jueves, octubre 12, 2006

EL REQUERIMIENTO.

(El Chincual)

Roque Santamaría, después haber consumido mucho alcohol en la cantina El Atrancón, se dirigió a su casa; en el reloj de la catedral sonaron tres campanadas que irrumpieron el silencio de la madrugada.

Como en otras ocasiones, desde antes de llegar a la puerta de su hogar, requirió a su esposa, (de quien se decía que, a fuerza de escucharle la cantaleta acostumbrada, había optado por no atenderlo):

-¡Rigoberta, ... ya llegó tu hombre! ... ¡Rigoberta, necesito de tus servicios! ...¡Rigoberta, ábreme, corazón que vengo urgido! ... –En ese mismo tenor se le escuchó una y más veces sin que sus palabras lograran voluntad que franqueara su entrada hasta la recámara de su mujer.

Cuando ronco estuvo y más no pudo gritar, contrario a su costumbre de quedarse dormido en el quicio más cercano a su casa, se escuchó que empezó a desandar sus pasos, sentenciando:

-Como no me abres, me voy con las muchachas de don “Pichi” (propietario de El Rigoletito, un prostíbulo).

No había caminado ni veinte metros, cuando se oyó el rechinar de una puerta, y la voz labiosa de quien le dijo:

-Anda, pues, loco, parece que no te puedes esperar.

Cuentan los vecinos de El Callejón de los Letrados, que a partir de esa ocasión Roque no volvió a amanecer en la calle, salvo aquellas veces que por voluntad propia o porque le faltaba aliento para gritar, quedaba en el desamparo.

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