que se había dicho sin la menor intención de ofender a su señor padre.

¡Tiempos aquellos, señores! ... Tiempos de respeto.

EL INSOMNIO DE DON CHUCHO.

(El Chincual)

Doña María de Jesús, doña Chucha, mujer delgadita pero de una gran fortaleza física, dormía junto a su esposo, don Jesús, don Chucho, que en las últimas horas de la madrugada no podía conciliar su sueño con la almohada. Corajudo, como es el viejito de noventa y siete años, le dio por gritar:

-¡Chucha, Chucha!- Como viera don Chucho que ésta no le contestaba, optó por golpearla con uno de sus codos al tiempo que insistía-¡Chucha, Chucha! Pero, ni así despertó la viejita. A él no le quedó más que desahogar su enojo, diciéndole:

-Sí, sí, como tienes tu pendejo que te mantenga, te duermes a pierna suelta.

Doña Chucha no se enteró; durmió hasta el amanecer.

En otra ocasión, ya muy avanzada la noche, don Chucho tampoco podía dormir, y nomás por molestar, codeó a su esposa al tiempo que le dijo:

-¡Chucha, Chucha!
-Sí, Chucho, dime- contestó ella.

Molesto, don Chucho, le reclamó:

-”Jajajay, cabrona; no puedes dormir; seguramente estás pensando en tu querido”.

Con esa calma de ángel que tiene doña Chucha, se concretó a decirle: “Ora, tú, qué cosas piensas”, y se volvió a dormir mientras don Chucho se quedó con sus ganas de pelear.

EL TELEGRAMA.

(El Chincual)

Cierta mañana se recibió un mensaje con carácter de urgente en la oficina de Telégrafos de la comunidad de Salsipuedes.

El texto decía:

“Presidencia de la República. México, D.F. Aviso urgente a autoridades locales. Se acerca fenómeno natural de grandes dimensiones. Tomar medidas necesarias. Responder a mensaje con informe detallado a la brevedad posible.”

El mensajero tomó su bicicleta y como alma que lleva el diablo hizo llegar la misiva al comisario municipal.

Pero en la Ciudad de México no se recibía ninguna respuesta por parte de la comunidad. Transcurridos 2 meses se recibió un telegrama proveniente del Comisario de la localidad de Salsipuedes, con el siguiente texto:

“Recibimos a fenómeno natural con gente armada en la entrada del pueblo. Lo corrimos a punta de balazos. Pero no podíamos enviar informe detallado porque nos pegó un temblor de la chingada.”

EL AGENTE.

(El Chincual)

Se realizaban los preparativos para la recepción del Comandante General de la Policía del Estado, que visitaría a La Esperanza, con el objeto de revisar las condiciones en las que estaba laborando el cuartel de la policía comunitaria destacamentado en la localidad.

Uniformes y armas completamente limpios; reos bañados, rasurados y comidos; el olor a mole de guajolote ya inundaba la vieja casa de adobe que hacía las funciones de comandancia y cárcel a la vez.

El Sargento Aquiles era el encargado de guiar los destinos de la comandancia de La Esperanza y desde muy temprano se había dado a la tarea de prevenir hasta los más pequeños detalles.

Minutos antes de que llegara el funcionario estatal, se acercó al Sargento Aquiles uno de los parroquianos para solicitarle empleo como policía:

-Oiga mi capitán, quiero pedirle que mi dé trabajo aquí di policía; yo quiero andar con mi fusil, y mi uniforme.
-Tas loco Cesáreo, cómo crees que te voy a dar chamba; no ves que ni siquiera das la altura. A ver ¿cuánto mides?
-Pos ni se; como 1.55 mi capitán.
-No soy capitán; soy sargento y además la medida reglamentaria es de 1.65 y ya vete; tengo harto trabajo. Además viene hoy el Comandante y si te ve que no das la altura me va a regañar.
-Mire mi capi…perdón mi sargento, platíquile al Comandante que quiero trabajar y que li parece si li doy unos pesos.
-Mmmm…no, no; cómo crees Cesáreo, anda vete.
-Ándile mi jefe.
-Bueno, vamos a ver…vamos a ver. Cuando llegue el Comandante ya veremos.
Cesáreo le dio al Sargento Aquiles un rollito de billetes, entonces recibió órdenes de su nuevo jefe para que tomara un uniforme y unas botas de la bodega.

El Comandante arribó a la comunidad a las tres de la tarde, fue recibido con cohetes y música de viento. Realizó una visita al centro de la ciudad en donde ya se había improvisado un templete para pronunciar un discurso a la comunidad.

Posteriormente se encaminó a la comandancia en donde ya se encontraban formados por estatura todos los policías del destacamento, incluyendo al nuevo integrante que obviamente ocupaba el primer lugar de la fila.

El Comandante, un policía con varios años de experiencia, de fortaleza y altura considerables, recorría la fila inspeccionando con ojo clínico a cada uno de los policías.

Al llegar al lugar que ocupaba Cesáreo en la fila lo barrió con una mirada y observó con detalle al diminuto oficial.

-Mmmmm….a ver Sargento venga para acá.

Aquiles se apresuró.

-Dígame mi Comandante.
-¿Por qué está entre el personal este sujeto? Desde mi punto de vista no da la estatura reglamentaria.
-¿No señor? Me parece extraño. A ver oficial Cesáreo ¿Cuánto midió?
-2500 pesos mi sargento
Los ojos del Comandante parecían salirse de sus órbitas y Aquiles tomó una tonalidad lívida, ante tan comprometedora respuesta.
-No sea tarugo; que cuánto midió de altura, no cuánto me dio.

EL SUEÑO REPARADOR.

(El Chincual)

Cuentan, quienes vivieron en la casa de don Ricardo Ventura Centenario, don Ríchar, como se le conocía al cacique de Peñas de Lobo, Gro., que en una mañana del mes de mayo cuando empiezan a arreciar los calores, su mujer, doña Fortunata Olvera de Ventura, con urgencia levantó a la servidumbre para que prepararan un variado y nutritivo almuerzo a su marido.

Las cocineras se sorprendieron de la disposición escuchada, porque en cuestión de racionar los alimentos, doña Fortu, no obstante que navegaba en la abundancia, había impuesto un régimen de austeridad, empezando por su marido a quien le decía que no debía comer en demasía y menos carnes y otros derivados de lo que producían su rancho y el extenso campo cultivado por él durante los trescientos sesenta y cinco días del año. He ahí que, don Ríchar siempre padeciera “latido” y una anemia que frecuentemente lo ponían al borde de la muerte.

