Dedicatoria:
A don Fabián, mi abuelo.
Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero
Santa Teresa de Jesús
¿Quién soy?... sería presunción, de mi parte, decir “yo soy”; porque en estas circunstancias mías, y en este lugar, no se puede decir quién se es. En él atosigan: hacinamiento, monotonía y olvido; la mente ve mermada su capacidad, y han huído de ella imaginación, quimeras y anhelos.
Tengo la sensación de que en mí guardo... ¿Qué guardo?... ¡Cierto! ... estoy aquí en esta quietud en la que guardo nubarrones de olvido, pensamientos encontrados, y también ausencia. Por eso mi mente divaga, sufre... quiere recordar... necesita recordar.
Soy…De manera ascendente, lo que en un principio sólo fue bulto borroso, poco a poco fue ofreciendo la visión de sus contornos hasta definirse. Era un hombre huesudo, alto, de color blanco; más que blanco, descolorido como cuijas a las que nunca les han dado los rayos del sol. Vestía pantalón prieto, no era el negro sino prieto chorreado, y una camisa color azul de mangas largas enrollodadas hasta los codos. De su hombro derecho colgaban morral y chaqueta. Sin detener su andar, de vez en cuando se quitaba el sombrero de fieltro para airearse la cara.Era el mes de mayo, las chicharras armaban escándalo como a las tres de la tarde de ese día; los moscos de la cañada enterraban sus aguijones produciendo comezón en la piel; perezosos y sofocados ladraban los perros al verlo pasar mientras centenares de ojos escudriñaban por las rendijas de bajareques de las casuchas, para percatarse de su llegada.
Un cielo carente de nubes dejó ver que se dirig ía por lo largo de la calle hacia donde vive don Nemorio, el viejo más viejo del lugar, el anciano al que parece que la piel se le ha secado sobre los huesos para hacerlo más resistente al tiempo; es el que sabe casi todo lo que ha acontecido en el pueblo de La Buenaventura.
Hasta allá llegó el forastero y se le plantó a don Nemorio, ahí junto, en la cercanía de la tranca que daba acceso al corral que protege su casa. Se quedó engarrotado, como desconcertado sin saber qué hacer, mientras el viejo lo miraba de pies a cabeza, como queriendo saber las intenciones que lo habían hecho venir. Lo observó cuidadosamente, y después de algunos instantes se decidió a romper aquella cadena silenciosa que ataba al hom bre.
—¡Pase!... no se quede ahí como...
No completó la frase; prefirió que la palabra le chapaleara en la boca, ahogándose con su intención...
— Gracias... gracias.
— ¿De qué?
— ¿Usted es don Nemorio?
— ¡El mismo!
— Homobono, un señor, me habló de usted... —Tenía que ser ese desgraciado bueno para joder, llevar y traer chismes. ¿Quién más, sino él podía ser? Bien dicen ellos nacen y...
— Gracias... gracias.
— ¿De qué?
— ¿Usted es don Nemorio?
— ¡El mismo!
— Homobono, un señor, me habló de usted... —Tenía que ser ese desgraciado bueno para joder, llevar y traer chismes. ¿Quién más, sino él podía ser? Bien dicen ellos nacen y...
El recién llegado no supo qué decir. Don Nemorio se notaba molesto. El silencio nuevamente se apoderó del entorno, y de ellos también, mas, como resultaba incómodo el estar ahí cada uno metido en sus pensamientos, alguien tuvo que romper ese círculo asfixiante.
— Muy bonito su pueblo, dijo el forastero al tiempo que miraba a su alrededor.
— ¿Le parece?, contestó don Nemorio enfadado.
— ¡Muy bonito!
— ¡Ah!
— Folclórico, diría yo,... ¡sí!, ¡sí!
— ¡Uf!
— Interesante... eso es... y...
— ¿Y qué más?
— ¿Más qué?
— ¿Qué más quiere para que deje de estar fregando?
— ¡Uf!
— Interesante... eso es... y...
— ¿Y qué más?
— ¿Más qué?
— ¿Qué más quiere para que deje de estar fregando?
El hombre de la chaqueta sufrió como si le hubieran abofeteado. De pie como estaba sintió como si el suelo se hubiese movido, al tiempo que las manos se le humedecían.
— No se quede ahí como... ¡Siéntese o váya-se!
— No quiero molestarlo... pero como, verá, soy amante de la provincia porque en ella se encuentran alma y corazón de...
— ¡Y vuelta la burra al trigo!, marcó un hasta aquí el viejo.
— Bueno, ...como le decía... yo...
— ¡Mire! Déjese de chocanterías; si quiere dígame, dígame lo que lo trae por acá. Digo, si quiere, y si no, pues ya se está yendo por donde vino.
— No se quede ahí como... ¡Siéntese o váya-se!
— No quiero molestarlo... pero como, verá, soy amante de la provincia porque en ella se encuentran alma y corazón de...
— ¡Y vuelta la burra al trigo!, marcó un hasta aquí el viejo.
— Bueno, ...como le decía... yo...
— ¡Mire! Déjese de chocanterías; si quiere dígame, dígame lo que lo trae por acá. Digo, si quiere, y si no, pues ya se está yendo por donde vino.
Fue así como aquel hombre empezó a decir en lenguaje llano lo que pretendía con su presencia en Buenaventura. Inició su hablar ante un Nemorio que sólo se dedicó a escucharlo mientras le miraba los ojos como tratando de constatar si era verdad lo que oía. Cuando ya no tuvo qué decir, y su petición no tenía respuesta, se le vio extraer de su morral un envoltorio que poco a poco deshizo hasta dejar al descubierto unas cajetillas de cigarros que entregó al anciano, y una botella que colocó en el piso terroso.
— ¿Gusta?, preguntó sin ver a don Nemorio. —Tanto como gustar... pues... puede que sí, la respuesta apareció animosa.
— ¿Tiene copas?
— No, pero carrizos sí, que para el caso sirven igual.
Con dificultad, don Nemorio fue hasta un talego que colgaba de un horcón de la casa, y a su regreso vertió en los carrizos el líquido que dejó escapar un olor a pencas de maguey cocido. Un hilillo de optimismo apareció en el rostro del forastero. No hizo comentario alguno, sólo se dedicó a sorber el mezcal que repetidas veces le servían.

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