(El Chincual)
Cuentan que Reemberto Gatica, avecindado en La Capital de un estado sureño de la República Mexicana de pronto se vio ante la presencia de San Pedro pidiendo un lugar en el cielo. El señor de las llaves, fue franco:
-¡Mira, Reembet, tú no estás en la lista de muertos, así es que más vale que te regreses antes de que alguien ocupe tu lugar entre los vivos.
-Pero, don Píter, cómo quiere que me regrese- replicó éste: ya me enterraron, mis familiares me rezaron, se repartieron lo que tenía y creo que hasta ya se consiguió otro cab... mi vieja, ¡No, no! yo no puedo regresar, argumentó el solicitante.
-Mira, no sé, pero lo que es aquí no puedes quedarte, así es que ¡búscale!- concluyó San Pedro.
Después de mucho pensar, Reemberto confesó no haber encontrado forma para regresar a la tierra. San Pedro, que se las sabe de todas, todas, le sugirió:
-No seas tonto, usa la reencarnación y regresa en forma de un animal.
La idea tuvo acogida inmediata.
Reemberto empezó a cavilar:
-En forma de perro, ... ¡no!, porque me van a patear; ... como burro, ... no, porque me van a cargar de leña y no me van a dar de comer; transformado en marrano, ... ¡no!, ni de chiste, ... me darían desperdicios y les serviría para festín de carnitas, ... ¡no!, ... ¡definitivamente no!
San Pedro, que no lo perdía de vista y era testigo del sufrimiento que atormentaba al supuesto muerto sin registro, lo llamó y le dijo con paternal amabilidad:
-No te preocupes; regresa en el cuerpo de una araña”.
-¡Sí!- contestó Reemberto. Después de unos instantes, preguntó que cómo le haría para descender del cielo a la tierra, y quedó claro que lo haría como lo hacen las arañitas, pujando para sacar de la cola su hilaza que les sirve para descolgarse.
Urgido como estaba Reemberto por regresar a su casa, empezó a pujar con más y más fuerza al grado que sintió complacido cómo empezó a salirle la hilaza que le serviría para llegar a su destino; intensificó su esfuerzo, un esfuerzo que le causaba satisfacción; en eso estaba, cuando repentinamente sintió fuertes codazos en las costillas y la voz de su mujer que lo alertaba:
-¡Viejo, viejo!, despierta,... ¡Despierta que te estás cagando!
Cuentan que Reemberto Gatica, avecindado en La Capital de un estado sureño de la República Mexicana de pronto se vio ante la presencia de San Pedro pidiendo un lugar en el cielo. El señor de las llaves, fue franco:
-¡Mira, Reembet, tú no estás en la lista de muertos, así es que más vale que te regreses antes de que alguien ocupe tu lugar entre los vivos.
-Pero, don Píter, cómo quiere que me regrese- replicó éste: ya me enterraron, mis familiares me rezaron, se repartieron lo que tenía y creo que hasta ya se consiguió otro cab... mi vieja, ¡No, no! yo no puedo regresar, argumentó el solicitante.
-Mira, no sé, pero lo que es aquí no puedes quedarte, así es que ¡búscale!- concluyó San Pedro.
Después de mucho pensar, Reemberto confesó no haber encontrado forma para regresar a la tierra. San Pedro, que se las sabe de todas, todas, le sugirió:
-No seas tonto, usa la reencarnación y regresa en forma de un animal.
La idea tuvo acogida inmediata.
Reemberto empezó a cavilar:
-En forma de perro, ... ¡no!, porque me van a patear; ... como burro, ... no, porque me van a cargar de leña y no me van a dar de comer; transformado en marrano, ... ¡no!, ni de chiste, ... me darían desperdicios y les serviría para festín de carnitas, ... ¡no!, ... ¡definitivamente no!
San Pedro, que no lo perdía de vista y era testigo del sufrimiento que atormentaba al supuesto muerto sin registro, lo llamó y le dijo con paternal amabilidad:
-No te preocupes; regresa en el cuerpo de una araña”.
-¡Sí!- contestó Reemberto. Después de unos instantes, preguntó que cómo le haría para descender del cielo a la tierra, y quedó claro que lo haría como lo hacen las arañitas, pujando para sacar de la cola su hilaza que les sirve para descolgarse.
Urgido como estaba Reemberto por regresar a su casa, empezó a pujar con más y más fuerza al grado que sintió complacido cómo empezó a salirle la hilaza que le serviría para llegar a su destino; intensificó su esfuerzo, un esfuerzo que le causaba satisfacción; en eso estaba, cuando repentinamente sintió fuertes codazos en las costillas y la voz de su mujer que lo alertaba:
-¡Viejo, viejo!, despierta,... ¡Despierta que te estás cagando!

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