Cuando la enfermedad se posaba sobre el cacique, su mujer se soltaba diciéndole: “Ya ves,... eso te pasa por tragón,... por jambado”. Don Ríchar, paciente como era, aguantaba la reprimenda, aunque ganas le sobraban para decir lo que todos sabían: lo tenían bien trabajado y a medio comer, porque según el decir de doña Fortunata, era pecado comer mucho. En consecuencia, cuando la enfermedad cedía en él, ella se afanaba más en someterlo a una dieta rigurosa; su bastimento consistía en tortillas frías, unos cuantos chiles verdes y granos de sal que en veces era enriquecido con alguna tortilla con guiso que alguno de sus peones le daban como muestra de la compasión que sentían por su patrón al verlo venir, encorvado, huesudo, soñoliento y con la mirada perdida en el horizonte.

Por eso las disposiciones de la mañana de referencia, tomaron por sorpresa a mujeres y hombres que servían a doña Fortunata, y más descontrol hubo, cuando miraron que fue en busca de su marido que se encontraba en las caballerizas, trayéndolo con amabilidad y comedimiento hasta sentarlo en una silla del comedor en donde reposaban alimentos preparados y un abultado bastimento, distinto al que tradicionalmente le preparaban para que mitigara su hambre durante los días que duraba la búsqueda y pastoreo de su ganado.

El más sorprendido de este cambio, fue don Ríchar, pero su mansedumbre no se alteró, comió y se hizo del abultado tenate que contenía alimentos con la misma parsimonia de días anteriores.

La curiosidad inundó el ambiente, rondó en el transcurso de ese día, hasta que doña Fortunata llamó a Petronila, su ama de llaves, y le contó el por qué de su repentino cambio:

-Ora verás, Petro, que tuve un sueño de veras que reterraro: soñé que se había muerto mi marido y que días después la muerte vino por mí; y que derechito me fui a los infiernos. Y que voy viendo que allí estaba mi marido en medio de llamas que se levantaban hasta sus rodillas. Y, ahí tienes que cuando me columbró, que me dice: “Ajajayyy, ya llegaste,... hija de la chingada. Ahora aquí nos vamos a fregar los dos; tú por miserable, muerta de hambre, y yo por tarugo”. Ahí tienes Petronila, que luego se dirigió a un montón de diablos que estaban comiendo alrededor de la lumbre, y a grito pelón les exigió que le echaran más leños a la hornilla; éstos lo obedecieron y como eran muchos, casi al momento la lumbre creció, y cuando dos diablos me iban a llevar hasta donde estaba mi marido, que para esa hora se le veía todo sollamado por las flamas que le llegaban hasta los hombros, entonces que despierto bañada en sudor y con el corazón que me hacía tun tun , como queriéndose salir.
Doña Petronila, que no perdía detalle de la plática, se limitó a decir: “¡Alabado sea Dios!”, al tiempo que imaginaba los beneficios que traería el soñar de su patrona.

EL PEDIMENTO.

(El Chincual)

Un indito enamorado como estaba de La María, convino con ésta que se matrimoniarían. Para este propósito recurrió a quien años atrás lo llevó a la pila bautismal.

-Padrino –le dijo con respeto- lo quiero pedirle, pida mano de mi novia.
-¿Ya lo pensates bien, Juanucho, ya lo pensates? – fue la respuesta del viejo que invitaba a la reconsideración.

La noche del domingo siguiente, en carácter de huhueyote mayor, don Gregorio Tepec Chiporahua, se apersonó en la casa de los padres de la novia. Contra lo acostumbrado, el novio, Juan Rosendo Mejía, lo acompañaba.

Después de los saludos y ese decir y más decir que semeja un ritual cuando se pretende convenir la realización de un matrimonio entre habitantes de pueblos pequeños, alejados y dispersos en el suelo de México, el padrino empezó su tarea de pedidor.

Ante lo que veía venir don Carmelo Tlalmanalco, pidió a su mujer, doña Altagracia Dircio, que estuviera presente.

-Ven mujer, que los señores nos quieren decir algo- con la mirada dirigida hacia el piso, la señora, sin pronunciar palabra alguna de situó a un lado de quien la llamaba; a leguas se notaba su descontento, mismo que descargaba de vez en cuando sobre la naturaleza del supuesto novio. Por la mente de ella, rondaba lo trabajadora que era su hija (lavaba, planchaba, acarreaba leña, payanaba el nixcontle, hacía tortillas, guisaba,...) y la carga que recaería sobre su persona en caso de que ésta se casara.

-Mi ahijado, aquí presente- dijo con parsimonia don Gregorio -me lo ha pedido que pida la mano de la hija de ustedes.

Don Carmelo, cuyo hacer mucho dependía de lo que dijera su mujer, levantó la mirada hacia ella en espera de su opinión. Ella, que de por sí era bravucona, resolló gordo y enfrentó al huehueyote.

-¡No lo sabe lavar su ropa! ¿Pa´ qué lo quiere?.
-Pero, más que sea ancina, mi ahijado la quiere – contestó don Gregorio.
-¡No lo sabe ni poner frijoles! ¿Para qué lo quiere?

Don Goyo, no se apartó de su “Pero, más que sea ancina, mi ahijado la quiere”, repitiéndolo como sonsonete, después de que doña Altagracia mencionaba cada uno de los supuestos defectos que tenía María, con la intención de provocar un desánimo en el novio porque no sabía su hija planchar, guisar, remendar, coser, ...

Juan, que había permanecido acurrucado al lado de su padrino, veía como se le quería escapar la oportunidad de matrimoniarse con su prenda amada. De ahí que, cuando su pretendida suegra quiso dar por terminada la entrevista con un:

-¡En pocas palabras,... no lo sabe trabajar! ¿Pa´ que la quiere?

Impulsado por el amor que sentía por María, se puso de pie y soltó su decir determinante:

-¡Si no lo quieres pa´ que lo trabajes, lo quieres pa’ que lo montes!

Ante tan convincente manifestación, don Carmelo y don Gregorio, consideraron necesario acordar la fecha de la boda. Y, según el decir de la gente, con el tiempo, él y María, fueron muy felices.

EL TESTIGO ANDANTE.

(El Chincual)

Don Fabián, un señorón que ha rebasado los ochenta años, hincó sus espuelas en la panza de su penco para que éste apresurara el paso en la cuesta cercana al lugar donde pastaba su ganado. Atrás de él, en ancas de El Calandrio y abrazado a la cintura de su abuelo, cabalgaba su nieto José, un chamaco de escasos ocho abriles que disfrutaba la compañía del viejo que tenía fama de sabio. A pocos pasos de allí, se encontraron a don Victoriano, dando motivo a un diálogo que se dio en lo ancho del camino:

-Victoriano, ¿No viste mi vaca la Tapayola?- pregunta con cierta impaciencia don Fabián.
-No, que yo sepa tu hermana no está enterada de la hora- contestó de inmediato don Victoriano.
-Te estoy preguntando que si viste a mi vaca la Tapayola.
-No creo que sepa Concha y menos Lola que se fue a misa.

