(El Chincual)
Con una diversidad de objetos, materiales y sustancias desperdigadas a su alrededor, Martín Farías, hombre industrioso conocido por su ingenio y laboriosidad en quehaceres manuales y de oficio remendón, suelda un tanque de gasolina en la acera que colinda con su casa; sin importarle la presencia de su clientela y demás personas que transitan junto a él, con voz cavernosa entona una canción al tiempo que pone esmero a su tarea.
En la acera de enfrente, camina el maestro Chon, don David Encarnación, quien es también persona muy conocida entre los estudiantes por su capacidad en las manualidades y elaboración de infinidad de objetos; atento por naturaleza, al pasar frente al taller de don Martín, se dirige a él con el mejor tono de voz:
- ¡Adiós, Martín!
Don Martín, suelta su soplete y el martillo, y con enojo lo enfrenta:
-¡Adiós David, hijo de tu ch.... madre.
-Hermano; porqué me la mientas
-Hermano, porqué me remedas.
Tranquilo como es el maestro Chon, prosigue su camino mientras don Martín da los últimos golpes a la lámina para dar por terminado su trabajo; como si nada hubiese sucedido, reinicia su cantaleta: “no hay ojos más lindos, en la tierra mía, que ... “.
Los sonidos de la voz cavernosa de don Martín hacen eco a lo largo de la calle. Al oírla, don Chon, se hace a sí mismo una pregunta: ¡Carajo! ... ¡Joder! ... ¿A poco así hablo?
Con una diversidad de objetos, materiales y sustancias desperdigadas a su alrededor, Martín Farías, hombre industrioso conocido por su ingenio y laboriosidad en quehaceres manuales y de oficio remendón, suelda un tanque de gasolina en la acera que colinda con su casa; sin importarle la presencia de su clientela y demás personas que transitan junto a él, con voz cavernosa entona una canción al tiempo que pone esmero a su tarea.
En la acera de enfrente, camina el maestro Chon, don David Encarnación, quien es también persona muy conocida entre los estudiantes por su capacidad en las manualidades y elaboración de infinidad de objetos; atento por naturaleza, al pasar frente al taller de don Martín, se dirige a él con el mejor tono de voz:
- ¡Adiós, Martín!
Don Martín, suelta su soplete y el martillo, y con enojo lo enfrenta:
-¡Adiós David, hijo de tu ch.... madre.
-Hermano; porqué me la mientas
-Hermano, porqué me remedas.
Tranquilo como es el maestro Chon, prosigue su camino mientras don Martín da los últimos golpes a la lámina para dar por terminado su trabajo; como si nada hubiese sucedido, reinicia su cantaleta: “no hay ojos más lindos, en la tierra mía, que ... “.
Los sonidos de la voz cavernosa de don Martín hacen eco a lo largo de la calle. Al oírla, don Chon, se hace a sí mismo una pregunta: ¡Carajo! ... ¡Joder! ... ¿A poco así hablo?

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