jueves, octubre 05, 2006

Concho Terencio (6a. parte)

(Mayo 19 de…)
« es cosa de hombres! Sepa, que durante ¡No lo cuente a nadie; no lo cuente porque mucho tiempo cargué en la cabeza la idea de que había sido un error dejar con vida a Teresa Rumbo cuando nos vimos por última vez en mi escondrijo de la huizachera, porque si bien es cierto que nunca la quise, mucho me enmuinó saber que, no obstante su preñez que tenía que ver conmigo, de la noche a la mañana se había casado J. Concepción con ella. Y, como dicen ‘una es que la perra es brava y otra es que le digan ‘uzzca’; a punto estuve de hacerles caso a mis amigos y familiares que me incitaban a vengar lo que parecía una afrenta a mi persona. Pero como sólo Teresa y yo sabíamos cómo se habían dado las cosas entre nosotros, le daba pocos oídos a sus habladurías; fue así que me aguanté el coraje; y con el tiempo hasta llegué a alegrarme de que no se me hubiera subido lo Barroso cuando me salió con el cuento de que iba a ser madre. Me alegré y pensé que había sido lo mejor para Teresa y su hijo, sobre todo para él, ese chamaco producto de los deseos de ella y mis calenturas de conquistador, ese escuintle, nuestro hijo Cipriano, que en nada se parece a su padre postizo, y sí mucho a mí.
«Con el tiempo, veía que crecía y había algo en él que me atraía; mas como no podía acercármele abiertamente, me dediqué a cuidarlo desde lejos, a festejar sus travesuras, y, por qué no decirlo, a quererlo en silencio; a celarlo sin perder la esperanza de que un día habría de llegar en que se vendría al clan de los Barroso; mientras, quedo, quedito, ahí cerquita estaba para protegerlo, sobre todo cuando lo querían perjudicar o atosigar con imprudencias, como la ocasión en que se presentaron aquellos güeros que lo querían estudiar o aquel día que el viejo ombligón de don Atenógenes Simón se lo quería llevar; y qué les digo de cuando la santurrona de Altagracia Guerra y su escuadrón de enlutadas pretendían dizque apaciguarlo. Pero lo que me falló fue en eso de no evitar que se lo llevaran de aquí, porque luego presentí que no lo volvería a ver; y como fue, hasta ahora no sé de su paradero. Desde entonces me ha ido creciendo un coraje aquí dentro, una rabia que sólo desahogo haciendo el mal a alguien, y más placer encuentro cuando me acuerdo que aunque yo quiera, por esta cochina enfermedad que agarré en las piqueras de la madrota Carleona, jamás tendré hijos de mi sangre. Por eso ese coraje amargado, por eso culpo a las viejas santuchas de que ya no esté aquí el único hijo que engendré en Teresa; por eso se murió Tranquilino cuando andaba agazapándose en la milohuatera; por eso le encargué a la bruja Benavides que le hiciera un ‘trabajito’ a la Altagracia; por eso más me dicen que mi familia, y más yo, somos malditos; pero aunque así sea, más desgracias he de causar por si no vuelvo a ver a Cipriano, mi único hijo; que al fin por acá alejados de la civilización nosotros somos la mera justicia, mientras la sepamos hacer.
«Ahora, lo de Teresa; lo de ella ahí quedó. Yo nada más le tendí la red, y solita cayó con ese modito de ser: chistosita, pizpireta y muy alzadita; pero con maña y saña bien que se lo tumbé. Empecé con decirle que era muy chula; que no había otra mujer más bonita que ella; que por haberla conocido no podía dormir y que me la pasaba acordándome de ella; que la quería para mi mujer. Le dije eso y otras tarugadas más que no sentía. ¡Y se las creyó! ... Después, después todo fue fácil: la pastoreé, la seguí y no la dejé pensar en J. Concepción. Ahí juntito me le pegué hasta que fue mía. Ella se encariñó, pero yo no. Ella pensó en casorio, y más cuando resultó con aquello de que estaba preñada, pero yo le dije que ni lo soñara. Se fue enojada cuando le dije que se ‘tirara’ el chamaco. Se fue altiva como si de pronto hubiera recuperado su modito de ser, y me gustó verla así. Lo demás habrá de saberlo usted por lo que la gente dice de ella, de mí y de J. Concepción, lo sabrá, seguro que lo sabrá. Pero no lo cuente, porque como que me llamo Casimiro Barroso, verdad de Dios que si sé que lo hace, le pesará.»