-No te estoy preguntando la hora, ni quiero saber algo de mi hermana, de Concha o Lola, lo que yo quiero es saber de mi vaca Tapayola - gritó enojado don Fabián.

Con toda calma le respondió don Victoriano: “No, ellas no andan en la bola... “

Ya no aguantó más don Fabián, y con visible desesperación fustigó a su caballo, lanzando como despedida sus desahogos:

-¡Vete a la chingada... pinche sordo!

Obteniendo, a manera de respuesta procedente del tío Victoriano, un: “lo mismo pido para ti, cuñado, lo mismo; que te vaya bien”; al tiempo que azuzaba a su borrico para alejarse e irse metido en el silencio de su perenne sordera

José, que había permanecido como mudo testigo de la conversación dada entre su abuelo con el tío abuelo Victoriano, sintió el tufo de una serie de pedos que su abuelo solía dejar escapar cuando más enojado estaba, al tiempo que decía:
-Éste es para mi cuñado Victoriano,... este también... y éste,...

Como el hedor lo atosigaba, se atrevió a protestar:

-¡Abuelito, abuelito!,...son para él, pero yo los estoy oliendo-obteniendo como respuesta:

--¡Cállate! ¡Cállate, chamaco!,... tú no sabes.

El Calandrio, con su carga a cuestas, empezó a trotar con ánimo de llegar al paraje La Gallinita Asada en donde seguro estaba que le permitirían pastar; instantes después, al abuelo Fabián le dio por silbar una tonadilla, al tiempo que propiciaba una conversación amena con su nieto; como en repetidas ocasiones, le narró acontecimientos vividos o presenciados en tiempos de la revolución. José, que aún guardaba vestigios de los olores recibidos, recuperó su alegría, más, cuando al llegar a la cima, aspiró aires impregnados de florestas provenientes de las ramas de titipanzin, nixtamalxochil, quiebraplatos y copalcohuites, y se le olvidó lo de La Tapayola, la vaca madre que comandaba el rebaño de su abuelo.

LA PARRANDA.

(El Chincual)

Cuenta uno de mis amigos originarios de Tierra Caliente, que en una ocasión que él y una veintena de coterráneos se encontraban inmersos en el disfrute de una parranda, cuando se les acabó el vino, que a esas horas de la madrugada era necesario para mantener los ánimos en un pequeño pueblo de esa región. Después de que innumerables mandaderos habían regresado sin el preciado líquido, a alguien se le ocurrió decir: “vamos a la casa de doña Chona, ella, seguro estoy que nos va a surtir”. Acto seguido se dirigieron hacia la casa de la señora de referencia, misma que estaba ubicada junto a un montón de piedras que se utilizaba para asolear la ropa en medio de un enorme solar protegido por postes y alambre.
Uno a uno, entre la alambrada, fueron introduciéndose al terreno. En medio de la oscuridad, se les fue encima un perro bravo del tamaño de un Gran Danés que los obligó a correr alrededor del asoleadero. Cuando más atosigados estaban, a coro les dio por gritar:

-¡Doña Chona, ... tía, tía Chona. ... Su perro, su perro!

La voz de la casera, se dejó escuchar:

-No le tengan miedo; ya está capón.

La respuesta los sorprendió, momentáneamente quedaron inmóviles; qué les daba a entender doña Chona; pero, ante la agresividad del perro, cuenta mi amigo, que hasta el cuete se les bajó; algunos se encaramaron al montón de piedras, y los más ligeros emprendieron la decorosa huída, antes de que otra cosa les sucediera.

LA SERENATA.

(El Chincual)

En mis años de estudiante, alumno de la normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Gro., solía correr gallo. La noche de un día viernes, mis amigos y yo nos organizamos para entonar canciones junto al balcón de la casa en donde vivía la novia o amiga de alguno de nosotros.

Eran las dos de la mañana, según el tintinear del reloj de la iglesia de la ciudad de Tixtla, Gro., cuando, al estar cantando bajo la ventana de la última casa programada en nuestro itinerario, se acercó un hombre alto cubierto por un enorme sarape que le llegaba hasta los pies; se detuvo, quedó junto a nosotros sin decir palabra alguna; pero al cesar los acordes de las guitarras que acompañaban la canción Diosa, de Zendejas, y presurosos nos disponíamos a retomar el camino rumbo a la Normal, de su garganta brotó una voz aguardentosa:

-¿A dónde van, chamaquitos? ¡Nadie se mueva o se lo lleva la chingada!

No obstante que éramos un grupo conformado por trece aguerridos jovenzuelos, superior a él en número y vigor, nadie se movió; tampoco se intentó persuadirlo para que nos permitiera alejarnos de ese lugar.

-¡Vamos a ver si son gallitos o puros pájaros nalgones!- dijo al tiempo que extraía de sus ropas una botella cuyo líquido procuró que resbalara por su gaznate.
-Vamos a ver – prosiguió:

-¿Se saben Cielo rojo? ... ¿Perfidia y Solamente una vez?,... ¿Se las saben?
Alguien de nosotros dijo: “Sí”, con voz entrecortada,

El señor del gabán, a quien no se le miraba la cara por el enorme sombrero que llevaba, ordenó: ¡síganme! Curiosamente, se había apoderado de nosotros una mansedumbre inexplicable; la rebeldía que nos caracterizaba en casos similares, desapareció; acatamos, sin replicar, su indicación; así llegamos hasta una casa ubicada en un callejón oscuro, cerca de Las Siete Esquinas. Ahí, como pudimos, cantamos las tres canciones cuyos nombres había pronunciado. Cuando terminamos, escuchamos que el hombre gimoteaba; lo notamos porque con voz entrecortada, nos dio las gracias e hizo que le prometiéramos que a las ocho de la mañana de ese día, regresaríamos a su casa para saborear el pozole que su prenda amada, así lo dijo, había preparado para festejar el cumpleaños de ella.
-Preparen Las mañanitas- fue lo último que oímos de él.

Al despedirnos en medio de las sombras de la madrugada, sentimos que el frío nos fustigaba el cuerpo. Cuando estuvimos bajo la iluminación proveniente de una luminaria sujeta en lo alto de un poste ubicado en una esquina, dirigimos la mirada hacia él, notamos que en una de las ventanas que daba a la calle, había claridad, quedando al descubierto la silueta de una mujer que agitaba uno de sus brazos en señal de adiós.

