jueves, octubre 12, 2006

LA SERENATA.

(El Chincual)

En mis años de estudiante, alumno de la normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Gro., solía correr gallo. La noche de un día viernes, mis amigos y yo nos organizamos para entonar canciones junto al balcón de la casa en donde vivía la novia o amiga de alguno de nosotros.

Eran las dos de la mañana, según el tintinear del reloj de la iglesia de la ciudad de Tixtla, Gro., cuando, al estar cantando bajo la ventana de la última casa programada en nuestro itinerario, se acercó un hombre alto cubierto por un enorme sarape que le llegaba hasta los pies; se detuvo, quedó junto a nosotros sin decir palabra alguna; pero al cesar los acordes de las guitarras que acompañaban la canción Diosa, de Zendejas, y presurosos nos disponíamos a retomar el camino rumbo a la Normal, de su garganta brotó una voz aguardentosa:

-¿A dónde van, chamaquitos? ¡Nadie se mueva o se lo lleva la chingada!

No obstante que éramos un grupo conformado por trece aguerridos jovenzuelos, superior a él en número y vigor, nadie se movió; tampoco se intentó persuadirlo para que nos permitiera alejarnos de ese lugar.

-¡Vamos a ver si son gallitos o puros pájaros nalgones!- dijo al tiempo que extraía de sus ropas una botella cuyo líquido procuró que resbalara por su gaznate.
-Vamos a ver – prosiguió:

-¿Se saben Cielo rojo? ... ¿Perfidia y Solamente una vez?,... ¿Se las saben?
Alguien de nosotros dijo: “Sí”, con voz entrecortada,

El señor del gabán, a quien no se le miraba la cara por el enorme sombrero que llevaba, ordenó: ¡síganme! Curiosamente, se había apoderado de nosotros una mansedumbre inexplicable; la rebeldía que nos caracterizaba en casos similares, desapareció; acatamos, sin replicar, su indicación; así llegamos hasta una casa ubicada en un callejón oscuro, cerca de Las Siete Esquinas. Ahí, como pudimos, cantamos las tres canciones cuyos nombres había pronunciado. Cuando terminamos, escuchamos que el hombre gimoteaba; lo notamos porque con voz entrecortada, nos dio las gracias e hizo que le prometiéramos que a las ocho de la mañana de ese día, regresaríamos a su casa para saborear el pozole que su prenda amada, así lo dijo, había preparado para festejar el cumpleaños de ella.
-Preparen Las mañanitas- fue lo último que oímos de él.

Al despedirnos en medio de las sombras de la madrugada, sentimos que el frío nos fustigaba el cuerpo. Cuando estuvimos bajo la iluminación proveniente de una luminaria sujeta en lo alto de un poste ubicado en una esquina, dirigimos la mirada hacia él, notamos que en una de las ventanas que daba a la calle, había claridad, quedando al descubierto la silueta de una mujer que agitaba uno de sus brazos en señal de adiós.

A las siete y media de la mañana salimos de Ayotzinapa para estar a la hora y lugar convenidos. Entre bromas festejábamos la agasajada que nos daríamos en casa del señor del gabán. Para llegar puntuales, tuvimos que correr los últimos quinientos metros que faltaban de nuestro recorrido; jadeando entramos al callejón. Pero ¡oh! sorpresa la que nos llevamos cuando estuvimos frente a la casa en donde habíamos cantado las canciones últimas; el panorama era desolador: paredes corroídas por la humedad, techos caídos y puertas de madera derrumbadas. Alguien que nos vio boquiabiertos ante la fachada en ruinas, nos dijo con comedimiento:

-No hay nadie, muchachos,... hace muchos años que la dueña, una señora bonita, murió; la encontraron muerta. Según el decir de la gente, a causa de la tristeza que se apoderó de ella por la desaparición repentina de su esposo o querido.

Durante el transcurso de algunos días, no corrimos gallo, pero ante el reclamo de quienes eran depositarias de nuestros afectos amorosos, reiniciamos nuestra afición; pero, sin olvidar la noche del engabanado y la promesa de aquella comilona frustrada.

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