(EL Chincual)
En el paraje denominado Los Amates, conversan, bajo la sombra de estos árboles, don Pedro Peperucho (más que apellido era su apodo por vivir en una casa rodeada de matorrales denominados peperucha) y don Fulgencio Farfán (don Ful). La charla que sostienen se ha prolongado más de lo acostumbrado: han hablado de su ganado, las siembras, el cura, el dueño del cine y hasta del presidente municipal. Ambos montan en sus respectivos jumentos. Desde hace un buen rato, el que carga a don Ful, le ha dado por rebuznar cada vez que habla su dueño, obligándolo a elevar el sonido de su voz. Ni reatazos y menos insultos hacen que el animal se sosiegue; a don Ful no le queda más que suspender su plática.
-Pepe- le dice a su compañero- ¿qué te parece si continuamos otro día? Porque este puto burro no nos deja oír.
-Como quieras, Fulgencio, como tú quieras; ya sabes que estoy a tus órdenes.
Ambos, de ochenta y pico de años, continúan su camino en direcciones encontradas; se les mira talonear la barriga de sus bestias para que éstas aceleren el paso. Don Pepe va tranquilo, pero don Ful lleva arranques de enojo; al llegar éste a su casa, desensilla a su borrico y de inmediato lo azota con una chicota hecha con las cintas de un viejo calzón de manta. El animal, simula miedo y dolor pandeándose cada vez que el objeto le toca el lomo. Se escucha constante la voz de su dueño, que con enojo le grita:
-¿Cuál es tu opinación? ... ¿Cuál es tu opinación? ¡Eh! ¡Dime, Dime!
Después de cinco o seis chicotazos, don Ful suspende el castigo y se sienta a poca distancia del borrico; éste, para las orejas en dirección a su dueño y le dedica una andanada de rebuznos, como si con ellos le quisiera recordar que por más de ocho años lo ha traído de aquí para allá y para todos lados a cambio de manojos de hoja seca y unas cuantas mazorcas de popoyote.
Al transcurrir unos treinta minutos en los que don Ful ha permanecido pensativo, el animal vuelve a rebuznar. Su dueño lo mira y hasta le sonríe; se pone de pie, toma un talego que cuelga de un horcón, en cuyo interior hay maíz, bellotas verdes y pedazos de tortilla tiesa, y lo lleva hasta el hocico del animal, el cual manifiesta regocijo pateando el piso y moviendo la cola.
Otra vez, don Ful lanza su pregunta:
-¿Cuál es tu opinación?...¿cuál es tu opinación?.
Pero el burro no puede rebuznar; se limita a menear las orejas, y con ello, se intuye, quedan allanados los enojos, y un entendimiento velado de que a cambio de una buena ración de alimento sabroso, éste soportará, durante el tiempo que sea necesario, las conversaciones de los señores en comento.

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