jueves, octubre 12, 2006

EL TIZONCITO.

(El Chincual)

Arturo Martínez, de profesión ingeniero forestal, regresaba a su casa después de un largo mes de estancia en la Montaña de Guerrero. Su trabajo consistía en realizar revisiones periódicas para el control de la tala inmoderada, la cual ya estaba causando estragos en dicha región.

Siempre viajaba solo; su herramienta indispensable era su vagoneta de doble tracción, ideal para transitar por los accidentados caminos y lodazales producidos por las torrenciales lluvias.

La última revisión la había hecho en una barranca del municipio de Olinalá, que ya había sido devastada por los talamontes clandestinos; durante todo el trayecto de regreso a Chilpancingo, la lluvia lo venía acompañando.
Manejaba sumido en sus pensamientos, anhelaba volver a ver a su pequeño de 6 meses y a su esposa.

Transitaba por una vereda cuando de repente, de entre unos matorrales le salieron al paso cuatro indígenas con morrales al hombro y machetes terciados; aplicó los frenos a fondo y la camioneta derrapó un buen trecho antes de poder detenerse. Arturo pensó que se trataba de un asalto. No hizo más que quedarse con las manos sujetas al volante. Al voltear hacia la ventanilla vio que el indígena de mayor edad, empapado por la lluvia, se le acercaba:

-Patrón, ¿Vas crucero Tlapa?
-¿Qué?
-¿Vas crucero Tlapa? ¿Llevas crucero Tlapa?.

Arturo respiró profundo, menos mal que no se trataba de un asalto; pensó en reprender al viejo por cometer la imprudencia de atravesarse sin la más mínima precaución.

-Está bien, súbanse.
-Gracias patrón.

El anciano les dijo algo en náhuatl a sus acompañantes y rápidamente se subieron en la parte trasera de la vagoneta.

-Amigo, usted súbase aquí adelante conmigo- le dijo Arturo al anciano.

Por el retrovisor Arturo podía ver las caras lánguidas de los indígenas y cómo el agua les escurría por la frente.

-Qué mis amigos, ¿no pasaba el camión?
-No patrón, camión no pasa hace un mes, quesque se quedan atorados en el lodo-respondió el anciano.
-No me diga patrón; me llamo Arturo.
-Sí patrón.
-¿Cómo que no pasan los camiones? Entonces ¿Cómo le hacen para ir a Tlapa o a otro lugar?
-Caminando patrón, o en bestia.
-Pero, ¿Cuanto tiempo hacen para llegar cuando menos a Olinalá?
-Tenemos que caminar noche y día pa’ llegar.
-¿Un día caminando para llegar de su pueblo hasta Olinalá?
-Si patrón, en veces cortando camino por cerro.
-Y si tienen un enfermo ¿Cómo carajos hacen para traérselo?
-Pos veces en bestia, en veces cargando, pero veces si nos mueren en camino. L’otro día se murió chamaco de Pascacio, éste que va aquí atrás, de las calenturas; no más llegamos medio camino.

Arturo sintió que lo invadía una pena terrible y quiso cambiar de tema de conversación.

-Lo siento. Y ahora ¿Qué van a hacer a Tlapa?
-Vamos traer una cajita.
-¿Cajita? ¿De qué?
-Pa’l chamaco, vamos dar cristiana sepultura.

Arturo guardó silencio. Buscó entre sus ropas una cajetilla de cigarros, la cual no encontró. Intentó en la guantera y ahí estaban. Sacó uno y oprimió el encendedor de la camioneta. Cuando el encendedor estuvo listo, lo sacó y encendió el cigarro que tenia en la boca.
Miró por el retrovisor y se percató que sus acompañantes lo miraban con curiosidad.

-¿Quieren un cigarro?- dijo Arturo.
Todos asintieron. Extendió la mano y le pasó la cajetilla al anciano; tomaron uno. Después de un momento el anciano dijo:
-Patrón, préstame tu tizoncito.
-¿El qué?
-Tu tizoncito prender cigarro.
-Ya entiendo, el encendedor.

Oprimió nuevamente el encendedor para después pasárselo ya encendido.

La lluvia era intensa y Arturo no dejaba de pensar en la tragedia que le había sucedido a Pascacio. El barro hacía que la camioneta patinara y se acercara peligrosamente a los barrancos.
Pasaron cerca de dos horas de viaje y el silencio reinaba en el interior de la camioneta. Arturo sintió ganas de fumarse otro cigarro. Sacó de su bolsa la cajetilla y se agachó para volver a activar el encendedor, pero no lo encontró. Recordó que lo había pasado a sus acompañantes para encender el cigarro que les ofreció.
-Oigan, ¿Quién trae el encendedor?
-¿Qué patrón?
-Si, el encendedor, para prender mi cigarro.
-¿Usted dirá el tizoncito?-respondió uno de los indígenas que venían atrás.
-Sí, ese
-Hmmmm, quesque horas que lo tiré; pas’ que ya se había apagado.

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