Lo peor es que todos recalaban con J. Concepción mientras el escuintle se escondía en el doble fondo de la troje maicera de su casa. Por travesuras como ésta y otras más, hasta llegó a provocar que un día lo quisieran exorcizar las beatas de Buenaventura; que gente de otros lugares se lo quisieran llevar, como los güeros aquellos que se dejaron venir por acá, y el mismo cacique de La Tronadera que se encorajinó cuando no pudo llevárcerlo. La mera verdad, ya se estaba armando un relajo por este rumbo a causa de él. Venían muchos curiosos de distintas partes y los más, sepa usted con qué intenciones. Por eso cuando J. Concepción se convenció de que algo malo le podía pasar al chamaco, se fue, llevándoselo, y a Teresa también.
Desde entonces, un silencio se metió en las casas, y la soledad campeó por estos lugares. La monotonía y el aburrimiento se apoderaron del pueblo. Hasta hace un año que apareció el primer matado por allá en la tranca del camino que con-duce a Las Horconeras. Y después,… ¡Ay jijos! ... Las manos: esas manos de cristiano que hallaron tiradas por La Loma Pelona. Todo coincidió más o menos con el regreso de J. Concepción y Teresa; pero debe saber que de Terensio ni sus luces. ...Ah, pero no fue todo: Dorotea Guerra apareció ultrajada en las cercanías del río. Y, qué le digo… también hubo asaltados que se quedaron tiesos e inflados en el camino de La Huizachera.
Ahora estamos con ese silencio de hace mucho tiempo. Lo último que pasó fue lo del descabezado que se encontró en La Tronconera, el que se sepultó en calidad de desconocido en la fosa común del cementerio de Buenaventura. ¡Ese ahí está! Aunque incompleto, pero ahí está, ¡Ni quien lo reclame! Desde entonces estamos tranquilos. Ya no vienen curiosos; sólo usted que llega con su chocantería de estudiado y labia de leguleyo queriendo saber cosas de nosotros y de los muertos que hubo últimamente por acá; sólo usted que se interesa por Concho Terensio.
La verdad antes que manifestarse
a cara descubierta, se muestra
en fragmentos...
Eco, Umberto.-
EL NOMBRE DE LA ROSA
RBA Editores, S.A
p. 11 Barcelona, España. 1993
Siempre, desde niño, he soñado; pero en este momento, más que soñar siento como neblina tempranera que cubre mi cuerpo o pasto bramilla que amortigua mis pasos. Lo que sea, llego a pensar que nada real es, porque acude a mí como sensación que nunca había conocido, y eso me entristece, me inquieta.
“Siento esa mirada de cariño y también de tristeza de mi madre. Ahora que ha pasado el tiempo me pregunto: ¿De dónde le habrá manado tanta tristeza? ... Llego a pensar que tal vez se empezó a marchitar con la muerte de mis hermanos sepultados aquí, en algún lugar de este cementerio de La Buenaventura.
«No es que quiera pensar que ya les tocaba morir, pero por cuidados de mi madre ellos se hubieran salvado, porque vaya que se preocupaba siempre que alguien de nosotros se enfermaba. A Primitivo, el que nació siete años después que yo, apenas vio que se puso melindroso, luego lo llevó a la casa de doña «Nenga» la curandera para que le rezara y le untara sus menjurjes. Hasta parece que estoy viendo cómo la anciana con manos callosas le sobaba la panza, brazos y piernas mientras él se retorcía y lloraba de dolor; pero de nada le sirvió, tampoco las lavativas de agua de malva que le aplicaron ni los hervitorios de manzanilla, hierbabuena y demás preparados de anís estrella, albayalde, azarcón rojo o añil que le hicieron beber dizque para aflojarle el empacho; poco a poco se fue quedando sin resuello. Esa noche, porque murió cuando ya no había luz, mi madre lloró mucho, y también las mujeres que vinieron a mi casa vestidas de negro; pero yo no lloré, me fui a jugar contento, alegre, aunque de vez en cuando recordaba la mirada de tristeza y cariño que me daba mi madre cuando estaba cerca de ella.
