(El Chincual)
Antonio y Pablo, dos vendedores de una reconocida marca de cosméticos, habían llegado hasta Santa Brigida para ofrecer sus productos a las mujeres del pueblo.
La venta no había tenido éxito y sus bolsillos se encontraban completamente vacíos; sus maletas pesaban más que nunca. A las cinco de la tarde el hambre ya les arreciaba.
Al doblar una esquina se percataron que a la mitad de la cuadra se escuchaba música de chile frito y se percibía un invitador aroma a mole. La puerta de entrada a la casa estaba adornada con papel picado y con un ramo de flores.
-Mira compañero, ahí hay jolgorio. Qué bien huele. ¿Y si nos colamos, quién quita y nos den de comer?- sugirió Antonio a Pablo.
-Bueno guache ¿Qué estás loco? Si ni siquiera conocemos a los de la fiesta.
-¿Y qué prefieres quedarte sin tragar?
-Pos no.
-Ándale atarantado, tú vente. Ya veremos.
Uno de ellos sacó su pañuelo y limpió la tierra de sus botines; se arregló la camisa y acomodó su corbatín.
Los dos entraron a la casa; en el patio, bajo una ramada, se encontraban mesas perfectamente arregladas con manteles de encaje, sendos platos servidos con humeante mole de guajolote; los asistentes disfrutaban del mezcal y de las cervezas frías. La gente los miró con recelo.
-¿Y a éstos quién los invitó? Le susurró en el oído don Filiberto, el boticario, a su esposa.
-Pos no se.
Los dos amigos se sentaron al final de la mesa y una de las criadas les sirvió dos cervezas bien heladas.
No habían podido tomar un sorbo, cuando don Filiberto se paró de la mesa, se dirigió a la explanada que se destinó para el baile y solicitó a los asistentes atención para dirigir unas palabras.
-Señores, señoras, quiero pedirles un gran favor. En estas tierras se acostumbra a realizar un tradicional ritual en ocasiones especiales. Les pido a los amigos de la dama formar una fila a mi lado izquierdo y a los amigos y amigas del novio a mi lado derecho.
Los asistentes se extrañaron y acataron el pedimento del orador.
Antonio y Pablo se miraron extrañados:
-¿Y ora qué hacemos tú?- preguntó Pablo.
-Pos..pos…vamos a la fila del novio.
Los dos tomaron el lado derecho de don Filiberto. Todos los asistentes se formaron del lado izquierdo. Los dos amigos pronto se percataron que eran los únicos que estaban formados en la fila derecha.
Don Fili volvió a tomar la palabra:
-A los amigos de la dama que se formaron a mi lado izquierdo les agradezco su asistencia a este evento tan importante para la familia, y a los amigos que se formaron de mi lado derecho, les informo que….
Don Filiberto se tornó de un color rojo y las venas de su cuello saltaron hasta el punto de reventar, descubrió la escudara 45 que llevaba fajada al cinto y dijo:
-…que se vayan a chingar a su madre, porque esto no es una boda; son unos quince años. Desgraciados gorrones.
Los dos amigos corrieron hasta las afueras del pueblo, olvidándose de recoger sus pertenencias.
Antonio y Pablo, dos vendedores de una reconocida marca de cosméticos, habían llegado hasta Santa Brigida para ofrecer sus productos a las mujeres del pueblo.
La venta no había tenido éxito y sus bolsillos se encontraban completamente vacíos; sus maletas pesaban más que nunca. A las cinco de la tarde el hambre ya les arreciaba.
Al doblar una esquina se percataron que a la mitad de la cuadra se escuchaba música de chile frito y se percibía un invitador aroma a mole. La puerta de entrada a la casa estaba adornada con papel picado y con un ramo de flores.
-Mira compañero, ahí hay jolgorio. Qué bien huele. ¿Y si nos colamos, quién quita y nos den de comer?- sugirió Antonio a Pablo.
-Bueno guache ¿Qué estás loco? Si ni siquiera conocemos a los de la fiesta.
-¿Y qué prefieres quedarte sin tragar?
-Pos no.
-Ándale atarantado, tú vente. Ya veremos.
Uno de ellos sacó su pañuelo y limpió la tierra de sus botines; se arregló la camisa y acomodó su corbatín.
Los dos entraron a la casa; en el patio, bajo una ramada, se encontraban mesas perfectamente arregladas con manteles de encaje, sendos platos servidos con humeante mole de guajolote; los asistentes disfrutaban del mezcal y de las cervezas frías. La gente los miró con recelo.
-¿Y a éstos quién los invitó? Le susurró en el oído don Filiberto, el boticario, a su esposa.
-Pos no se.
Los dos amigos se sentaron al final de la mesa y una de las criadas les sirvió dos cervezas bien heladas.
No habían podido tomar un sorbo, cuando don Filiberto se paró de la mesa, se dirigió a la explanada que se destinó para el baile y solicitó a los asistentes atención para dirigir unas palabras.
-Señores, señoras, quiero pedirles un gran favor. En estas tierras se acostumbra a realizar un tradicional ritual en ocasiones especiales. Les pido a los amigos de la dama formar una fila a mi lado izquierdo y a los amigos y amigas del novio a mi lado derecho.
Los asistentes se extrañaron y acataron el pedimento del orador.
Antonio y Pablo se miraron extrañados:
-¿Y ora qué hacemos tú?- preguntó Pablo.
-Pos..pos…vamos a la fila del novio.
Los dos tomaron el lado derecho de don Filiberto. Todos los asistentes se formaron del lado izquierdo. Los dos amigos pronto se percataron que eran los únicos que estaban formados en la fila derecha.
Don Fili volvió a tomar la palabra:
-A los amigos de la dama que se formaron a mi lado izquierdo les agradezco su asistencia a este evento tan importante para la familia, y a los amigos que se formaron de mi lado derecho, les informo que….
Don Filiberto se tornó de un color rojo y las venas de su cuello saltaron hasta el punto de reventar, descubrió la escudara 45 que llevaba fajada al cinto y dijo:
-…que se vayan a chingar a su madre, porque esto no es una boda; son unos quince años. Desgraciados gorrones.
Los dos amigos corrieron hasta las afueras del pueblo, olvidándose de recoger sus pertenencias.

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