(Mayo 21 de...)
Dirá que son tonterías mías, pero quiero
pensar que lo que se siente y nos pasa son « cosas importantes para uno que viene a vivir en este mundo sin pedirlo o quererlo, nomás porque así lo señaló el destino» —empezó diciendo con timidez, Concepción Terrero— tal vez no tengo razón, pero muchas veces oí a mi padre hablarme con ese sonsonete de patriarca que ten ía:
—‘No le busques hijo, es tu destino’.
«Su afirmación le afloraba de los labios como sentencia, como si el derrotero de mi vida fuera invariable, y la mera verdad, en aquellos años de mi juventud, me daba por reírme de lo que decía mi viejo, lo que ahora ni de chiste lo haría; es más: adrede buscaba contrariarlo para encontrar disfrute en ello. Tenía menos de veinte años y sentía que este pueblo no me ajustaba para mis aspiraciones; la fuerza que traía en las venas me hacía soberbio, y rebelde a todo aquello que intentaba sujetarme, y más si venía de él.
Por eso, por su: ¿A dónde vas Concepción, a dónde vas que más valgas?
«Y porque su hablar me llegó a producir encono; un día me fui de aquí; empecé a caminar rumbo a La Tronconera. Recorrí veredas, parajes solitarios; hasta llegar al Camino Real que conduce a la ciudad. Llevaba en mi alforja quimeras y anhelos, aires de aventura y de solazarme en los desparpajos de la libertad alejada de tutelajes familiares. Atrás dejé querencias que se acrecentaban en mí conforme me alejaba de mi terruño, y su valoración fue tanta que cierto momento quise regresarme; y más quise hacerlo cuando me detuve a pensar en Teresa, mi novia, y cómo no la iba a extrañar... si era bonita..., además de modosita la ‘condenada’ pero seguí, mientras un nudo me estorbaba en el cogote. No era para menos: ella se quedaba aquí en este pueblo de miserias, monotonías y abusos; se quedaba, con su cara y cuerpo hermosos y con esos deseos de vivir que a muchos inquietaban; se quedaba con ese candor de muchacha tierna, mientras yo me alejaba.

«Ahora que reflexiono sobre mi escape a otras tierras, llego a la conclusión de que no fueron los decires de mi padre los que me indujeron a que me escapara a la ciudad; la decisión me vino de ella, de Teresa, porque debe de saber que además de chula, desde entonces ya tenía esa forma de platicar que le abre los ojos a uno y le hace ver más allá de las narices, y aunque ni Teresa ni yo éramos ‘leídos’ bien que pensábamos que podíamos encontrar mejor vida que no fuera aquélla en la que se habían sumido la mayoría de los que habitaban Buenaventura, en donde no había esperanza de prosperidad; por eso decidí que dado que estaba en edad de ‘merecer’, debía superar a los de mi camada; fue así como tuve valor para alejarme de aquí y de ella. Antes, la había pedido para matrimoniarnos. Mi padre se apalabró con sus familiares, con la madre de ella, principalmente. Todo Buenaventura se enteró que había llegado él con sus botellas de licor y que, después de platicar de otras cosas que no venían al caso, luego les dijo de mí y la intención:
—Tú has de dispensar Petronila, pero estoy aquí porque mi hijo J. Concepción se quiere casar con tu hija Teresa. —Era así mi padre con su parsimonia.
—Tu hijo, tu hijo. Pero si no tiene en qué caerse muerto, dijo la madre de ella.
—Pero la quiere y se pondrá a trabajar. —Tu hijo, tu hijo. No tiene ni para comer.
—Pero la quiere —insistía mi padre.
—La quiere. ¿Tu hijo, la quiere?
—Sí, la quiere.
«Después de todo ese palabreo que sólo servía para cumplir con un requisito de pedimento, se quedó en que, tan pronto como juntara para el ajuar, que el caso requiere, habría casorio.
«Cuando estuve en la ciudad la vida se me complicó. Mis camisas y pantalones de tela corriente y remendada, más que me hayan servido para cubrirme también motivaron que me vieran con extrañeza, y mis huaraches de correa cruda, para que me llamaran indio huarachudo; de mi sombrero no digo nada porque bien que me sirvió de ‘caidito’ para protegerme de los solazos y las lloviznas cuando anduve como perro sin dueño. Porque debe saber que a veces ni verme querían las personas a las que me les acercaba para pedir ayuda. ¡Quería trabajo! No pedía limosna; pero ni quién me lo diera sin la intención de aprovechar se de mi necesidad. Un día, desesperado me fui a buscar a unos señores que dejaron una tarjeta con sus nombres cuando habían estado en la casa de mi padre; pero ahí estuvo la cuestión que como si no hubieran estado, se hicieron los extraños; a los muy desgraciados se les olvidaron las memelas de maíz payanado, los frijoles apozonquis con cebolla y chile verde que les prepararon mis familiares, y más todavía: no se acordaron del petate que se les prestó para que durmieran; nomás me vieron que me iba hacia ellos, y luego ordenaron que se dijera que no estaban, que no vivían allí, como si no los hubiera visto que habían llegado. Por eso anduve como perdido, pa’rriba, pa’bajo, a veces sin comer y sin dormir en busca de trabajo y sustento, pero más que encontrarlos, tamaños sustotes que me llevaba cuando cruzaba las calles y sentía que los carros se me ven ían encima, y también cuando me perseguían los ‘cuicos’ que dizque representaban la ley; aunque más que viera como autoridad, los veía que se me acercaban tan hambrientos como yo, de ahí que pienso que estábamos casi iguales, nada más que ellos con su uniforme azul, desteñido y gastado y, su servidor, con los harapos que me había llevado de acá; ellos con su trabajo y un sueldo de miseria, y yo sin trabajo, pero para el caso daba lo mismo: correspondíamos a los que se tutean con pobreza y desesperanza.
«Por eso y por más, cuando había pasado el tiempo, y la soledad se me metía en el cuerpo, empecé a recordar a mi padre y su sermón de siempre al presentir que me quería alejar de él. Lo empecé a extrañar y todo lo que de mi terruño afloraba en mi mente fustigada por los ayunos de querencias: pero ni modo de regresarme. Tenía mi orgullo, y por él me aguanté. Con el tiempo le hice a todo; ¡bueno, casi a todo! Porque para eso de robar no tengo sangre.
«Cuatro años no vi a Teresa, y a esta tierra que a lo lejos me parecía la más hermosa y llena de cobijo. ‘Tan pronto como junte para el casorio me iré’, pensaba. Pero ahí tiene que cuando ya tenía algo ahorrado, no faltaba quién me dejara como cuando llegué a la ciudad, en puros cueros: unas veces porque era llevado por los amigos, y las más de ellas por mi soledad que me arrinconaba hacia la cantina donde además de tragos encontraba mujeres buenas para desvalijar a tarugos como yo. Después de lo que me pasaba otra vez me iba tras mi viejo anhelo hasta que un día, con lo poco que reuní, regresé. Llegué y todo el pueblo se enteró de mi presencia. ‘Llegó con el vestido para el casorio’, decían como si con su vocerío hubieran querido ocultar ecos indeseables, pero no lograron esparcirlos, luego me enteré de ellos; además, mi padre me los confirmó, y más que eso, me preguntó:
—¿La quieres?
—¡Sí!... ¡Mucho!, le contesté.
—Si la quieres, que no te importe. ¡Cásate con ella!

