(El Chincual)
Manuel Caro, señor pueblerino, esposo de doña Matiana Cisneros, ocupaba su tiempo en proporcionar descanso y deleite etílico a su cuerpo; se decía que podía platicar durante horas siempre y cuando tuviera la panza llena. “Es excelente conversador”, comentaba la gente, “y buen pedidor de novias”,añadían; lo buscaban para esos propósitos. Cuando su esposa emprendía un viaje para vender productos en lugares lejanos y con ello allegarse recursos para subsistir, él decía: “No puedo acompañarla porque tengo muchos compromisos”.Por sus características le endosaron el mote de “El Güevón Caro”. Cuentan que de sólo verlo causaba impaciencia su desfachatez; creo que por esa razón, sus amigos Benigno López, Faustino Piedra y Celestino Miranda, se propusieron jugarle una broma:
Un día domingo, los tres amigos y Manuel Caro empezaron a platicar desde muy temprano cuando la mayoría de los habitantes del pequeño poblado asistían a misa de las siete. La conversación fue salpicada con ingenio y cuentillos que provocaron carcajadas.
Argumentando motivos diversos, Benigno, Faustino y Celestino se separaron quince minutos del grupo: el primero, a las nueve; el segundo, a las diez, y el tercero a las once. Todos regresaron con gran disimulo de lo que habían hecho, y se integraban animosamente a la conversación que de manera intencional se concentraba en Manuel Caro, quien para esa hora, empezaba a lanzar escupitajos aguados que dejaban entrever su hambre, a la vez que mostraba una intranquilidad que fue creciendo al grado que, a las doce del día, de plano les dijo:
-Arajo, valedores, yo creo que por hoy, a´i la dejamos, porque ya me anda por comerme unas memelas con frijoles, chimole y café caliente.
La respuesta a coro no se hizo esperar:
-Pero, valedor, cómo te vas a retirar si tú eres el alma de la plática; no la jodas; todos estamos en las mismas; como dijo alguien, “no sólo de pan vive el hombre”. ¿O qué te vas a rajar?”
Queriendo o no, Güevón Caro se quedó, mientras sus amigos disimulaban la alegría que les producía el tenerlo sin comer. Siguieron las bromas y chascarrillos, pero a las dos de la tarde:
-Quédense con su ch... plática; yo ya no aguanto el hambre- se alejó, al tiempo que Benigno, Faustino y Celestino reían a carcajadas y le confesaban que habían almorzado oportunamente.
Manuel Caro se retiró encorajinado; el berrinche le duró varios días. Al domingo siguiente, buscó a sus amigos, pero ahora llevando el estómago lleno, en previsión de lo que pudiera suceder. Doña Matiana, a su regreso, lo encontró entretenido como siempre, en grandes charlas, lo cual no le permitió auxiliarla en el arreo y acomodo de la recua que llegaba, juntamente con su dueña, fatigada.
Manuel Caro, señor pueblerino, esposo de doña Matiana Cisneros, ocupaba su tiempo en proporcionar descanso y deleite etílico a su cuerpo; se decía que podía platicar durante horas siempre y cuando tuviera la panza llena. “Es excelente conversador”, comentaba la gente, “y buen pedidor de novias”,añadían; lo buscaban para esos propósitos. Cuando su esposa emprendía un viaje para vender productos en lugares lejanos y con ello allegarse recursos para subsistir, él decía: “No puedo acompañarla porque tengo muchos compromisos”.Por sus características le endosaron el mote de “El Güevón Caro”. Cuentan que de sólo verlo causaba impaciencia su desfachatez; creo que por esa razón, sus amigos Benigno López, Faustino Piedra y Celestino Miranda, se propusieron jugarle una broma:
Un día domingo, los tres amigos y Manuel Caro empezaron a platicar desde muy temprano cuando la mayoría de los habitantes del pequeño poblado asistían a misa de las siete. La conversación fue salpicada con ingenio y cuentillos que provocaron carcajadas.
Argumentando motivos diversos, Benigno, Faustino y Celestino se separaron quince minutos del grupo: el primero, a las nueve; el segundo, a las diez, y el tercero a las once. Todos regresaron con gran disimulo de lo que habían hecho, y se integraban animosamente a la conversación que de manera intencional se concentraba en Manuel Caro, quien para esa hora, empezaba a lanzar escupitajos aguados que dejaban entrever su hambre, a la vez que mostraba una intranquilidad que fue creciendo al grado que, a las doce del día, de plano les dijo:
-Arajo, valedores, yo creo que por hoy, a´i la dejamos, porque ya me anda por comerme unas memelas con frijoles, chimole y café caliente.
La respuesta a coro no se hizo esperar:
-Pero, valedor, cómo te vas a retirar si tú eres el alma de la plática; no la jodas; todos estamos en las mismas; como dijo alguien, “no sólo de pan vive el hombre”. ¿O qué te vas a rajar?”
Queriendo o no, Güevón Caro se quedó, mientras sus amigos disimulaban la alegría que les producía el tenerlo sin comer. Siguieron las bromas y chascarrillos, pero a las dos de la tarde:
-Quédense con su ch... plática; yo ya no aguanto el hambre- se alejó, al tiempo que Benigno, Faustino y Celestino reían a carcajadas y le confesaban que habían almorzado oportunamente.
Manuel Caro se retiró encorajinado; el berrinche le duró varios días. Al domingo siguiente, buscó a sus amigos, pero ahora llevando el estómago lleno, en previsión de lo que pudiera suceder. Doña Matiana, a su regreso, lo encontró entretenido como siempre, en grandes charlas, lo cual no le permitió auxiliarla en el arreo y acomodo de la recua que llegaba, juntamente con su dueña, fatigada.

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