(El Chincual)
Una veintena de paisanos, animados por los mezcales consumidos la tarde de un día viernes, dejaron su pueblo y se trasladaron al Puerto de Acapulco. Al amparo de las sombras de la noche para no ser vistos, llegaron a La Huerta, un “Centro nocturno” ubicado en Aguas Blancas de ese lugar. Sin planearlo, fueron a parar al salón de espectáculos; quien los conducía advirtió: “tengan cuidado, porque aquí, entre las bailarinas hay...”. De ellos, el más viejo, no lo dejó terminar, y contestó:” no te preocupes Companche, en eso de conocer quién es quién, me pinto solo”.
Para calentar los ánimos, el conductor del espectáculo preguntó a los parroquianos de todos los grupos, el lugar de su procedencia: Chicago, Los Ángeles, Francia, Brasil, Veracruz, Distrito Federal,... se escuchó en tanto los paisanos dejaban oír sus voces para que se supiera el nombre de su tierra natal. Los aplausos inundaron el salón y la gente rio por las ocurrencias que se dieron.
El espectáculo empezó: un conjunto tras otro de bailarinas fueron ejecutando sus movimientos rítmicos al tiempo que repartían besos y en algunas ocasiones el viejito de referencia se permitía devolvérselos y hasta posar sus labios en parte que escondían con pudor. La gente le festejaba y lo alentaba a seguir en sus desahogos sin escuchar la advertencia de su guía. Las caricias siguieron llegando al paisano y saliendo de él.
Repentinamente, apareció una rumbera jacarandosa, y cuando aún no terminaba de bailar, el viejito la llamó y le plantó sonoro beso en las piernas y más allá, cerca de donde se sujetan éstas, provocando risotadas y aplausos que lo llenaron de euforia, misma que terminó cuando la bailarina se despojó del sostén que llevaba dejando al descubierto su condición de trasvertista. Los asistentes volcaron sus burlas y desdenes en los paisanos, a quienes no les quedó más que abandonar el lugar. Afuera, también rieron a costa del libidinoso de su compañero de parranda. Éste, para soportar las bromas, consumió más vino del que acostumbraba y en punto cuete pidió que de lo sucedido en el salón de La Huerta, jamás se supiera en su tierra natal, porque según su decir: “se imaginan qué van a decir... “. La promesa se dejó escuchar; pero el viejito, a quien llamaban El Companche, no imaginó jamás que a otro día en su pueblo se supiera lo de su desliz; todo, porque entre ellos, iba alguien que su lema era: “a mí que me cuenten lo que quieren que se sepa, porque mi pecho no es bodega”.
Fue así como se supo de la existencia de Mayambé, el hombre espectáculo que animaba las noches del ahora extinto centro nocturno La Huerta, en Acapulco, Gro.
Una veintena de paisanos, animados por los mezcales consumidos la tarde de un día viernes, dejaron su pueblo y se trasladaron al Puerto de Acapulco. Al amparo de las sombras de la noche para no ser vistos, llegaron a La Huerta, un “Centro nocturno” ubicado en Aguas Blancas de ese lugar. Sin planearlo, fueron a parar al salón de espectáculos; quien los conducía advirtió: “tengan cuidado, porque aquí, entre las bailarinas hay...”. De ellos, el más viejo, no lo dejó terminar, y contestó:” no te preocupes Companche, en eso de conocer quién es quién, me pinto solo”.
Para calentar los ánimos, el conductor del espectáculo preguntó a los parroquianos de todos los grupos, el lugar de su procedencia: Chicago, Los Ángeles, Francia, Brasil, Veracruz, Distrito Federal,... se escuchó en tanto los paisanos dejaban oír sus voces para que se supiera el nombre de su tierra natal. Los aplausos inundaron el salón y la gente rio por las ocurrencias que se dieron.
El espectáculo empezó: un conjunto tras otro de bailarinas fueron ejecutando sus movimientos rítmicos al tiempo que repartían besos y en algunas ocasiones el viejito de referencia se permitía devolvérselos y hasta posar sus labios en parte que escondían con pudor. La gente le festejaba y lo alentaba a seguir en sus desahogos sin escuchar la advertencia de su guía. Las caricias siguieron llegando al paisano y saliendo de él.
Repentinamente, apareció una rumbera jacarandosa, y cuando aún no terminaba de bailar, el viejito la llamó y le plantó sonoro beso en las piernas y más allá, cerca de donde se sujetan éstas, provocando risotadas y aplausos que lo llenaron de euforia, misma que terminó cuando la bailarina se despojó del sostén que llevaba dejando al descubierto su condición de trasvertista. Los asistentes volcaron sus burlas y desdenes en los paisanos, a quienes no les quedó más que abandonar el lugar. Afuera, también rieron a costa del libidinoso de su compañero de parranda. Éste, para soportar las bromas, consumió más vino del que acostumbraba y en punto cuete pidió que de lo sucedido en el salón de La Huerta, jamás se supiera en su tierra natal, porque según su decir: “se imaginan qué van a decir... “. La promesa se dejó escuchar; pero el viejito, a quien llamaban El Companche, no imaginó jamás que a otro día en su pueblo se supiera lo de su desliz; todo, porque entre ellos, iba alguien que su lema era: “a mí que me cuenten lo que quieren que se sepa, porque mi pecho no es bodega”.
Fue así como se supo de la existencia de Mayambé, el hombre espectáculo que animaba las noches del ahora extinto centro nocturno La Huerta, en Acapulco, Gro.

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