jueves, octubre 12, 2006

LOS CONVERSADORES.

(EL Chincual)

En el paraje denominado Los Amates, conversan, bajo la sombra de estos árboles, don Pedro Peperucho (más que apellido era su apodo por vivir en una casa rodeada de matorrales denominados peperucha) y don Fulgencio Farfán (don Ful). La charla que sostienen se ha prolongado más de lo acostumbrado: han hablado de su ganado, las siembras, el cura, el dueño del cine y hasta del presidente municipal. Ambos montan en sus respectivos jumentos. Desde hace un buen rato, el que carga a don Ful, le ha dado por rebuznar cada vez que habla su dueño, obligándolo a elevar el sonido de su voz. Ni reatazos y menos insultos hacen que el animal se sosiegue; a don Ful no le queda más que suspender su plática.

-Pepe- le dice a su compañero- ¿qué te parece si continuamos otro día? Porque este puto burro no nos deja oír.
-Como quieras, Fulgencio, como tú quieras; ya sabes que estoy a tus órdenes.

Ambos, de ochenta y pico de años, continúan su camino en direcciones encontradas; se les mira talonear la barriga de sus bestias para que éstas aceleren el paso. Don Pepe va tranquilo, pero don Ful lleva arranques de enojo; al llegar éste a su casa, desensilla a su borrico y de inmediato lo azota con una chicota hecha con las cintas de un viejo calzón de manta. El animal, simula miedo y dolor pandeándose cada vez que el objeto le toca el lomo. Se escucha constante la voz de su dueño, que con enojo le grita:

-¿Cuál es tu opinación? ... ¿Cuál es tu opinación? ¡Eh! ¡Dime, Dime!

Después de cinco o seis chicotazos, don Ful suspende el castigo y se sienta a poca distancia del borrico; éste, para las orejas en dirección a su dueño y le dedica una andanada de rebuznos, como si con ellos le quisiera recordar que por más de ocho años lo ha traído de aquí para allá y para todos lados a cambio de manojos de hoja seca y unas cuantas mazorcas de popoyote.

Al transcurrir unos treinta minutos en los que don Ful ha permanecido pensativo, el animal vuelve a rebuznar. Su dueño lo mira y hasta le sonríe; se pone de pie, toma un talego que cuelga de un horcón, en cuyo interior hay maíz, bellotas verdes y pedazos de tortilla tiesa, y lo lleva hasta el hocico del animal, el cual manifiesta regocijo pateando el piso y moviendo la cola.

Otra vez, don Ful lanza su pregunta:
-¿Cuál es tu opinación?...¿cuál es tu opinación?.
Pero el burro no puede rebuznar; se limita a menear las orejas, y con ello, se intuye, quedan allanados los enojos, y un entendimiento velado de que a cambio de una buena ración de alimento sabroso, éste soportará, durante el tiempo que sea necesario, las conversaciones de los señores en comento.

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