A las siete y media de la mañana salimos de Ayotzinapa para estar a la hora y lugar convenidos. Entre bromas festejábamos la agasajada que nos daríamos en casa del señor del gabán. Para llegar puntuales, tuvimos que correr los últimos quinientos metros que faltaban de nuestro recorrido; jadeando entramos al callejón. Pero ¡oh! sorpresa la que nos llevamos cuando estuvimos frente a la casa en donde habíamos cantado las canciones últimas; el panorama era desolador: paredes corroídas por la humedad, techos caídos y puertas de madera derrumbadas. Alguien que nos vio boquiabiertos ante la fachada en ruinas, nos dijo con comedimiento:

-No hay nadie, muchachos,... hace muchos años que la dueña, una señora bonita, murió; la encontraron muerta. Según el decir de la gente, a causa de la tristeza que se apoderó de ella por la desaparición repentina de su esposo o querido.

Durante el transcurso de algunos días, no corrimos gallo, pero ante el reclamo de quienes eran depositarias de nuestros afectos amorosos, reiniciamos nuestra afición; pero, sin olvidar la noche del engabanado y la promesa de aquella comilona frustrada.

COSA DE MACHOS.

(El Chincual)

A Teresa Bravo Terreros, a quien en el pueblo se le conoce como Tereso, por su abierto comportamiento como hombre, se le escucha con frecuencia decir:

-Nosotros los machos, semos cabrones.

Ante ello, nomás por el puro afán de pasar un buen rato, Malaquías Ventura, Orlando Simón y Antonio Luna la invitaron a un duelo etílico. Para lo cual, con anticipación la comprometieron a no faltar, argumentando que éste sería para conmemorar su cumpleaños. Teresa empeñó su palabra de que estaría presente. A la hora y en el día convenidos, se reunió con ellos en un solar que no tenía más que una mediagua pequeña en donde cupieron todos, además una tina repleta de botellas con cervezas.

-¡Entonces qué, vale! ¿Bebemos?- le dijo Antonio a Teresa, que vestía pantalón vaquero y camisa con dibujos a cuadros; calzaba botas y se cubría la cabeza con un sombrero de porte tejano.

-¿O qué,... te rajas?- sonó retadora la voz de Malaquías.

-¡Te rajas,... te rajas! ¿Cuál te rajas? Sólamente que no fuera macho- respondió ella en tono sarcástico, al tiempo que lanzaba un escupitajo que aterrizó junto a los pies de Antonio Luna, quien le afirmó:

-Arajo, Tereso, eres como la chingada... - lo dijo con sunga.

-Más que eso, soy cabrón, ¿O qué, acaso nosotros los machos no semos cabrones?
Orlando Simón destapó cuatro botellas de cerveza y las distribuyó. Broma tras broma y decir y más decir hicieron amena la convivencia en la que Teresa confirmó su condición de macho y cabrón, según el decir de ella.

Después de haber consumido mucha cerveza durante tres horas en que el bullicio fue subiendo de tono, una urgencia urinaria se apoderó de Antonio, quien de inmediato se dirigió a sus compañeros:

-Arajo, vales, tengo ganas de tirar las aguas.

-¡Faltaba más, faltaba menos!- habló Malaquías
-Un mexicano nunca mea solo, ¡te acompañamos! ¿Verdad, valedores?- La respuesta no se hizo esperar:

-¡Bah! ..., clarines. –se escuchó a coro.
Al no existir construcción alguna para satisfacer estas necesidades fisiológicas, ni lugar en donde esconderse, los tres hombres de referencia se arrimaron a una de las paredes; desde allí miraron que Teresa hizo lo mismo en el lado opuesto; los tres se desabrocharon los pantalones para facilitar la descarga de su vejiga; Teresa simuló hacer lo mismo. Durante algún tiempo los cuatro permanecieron de pie; finalmente Teresa miró que sus compañeros se fajaban los pantalones, ella también hizo lo mismo.

Con la vejiga desahogada, Malaquías contó un chascarrillo que culminó con eso de: “Caminando y meando para no hacer pozo”. Pero Teresa no le encontró gracia a lo escuchado; posiblemente a causa de que su vejiga estaba repleta.

-Vamos a beber, Tereso; ¿O qué? ... ¿Te vas a rajar? –Orlando la presionó.
-¿Cuál rajar? ¡Sólo que no fuera macho! – intervino Antonio.

-Ay cabrón - complementó Malaquías al tiempo que entregaba otra ración de cerveza.

En el transcurso de la tarde, conforme seguían consumiendo la bebida, volvieron los hombres a propiciar que todos, como buenos mexicanos, mearan juntos, argumentado que eran machos y cabrones. Teresa siguió su simulación para no aislarse del grupo, pero después de cinco horas de estar con ellos, ya no aguantó más y procedió a despedirse. Todavía Malaquías la quiso detener:

-Arajo, valedor,... la mejor mula se me quiere echar- le dijo burlón.
-¿Acaso no eres macho?- habló Orlando
-Quédate otro rato, Tereso, siquiera de aquí hasta que nos echemos otra meada juntos.

Lo escuchado provocó carcajadas. Teresa, entendió la intención que los había llevado a invitarla; medio borracha como estaba y con la molestia por la urgencia de visitar un lugar donde desahogar su vejiga, levantó el brazo derecho y dibujó, lo que en su ambiente representaba una soberana mentada de madre.

Los tres hombres, aunque conscientes de que habían fracasado en su intención, rieron a más no poder, al tiempo que Teresa se fue con su integridad a salvo, al no haberles permitido que la vieran satisfacer su necesidad conforme a su naturaleza de mujer. A partir de entonces, a ellos, de sí, les nació respetarla, confirmándole que en verdad reconocían que era muy macho y muy cabrón, cosa que acogió con agrado
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LOS DANZANTES.

(El Chincual)

En la plazuela de un pueblo anclado en la montaña de Guerrero, danzan Moros y Cristianos; lo han venido haciendo desde las ocho de la mañana en honor al santo patrón del lugar. Son las doce horas del día, y la gente rodea a los danzantes que sudorosos ponen su mejor esfuerzo para aparentar realidad en el drama y la contienda que conlleva su danzar. Repentinamente, un moro le dice a su contrincante:

-¡Espératelo! ... Voy marrármelo mi huarache!

El Cristiano, de figura diminuta pero ágil, le contesta de inmediato:

-A mí no me lo haces pendejo... Qué marrar ni marrar,... se te olvidó tu relación.

Instantes después, reanudaron sus movimientos, y para que el danzante Cristiano no fuera a decir algo, el Moro dijo parte de su discurso:

-¿Qué es lo que vengo,... qué es lo que escocho? ... De ver tanta gente, mejor mi joyo.

La gente miraba con entusiasmo a los danzantes, mientras un niño de escasos tres años lloraba desconsoladamente sentado en la banqueta próxima a ellos. Sus lágrimas escurrían y se mezclaban con el sudor y la mucosidad provenientes de sus narices. Por la indiferencia que había hacia él, daba la impresión de que se hallaba perdido. Pero, de repente, se escuchó la voz del Cristiano de figura diminuta y ágil:

-¡Pérate, Moro valiente, voy a darle chichi mi´jo!

