(El Chincual)
En el mercado de un pueblo pequeño como muchos hay en el ámbito mexicano, se hizo presente un señor flaco y descolorido; cargaba una enorme bolsa en la espalda, que lo jorobaba; vestía pantalón corto y camiseta sucios y desteñidos; sus pies calzaban zapatos prietos de suela tosca; en la cabeza llevaba un sombrero de palma y en el cuello muchos colgajos. Tan pronto como lo columbraron, doña Matiana Rentería, que vendía atole blanco con dulces y panile, y doña Rebeca Romero, expendedora de guisos y chirmoles picantes, lo llamaron “gringo”.
-Ey,... güero,... mister,... ¡Acércate, precioso!
-¡Ven pa´ca, gringo, jijuelmaiz! Vente al atole.
Era la primera vez que visitaba el lugar, y ante las voces de las mujeres y la admiración que causó su presencia entre los comensales, el gringo se sintió estimulado. Empezó a caminar hacia el fondo del manteado; en su transitar, le dio por probar los guisos que humeantes se exponían en cazuelas. Sorpresivamente, empezó a introducir el dedo índice en cada uno de ellos para después metérselo en la boca, al tiempo que exclamaba:
-“¡Oh, mucho bueno! ... ¡Rico, saber rico,... bueno, bueno,... oh, oh! ... “
Así avanzó ante la mirada, primero de admiración, después de repulsión que le brotaba a doña Rebeca; con su ¡Oh, qué bueno!, saboreó frijoles, enjitomatado, aporreadillo, tlatonile, huaspedo, adobo, frijol con carne, mole, ... ; concluyó metiendo el dedo en la jícara con atole que tenía en sus manos doña Matiana y en el molcajete del que sopeaban panile una decena de inditos. Cuando se dio por satisfecho, con un “Gud bay” como despedida, se alejó.
Al siguiente día, sin esperar que lo invitaran, repitió su osadía. Los comensales protestaron y no faltó quien le quisiera dar sus fregadazos, pero las responsables de los changarros recomendaron prudencia.
-No se enoje, marchante, ya sabe cómo son estos güeros de entrometidos; si quiere le cambio su comida para que no tenga sabor de gringo- dijo una de las mujeres para calmar los ánimos.
Pasaron algunos días, y el forastero no había aparecido de nuevo; las mujeres pensaron que para ventura de ellas, se había alejado del lugar; pero no fue así: el domingo siguiente, arribó haciendo alharaca:
-¡Ya llegué, cabruoones! -gritó al tiempo que enarbolaba su sombrero- ¿Mi extrañar?
Ante la pregunta que lanzó, las mujeres se miraron y se dieron a entender algo. Doña Rebeca, que para esa hora atendía su comal repleto de memelas, le gritó a su compañera: ¡A´i te lo mando! Acto seguido, se dirigió al gringo:
-¡Mister, chulo,... ven,...precioso! ..., ¡Acércate, corazón!
Presintiendo que el güero empezaría a meter el dedo en las cazuelas de guisos y en los platos de sus clientes, tan pronto como miró que se acercó al puesto de comida, sin darle tiempo para reflexionar, con diligencia y expresiones cariñosas, logró que éste mordiera un taco hecho con tortilla recién sacada del comal, en cuyo interior rebosaba de salsa de chile de árbol, picante a más no poder.
La cara del gringo enrojeció, gruesos cordones de lágrimas le brotaron en los ojos, levantó los brazos y el movimiento de sus manos daban a entender que quería agua; doña Matiana aprovechó la oportunidad, poniéndole en la boca una jícara que contenía atole caliente; era tanta la desesperación del forastero, que sin precaución alguna sorbió el contenido. Las consecuencias para él fueron desastrosas: de pronto no sabía si tragar o arrojar la porción hirviente. Cuando por fin el atole encontró sosiego en el estómago, sus intestinos arrojaron un estrepitoso pedo cuya sonoridad llegó más allá del ámbito destinado a la vendimia. Se le vio aspirar por boca y nariz, y palmearse las nalgas al tiempo que decía:
-”¡Ayyy caubrooon, si no salirte, hasta tú quemarte!
En ese momento, nadie sonrió, vendedoras y clientes se comportaron como si apreciaran que el pedo de referencia hubiese resultado sin quemaduras; pero, tan pronto salió el gringo, se dejaron escuchar carcajadas cuyos ecos rebasaron fronteras, llegando al otro lado, más allá del Río Bravo.
Ha pasado el tiempo; ahora, en la marquesina de uno de los negocios que expenden alimentos cocinados en el mercado de ese pueblo, se lee en letras garigoleadas: “AQUÍ, NO HAY PEDO”

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