(El Chincual)
Don Regino Antúnez Pedraza, descansa en su sillón preferido repasando las cuentas de un rosario, mientras que su mujer, doña Facunda Tepec, barre dando escobazos aquí y allá con enojo. Al llegar adonde está su marido, imprime mayor fuerza a su trabajo, y adrede lo golpea en los pies; éste, que tiene la paciencia de un verdadero santo, le pregunta:
-¿Estás enojadita?
-¡Sí! ... ¿Y qué?- contesta ella con mayor enojo y deseos de que su marido se contradiga.
-Pero si no te hago nada - dijo él, sumiso, con el ánimo de contentarla.
-Precisamente, por eso- dice doña Cunda con mayor coraje.
-Deberías ser como el vecino: los días viernes se pierde y hasta muy noche entra a su casa; pelea con su mujer, y no obstante que hacen su alboroto, al otro día amanece ella como calandria, pizpireta y cantadora. Tú, en cambio, te levantas a la misma hora y al regresar también: comes, duermes la siesta como ratón, te vas a misa, acudes a cenar y te duermes como tronco viejo, sin chiste.
A partir de entonces, don Regino, con el afán de tener contenta a su mujer, le sugirió que se desbalagara con sus amigas y amigos; que se vaya a las fiestas en donde tiene fama de bailadora y entonadora de canciones que acompañaba con su guitarra; mientras él, apegado a su monotonía, acude a sus misas y retiros espirituales.
Ahora, el barrer de doña Cunda se suavizó y, cuentan quienes tienen la oportunidad de conocerla de cerca, que hasta canturrea y mima a su marido, Regi, como lo llama cuando más contenta está. Aunque, de vez en cuando vuelven los enojos, y ante la consabida expresión de su marido que le dice que “no le hace nada”, la justificación de ella, es “por eso mismo”, y otra vez le dice aquello de “deberías ser como....” Él, se encoge de hombros y se limita a decir: “quién entiende a las mujeres”; contestándose a sí mismo con algo que escuchó decir: “ a las mujeres no hay que entenderlas, hay que amarlas”. Con ello le vuelve la calma y se mete en sus cavilaciones en torno a su mujercita, una señora bragada, aproximadamente de dos metros de estatura y noventa y ocho kilogramos, que lo tiene acostumbrado a no replicarle jamás, so pena de recibir un bofetón.
Pero, aunque sea así, la quiere y es feliz; es su decir a sus amigos y compañeros de feligresía.
Don Regino Antúnez Pedraza, descansa en su sillón preferido repasando las cuentas de un rosario, mientras que su mujer, doña Facunda Tepec, barre dando escobazos aquí y allá con enojo. Al llegar adonde está su marido, imprime mayor fuerza a su trabajo, y adrede lo golpea en los pies; éste, que tiene la paciencia de un verdadero santo, le pregunta:
-¿Estás enojadita?
-¡Sí! ... ¿Y qué?- contesta ella con mayor enojo y deseos de que su marido se contradiga.
-Pero si no te hago nada - dijo él, sumiso, con el ánimo de contentarla.
-Precisamente, por eso- dice doña Cunda con mayor coraje.
-Deberías ser como el vecino: los días viernes se pierde y hasta muy noche entra a su casa; pelea con su mujer, y no obstante que hacen su alboroto, al otro día amanece ella como calandria, pizpireta y cantadora. Tú, en cambio, te levantas a la misma hora y al regresar también: comes, duermes la siesta como ratón, te vas a misa, acudes a cenar y te duermes como tronco viejo, sin chiste.
A partir de entonces, don Regino, con el afán de tener contenta a su mujer, le sugirió que se desbalagara con sus amigas y amigos; que se vaya a las fiestas en donde tiene fama de bailadora y entonadora de canciones que acompañaba con su guitarra; mientras él, apegado a su monotonía, acude a sus misas y retiros espirituales.
Ahora, el barrer de doña Cunda se suavizó y, cuentan quienes tienen la oportunidad de conocerla de cerca, que hasta canturrea y mima a su marido, Regi, como lo llama cuando más contenta está. Aunque, de vez en cuando vuelven los enojos, y ante la consabida expresión de su marido que le dice que “no le hace nada”, la justificación de ella, es “por eso mismo”, y otra vez le dice aquello de “deberías ser como....” Él, se encoge de hombros y se limita a decir: “quién entiende a las mujeres”; contestándose a sí mismo con algo que escuchó decir: “ a las mujeres no hay que entenderlas, hay que amarlas”. Con ello le vuelve la calma y se mete en sus cavilaciones en torno a su mujercita, una señora bragada, aproximadamente de dos metros de estatura y noventa y ocho kilogramos, que lo tiene acostumbrado a no replicarle jamás, so pena de recibir un bofetón.
Pero, aunque sea así, la quiere y es feliz; es su decir a sus amigos y compañeros de feligresía.

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