Y, acto seguido, se despojó de la indumentaria, botó al carajo su machete y se dispuso a atender al niño.

El jefe de los Cristianos, al escuchar las palabras de su correligionaria. Con el machete en alto, gritó:

-“¡Alto Moros!, silencio mósica.... siñora, siñores,.... Soldado cristiana, va dar mamar su hijo!”.

La concurrencia no se desperdigó; se quedó en espera de que reanudara el espectáculo, con el deseo de ver rendidos a Los Moros. Minutos después el niño, con la cara limpia y el estómago lleno, quedó sentado en la banqueta. Y, nuevamente, se inició la refriega entre danzantes al son de la tamborilla y el sonsonete de violines pueblerinos.

El Moro, que era un indio ladino, aprovechó el momento de cansancio del Cristiano, o mejor dicho, la Cristiana, para decirle al oído:

-Nomás que termine esto, qué te lo parece si nos vamos entendiéndolo en un rinconcito.

La indita, que no era ninguna tonta, sin dejar de revolotear el machete, le dijo a grito abierto que no; todavía él le preguntó que por qué no; a lo que ella contestó:

-¡ Porque no soy tu pendejación!

La danza siguió y siguió hasta el anochecer, con la derrota de los Moros.

LA CURA.

(El Chincual)

Ernesto Oropeza, más conocido como el Chivo, había frecuentado médicos y una diversidad de curanderos en busca de un remedio que le quitara la rigidez de su cadera que le impedía moverse con soltura.

En el círculo de amigos que frecuentaba Ernesto, después de que se le sugiriera infinidad de remedios caseros sin resultado positivo, llegó a comentarse que sufría el hechizo de alguien que lo mantenía en actitud sumisa.

Un día de tantos, sin plan alguno se reunieron y bebieron bastante licor, y como nunca al Chivo se le vio tieso como siempre, pero eufórico; más tarde, todos se trasladaron a un centro nocturno en donde se bailaba música afroantillana y otros ritmos de mucho movimiento.

El jolgorio se hizo grande en ese lugar saturado de gente alegre. Había mujeres y hombres de distintas nacionalidades. Una güera de buen ver invitó a Ernesto Ortega para que bailara con ella; él, azuzado por la algarabía de sus compañeros, se levantó y la acompañó al centro de la pista. Por un buen rato sólo se miraba la cabeza de él sacudida por el ritmo acelerado de la música. Alguien se preguntó cómo le estaría haciendo para superar su tiesura y bailar como lo estaba haciendo. Sus amigos optaron por olvidarse momentáneamente de Oropeza, de quien se decía había agarrado movida.

Cuando la farra estaba por concluir, se vio venir al Chivo Oropeza; abrazaba a la güera, y, ¡Oh sorpresa! Caminaba completamente normal. Alguien le preguntó: “Ernesto, ¿y tu tiesura?” Hasta entonces se dio cuenta de su alivio. De lo que fue su cura, se dijo mucho: que un trauma,... que su cuerpo se acomodó,... que la música lo desestresó,... que esto, que lo otro; lo cierto es que el buen amigo Ernesto Oropeza se sintió tan bien que hasta llegó a recomendar, como medio curativo a cuanto entiesado encontraba, ese centro recreativo con música antillana,.

LA RECONCILIACIÓN.

(El Chincual)

Don Adalberto Gatica, señor de edad octogenaria, llevaba algunos años separado de su mujer, doña Elena Zamudio.

Don Betito, como se le conocía en el pueblo, no obstante que era un viejito cuerudo y corajudo, recapacitó sobre su actitud y la conveniencia de que doña Elenita retornara a su hogar.

El sobrino de don Beto, Genaro Gatica, se encargó de operar el plan que su tío ideó para lograr su propósito: simularían que don Adalberto estaba agonizante para atraer a doña Elenita que había jurado no regresar con su marido.

En la noche de un día sábado, la casa de don Betito, una cabaña hecha con palma de zoyate, se vio concurrida por familiares, amigos y vecinos. Corrió la noticia en el pueblo: “está agonizando don Beto”. Queriendo o no, doña Elenita, a sugerencia de don Genaro, acudió a su anterior casa para acompañar a su marido en los últimos momentos que, supuestamente, le quedaban de vida.

Don Betito, actuó bien; simuló su estado agónico; tan enfermo se veía que, cuando llegó doña Elenita, ésta empezó a llorar y se le escuchó decir:

-¡Ay, Beto, Betito, .. por Dios, no te mueras!

En su simulación que momento a momento perfeccionaba, don Beto pidió a su sobrino que se acercara; cuando éste lo hizo, muchos murmuraron:

-Seguro que le está diciendo en dónde está su dinero guardado.

Don Genaro desapareció momentáneamente de la escena; más tarde se le vio venir con una charola repleta de copas con vino o mezcal, mismas que empezó a distribuir entre la concurrencia; cuando éste llegó junto a la cama del supuesto agonizante, hizo un rodeo para proseguir su reparto. Don Betito, de inmediato dijo:

-Hijo,...Genaro,... mi´jo; ¿Qué yo soy puente?

Lo que provocó que Genaro regresara y le diera en la boca el contenido de una copa de mezcal, hecho que no pasó desapercibido para doña Elenita, que bien conocía lo argucioso que era su marido. En cambio, entre la concurrencia, esto se tomó como que era su último deseo.

Todo marchaba bien; doña Elenita olvidó el incidente de la copa, y con disimulo procuraba algunas atenciones y mimos a su marido. Ambrosia, la rezandera, ponía sus mejores empeños para que don Betito pasara a mejor vida; Genaro, que a grito pelón le pedía a su tío que no lo dejara en este mundo, disfrutaba aquello de que todos se hubiesen tragado la idea del agonizante. Pero, nunca falta un pero; a la rezandera se le ocurrió que para ayudar a buen morir a don Betito, se encendieran velas; más de una centena de cirios rodearon al moribundo; a los pocos minutos, tufos de mechas y cera empezaron a saturar el ambiente y, qué les cuento que al poco rato empezaron a volar moyotes y a caer del techo alacranes azuzados por la humareda encerrada y, para acabarla de joder, a Graciana Perales, La cholola, le empezó a dar un ataque epiléptico, mandando al carajo su vela encendida, misma que provocó un incendio incontrolable. Era un gritar y más gritar de las señoras, quienes no sabían si apagar el fuego o evitar mordiscos o piquetes de los animales. En esta confusión, se olvidaron del moribundo, y cuando alguien preguntó por él, razón dieron algunos curiosos que lo vieron salir ensabanado, dejando al descubierto su embuste.

