(El Chincual)
En la plazuela de un pueblo anclado en la montaña de Guerrero, danzan Moros y Cristianos; lo han venido haciendo desde las ocho de la mañana en honor al santo patrón del lugar. Son las doce horas del día, y la gente rodea a los danzantes que sudorosos ponen su mejor esfuerzo para aparentar realidad en el drama y la contienda que conlleva su danzar. Repentinamente, un moro le dice a su contrincante:
-¡Espératelo! ... Voy marrármelo mi huarache!
El Cristiano, de figura diminuta pero ágil, le contesta de inmediato:
-A mí no me lo haces pendejo... Qué marrar ni marrar,... se te olvidó tu relación.
Instantes después, reanudaron sus movimientos, y para que el danzante Cristiano no fuera a decir algo, el Moro dijo parte de su discurso:
-¿Qué es lo que vengo,... qué es lo que escocho? ... De ver tanta gente, mejor mi joyo.
La gente miraba con entusiasmo a los danzantes, mientras un niño de escasos tres años lloraba desconsoladamente sentado en la banqueta próxima a ellos. Sus lágrimas escurrían y se mezclaban con el sudor y la mucosidad provenientes de sus narices. Por la indiferencia que había hacia él, daba la impresión de que se hallaba perdido. Pero, de repente, se escuchó la voz del Cristiano de figura diminuta y ágil:
-¡Pérate, Moro valiente, voy a darle chichi mi´jo!
Y, acto seguido, se despojó de la indumentaria, botó al carajo su machete y se dispuso a atender al niño.
El jefe de los Cristianos, al escuchar las palabras de su correligionaria. Con el machete en alto, gritó:
-“¡Alto Moros!, silencio mósica.... siñora, siñores,.... Soldado cristiana, va dar mamar su hijo!”.
La concurrencia no se desperdigó; se quedó en espera de que reanudara el espectáculo, con el deseo de ver rendidos a Los Moros. Minutos después el niño, con la cara limpia y el estómago lleno, quedó sentado en la banqueta. Y, nuevamente, se inició la refriega entre danzantes al son de la tamborilla y el sonsonete de violines pueblerinos.
El Moro, que era un indio ladino, aprovechó el momento de cansancio del Cristiano, o mejor dicho, la Cristiana, para decirle al oído:
-Nomás que termine esto, qué te lo parece si nos vamos entendiéndolo en un rinconcito.
La indita, que no era ninguna tonta, sin dejar de revolotear el machete, le dijo a grito abierto que no; todavía él le preguntó que por qué no; a lo que ella contestó:
-¡ Porque no soy tu pendejación!
La danza siguió y siguió hasta el anochecer, con la derrota de los Moros.
En la plazuela de un pueblo anclado en la montaña de Guerrero, danzan Moros y Cristianos; lo han venido haciendo desde las ocho de la mañana en honor al santo patrón del lugar. Son las doce horas del día, y la gente rodea a los danzantes que sudorosos ponen su mejor esfuerzo para aparentar realidad en el drama y la contienda que conlleva su danzar. Repentinamente, un moro le dice a su contrincante:
-¡Espératelo! ... Voy marrármelo mi huarache!
El Cristiano, de figura diminuta pero ágil, le contesta de inmediato:
-A mí no me lo haces pendejo... Qué marrar ni marrar,... se te olvidó tu relación.
Instantes después, reanudaron sus movimientos, y para que el danzante Cristiano no fuera a decir algo, el Moro dijo parte de su discurso:
-¿Qué es lo que vengo,... qué es lo que escocho? ... De ver tanta gente, mejor mi joyo.
La gente miraba con entusiasmo a los danzantes, mientras un niño de escasos tres años lloraba desconsoladamente sentado en la banqueta próxima a ellos. Sus lágrimas escurrían y se mezclaban con el sudor y la mucosidad provenientes de sus narices. Por la indiferencia que había hacia él, daba la impresión de que se hallaba perdido. Pero, de repente, se escuchó la voz del Cristiano de figura diminuta y ágil:
-¡Pérate, Moro valiente, voy a darle chichi mi´jo!
Y, acto seguido, se despojó de la indumentaria, botó al carajo su machete y se dispuso a atender al niño.
El jefe de los Cristianos, al escuchar las palabras de su correligionaria. Con el machete en alto, gritó:
-“¡Alto Moros!, silencio mósica.... siñora, siñores,.... Soldado cristiana, va dar mamar su hijo!”.
La concurrencia no se desperdigó; se quedó en espera de que reanudara el espectáculo, con el deseo de ver rendidos a Los Moros. Minutos después el niño, con la cara limpia y el estómago lleno, quedó sentado en la banqueta. Y, nuevamente, se inició la refriega entre danzantes al son de la tamborilla y el sonsonete de violines pueblerinos.
El Moro, que era un indio ladino, aprovechó el momento de cansancio del Cristiano, o mejor dicho, la Cristiana, para decirle al oído:
-Nomás que termine esto, qué te lo parece si nos vamos entendiéndolo en un rinconcito.
La indita, que no era ninguna tonta, sin dejar de revolotear el machete, le dijo a grito abierto que no; todavía él le preguntó que por qué no; a lo que ella contestó:
-¡ Porque no soy tu pendejación!
La danza siguió y siguió hasta el anochecer, con la derrota de los Moros.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario