II
En el transitar inicial que Saturnino Lama realiza en lo que fuera su hogar, constata que, cuando apenas han transcurrido cuarenta días del suceso funesto que lo ha atraído, en el cuarto de los trebejos de La casa del tamarindo, yacen arronzados: candelabros, velas despabiladas, sahumerios ahumados, restos de copalsanto, botellas con residuos de aceite, trapos en desuso, tapayolas marchitas, rosas secas, floreros desperdigados y vasos de cristal agrietado por el calor de la cera hirviente en la que flotaron mechas chamuscadas por el ahora apaciguado fuego adoratorio; observa que en el cuarto habitado por su madre, reposan reliquias e imágenes religiosas que fueron depositarias de sus aflicciones; palpa que en los muebles vetustos hay una mantilla de polvo, sinónimo de velado propósito que pretende diluir los recuerdos que éstos atraen con sólo mirarlos. En el aposentado silencio que hay en su rededor, se escucha el acompasado tic tac de un reloj empotrado en un viejo perchero colocado en lo alto de la pared del corredor de la casa que ha envejecido con todo y sus techos de carrizo, puertas de madera, paredes calizas, pisos de ladrillo y demás cosas que, a fuerza de usarse o estar en el abandono, se han convertido en cachivaches.
El hogar primero de Saturnino es La casa del tamarindo, ubicada en el Callejón de los Dolores, es una edificación como hay muchas en el solar pueblerino; tiene patio en cuyo rededor se sitúan mediaguas y corredores con plantas de ornato avejentadas; también traspatio en donde creció un tamarindo centenario, en cuya fronda subyacen el decir y hacer de tres generaciones: la de don Federico Lama Abraján (el papalico), quien lo vio germinar en la última década del siglo XIX; la de don Venustiano, su hijo (“don”) de quien se dice que lo conoció en su edad plena cuando su tronco y ramaje en floración, semejaban un conjunto gigantesco de varas de texpancololi tamizadas de amarillo oro, y la de los hijos de “don”, quienes crecieron, juguetearon y se hicieron hombres bajo su lozanía. El árbol era grande, tan grande que, visto desde cerros y lomeríos que circundan a El Valle, servía de brújula.
—Allá está el tamarindo de “don”— decía la gente.
Ahora sólo quedan reminiscencias de él. Su tronco se ha desgajado, y la mayoría de sus ramas han sucumbido ante el paso de los años. Pero aún sigue vivo, se le observan adheridos a su tronco y ramas vetustos, renuevos de follajes, flores y fruto.
—Está en pie, en espera de lo que habrá de venir. ¡Morirá como los viejos robles. Sin remilgos ni reniegos... sucumbirá, con dignidad— persiste el comentario de la gente.
Por eso muchas personas lo toman como ejemplo de cómo debe aceptarse la existencia; como mero tránsito fugaz sobre la faz de la tierra; como mera ilusión pasajera, pero con fe y persistencia. Por eso, y ante el acontecimiento que cimbró a la familia de “don”, la gente dio en decir:
—Hay luto en La casa del tamarindo... qué dios la ampare... Jesús sacramentado... descanse en paz— se escuchó al tiempo que un manto impregnado de ausencia y soledad se extend ía y entraba como vaho en los hogares; propiciando recuerdos, perdones y exaltación de bondades; como si con ello, amigos y demás personas, comprasen indulgencia para que, cuando llegado el momento de la muerte propia, se hable bien de ellos en su condición de difuntos.
En aquel entonces, según el decir de jesusa, se vio venir a lo largo del callejón a Godofreda Rentería, avanzaba dejando ecos de su pregón:
—“¡Tamaaalessss! ¡Calientitossss! ¡De picadillo, queso y heridos! ¡El Tamaall! ¡Cóoompre... cómpreme el tamal!”
Ante el mitote que propiciaba su voz de flauta desafinada, alguien la encaró:
—“¡Cállate, mujer! ¡Ah..., sí que eres desconsiderada! Como si no te dieras cuenta...”
Ella argumentó desconocer lo que acontecía en la casa de El Tamarindo. Cuando enterada estuvo de lo acontecido, mostró su asombro y hasta aparentó aflicción; pero, después de que le pidieron aquí y le compraron allá, se fue y otra vez se le escuchó a lo lejos; se le percibió como si los deudos de la difunta le hubiesen encargado difundir lo acontecido en el seno de la familia Lama, endosó sus cometarios a su propósito comercial.
—¡Cómpreme! ¡sabrosiiitooos!— gritaba con más ah ínco.
Ante la cantaleta que se oía venir a lo lejos, la gente salía a la calle, concurría, compraba o sólo magullaba los tamales en su afán de acercarse a quien esparcía los pormenores de algo que se enriquecía en detalles conforme pasaba de boca en boca; un algo que crecía como alud que conllevaba sentimientos, emociones y desahogos a través de ese decir y más decir de la gente.
Ante el enigma de la muerte, las virtudes afloraron; se olvidaron desavenencias y como si la fallecida hubiese estado ahí junto a los parlantes, éstos emularon sus virtudes y olvidaban sus errores y si habían existido desavenencias en el trato con ella, éstas se diluyeron, porque, decían: ha pasado a mejor vida... ha pasado a mejor vida... A fuerza de escuchar aquí y allá la misma afirmación, Atenógenes Melesio, el remedo de juglar, bohemio y filósofo del pueblo, empezó a vociferar:
—¿Quién garantiza que sea verdad tal afirmación...? ¿Pasar a mejor vida?
Y como sus palabras propiciaron duda y silencio, después de unos instantes, se contestó a sí mismo:
—“Pienso que ello es sólo elucubración en torno a un futuro incierto; un mero advenimiento de conformismo ante lo desconocido e inevitable; bálsamo que mengua el dolor que atrae el sólo pensar en el destino que cargamos a cuestas; mero sueño, decir demencial que augura ventura o desventura postreras; debilidades o fortalezas que surgen ante lo inexplicable de la muerte que es eterno dilema del ser, sólo disipado por quienes, comoella, traspusieron su planta más allá del velo de la vida...”
Como viese que nadie opinaba al respecto, ya porque evitaban discutir o porque no entendieron lo escuchado, le dio por finiquitar su transacción comercial con Godofreda.
—Dame uno de rajas, otro herido y uno más de ciruela.
La petición antecedió a su desahogo:
—¡Quédense allí...! ¡Ignorantes! ¡Quédense con su sentimiento tamalero...! ¡Quédense con su mitote!
A pocos instantes de su retirada, Atenógenes Melesio, escuchó palabras que conten ían el desdén de Godofreda, y con éstas, risotadas de quienes la acompañaban:
—¡Ta’s loco...! Y más que eso... ¡Ta’s amargado, perro capón!
En el transitar inicial que Saturnino Lama realiza en lo que fuera su hogar, constata que, cuando apenas han transcurrido cuarenta días del suceso funesto que lo ha atraído, en el cuarto de los trebejos de La casa del tamarindo, yacen arronzados: candelabros, velas despabiladas, sahumerios ahumados, restos de copalsanto, botellas con residuos de aceite, trapos en desuso, tapayolas marchitas, rosas secas, floreros desperdigados y vasos de cristal agrietado por el calor de la cera hirviente en la que flotaron mechas chamuscadas por el ahora apaciguado fuego adoratorio; observa que en el cuarto habitado por su madre, reposan reliquias e imágenes religiosas que fueron depositarias de sus aflicciones; palpa que en los muebles vetustos hay una mantilla de polvo, sinónimo de velado propósito que pretende diluir los recuerdos que éstos atraen con sólo mirarlos. En el aposentado silencio que hay en su rededor, se escucha el acompasado tic tac de un reloj empotrado en un viejo perchero colocado en lo alto de la pared del corredor de la casa que ha envejecido con todo y sus techos de carrizo, puertas de madera, paredes calizas, pisos de ladrillo y demás cosas que, a fuerza de usarse o estar en el abandono, se han convertido en cachivaches.
El hogar primero de Saturnino es La casa del tamarindo, ubicada en el Callejón de los Dolores, es una edificación como hay muchas en el solar pueblerino; tiene patio en cuyo rededor se sitúan mediaguas y corredores con plantas de ornato avejentadas; también traspatio en donde creció un tamarindo centenario, en cuya fronda subyacen el decir y hacer de tres generaciones: la de don Federico Lama Abraján (el papalico), quien lo vio germinar en la última década del siglo XIX; la de don Venustiano, su hijo (“don”) de quien se dice que lo conoció en su edad plena cuando su tronco y ramaje en floración, semejaban un conjunto gigantesco de varas de texpancololi tamizadas de amarillo oro, y la de los hijos de “don”, quienes crecieron, juguetearon y se hicieron hombres bajo su lozanía. El árbol era grande, tan grande que, visto desde cerros y lomeríos que circundan a El Valle, servía de brújula.
—Allá está el tamarindo de “don”— decía la gente.
Ahora sólo quedan reminiscencias de él. Su tronco se ha desgajado, y la mayoría de sus ramas han sucumbido ante el paso de los años. Pero aún sigue vivo, se le observan adheridos a su tronco y ramas vetustos, renuevos de follajes, flores y fruto.
—Está en pie, en espera de lo que habrá de venir. ¡Morirá como los viejos robles. Sin remilgos ni reniegos... sucumbirá, con dignidad— persiste el comentario de la gente.
Por eso muchas personas lo toman como ejemplo de cómo debe aceptarse la existencia; como mero tránsito fugaz sobre la faz de la tierra; como mera ilusión pasajera, pero con fe y persistencia. Por eso, y ante el acontecimiento que cimbró a la familia de “don”, la gente dio en decir:
—Hay luto en La casa del tamarindo... qué dios la ampare... Jesús sacramentado... descanse en paz— se escuchó al tiempo que un manto impregnado de ausencia y soledad se extend ía y entraba como vaho en los hogares; propiciando recuerdos, perdones y exaltación de bondades; como si con ello, amigos y demás personas, comprasen indulgencia para que, cuando llegado el momento de la muerte propia, se hable bien de ellos en su condición de difuntos.
En aquel entonces, según el decir de jesusa, se vio venir a lo largo del callejón a Godofreda Rentería, avanzaba dejando ecos de su pregón:
—“¡Tamaaalessss! ¡Calientitossss! ¡De picadillo, queso y heridos! ¡El Tamaall! ¡Cóoompre... cómpreme el tamal!”
Ante el mitote que propiciaba su voz de flauta desafinada, alguien la encaró:
—“¡Cállate, mujer! ¡Ah..., sí que eres desconsiderada! Como si no te dieras cuenta...”
Ella argumentó desconocer lo que acontecía en la casa de El Tamarindo. Cuando enterada estuvo de lo acontecido, mostró su asombro y hasta aparentó aflicción; pero, después de que le pidieron aquí y le compraron allá, se fue y otra vez se le escuchó a lo lejos; se le percibió como si los deudos de la difunta le hubiesen encargado difundir lo acontecido en el seno de la familia Lama, endosó sus cometarios a su propósito comercial.
—¡Cómpreme! ¡sabrosiiitooos!— gritaba con más ah ínco.
Ante la cantaleta que se oía venir a lo lejos, la gente salía a la calle, concurría, compraba o sólo magullaba los tamales en su afán de acercarse a quien esparcía los pormenores de algo que se enriquecía en detalles conforme pasaba de boca en boca; un algo que crecía como alud que conllevaba sentimientos, emociones y desahogos a través de ese decir y más decir de la gente.
Ante el enigma de la muerte, las virtudes afloraron; se olvidaron desavenencias y como si la fallecida hubiese estado ahí junto a los parlantes, éstos emularon sus virtudes y olvidaban sus errores y si habían existido desavenencias en el trato con ella, éstas se diluyeron, porque, decían: ha pasado a mejor vida... ha pasado a mejor vida... A fuerza de escuchar aquí y allá la misma afirmación, Atenógenes Melesio, el remedo de juglar, bohemio y filósofo del pueblo, empezó a vociferar:
—¿Quién garantiza que sea verdad tal afirmación...? ¿Pasar a mejor vida?
Y como sus palabras propiciaron duda y silencio, después de unos instantes, se contestó a sí mismo:
—“Pienso que ello es sólo elucubración en torno a un futuro incierto; un mero advenimiento de conformismo ante lo desconocido e inevitable; bálsamo que mengua el dolor que atrae el sólo pensar en el destino que cargamos a cuestas; mero sueño, decir demencial que augura ventura o desventura postreras; debilidades o fortalezas que surgen ante lo inexplicable de la muerte que es eterno dilema del ser, sólo disipado por quienes, comoella, traspusieron su planta más allá del velo de la vida...”
Como viese que nadie opinaba al respecto, ya porque evitaban discutir o porque no entendieron lo escuchado, le dio por finiquitar su transacción comercial con Godofreda.
—Dame uno de rajas, otro herido y uno más de ciruela.
La petición antecedió a su desahogo:
—¡Quédense allí...! ¡Ignorantes! ¡Quédense con su sentimiento tamalero...! ¡Quédense con su mitote!
A pocos instantes de su retirada, Atenógenes Melesio, escuchó palabras que conten ían el desdén de Godofreda, y con éstas, risotadas de quienes la acompañaban:
—¡Ta’s loco...! Y más que eso... ¡Ta’s amargado, perro capón!