Al día siguiente, se habló de la argucia del tío y el sobrino, también del incendio que se atribuyó al castigo que Dios había enviado al marido de dona Elena. Con el tiempo, no se comentó más el acontecimiento, pero quedó en la mente de los moradores del pueblo, que los moyotes y alacranes habían sido los mismos diablos que querían el alma de don Beto, quien llegó a vivir más de cien años, motivando por ello que se dijera: “está empautado con el diablo”.

EL PADRINO.

(El Chincual)

En un pueblo de la Costa Grande de Guerrero, el cacique del pueblo, don Homobono Rentería Romero, hombre viejo, padrino de más de media comunidad, amaneció de mal humor, con deseos de encontrar quién se la pagara. Para empezar el día, aspirando el humillo de un enorme puro, se recostó en un sillón situado en el corredor de su casa ubicada en la calle por donde transitaba la gente. Una veintena de muchachillos, sus ahijados, uno tras otro, se dispusieron a manifestarle sus respetos, dándose, entre éstos y el viejo, un diálogo al tiempo que le besaban la mano con reverencia:

-Santo padrino.
-Dio´ te bendiga.
-Santo padrino.
-Dio´ te bendiga.
-Santo padrino.
-Dio´te bendiga.

Cuando habían cumplido con su deber los primeros diez ahijados, la voz de don Homobono empezó a denotar impaciencia y enfado; sus respuestas se fueron deformando:

-Santo padrino.
-Dio´ e bendiga.
-Santo Padrino.
-E´ te bendi ...
-Santo padrino.
-E´te...

El enojo del padrino fue creciendo, e hizo crisis cuando el ahijado, que ocupaba el vigésimo lugar, con esmero le dijo:

-¡Santo padrino!

Obtuvo, como respuesta, un contundente: “¡chinga tu madre!”..., provocando risotadas entre la muchachada que se alejó festejando la ocurrencia del padrino a quien desde lejos le hicieron presente su algarabía.

El viejo los miró, contagiándose de su alegría; aspiró el humo de su puro y murmuró: “muchacho´, calientiiiillo´, hijo´ de siete ch ...

LA COCHINADA.

(El Chincual)

El compadrito, hombre muy querido del compadre, llega a visitar a sus compadres. El compadre en señal de agrado le dio una buena ración de mezcal y ordenó a la comadre que le preparara la cena: guiso sabroso y memelas calientes. Cuando el compadre se da cuenta que su visita empezaba a bostezar, de inmediato le dice a su mujer:

-Prepara la cama, el compadrito se queda a dormir.
-¡Dormir!, _ protesta ella, dormir, ¿y dónde?
-¿Cómo que dónde? ¡Sonsa! ... poss, dónde más, sino en nuestra cama.
-¿Y nosotros?- pregunta molesta la comadre.
-¿Y nosotros?, taruga,... poss dónde más ,... poss allí con él.
-¡Yo, no!
-¿Ah, no?. Sonsa, ¿No? ¿Quién manda?... ¿Quién?
-Poss tú.
- Entonces, se hará como digo.

Así, entre protestas y regaños que se dieron entre esposos, el compadrito fue acomodado en la cama, junto a la pared; la comadre quedó en medio, entre los compadres.

Al otro día, muy temprano, cuando el compadrito se disponía a proseguir su camino; la comadre le dijo a su esposo:

-Viejo, antes de que se vaya, quiero decirte que el compadre, cuando te dormiste, hizo conmigo su cochinada.

-¿Qué? ... ¿Hizo su cochinada contigo? ¡Ya ves!, y querías que yo durmiera junto a él. ... ¡Vale que soy tarugo!

Ante tal respuesta, a la comadre no le quedó más que poner buena cara, despedir al compadrito y decirle que regresara cuando quisiera.

DOÑA CUNDA.

(El Chincual)

Don Regino Antúnez Pedraza, descansa en su sillón preferido repasando las cuentas de un rosario, mientras que su mujer, doña Facunda Tepec, barre dando escobazos aquí y allá con enojo. Al llegar adonde está su marido, imprime mayor fuerza a su trabajo, y adrede lo golpea en los pies; éste, que tiene la paciencia de un verdadero santo, le pregunta:

-¿Estás enojadita?
-¡Sí! ... ¿Y qué?- contesta ella con mayor enojo y deseos de que su marido se contradiga.
-Pero si no te hago nada - dijo él, sumiso, con el ánimo de contentarla.
-Precisamente, por eso- dice doña Cunda con mayor coraje.
-Deberías ser como el vecino: los días viernes se pierde y hasta muy noche entra a su casa; pelea con su mujer, y no obstante que hacen su alboroto, al otro día amanece ella como calandria, pizpireta y cantadora. Tú, en cambio, te levantas a la misma hora y al regresar también: comes, duermes la siesta como ratón, te vas a misa, acudes a cenar y te duermes como tronco viejo, sin chiste.

A partir de entonces, don Regino, con el afán de tener contenta a su mujer, le sugirió que se desbalagara con sus amigas y amigos; que se vaya a las fiestas en donde tiene fama de bailadora y entonadora de canciones que acompañaba con su guitarra; mientras él, apegado a su monotonía, acude a sus misas y retiros espirituales.

Ahora, el barrer de doña Cunda se suavizó y, cuentan quienes tienen la oportunidad de conocerla de cerca, que hasta canturrea y mima a su marido, Regi, como lo llama cuando más contenta está. Aunque, de vez en cuando vuelven los enojos, y ante la consabida expresión de su marido que le dice que “no le hace nada”, la justificación de ella, es “por eso mismo”, y otra vez le dice aquello de “deberías ser como....” Él, se encoge de hombros y se limita a decir: “quién entiende a las mujeres”; contestándose a sí mismo con algo que escuchó decir: “ a las mujeres no hay que entenderlas, hay que amarlas”. Con ello le vuelve la calma y se mete en sus cavilaciones en torno a su mujercita, una señora bragada, aproximadamente de dos metros de estatura y noventa y ocho kilogramos, que lo tiene acostumbrado a no replicarle jamás, so pena de recibir un bofetón.

Pero, aunque sea así, la quiere y es feliz; es su decir a sus amigos y compañeros de feligresía.

LA PAPAYA.

(El Chincual)

Panuncio Robles Mojica, junto con una veintena de sus amigos se involucró en una juerga que duró tres días durante los cuales visitó muchos lugares de la Costa Grande de Guerrero. Durante ese tiempo se olvidó de las consecuencias que le traería su osadía; por el momento, disfrutó a más no poder; pero como todo lo que empieza termina, la tarde del domingo regresaron. Como sabía del coraje que produjo a su mujer por su ausencia repentina y sin explicación, pidió que sus amigos lo llevaran a su casa; pensó que la presencia de ellos aminoraría su castigo.