«A Filogonio, mi otro hermano, casi no lo conocí porque no dejaron que lo mirara más que de lejos. Recuerdo que mi madre tenía poco tiempo de haberse levantado de la cama, junto con él. Se lo llevó a la calle; lo llevaba bien enredado con sus trapos, liado como tololoche en hojas de milpa; iba callado, con las manos, bien sujetas para que, según decían las señoras, cuando llegara a gran-de no fuera tentón. Se fue contenta mi madre en su primera salida que hacía desde que se había acostado para que naciera Filogonio, pero ahí está que luego la vi regresar con mi hermano, y otra vez la curandera junto a ella. Doña «Nenga» dispuso lo necesario y empezó a pasarle un huevo recocido envuelto en cáscaras de chile ancho seco, sobre el cuerpo y a paladearlo con una pluma empapada de aceite rozado que le hacía arrojar babas y cuajarones. Y como vieran que no se consolaba se dispusieron a rezarle, y hasta lo envolvieron con unos calzones nejos de mi padre, por si tenía tlalzolayo, decían. Pero ya sería su destino que diera un grito fuerte y no volviera a hacer ruido. Y otra vez la gente llegó a mi casa para enterarse de lo que había pasado y acompañar a mi madre; en la noche los señores platicaban y se reían, tomaban mezcal o café con pan; mientras a mi me encerraron en el doble fondo de la troje. Pero no lloré por eso; ahí me estuve como si nada hubiera pasado.
«Prisciliano, el último de mis hermanos, vivió más tiempo; recuerdo que ya empezaba a jugar conmigo; pero de pronto se empezó a poner triste. Por instrucciones de la curandera le metieron, por el fondillo, bolas hechas con hojas de hierbabuena revueltas con pomada de “la campana”; y aunque luego arrojó muchas lombrices que le quitaron lo ombligón, al mes se le hincharon los cachetes y pies. A él sí lo bautizó el cura que venía cada año al pueblo, hasta quiso llevarlo mi padre a la Capital para que lo curara un doctor; pero, por oír consejo de que antes debía raparlo y motearle la cabeza con pedazos de cera de Campeche, una mañana ya no despertó. Cuando estaba metido su cuerpo en una caja, la casa se llenó de gente; mi madre me abrazó y lloró mucho. Yo sentí otra vez su cariño y también su tristeza, pero pronto nuevamente me invadió la alegría. Como eran las primeras horas del día, fui por los corrales y me quedé allá hasta que anocheció. Esperé que mi padre, acompañado de muchas personas, me fueran a buscar con hachones encendidos que iluminaban sus pies. Hasta parece como si los estuviera oyendo todavía con todo y su angustia:
—¡Cipriano! ¡Cipriano!
—¡Hijo! ¡Hijo! ¿En dónde estás?
—Pero yo no les contesté. Esperé hasta que llegaron al lugar donde me había escondido. Y eso me gustó porque habían dejado a mi hermano, el difuntito para buscarme. Y otra vez sentí mucha alegría.»
El día anterior dedicó a ordenar sus pensamientos sobre lo que haría, de manera que su trabajo no se prolongara. Había prometido que regresaría pronto a la ciudad. Aunque, con sólo pensar que al hacerlo tendría que concurrir a lo que daba en llamar oficina, le provocaba incomodidad y parecía escuchar esos murmullos que flu ían con sorna en torno a él. Algo de ello le había platicado al viejo Nemorio, poco, lo necesario para que le tomara confianza y entendiera los motivos que lo tenían en Buenaventura.
Desde su ubicación vio venir a don Nemorio paladeando un cigarro torcido en hojas de totomoztli; lo miró aspirar el tabaco avivando la brasa que lo consumía; escuchó su toser de resonancia hueca, y ese roncar de su pecho que acusaba su asma matutina. Fue cuando recordó que al calor de los mezcales le había dicho que cada amanecer lo consideraba una batalla ganada a la muerte y a la soledad. No sintió lástima, menos compasión; sintió respeto por aquel hombre viejo que llevaba con dignidad los amontonados años que le había acumulado la vida.
Aunque estaba deseoso de retomar la conversación, esperó; se quedó quieto hasta que el anciano se acercó a él, y, como si hubiesen transcurrido apenas unos instantes de su anterior char-la, con el humo aún fluyéndole de la boca, don Nemorio prosiguió en su decir:
(Mayo 9 de...)
—¡ Ah que señor, Pantaleón, que ahora quiere que le cuente lo de las beatas!
—¡Hágame el favor! —Afirmó entusiasmado el forastero.
—Empecemos con ellas. ¿Qué le parece?
