jueves, octubre 12, 2006

LA ADIVINANZA.

(El Chincual)

Son las cinco de la tarde; el sol va en busca de su ocaso. Don Venustiano Corona alienta a dos de sus hijos, buscando motivarlos para que se apresuren a quitar la hierba que crece junto a las matas de fríjol. A consecuencia de haber trabajado inclinados la mayor parte de lo que va del día, Martín, de once años, y Arturo, que recientemente cumplió seis, se quejan, sin detener su labor, del dolor de cintura que los fustiga.

Como viese don Venusriano que el corte de limpia que llevan está aún muy retirado del carril, opta por platicarles y hasta contarles adivinanzas, las mismas que repetidas veces les ha hecho “adivinar” y que resultan aburridas:

“Agua pasó por mi casa, cate me dio la razón”.

“Tú allá, yo acá”.

Y otras más que eran de la edad de la canica.

Ante el cansancio y la indiferencia de sus hijos, don Venustiano cambió de táctica:

-Cuéntenme una adivinanza -dijo- Sí, ... sí, cuéntenme una. Y nos apuramos para salir a las cinco y media, antes de que se meta el sol.

Los dos chamacos, que conocían el carácter estricto de su padre, que los había educado sin permitirles decir disparates u otra grosería, se miraron uno al otro como diciendo: “tú,... yo, no”. Pero ante la insistencia de quien buscaba hacerles menos pesada la tarea que les había impuesto, Arturo, sintiéndose estimulado por Martín que con cuchicheos le recordaba una adivinanza escuchada a sus compañeros de juego, accedió, no sin antes preguntarle a su papá que si lo que iba a escuchar no le causaría enojos. A lo que él contestó que no, que de ninguna manera se molestaría, siempre y cuando no dejaran de arrancar el pajón.

-¡Bueno, a´i te va! ... ¿Pero, no te vas a enojar? -se aseguró de ello Arturo.

Nuevamente, don Venustiano le confirmó que no habría problema. Confiado en ello, Arturo se destapó diciendo:

-Ulo, ulo, tres pelos en tu culo.

Todavía no bien cerraba la boca por donde le había salido la última palabra a Arturo, cuando ya le estaban lloviendo los majaguazos, y a Martín también porque - según el decir de don Venustiano -tenía culpa por haber alentado a su hermano a decir ese disparate.
-“Y, ahora, para que se les quite.... nos vamos a ir hasta que anochezca, léperos”, remató don Venustiano.

Arturo, con llanto en los ojos y sin dejar de arrancar la hierba, dijo en voz baja: “no es leperada, es el nanche”.
La explicación no aminoró el castigo; el retorno a la casa de ellos fue en silencio, aunque de vez en cuando en la oscuridad, una risilla se escapaba como aligeramiento del llanto derramado por algo que se había dicho sin la menor intención de ofender a su señor padre.

¡Tiempos aquellos, señores! ... Tiempos de respeto.

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