«Fue así que hubo casorio con Teresa. Recuerdo que en la primera noche de nuestra boda cuando aún resonaban en mí las sentencias de mi padre, luego sentí que estaba preñada, y aunque tenía muchos deseos de hacerla mía, me aparté de ella: todavía ahora no sabría decirle si me porté como hombre o como animal en celo; lo cierto es que me aparté de su cuerpo. Esperé hasta que nació su chamaco, Cipriano, el mismo que, aunque haya sido de otro y no mío, empecé a quererlo, como a la misma Teresa, sin importarme indirectas que escuchaba:
—‘Quien compra vaca, compra becerro…’
—‘El que es buey hasta la coyunda lame.’
—‘De que los hay, los hay...’
—‘Qué tanto es tantito’...
«Chifletas que no me afectaron porque en tratándose de querencias quien manda es el corazón y, además, como lo decía mi padre, ese era mi destino.
«De Cipriano, de él me podrán decir de sus andadas, pero esas son otras cosas, también del destino que no podemos cambiar, y más cuando se vive en un pueblo como este de Buenaventura, del que me fui y volví.»


(Mayo 23 de…)

No sé si se lo deba contar o no, pero más vale que lo que vaya a saber de mí, lo sepa « por mi boca, y no por lo que le digan o inventen; porque en este lugar, llamado La Buenaventura, todo se sabe; en él cabe aquello de ‘pueblo chico, chisme grande’.
«No se a quién se le ocurrió semejante nombre, ya que de buenaventura no tiene nada, al menos para mí. Siempre, desde que tengo uso de razón, ha sido la misma cuadrilla con su calle larga y sus casas a los lados, como si ellas le fueran a dar la bienvenida a alguien que ha estado por llegar, pero que nunca ha venido ni vendrá. Los que se van dejan huecos, y los que llegan los llenan; pero de ahí en adelante todo es igual. Su acontecer es como una página sobre la que se escribe, luego se borra en ella lo grabado, para después volver a escribir lo mismo.