—Si bien decía mi tía Noy: “mi’jo; no les des ni un tantito de entrada a los fuereños porque luego se te meten hasta la cocina”. Y mire que tenía razón.
—Como dice usted: Que no sea tanto.
—No, si hasta eso, no es mucho lo que le puedo decir, pero, bueno, se lo voy a describir nada más porque ya me tiene encarrerado.
—Si no tiene inconveniente, se lo agradece-ré.
—iOiga! No me vaya a salir con el cuento de que es muy creyente.
—¡No, no nada de eso! Uno, sólo...
—No me diga que tam bién le hace a lo de la rezada para alejar los malos espíritus.
—iQué cosas se le ocurren don Nemorio!
—Bueno, allá usted. Cada quién sabe su cuento. La cosa estuvo más o menos así:
Fue algo que se vino como aquellos remolinos que se dan en el plan, que aparecen de la nada pero que levantan tamañas polvaredas. Todo empezó cuando Altagracia, la esposa de Tranquilino el capamarranos, le pidió a doña Teresa que le permitiera llevarse a Terensio a su casa durante unos días.
—Por amor de Dios, Teresita chula —le dijo en tono plaguiento— permíteme a Ciprianito. ¡Préstamelo, chula! Aunque sea nada más por poco tiempo. ¡Préstamelo, preciosa! ... Anda, préstame a tu angelito.
—No sé,... y Concepción no está... No —ella se resistió.
—Pero, mujer —insistió Altagracia— qué te preocupa; a él yo le explico cuando vuelva. Yo lo convenzo. Ahora deja que venga conmigo Cipria... ¿Sí?
—¿Y si te hace cosas? Ya ves...
—A quién se le ocurre pensar eso de Cipria... si es un primor de criatura. Anda no seas malita. Ya ves que yo estoy sola. Dios no me ha querido socorrer con la bendición de un hijo. ¡El te lo pagará! ¡Yo no, pero él sí!
La convenció. Se llevó al chamaco. Antes, Altagracia había corrido el rumor de que Terensio tenía poderes que le permitían curar, sanar a los enfermos, y que con un poco de dedicación traería buena suerte al pueblo. Él tendría unos doce años; era prietito con ojos verdes como los de su madre, parecía mulatillo. Se lo llevó con engaños y promesas, pero a ella se le complicaron las cosas cuando lo quiso vestir de “niñodios”.
—¿Cómo?
—¡Así como lo oye usted! Cuando llegó con el chamaco a su casa, los esperaban un montón de viejas enlutadas con cirios encendidos y cantos. Él, con lo arisco que era, luego se les rebeló; empezó a correr entre imágenes y réplicas de santos de cuerpo entero que había en la habitación. La situación se complicó cuando se derramó la cera y se incendió el altar y empezaron a caer del techo alacranes y moyotes. Hubiera oído los gritos de las mujeres que corrían como cucarachas fumigadas:
—¡Alabado sea Dios!
—¡Jesucristo Sacramentado!
—No nos desampares.
—¡Ayúdanos, Señor!
Pronunciaban sus expresiones, unas entre súplicas y otras con enojo, al tiempo que arrojaban escapularios dizque para detener la lumbre. ¡No, hombre!... El argüende fue grande, tan gran-de como la humareda que se levantó.
Pero la cosa no paró ahí; tan pronto como los vecinos acudieron, más que para apagar el fuego, para recrearse con los pormenores de la quemazón que arrasó con todo. Altagracia empezó una campaña de desprestigio contra Terensio. Aquí no se conocía lo de exorcizar, pero alguien que había estado en la ciudad les platicó a las beatas lo que había visto sobre ese fenómeno en una película; de ahí que unas luego se posesionaron de la idea, mientras que la mayoría opinó distinto, de tal forma que se les escuchaba decir vehementes:
— ¡Librémonos de la maldición que nos acecha!
— ¡Acudamos a los caminos de Dios!
—¡Muera el anticristo!
—¡Guíanos, oh Dios, por tus caminos de bon
dad!
—¡Qué la maldición caiga sobre él!
—Es necesario que salvemos a Terensio.
Por esos días, se veía que la presunta salvación o el castigo ejemplar que debía darse a Terensio era el grito de guerra de Las Altagracias, como se dio en llamar a las beatas y a su lideresa. Unas querían que las cosas se hicieran rápido, pero la mayoría se impuso y recomendó que se siguieran los pasos que recomendaba la cordura, así que elaboraron cartas a las autoridades eclesiásticas; mismas que entregaron a Homobono, el arriero, no sin antes hacerle hincapié de que era depositario de la salvación de un alma:
—Tú haz de perdonar, Homobono, pero el Señor te ha traído hacia nosotras para que hagas una obra que te acerque a él.