Sus compañeros optaron por apoyarlo. Lo llevaron y quedaron en espera de que su mujer le abriera la puerta y lo recibiera. Después de que Panuncio tocó el timbre de su casa, apareció ella; sin pensarlo mucho se le ocurrió a él decir: “canchili vieja”, al tiempo que le ofreció una enorme papaya madura. La mujer, encorajinada la agarró y se la tiró a la cabeza, desparramándole la pulpa y semillas por la cara. Ante ello, se limpió los ojos y mirando con parsimonia a sus amigos, les dijo:

-Ya ven cabrones, y así querían que yo trajera cocos.

LA PETICIÓN.

(El Chincual)

El compadrito libidinoso, le trae ganas a la comadre. Un día que sabía que no estaba en casa el compadre, se hace presente. La comadre, sin imaginar las intenciones de su queridísimo compadrito, se porta amable, le abre la puerta, le dice que su marido no está. Éste, se las ingenia para que ella le ofrezca algunas copas de mezcal; cuando ha consumido las suficientes para agarrar valor, a boca de jarro le dice:
-Aflójeme las nalgas, comadre.

La señora, indignada como está, no pierde la calma, con un:

-A que mi compadrito con que quiere que le afloje las nalgas.

Pasan las horas, la comadre no halla cómo sacar de la casa a su compadrito, y éste persiste en su propósito sin apartarse de la cantaleta:

-Aflójeme las nalgas, comadre.

Ante tanta insistencia, ella le dijo:

-Mire compadrito, a mí quien me las aflojó fue su compadre, y como ya llegó le voy a decir que de inmediato se las afloje.

El citado compadrito, palideció, y a sabiendas de que su compadre calzaba grande, optó por salir de la casa como rata por tirante, sin escuchar el saludo de quien llegaba y le decía

-¡No se vaya! ¿En qué puedo servirle?

Ha pasado el tiempo, y no obstante que las nalgas de la comadre son la obsesión del compadrito, no se ha hablado más del asunto.

EL ENCARGO.

(El Chincual)

Adelfo Vargas visitó a su amigo Isidro Sánchez Rodríguez; después de saludarlo le hizo saber el asunto que lo había llevado hasta él:

-Arajo, Siroléis, ya que vas a México, llévate mi reloj para que lo arreglen.

Don Isidro, hombre de buenos sentimientos, no se negó. Tomó el reloj y le dijo la fecha y hasta la hora que había programado para su regreso.

Se llevó el reloj, un viejo y destartalado reloj del año de la canica. Para no quedar mal con su amigo, desatendió actividades que lo llevaron a esa ciudad, distrayendo su tiempo en busca de alguien que le metiera mano a lo que más que reloj, parecía caja de pomada de La Campana. Para lograr su propósito, prometió buena paga y hasta propina; además, tuvo que dar vueltas y más vueltas al establecimiento del relojero que de mala gana se había comprometido en esa empresa reparadora.

Al regresar don Isidro de la Ciudad de México, encontró a su amigo en actitud de espera. Sin aguardar el requerimiento que veía llegar, le entregó el reloj. Don Adelfo, después de palparlo y comprobar una y más veces que el funcionamiento era satisfactorio, abrió la boca para decirle:

-Arajo, Siroléis, ya ni te pregunto cuánto es, porque seguro que me vas a decir que nada.

Acto seguido se retiró del lugar. Don Isidro quiso detenerlo, pero al mirar que iba desparramando bullicios, prefirió, como la vez anterior, dejar que se alejara; Don Adelfo se fue con el brazo en alto, luciendo el enorme reloj diciendo a quien encontraba:

-Me lo arregló mi amigo, Siroléis; él me lo trajo de México

Al mirar la felicidad que sus afanes produjeron en su amigo octogenario, se dio por bien servido. Sin olvidar lo que en un momento, éste le dijera: “ya ni te digo cuánto es porque ... “.

EL SUEÑO ANSIADO.

(El Chincual)

La solterona del pueblo, después de agotar infructuosamente sus recursos y propiciar sin éxito, encuentros que la condujeran al matrimonio o mínimo que éstos le llevaran a alguien que le hiciera el amor, dicho como ella daba en llamar a la práctica del sexo, recurrió a una amiga, a quien le confesó su urgencia; ésta, que contaba con un haber nutrido de experiencias amorosas, le sugirió estrategias diversas, pero por desgracia para Filomena, la necesitada, ninguna le dio resultado; ante ello, le comentó:

-Mira , amiga, no te queda más que hacerte la loquita; así le llaman a quienes por estar muy urgidas de aquellito, tienen que hacerse las locas que abrazan el último poste de alumbrado eléctrico que está en El Callejón del Gemido, en espera de que pase un borracho que, según el decir de muchas de las que han vivido esa experiencia, además de estar bien dotado, es experto en violar a quienes encuentra allí a las doce de la noche; pero, debo decirte que las golpea antes de cometer su fechoría con ellas; te lo digo para que estés enterada de ello, aunque, razones deben tener algunas para volver a vivir esa experiencia.

Filomena, que era fea por donde se le viera, no dijo palabra alguna a su amiga y se fue metida en sus silencios. Sin meditarlo mucho, la noche siguiente acudió al lugar de referencia. Allí estuvo bajo la escasa luz que provenía de un foco viejo y amarillento. Para sus adentros, repetía como disco rayado: Dios mío, que venga, que venga, que venga.

Después de las doce horas con cincuenta minutos, cuando había perdido las esperanzas de que el borracho violador apareciera, lo vio caminar oscilante en lo ancho de la calle; el corazón se le alegró tanto que sus temores quedaron ocultos. Pero, ¡Oh decepción! ¡ Éste pasó sin hacerle caso, deteniéndose a escasos veinte metros, posiblemente al escuchar el gimotear de ella en el que envolvía algo así como:

-Que no se vaya, que no se vaya.

Después de algunos minutos, el individuo regresó y se plantó frente a ella, mirándola de pies a cabeza. El rostro de Filo, que esperaba con ansia lo deseado por mucho tiempo, se iluminó con una sonrisa que dejó al descubierto sus desordenados dientes ahuecados, entonces, el hombre le dijo:

-¡A ti, no te voy a violar! Pero, sí te voy a madrear.

EL CAZAFORTUNAS.

(El Chincual)

Dorotea, muchacha fea y taimada, hija única y la más rica del pueblo, fue cortejada por un cazafortunas; el sujeto planeó embarazarla y aparentar que, obligado por las circunstancias, aceptaba casarse con ella.

Entre las acciones de su plan para dejar la pobreza, figuraba la idea de invitarla al cine. La señorita Dorotea, después de manifestar algunos remilgos para ocultar su deseo, aceptó. El fulano, que sabía lo que hacía, empezó su labor de convencimiento en la oscuridad.

