jueves, octubre 12, 2006

LOS TOQUES.

(El Chincual)

El pueblo de La Ciénega era conocido en la región por profesar de manera fervorosa la religión católica. Era costumbre de muchos años que vecinos de otros pueblos visitaran la antigua iglesia el día de la fiesta del pueblo, la Santa Cruz. En esa iglesia se veneraba una astilla de la cruz en la que Jesucristo murió crucificado que, según cuentan los ancianos, fue traída por los primeros frailes que pisaron esas tierras en tiempos de la conquista.

Ese tres de mayo la gente abarrotó la iglesia para escuchar la misa de siete; el padre Carpo lucía su mejor sotana y los acólitos no dejaban de balancear los incensarios. Había gente venida desde la misma capital y de pueblos cercanos; todos vestían sus mejores galas.

Santiago Quintana, un asiduo asistente a las misas, era el preferido del Padre Carpo para dar lectura al Evangelio durante las ceremonias de los domingos o días importantes, dada su buena voz y dicción. Llegado el momento Santiago subió al estrado en donde ya estaba preparado el micrófono y el libro de las sagradas escrituras.

La gente guardaba silencio. José tomó el micrófono para acercarlo más a su boca, cuando de pronto:

-….eeeeerrrrrrgaaaaa, esto da toques.

Sus palabras retumbaron en todos los rincones de la iglesia; la gente apresuradamente salió al atrio, unos aguantándose la risa y otros dando tremendas carcajadas; las beatas no dejaban de santiguarse.

Al día siguiente las Hermanas de la Vela Perpetua hicieron una colecta para arreglar el desperfecto del micrófono. Santiago no volvió a leer el evangelio.

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