—¿Y eso?, dijo el arriero.
—Eres, como quien dice, el elegido; el escogido para ayudar a salvar Buenaventura —alternó otra beata.
—¡Uf! —resopló el hombre.
—Eres el camino para hacer llegar nuestras súplicas y plegarias a los altos prelados de la grey religiosa.
—¿Qué? —estaba desconcertado el hombre.
—Eres, Homobono, heraldo celestial por los designios de Dios.
—¡Yo soy lo que quieran, mamacitas! Pero… ¿Saben qué? —la mano de Homobono acarició lujuriosamente la barbilla de una enlutada.
—Oh, tú, pues eh, cómo serás... —daba una respuesta disimulada la mujer.
—¿O qué, a poco no... —insistió él— ¡mamacita! si tú quieres, ya verás.
—iEstate sosiego! Cálmate que no estamos para eso.
—Anda, lleva estas cartas. ¡Es cosa de urgencia! —la voz de Altagracia era como para que se aquietara.
—No me digan.
—Como lo oyes. ¿Y quién más, si no tú...?
—Bueno, que sea por eso.
Homobono, que para esa hora ya se había echado varios tragos de mezcal, poco entendió lo que las beatas le dijeron en voz de quien las comandaba. Arreó su recua y salió del pueblo por el camino que durante cinco días habría de recorrer para llegar a la Capital, donde, obviamente, había agencia de correos.
Los días pasaron, y la impaciencia de doña Altagracia se incrementó, a tal grado que hubiera llegado a los extremos que le impulsaba su fanatismo: alentar un linchamiento; pero ganó la cordura de la mayoría que integraba aquel grupo que se hacía llamar La Cofradía. Desde esa postura vieron pasar el tiempo; ya para entonces era frecuente ver llegar como en avalancha a paisanos provenientes de los pueblos asentados en La Cañada; con ellos se dejaron venir otras personas.
Fue así como Las Altagracias, intuyeron que algo anormal había acontecido a sus cartas. Ya para entonces, instigadas por su lideresa, realizaban procesiones que acababan en la casa de J. Concepción. El ambiente estaba caliente, porque ¡vaya que era mala la Altagracia! Que Dios la per-done, si es que merece algún perdón, porque siempre ha sido de malas entrañas. Por eso creo que está como está.
Desde entonces, un silencio se metió en las casas, y la soledad campeó por estos lugares. La monotonía y el aburrimiento se apoderaron del pueblo. Hasta hace un año que apareció el primer matado por allá en la tranca del camino que con-duce a Las Horconeras. Y después,… ¡Ay jijos! ... Las manos: esas manos de cristiano que hallaron tiradas por La Loma Pelona. Todo coincidió más o menos con el regreso de J. Concepción y Teresa; pero debe saber que de Terensio ni sus luces. ...Ah, pero no fue todo: Dorotea Guerra apareció ultrajada en las cercanías del río. Y, qué le digo… también hubo asaltados que se quedaron tiesos e inflados en el camino de La Huizachera.
Ahora estamos con ese silencio de hace mucho tiempo. Lo último que pasó fue lo del descabezado que se encontró en La Tronconera, el que se sepultó en calidad de desconocido en la fosa común del cementerio de Buenaventura. ¡Ese ahí está! Aunque incompleto, pero ahí está, ¡Ni quien lo reclame! Desde entonces estamos tranquilos. Ya no vienen curiosos; sólo usted que llega con su chocantería de estudiado y labia de leguleyo queriendo saber cosas de nosotros y de los muertos que hubo últimamente por acá; sólo usted que se interesa por Concho Terensio.
La verdad antes que manifestarse
a cara descubierta, se muestra
en fragmentos...
Eco, Umberto.-
EL NOMBRE DE LA ROSA
RBA Editores, S.A
p. 11 Barcelona, España. 1993
Siempre, desde niño, he soñado; pero en este momento, más que soñar siento como neblina tempranera que cubre mi cuerpo o pasto bramilla que amortigua mis pasos. Lo que sea, llego a pensar que nada real es, porque acude a mí como sensación que nunca había conocido, y eso me entristece, me inquieta.
“Siento esa mirada de cariño y también de tristeza de mi madre. Ahora que ha pasado el tiempo me pregunto: ¿De dónde le habrá manado tanta tristeza? ... Llego a pensar que tal vez se empezó a marchitar con la muerte de mis hermanos sepultados aquí, en algún lugar de este cementerio de La Buenaventura.
«No es que quiera pensar que ya les tocaba morir, pero por cuidados de mi madre ellos se hubieran salvado, porque vaya que se preocupaba siempre que alguien de nosotros se enfermaba. A Primitivo, el que nació siete años después que yo, apenas vio que se puso melindroso, luego lo llevó a la casa de doña «Nenga» la curandera para que le rezara y le untara sus menjurjes. Hasta parece que estoy viendo cómo la anciana con manos callosas le sobaba la panza, brazos y piernas mientras él se retorcía y lloraba de dolor; pero de nada le sirvió, tampoco las lavativas de agua de malva que le aplicaron ni los hervitorios de manzanilla, hierbabuena y demás preparados de anís estrella, albayalde, azarcón rojo o añil que le hicieron beber dizque para aflojarle el empacho; poco a poco se fue quedando sin resuello. Esa noche, porque murió cuando ya no había luz, mi madre lloró mucho, y también las mujeres que vinieron a mi casa vestidas de negro; pero yo no lloré, me fui a jugar contento, alegre, aunque de vez en cuando recordaba la mirada de tristeza y cariño que me daba mi madre cuando estaba cerca de ella.
«A Filogonio, mi otro hermano, casi no lo conocí porque no dejaron que lo mirara más que de lejos. Recuerdo que mi madre tenía poco tiempo de haberse levantado de la cama, junto con él. Se lo llevó a la calle; lo llevaba bien enredado con sus trapos, liado como tololoche en hojas de milpa; iba callado, con las manos, bien sujetas para que, según decían las señoras, cuando llegara a gran-de no fuera tentón. Se fue contenta mi madre en su primera salida que hacía desde que se había acostado para que naciera Filogonio, pero ahí está que luego la vi regresar con mi hermano, y otra vez la curandera junto a ella. Doña «Nenga» dispuso lo necesario y empezó a pasarle un huevo recocido envuelto en cáscaras de chile ancho seco, sobre el cuerpo y a paladearlo con una pluma empapada de aceite rozado que le hacía arrojar babas y cuajarones. Y como vieran que no se consolaba se dispusieron a rezarle, y hasta lo envolvieron con unos calzones nejos de mi padre, por si tenía tlalzolayo, decían. Pero ya sería su destino que diera un grito fuerte y no volviera a hacer ruido. Y otra vez la gente llegó a mi casa para enterarse de lo que había pasado y acompañar a mi madre; en la noche los señores platicaban y se reían, tomaban mezcal o café con pan; mientras a mi me encerraron en el doble fondo de la troje. Pero no lloré por eso; ahí me estuve como si nada hubiera pasado.
«Prisciliano, el último de mis hermanos, vivió más tiempo; recuerdo que ya empezaba a jugar conmigo; pero de pronto se empezó a poner triste. Por instrucciones de la curandera le metieron, por el fondillo, bolas hechas con hojas de hierbabuena revueltas con pomada de “la campana”; y aunque luego arrojó muchas lombrices que le quitaron lo ombligón, al mes se le hincharon los cachetes y pies. A él sí lo bautizó el cura que venía cada año al pueblo, hasta quiso llevarlo mi padre a la Capital para que lo curara un doctor; pero, por oír consejo de que antes debía raparlo y motearle la cabeza con pedazos de cera de Campeche, una mañana ya no despertó. Cuando estaba metido su cuerpo en una caja, la casa se llenó de gente; mi madre me abrazó y lloró mucho. Yo sentí otra vez su cariño y también su tristeza, pero pronto nuevamente me invadió la alegría. Como eran las primeras horas del día, fui por los corrales y me quedé allá hasta que anocheció. Esperé que mi padre, acompañado de muchas personas, me fueran a buscar con hachones encendidos que iluminaban sus pies. Hasta parece como si los estuviera oyendo todavía con todo y su angustia:
—¡Cipriano! ¡Cipriano!
—¡Hijo! ¡Hijo! ¿En dónde estás?
