(El Chincual)
Cuenta uno de mis amigos originarios de Tierra Caliente, que en una ocasión que él y una veintena de coterráneos se encontraban inmersos en el disfrute de una parranda, cuando se les acabó el vino, que a esas horas de la madrugada era necesario para mantener los ánimos en un pequeño pueblo de esa región. Después de que innumerables mandaderos habían regresado sin el preciado líquido, a alguien se le ocurrió decir: “vamos a la casa de doña Chona, ella, seguro estoy que nos va a surtir”. Acto seguido se dirigieron hacia la casa de la señora de referencia, misma que estaba ubicada junto a un montón de piedras que se utilizaba para asolear la ropa en medio de un enorme solar protegido por postes y alambre.
Uno a uno, entre la alambrada, fueron introduciéndose al terreno. En medio de la oscuridad, se les fue encima un perro bravo del tamaño de un Gran Danés que los obligó a correr alrededor del asoleadero. Cuando más atosigados estaban, a coro les dio por gritar:
-¡Doña Chona, ... tía, tía Chona. ... Su perro, su perro!
La voz de la casera, se dejó escuchar:
-No le tengan miedo; ya está capón.
La respuesta los sorprendió, momentáneamente quedaron inmóviles; qué les daba a entender doña Chona; pero, ante la agresividad del perro, cuenta mi amigo, que hasta el cuete se les bajó; algunos se encaramaron al montón de piedras, y los más ligeros emprendieron la decorosa huída, antes de que otra cosa les sucediera.

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