jueves, octubre 12, 2006

DOÑA CUNDA.

(El Chincual)

Don Regino Antúnez Pedraza, descansa en su sillón preferido repasando las cuentas de un rosario, mientras que su mujer, doña Facunda Tepec, barre dando escobazos aquí y allá con enojo. Al llegar adonde está su marido, imprime mayor fuerza a su trabajo, y adrede lo golpea en los pies; éste, que tiene la paciencia de un verdadero santo, le pregunta:

-¿Estás enojadita?
-¡Sí! ... ¿Y qué?- contesta ella con mayor enojo y deseos de que su marido se contradiga.
-Pero si no te hago nada - dijo él, sumiso, con el ánimo de contentarla.
-Precisamente, por eso- dice doña Cunda con mayor coraje.
-Deberías ser como el vecino: los días viernes se pierde y hasta muy noche entra a su casa; pelea con su mujer, y no obstante que hacen su alboroto, al otro día amanece ella como calandria, pizpireta y cantadora. Tú, en cambio, te levantas a la misma hora y al regresar también: comes, duermes la siesta como ratón, te vas a misa, acudes a cenar y te duermes como tronco viejo, sin chiste.

A partir de entonces, don Regino, con el afán de tener contenta a su mujer, le sugirió que se desbalagara con sus amigas y amigos; que se vaya a las fiestas en donde tiene fama de bailadora y entonadora de canciones que acompañaba con su guitarra; mientras él, apegado a su monotonía, acude a sus misas y retiros espirituales.

Ahora, el barrer de doña Cunda se suavizó y, cuentan quienes tienen la oportunidad de conocerla de cerca, que hasta canturrea y mima a su marido, Regi, como lo llama cuando más contenta está. Aunque, de vez en cuando vuelven los enojos, y ante la consabida expresión de su marido que le dice que “no le hace nada”, la justificación de ella, es “por eso mismo”, y otra vez le dice aquello de “deberías ser como....” Él, se encoge de hombros y se limita a decir: “quién entiende a las mujeres”; contestándose a sí mismo con algo que escuchó decir: “ a las mujeres no hay que entenderlas, hay que amarlas”. Con ello le vuelve la calma y se mete en sus cavilaciones en torno a su mujercita, una señora bragada, aproximadamente de dos metros de estatura y noventa y ocho kilogramos, que lo tiene acostumbrado a no replicarle jamás, so pena de recibir un bofetón.

Pero, aunque sea así, la quiere y es feliz; es su decir a sus amigos y compañeros de feligresía.

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