—Pero yo no les contesté. Esperé hasta que llegaron al lugar donde me había escondido. Y eso me gustó porque habían dejado a mi hermano, el difuntito para buscarme. Y otra vez sentí mucha alegría.»
El día anterior dedicó a ordenar sus pensamientos sobre lo que haría, de manera que su trabajo no se prolongara. Había prometido que regresaría pronto a la ciudad. Aunque, con sólo pensar que al hacerlo tendría que concurrir a lo que daba en llamar oficina, le provocaba incomodidad y parecía escuchar esos murmullos que flu ían con sorna en torno a él. Algo de ello le había platicado al viejo Nemorio, poco, lo necesario para que le tomara confianza y entendiera los motivos que lo tenían en Buenaventura.
Desde su ubicación vio venir a don Nemorio paladeando un cigarro torcido en hojas de totomoztli; lo miró aspirar el tabaco avivando la brasa que lo consumía; escuchó su toser de resonancia hueca, y ese roncar de su pecho que acusaba su asma matutina. Fue cuando recordó que al calor de los mezcales le había dicho que cada amanecer lo consideraba una batalla ganada a la muerte y a la soledad. No sintió lástima, menos compasión; sintió respeto por aquel hombre viejo que llevaba con dignidad los amontonados años que le había acumulado la vida.
Aunque estaba deseoso de retomar la conversación, esperó; se quedó quieto hasta que el anciano se acercó a él, y, como si hubiesen transcurrido apenas unos instantes de su anterior char-la, con el humo aún fluyéndole de la boca, don Nemorio prosiguió en su decir:
(Mayo 9 de...)
—¡ Ah que señor, Pantaleón, que ahora quiere que le cuente lo de las beatas!
—¡Hágame el favor! —Afirmó entusiasmado el forastero.
—Empecemos con ellas. ¿Qué le parece?
—Si bien decía mi tía Noy: “mi’jo; no les des ni un tantito de entrada a los fuereños porque luego se te meten hasta la cocina”. Y mire que tenía razón.
—Como dice usted: Que no sea tanto.
—No, si hasta eso, no es mucho lo que le puedo decir, pero, bueno, se lo voy a describir nada más porque ya me tiene encarrerado.
—Si no tiene inconveniente, se lo agradece-ré.
—iOiga! No me vaya a salir con el cuento de que es muy creyente.
—¡No, no nada de eso! Uno, sólo...
—No me diga que tam bién le hace a lo de la rezada para alejar los malos espíritus.
—iQué cosas se le ocurren don Nemorio!
—Bueno, allá usted. Cada quién sabe su cuento. La cosa estuvo más o menos así:
Fue algo que se vino como aquellos remolinos que se dan en el plan, que aparecen de la nada pero que levantan tamañas polvaredas. Todo empezó cuando Altagracia, la esposa de Tranquilino el capamarranos, le pidió a doña Teresa que le permitiera llevarse a Terensio a su casa durante unos días.
—Por amor de Dios, Teresita chula —le dijo en tono plaguiento— permíteme a Ciprianito. ¡Préstamelo, chula! Aunque sea nada más por poco tiempo. ¡Préstamelo, preciosa! ... Anda, préstame a tu angelito.
—No sé,... y Concepción no está... No —ella se resistió.
—Pero, mujer —insistió Altagracia— qué te preocupa; a él yo le explico cuando vuelva. Yo lo convenzo. Ahora deja que venga conmigo Cipria... ¿Sí?
—¿Y si te hace cosas? Ya ves...
—A quién se le ocurre pensar eso de Cipria... si es un primor de criatura. Anda no seas malita. Ya ves que yo estoy sola. Dios no me ha querido socorrer con la bendición de un hijo. ¡El te lo pagará! ¡Yo no, pero él sí!
La convenció. Se llevó al chamaco. Antes, Altagracia había corrido el rumor de que Terensio tenía poderes que le permitían curar, sanar a los enfermos, y que con un poco de dedicación traería buena suerte al pueblo. Él tendría unos doce años; era prietito con ojos verdes como los de su madre, parecía mulatillo. Se lo llevó con engaños y promesas, pero a ella se le complicaron las cosas cuando lo quiso vestir de “niñodios”.
—¿Cómo?