-Dame un beso, Doroteíta, dame un beso, preciosa- dijo él, con voz susurrante.
-¿Y chi nosss cachan?- contestó ella.
-No nos cachan, Doroteíta, no nos cachan- le aseguró el hombre.

Durante el tiempo que duró la proyección de la película, a Dorotea y a su acompañante, se les miró como un solo bulto al amparo de la penumbra.

-Dame esto, dame lo otro,... haz esto, haz lo otro,...- se le escuchaba decir al cazafortunas.

Ella, para todo tuvo un: “Y chi che chente,… y chi esto, y chi lo otro,...

Al transcurrir los días, Dorotea, sentía estar en la cima de su enamoramiento; fue cuando el fulano logró llevarla a un hotel de mala muerte que existía en las afueras del pueblo. A los pocos minutos de haber entrado en él, la pareja se entregó a las delicias del amor. Y, ahí está que, cuando más emocionado estaba el cazafortunas, éste, habló ansioso y necesitado:

-¡Muévete, Dorotea, muévete!

Ella, que para entonces estaba también a las puertas de un disfrute esperado, contestó con viveza pero con un dejo de preocupación:

-¿Yyyy, ... chi che chale?

EL GALLO DE MARTÍN.

(El Chincual)

Una veintena de hombres, entre los que había choferes y chalanes en el pueblo de Nativitas de los Tepanoles, esperaba que Martín Feliciano arreglara descompostura de su vehículo. El aburrimiento se apoderó de ellos. Rodolfo Bustillo, hombre inquieto y dicharachero, buscó algo que lo distrajera. Lo primero que se le ocurrió, fue elogiar el gallo que deambulaba en el patio la casa.

-¡Qué bonito gallo tienes Martín!- dijo él, con el propósito de resaltar las cualidades que el animal tenía para adornar una cazuela con mole.

-¿Sí, hermano?- contestó Martín, al tiempo que dirigía su mirada hacia el gallo que agitaba su plumaje para despabilarse el disfrute de la pisada que había dado a una gallina copetona que lo rondaba.

-¡Sí, es un gallo fregón!- fue su decir para referirse que era bueno para las gallinas.

Pero Martín, que tiene fama de argüendero, empezó por afamar el gallo atribuyéndole facultades que no tenía.

¿Sabías que este animalito es descendiente de El Gallo de Oro, el de la película en donde actuó la chulota Villa?

-¡No seas mitotero, Martincero, no seas mitotero!

-¡Hermano te digo la verdad!-Insistió con vehemencia-ha ganado muchas peleas,... es bueno.

Rodolfo Bustillo tuvo deseos de hacerle ver que si para algo fuera bueno el animal, sería únicamente para el chilatequile picoso, pero prefirió seguirle la corriente. Cuando más estaba Martín afamando su gallo, Rodolfo lo retó:

-¡Vamos jugando tu gallo contra un gallo que tengo!

Martín, que era observado por su esposa Hortensia, doña Tencha, y por aquellos hombres que habían encontrado distracción a costa de quien les arreglaría sus máquinas, no se pudo negar. Con rapidez cogieron el animal que se disponía a incursionar en las caderas de una polla colorada; le seguetearon los espolones y arrancaron las plumas que resaltaban en sus patas costrosas. A los pocos minutos lo enfrentaron a un gallo que de por vida estaba destinado a la pelea. Por instinto el gallo molero, mostró bravura erizando las plumas al tiempo que lanzaba navajazos. Al verlo Martín, saltó tan alto como pudo y se le escuchó decir:
-¡Ayayayyy, bravo como su dueño!

Hubo un segundo encontrón, con el mismo resultado, y en Martín creció la emoción.

-¡Chingón, chingón!- decía con los brazos en alto, con entusiasmo desbordado que lo hacía ver como chamaco y no como hombre setentón.

Pero al tercer choque, el gallo molero cayó agonizante por la herida que le produjo su contrincante. Sin esperar más, Rodolfo y los demás que habían apostado en contra de Martín, agarraron los animales, el viviente y el muerto; recogieron los dineros producto de la apuesta, y se alejaron en busca de un lugar para festejar la inesperada jugada de gallos. Todavía alcanzaron a escuchar ecos provenientes de la voz de doña Tencha, quien a grito pelón se dirigía a su marido:

-¡Martín, hijo de siete chingadas, me mataron mi gallo, pero a partir de mañana tú pisarás mis gallinas!

Ya no se supo más de esa pelea entre el giro de Rodolfo y el descendiente de El Gallo de Oro del citado Martincero; tampoco de la amenaza producto de los enojos de doña Tencha.

LA SORPRESA.

(El Chincual)

Se cuenta que El Zaragate, Paulino Mejía, marido de Paula Ortega, avecindados en un pueblo de la Costa de Guerrero, se avenía de fondos para sostener su hogar, vendiendo tortas, tacos, enchiladas y aguas de frutas, en la calle. De mañana, tarde y hasta muy noche se le veía transitar con su pregón que algo tenía de femenino:

-Cómpreme la torta, los tacos...- mientras su mujer permanecía, en apariencia, desatendida y aburrida en su casa. Lo de apariencia se dice porque, una mañana del mes de mayo, Paulino, con el rostro moreteado, se presentó a la comisaría para poner su demanda contra Cándido Potosí, El Norteño. El comisario preguntó que cuáles eran los cargos, entonces el demandante narró los hechos:

-Ora verás comisario, que la noche de ayer cuando llegué a mi hogar, no encontré a Paula; después de mucho buscarla la encontré atrás de la casa en donde El Potosí la tenía haciendo el amor de manera incómoda, y como viera yo que era algo desconocido para mí, que le digo, ¡Ejejé, Paula!,... ni yo te hago eso.

Y, entonces, los moretones que traes, ¿de qué son, Zaragate? _ preguntó la autoridad.

-Ora verá que El Potosí se enojó y me pegó hasta que se cansó, y cuando me dejó bañado en sangre, todavía me dijo: “esto es para que no me andes interrumpiendo... ¿Usted, cree?”

El comisario, hombre de respeto, aconsejó a Paulino Mejía:

-Mira Zaragate, más vale que te quedes callado y atiendas tu casa, porque como están las cosas, al rato le vas a dar motivos al Potosino para que te contramate. ¡Cállate y cómete tu vergüenza!
-Pero ya no va a volver a pasar, señor comisario, porque ahora Paula me dijo a qué horas debo llegar a mi casa.

El comisario movió la cabeza en señal de desaprobación, al tiempo que se le escuchó decir:

-Habrase visto..., si de que los hay, los hay.

Una palmada en la espalda de Paulino fue suficiente para que éste abandonara el lugar; se fue con su cantaleta:

-Cómpreme la torta,...- mientras a lo lejos algunos lugareños lo señalaban: ¡A´i va, ... Paula, ni yo te hago eso!