jueves, octubre 12, 2006

EL SUEÑO ANSIADO.

(El Chincual)

La solterona del pueblo, después de agotar infructuosamente sus recursos y propiciar sin éxito, encuentros que la condujeran al matrimonio o mínimo que éstos le llevaran a alguien que le hiciera el amor, dicho como ella daba en llamar a la práctica del sexo, recurrió a una amiga, a quien le confesó su urgencia; ésta, que contaba con un haber nutrido de experiencias amorosas, le sugirió estrategias diversas, pero por desgracia para Filomena, la necesitada, ninguna le dio resultado; ante ello, le comentó:

-Mira , amiga, no te queda más que hacerte la loquita; así le llaman a quienes por estar muy urgidas de aquellito, tienen que hacerse las locas que abrazan el último poste de alumbrado eléctrico que está en El Callejón del Gemido, en espera de que pase un borracho que, según el decir de muchas de las que han vivido esa experiencia, además de estar bien dotado, es experto en violar a quienes encuentra allí a las doce de la noche; pero, debo decirte que las golpea antes de cometer su fechoría con ellas; te lo digo para que estés enterada de ello, aunque, razones deben tener algunas para volver a vivir esa experiencia.

Filomena, que era fea por donde se le viera, no dijo palabra alguna a su amiga y se fue metida en sus silencios. Sin meditarlo mucho, la noche siguiente acudió al lugar de referencia. Allí estuvo bajo la escasa luz que provenía de un foco viejo y amarillento. Para sus adentros, repetía como disco rayado: Dios mío, que venga, que venga, que venga.

Después de las doce horas con cincuenta minutos, cuando había perdido las esperanzas de que el borracho violador apareciera, lo vio caminar oscilante en lo ancho de la calle; el corazón se le alegró tanto que sus temores quedaron ocultos. Pero, ¡Oh decepción! ¡ Éste pasó sin hacerle caso, deteniéndose a escasos veinte metros, posiblemente al escuchar el gimotear de ella en el que envolvía algo así como:

-Que no se vaya, que no se vaya.

Después de algunos minutos, el individuo regresó y se plantó frente a ella, mirándola de pies a cabeza. El rostro de Filo, que esperaba con ansia lo deseado por mucho tiempo, se iluminó con una sonrisa que dejó al descubierto sus desordenados dientes ahuecados, entonces, el hombre le dijo:

-¡A ti, no te voy a violar! Pero, sí te voy a madrear.

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