—¡Así como lo oye usted! Cuando llegó con el chamaco a su casa, los esperaban un montón de viejas enlutadas con cirios encendidos y cantos. Él, con lo arisco que era, luego se les rebeló; empezó a correr entre imágenes y réplicas de santos de cuerpo entero que había en la habitación. La situación se complicó cuando se derramó la cera y se incendió el altar y empezaron a caer del techo alacranes y moyotes. Hubiera oído los gritos de las mujeres que corrían como cucarachas fumigadas:
—¡Alabado sea Dios!
—¡Jesucristo Sacramentado!
—No nos desampares.
—¡Ayúdanos, Señor!
Pronunciaban sus expresiones, unas entre súplicas y otras con enojo, al tiempo que arrojaban escapularios dizque para detener la lumbre. ¡No, hombre!... El argüende fue grande, tan gran-de como la humareda que se levantó.
Pero la cosa no paró ahí; tan pronto como los vecinos acudieron, más que para apagar el fuego, para recrearse con los pormenores de la quemazón que arrasó con todo. Altagracia empezó una campaña de desprestigio contra Terensio. Aquí no se conocía lo de exorcizar, pero alguien que había estado en la ciudad les platicó a las beatas lo que había visto sobre ese fenómeno en una película; de ahí que unas luego se posesionaron de la idea, mientras que la mayoría opinó distinto, de tal forma que se les escuchaba decir vehementes:
— ¡Librémonos de la maldición que nos acecha!
— ¡Acudamos a los caminos de Dios!
—¡Muera el anticristo!
—¡Guíanos, oh Dios, por tus caminos de bon
dad!
—¡Qué la maldición caiga sobre él!
—Es necesario que salvemos a Terensio.
Por esos días, se veía que la presunta salvación o el castigo ejemplar que debía darse a Terensio era el grito de guerra de Las Altagracias, como se dio en llamar a las beatas y a su lideresa. Unas querían que las cosas se hicieran rápido, pero la mayoría se impuso y recomendó que se siguieran los pasos que recomendaba la cordura, así que elaboraron cartas a las autoridades eclesiásticas; mismas que entregaron a Homobono, el arriero, no sin antes hacerle hincapié de que era depositario de la salvación de un alma:
—Tú haz de perdonar, Homobono, pero el Señor te ha traído hacia nosotras para que hagas una obra que te acerque a él.
—¿Y eso?, dijo el arriero.
—Eres, como quien dice, el elegido; el escogido para ayudar a salvar Buenaventura —alternó otra beata.
—¡Uf! —resopló el hombre.
—Eres el camino para hacer llegar nuestras súplicas y plegarias a los altos prelados de la grey religiosa.
—¿Qué? —estaba desconcertado el hombre.
—Eres, Homobono, heraldo celestial por los designios de Dios.
—¡Yo soy lo que quieran, mamacitas! Pero… ¿Saben qué? —la mano de Homobono acarició lujuriosamente la barbilla de una enlutada.
—Oh, tú, pues eh, cómo serás... —daba una respuesta disimulada la mujer.
—¿O qué, a poco no... —insistió él— ¡mamacita! si tú quieres, ya verás.
—iEstate sosiego! Cálmate que no estamos para eso.
—Anda, lleva estas cartas. ¡Es cosa de urgencia! —la voz de Altagracia era como para que se aquietara.
—No me digan.
—Como lo oyes. ¿Y quién más, si no tú...?
—Bueno, que sea por eso.
Homobono, que para esa hora ya se había echado varios tragos de mezcal, poco entendió lo que las beatas le dijeron en voz de quien las comandaba. Arreó su recua y salió del pueblo por el camino que durante cinco días habría de recorrer para llegar a la Capital, donde, obviamente, había agencia de correos.
Los días pasaron, y la impaciencia de doña Altagracia se incrementó, a tal grado que hubiera llegado a los extremos que le impulsaba su fanatismo: alentar un linchamiento; pero ganó la cordura de la mayoría que integraba aquel grupo que se hacía llamar La Cofradía. Desde esa postura vieron pasar el tiempo; ya para entonces era frecuente ver llegar como en avalancha a paisanos provenientes de los pueblos asentados en La Cañada; con ellos se dejaron venir otras personas.
Fue así como Las Altagracias, intuyeron que algo anormal había acontecido a sus cartas. Ya para entonces, instigadas por su lideresa, realizaban procesiones que acababan en la casa de J. Concepción. El ambiente estaba caliente, porque ¡vaya que era mala la Altagracia! Que Dios la per-done, si es que merece algún perdón, porque siempre ha sido de malas entrañas. Por eso creo que está como está.

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