(El Chincual)
Ramón Méndez había llegado a Las Fraguas como jefe del registro civil. Recién egresado de la escuela de leyes en la ciudad de México, aceptó con agrado su primer empleo.
Después de algunos meses empezó a cortejar a Susanita Vargas, hija de buena familia y afamada en la región por su excepcional belleza. Ya habían tenido ciertas pláticas, incluso Susanita había convencido a Ramón para que fuera a su casa a fin de que sus padres lo conocieran y formalizaran el noviazgo.
A la hora convenida, Ramón llegó a la casa de la familia Vargas y Vargas. Iba vestido de manera impecable y llevaba un gran ramo de flores frescas. Tocó la puerta y fue recibido por el General Crisóstomo Vargas, un militar retirado que tenía fama de ser no muy amable con los pretendientes de su única hija.
-Pásele joven. Descanse, Susanita viene en un momento.
-Gracias General; mucho gusto.
-Hmmm, el gusto es mío, joven.
Ramón se sentó en una silla de mimbre en donde, justo debajo de ella, Centauro, el perro guardián de la casa, descansaba. El General se sentó frente a él en su sillón predilecto y retomó su lectura.
En pocos minutos Ramón empezó a sentir retortijones y ruidos raros en el estómago. Trató de recordar cuál era la causa de tan singular malestar.
-Fueron las combas, méndigas combas; si ya me habían dicho que esos frijolitos eran potentes- pensó.
El tiempo pasaba y su novia no salía de su cuarto. Los malestares continuaban y no tardaron en provocar que Ramón sintiera la imperiosa necesidad de soltar una flatulencia. El sudor corría por su frente. En un intento por desahogarse levantó disimuladamente una pierna y poco a poco soltó un gas, haciendo el máximo esfuerzo por no emitir ninguna expresión sonora.
El resultado de tal acción provocó que la estancia se impregnara con olores fétidos que pronto llegaron hasta la nariz del General, quien sintió el golpe de tan desagradable aroma. Dejó su lectura y fijó la vista en el apenado joven:
-¡Centauro!
El can sólo levantó la cabeza y se volvió a acurrucar. Ramón intuyó que el General había atribuido la flatulencia al perro y por consiguiente se sintió aliviado por no tener que pasar un penoso incidente.
Los gases no dejaban de revolotear por su estómago y, confiado en que el General había culpado al perro de tan pestilente efluvio, expelió otra flatulencia que nuevamente tuvo efectos nauseabundos.
-¡Centauro, jijo de la …!
Centauro, que aguantaba a pie firme los efluvios del indecente novio, se limitó a rascarse la nariz y tratar de volver a conciliar el sueño. Susanita no salía y Ramón, ante la necesidad de responder a su organismo, volvió a aflojar el cuerpo.
El General, harto de seguir aguantando tales inmundicias, volvió a gritar:
-¡Centauro, jijo de siete mil tiznadas: salte de ahí, que el señor te va a cagar!
Ramón Méndez había llegado a Las Fraguas como jefe del registro civil. Recién egresado de la escuela de leyes en la ciudad de México, aceptó con agrado su primer empleo.
Después de algunos meses empezó a cortejar a Susanita Vargas, hija de buena familia y afamada en la región por su excepcional belleza. Ya habían tenido ciertas pláticas, incluso Susanita había convencido a Ramón para que fuera a su casa a fin de que sus padres lo conocieran y formalizaran el noviazgo.
A la hora convenida, Ramón llegó a la casa de la familia Vargas y Vargas. Iba vestido de manera impecable y llevaba un gran ramo de flores frescas. Tocó la puerta y fue recibido por el General Crisóstomo Vargas, un militar retirado que tenía fama de ser no muy amable con los pretendientes de su única hija.
-Pásele joven. Descanse, Susanita viene en un momento.
-Gracias General; mucho gusto.
-Hmmm, el gusto es mío, joven.
Ramón se sentó en una silla de mimbre en donde, justo debajo de ella, Centauro, el perro guardián de la casa, descansaba. El General se sentó frente a él en su sillón predilecto y retomó su lectura.
En pocos minutos Ramón empezó a sentir retortijones y ruidos raros en el estómago. Trató de recordar cuál era la causa de tan singular malestar.
-Fueron las combas, méndigas combas; si ya me habían dicho que esos frijolitos eran potentes- pensó.
El tiempo pasaba y su novia no salía de su cuarto. Los malestares continuaban y no tardaron en provocar que Ramón sintiera la imperiosa necesidad de soltar una flatulencia. El sudor corría por su frente. En un intento por desahogarse levantó disimuladamente una pierna y poco a poco soltó un gas, haciendo el máximo esfuerzo por no emitir ninguna expresión sonora.
El resultado de tal acción provocó que la estancia se impregnara con olores fétidos que pronto llegaron hasta la nariz del General, quien sintió el golpe de tan desagradable aroma. Dejó su lectura y fijó la vista en el apenado joven:
-¡Centauro!
El can sólo levantó la cabeza y se volvió a acurrucar. Ramón intuyó que el General había atribuido la flatulencia al perro y por consiguiente se sintió aliviado por no tener que pasar un penoso incidente.
Los gases no dejaban de revolotear por su estómago y, confiado en que el General había culpado al perro de tan pestilente efluvio, expelió otra flatulencia que nuevamente tuvo efectos nauseabundos.
-¡Centauro, jijo de la …!
Centauro, que aguantaba a pie firme los efluvios del indecente novio, se limitó a rascarse la nariz y tratar de volver a conciliar el sueño. Susanita no salía y Ramón, ante la necesidad de responder a su organismo, volvió a aflojar el cuerpo.
El General, harto de seguir aguantando tales inmundicias, volvió a gritar:
-¡Centauro, jijo de siete mil tiznadas: salte de ahí, que el señor te va a cagar!

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