«A La Buenaventura no ha llegado la electricidad, y menos esos aparatos modernos que hay para ver y oír; tampoco los adelantos para curar a los enfermos; ni una escuela permanente con sus maestros; los pocos que llegan a venir nomás se van por el camino de La Tronconera y jamás regresan; el único constante ha sido Homobono con su recua cargada de mercancía que vende cara mientras esparce chismes y comentarios de lo que acontece en otros lugares lejanos.
«Aquí no vienen personas importantes, salvo en tiempos que llaman de elecciones, que dizque nos vienen a ver con su palabrerío engañoso. Ahora que, también ha venido otra gente como aquella que se dejó venir con el relajo que se armó con lo de mi pupilo Concho Terensio. Aquí los hombres salen de sus casas como adormilados; se van a trabajar, se van sin ganas y regresan cansados para comer y acostarse, aburridos, con sus mujeres. Las mujeres hacen siempre lo mismo: nacen, pronto se hacen buenas para el casorio y, después, a parir y a criar hijos hasta que la gordura y vejez se apoderan de ellas. Los hechos más sobresalientes son cuando hay matados, pero se dan con tanta frecuencia que ya no producen sobresalto en los habitantes; a ellos se les dicen los mismos rezos, se les llora con la misma tonada y se llevan de igual forma a enterrar; después de ello, vuelve la rutina al pueblo: doña ‘Quenchacuetes’ con su tonadilla de ‘cómprenme la empanada’ se mete en los hogares en donde introduce y saca chismes que más tarde se agrandan en los lavaderos del río o en la cantina de ‘El Chupetas’, se da el mismo hacer y decir de la gente, se dan las mismas costumbres que han caído en la indiferencia; como les digo, todo vuelve a repetirse, hasta los abusos de pudientes y caciques de las cercanías que nos quieren tener siempre jodidos.
«Por eso cuando tenía veinte años y me di cuenta que todas las de mi edad se habían casado, y sólo quedaba Teresa en espera de J. Concepción, sentí que ‘me iba a quedar para vestir santos’, y que la soledad y monotonía se apoderarían de mí. Fue cuado eché a caminar mi proyecto de vida. Primero me le pegué a Tranquilino y, aunque no quería, miren que con preparados que le dí salpicados con mis aguas de mujer, luego me permitió que un día me quedara en su casa con él, en calidad de amancebada; después seguí frecuentando a la bruja Benavides, a quien convencí para que me enseñara los secretos de la curadera y aprendí bien, tan bien que con el tiempo le fui quitando la clientela; pero como me diera cuenta de que había habladurías de lo que hacía, fundé la Cofradía con todas las mujeres rezanderas. Y me iba de maravilla entre que curaba el cuerpo y supuestamente los espíritus de los buenaventurenses; pero no hay felicidad completa; después de muchos años de casada no había tenido hijos y Tranquilino se empezaba a impacientar; eso, y el sentir que la vejez me iba a llegar en ese estado de esterilidad me hizo urdir la forma para apoderarme de un chamaco para hacerlo mío como si hubiera estado preñada, esperándolo; en el primero que pensé fue en Cipriano, Concho Terensio, el hijo de Teresa; me atrajo su desplante altivo y fama que tenía de travieso, y bueno para echar maldeojo, según los rumores que había en torno a él.
«Las circunstancias se dieron solas para comunicarme con el niño de mis preferencias. Una tarde lo sorprendí espiando por mi casa, lo que tomé como pretexto para empezarlo a seguir, mas como era brioso esperé hasta que se confió. Cuando menos lo esperaba estaba en mis manos, y contra lo que imaginaba que le reclamaría, luego me lo llevé a mi cocina con engaños; no una sino varias veces estuvo conmigo. Y mire que el muchacho salió bueno para eso de mover las cosas sin tocarlas, aprenderse los rezos, hacer invocaciones y entrar en trance. Por eso y porque no tenía hijos se lo quise quitar a su madre con el argumento de que lo íbamos a consagrar como nuestro niño prodigio; pero el tiznado chamaco como viera que mis compañeras de la Cofradía se deshicieran en rezos y plegarias en torno al altar que le habíamos levantado, el muy condenado se me rebeló, y hasta provocó que se quemara la vivienda que con tanto trabajo había construido Tranquilino; por eso, por malagradecido le agarré coraje, por eso me enojé con él y hasta quise perjudicarlo. No me arrepiento de ello, pero pienso que más le hubiera convenido quedarse conmigo porque hubiera hecho de él una criatura a la que todos los de la región vendrían a ver y, con el tiempo, hasta los buenaventurenses resultaríamos beneficiados; pero no me dejó ayudarlo, ni quiso en-tender mi necesidad.
«Ahora estoy aquí con mis males, atada a esta silla. A veces pienso que me vinieron por el coraje que le brotó a la vieja Benavides que quería a Concho Terensio como heredero de no sé qué; porque no creo que sea por mis intentos de sacar a este pueblo de la monotonía, ni por mi trabajo de curandera; más bien pienso que son cosas del destino que la encasillan a una, como lo estoy ahora aquí en donde sólo me queda rezar y pensar en mi difunto Tranquilino.

Y ahora, ¡váyase! ¡Váyase con su impertinencia... Váyase!»

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