jueves, octubre 12, 2006

EL PLEITO.

(El Chincual)

Malaquías Ortega Peláez, El Malaco, anduvo borracho todo un día en compañía de Carlos Zenón Peralta, El Carlangas. Al primero le había dado por beber por decepción, porque lo había abandonado su mujer, doña Catalina Peñalosa, señora respetable de armas tomar.

Durante la noche, el tema recurrente que tocó Malaco fue el de cómo debía tratar El Carlangas a las mujeres para que lo respetaran.

Aunque Carlangas poco conocía a Malaquías, después de más de veinte horas de andar juntos, cuando empezó a amanecer, tenía la firme convicción de que estaba ante un hombre firme en sus propósitos, un valentón que no le temía a nada; de ahí que se sintiera orgulloso de andar en esa compañía.

A punto de borrachera, El Malaco propuso despertar a doña Catalina: minutos después, él y su acompañante, la llamaban desde la calle, bajo una de las ventanas de su casa.

Como vieran las hermanas de ésta, que Malaco insistía en que se le permitiera entrar, abrieron las puertas. Al poco tiempo de estar adentro, armó una tremolina, con pistola en mano amenazaba a las mujeres y a cuanto individuo pasaba por el lugar. El alboroto fue creciendo ante el asombro de las caseras que con gritos de: “¡No, Malaquías!” intentaban que éste no balaceara los muebles por el despecho que le prodigaba la indiferencia de su esposa. Repentinamente, atraído por los gritos, a un señor de fornido cuerpo que transitaba por la calle, se le ocurrió detenerse para enterarse de lo que allí ocurría; acto seguido, El Malaco se dirigió a él, acusándolo de que era el querido de doña Catalina. La acusación fue tan contundente que el transeúnte se dio por ofendido y aceptó el reto que se le hacía para dirimir la presunta querella. Malaco, sabedor de que sus cuñadas no lo dejarían que se peleara, salió con ademanes pendencieros para enfrentar al casual contrincante que lucía imponente. De pronto, Malaquías se vio sólo frente a él, por lo que optó por simular que algo se le había olvidado dentro de la casa, de donde ya no salió y desde ahí prefirió iniciar una batalla verbal para ocultar su miedo. Para entonces, El Carlangas, que actuaba como réferi, y se movía asumiendo distintas posturas entre la multitud que se había desplazado desde la plazuela, atraída por el movimiento inusitado, sufrió una decepción: “¡No habrá pleito!”, se dijo para sus adentros. Al percatarse de ello, dirigió a Malaquías su reclamo:

-¡Arajo, vale, ... ¿y el pleito? ...

-¿El pleito? ¿Cuál pleito? ¿No ves que ése me tuvo miedo?- Dijo Malaquías para justificar su cobardía.

-¡Ah, no, a esta pobre gente que dejó su palco para venir a ver el pleito, no la puedes defraudar, así es que si aquél te tuvo miedo ahora te vas a ch ... conmigo para que se te quite lo argüendero.

Acto seguido, El Carlangas con enormes piedras en las manos retó a su amigo de parranda, mientras que éste se refugiaba en las enaguas de sus cuñadas. La puerta de la casa fue cerrada con premura, al tiempo que los pedazos de roca, buscaban llegar al oponente escondido.

La gente festejó con carcajadas la ocurrencia de El Carlangas, a quien se le invitó que disfrutara de la comodidad en el palco de honor, que le permitiría saborear el agua de las verdes matas y la jugada del toro de once en honor al santo patrono del pueblo.

De Malaquías, no se supo más en el transcurso del día, ni en los días posteriores; la gente se enteró que se había reconciliado con su mujer, doña Catalina Peñalosa.

A partir de entonces, El Carlangas dio en decir a lo largo de sus andanzas: “No es de hombres dejar a medias lo que se empieza”. De ahí que, en las contiendas etílicas de los lugareños, se diga con frecuencia: “Como dice el Carlangas, ... .”

No hay comentarios.: