Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo
han sido
Fray Luis de León
Envueltas en neblinas a mi mente acuden imágenes. Me parece como si escuchara los gritos de la chamacada:
—¡Ya vienen!
—¡Quieren llevarse a Terensio!
Como ola humana llegaron con su vocerío y de igual forma se fueron, dejando el sabor amargo de su impertinencia.
El arribo del forastero causó curiosidad en la población. Todos lo habían visto llegar. Y todos creían saber a qué venía. Servía de comidilla verbal en los hogares. Su presencia había roto la monotonía, y algo más: inquietó a usureros, motivó que rabiaran los acaparadores del raquítico comercio; dio en qué pensar a los vendedores y compradores de “chueco”. No faltó quienes lo asociaran con un supuesto escuadrón de ajusticiamiento; también le vieron fachas de predicador. Por otra parte, hasta galanuras le atribuyeron ciertas damas, que en su recato dieron rienda suelta a sus quimeras; y no faltó algún varón que viera en él al prototipo de hombre citadino.
Como observara que el estado de cosas bien podía acarrear complicaciones, la astucia de don Nemorio le dictó que hiciera circular una versión en torno al forastero: “el Licenciado Brigido Pantaleón reclutará hombres y mujeres de La Buenaventura que quieran participar en un importante proyecto que se desarrollará en la ciudad”, así se lo dijo a uno de sus coterráneos advirtiéndole que por ningún motivo lo divulgara. Contrario a lo que pretendía de dicho y no de hecho, con beneplácito miró que la gente se empezó a arremolinar en tor-no a su huésped pidiendo ser parte de la supuesta selección.
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo
han sido
Fray Luis de León
Envueltas en neblinas a mi mente acuden imágenes. Me parece como si escuchara los gritos de la chamacada:
—¡Ya vienen!
—¡Quieren llevarse a Terensio!
Como ola humana llegaron con su vocerío y de igual forma se fueron, dejando el sabor amargo de su impertinencia.
El arribo del forastero causó curiosidad en la población. Todos lo habían visto llegar. Y todos creían saber a qué venía. Servía de comidilla verbal en los hogares. Su presencia había roto la monotonía, y algo más: inquietó a usureros, motivó que rabiaran los acaparadores del raquítico comercio; dio en qué pensar a los vendedores y compradores de “chueco”. No faltó quienes lo asociaran con un supuesto escuadrón de ajusticiamiento; también le vieron fachas de predicador. Por otra parte, hasta galanuras le atribuyeron ciertas damas, que en su recato dieron rienda suelta a sus quimeras; y no faltó algún varón que viera en él al prototipo de hombre citadino.
Como observara que el estado de cosas bien podía acarrear complicaciones, la astucia de don Nemorio le dictó que hiciera circular una versión en torno al forastero: “el Licenciado Brigido Pantaleón reclutará hombres y mujeres de La Buenaventura que quieran participar en un importante proyecto que se desarrollará en la ciudad”, así se lo dijo a uno de sus coterráneos advirtiéndole que por ningún motivo lo divulgara. Contrario a lo que pretendía de dicho y no de hecho, con beneplácito miró que la gente se empezó a arremolinar en tor-no a su huésped pidiendo ser parte de la supuesta selección.
Cuando el forastero estuvo enterado del rumor que circuló, propiciado por su anfitrión, una sonrisa iluminó su rostro y se dejó consentir al tiempo que establecía condiciones para aquéllos que desearan ser reclutados. Un silencio de complicidad se tendió entre los dos hombres.
Pocos días llevaba como residente de aquel pueblo extraño, poco tiempo tenía y su ingenio se había agudizado ya. Sabía cómo sacar provecho de lo adverso, pero sobre todo, cuándo cobijarse o alejarse de la tutela de don Nemorio, para provecho propio. Sabía cuándo debía callarse y cuándo hablar y, de ello, el anciano estaba consciente.
Yo puedo creer cualquier
cosa, con tal que sea
increíble.
Oscar Wilde
En el diván de mi eterna noche, reposan, además de la de mi madre, imágenes de aquellos seres con los que me relacioné en mi vida; de ellas, la de Altagracia está en primer plano. Mi relación con ella empezó un día en que corriendo por los corrales y caseríos, oí una conversación que me interesó y me indujo por laberintos de extrañas sensaciones:
—¡Déjate, mamacita, déjate! ... déjate,... ¿Sii í?
—No,... mire, que no, eh.
—Ándale chiquita, ya verás...
—Que le digo que no,... usted pues...
—Si nomás es tantito. ... ¿Sí?
—Pero si sí… ¿Y mi tía qué?
—Pues si sí,…yo,... ¿Sí?...
«Un golpeteo atosigó mi pecho. Curioso jinqué mi charpe en el cuello y con una navaja empecé a picotear el bajareque; fue así como hice aquel agujero que me dejó ver al interior de la casa de Altagracia; y que voy mirando a Tranquilino que tenía arrinconada a Dorotea, su sobrina política, a la muchachilla la tenía abrazada mientras su vieja dirigía, en la capilla, la oración de las siete.
«Muchas veces fui a ver por el hoyito aquel. Me gustaba porque cuando miraba lo que hacían Tranquilino y Dorotea me entraba una comezón entre las piernas y sentía bonito agarrarme allí. En otras ocasiones, aunque no eran las siete, me asomaba y veía a doña Altagracia que andaba a medio vestir pegándose al cuerpo de su marido que terminaba tumbándola de mala gana en la cama; pero a mí más me gustaba cuando hacía eso con su sobrina.
«Todo marchaba bien: ellos se divertían, yo también; pero una tarde que don Cástulo Carrera me negó unos limones que le había pedido, con mi coraje adentro, me fui por los alrededores de la casa de Altagracia. Estaba la vieja como loca entre velas y sahumerios encendidos. ¡Gritaba, resoplaba, rezaba! Mientras un olor fuerte a mezcal y goma de copalcohuite salía por el hoyo del bajareque. Tan impresionado estaba con lo que hacía ella, en tomo a un cuerpo medio encuerado de mujer, que solté un estornudo que llegó hasta sus oídos. Luego me vio. Sentí su mirada fría, pesada. Salí corriendo. Paré hasta que estuve dentro de la troje de mi casa. Sentía que la sangre se movía alocada por debajo de mi piel, y que en las sienes había ecos del resonado tuntunear de mi corazón.
«Poco a poco mi respiración se fue apaciguando, y en mi mente se hicieron más claras esas imágenes en las que doña Altagracia era el personaje principal, al tiempo que gritaba:
—¡Espíritu y sombra! ... ¡Ven! ... ¡Siete veces te he de llamar, siete veces has de...!
«Eso mismo empecé a repetir como si le hubiera encontrado alguna razón para hacerlo; después lo dije una tras otras veces sin sentir que transcurría el tiempo, sin estar consciente de lo que hacía, hasta que escuché que me llamaban:
—Cipriano, hijo,… Cipriano.
—¿En dónde andas, criatura?
«Como a los tres días de que vi lo que hacía doña Altagracia, ella me agarró por sorpresa al estar yo jugando a la crucifixión de gatos. Cuando más divertido estaba con los maullidos del animal, sentí sus manos paludas y su olor a epazote ace-do que le salía por la boca. Me le quise escapar pero no pude hacerlo. Para que me dejara en paz le prometí que ya no mataría gatos, ni acosaría a los gallineros con mi resortera, y que jamás volvería a espiarla por aquel hoyo en el bajareque. Pero ella como si no escuchara: más se acercó y me empezó a empalagar con sus chiqueos. ¡Canija vieja! Yo, como temía que le fuera con el cuento a mi madre, pensé que era mejor seguirle la corriente. Fue así como empecé a visitar la casa de Tranquilino; más, cuando él no estaba. Ella me daba dulces grandes como canicas de colores que procuraba tener para mí; conchas, hojaldres, roscas de manteca, tiesos y marquesotes que me dejaba remojar en un tazón lleno de chocolate caliente. En ocasiones la veía que se movía de un lado a otro mezclando hierbas y líquidos que sacaba de unos tarros; pero poco me importaba aquello mientras me dejara hacer lo que yo quisiera y alimentara mis gustos. En verdad que empezaba a sentirme bien en esa casa, pero no me gustó que poco a poco me fue metiendo en la cabeza: rezos, nombres de cosas raras, y me llevaba al cuarto obscuro que ocupaba cuando la visitaban personas del pueblo o de otros lugares. Con decirles que hasta me quiso hacer que yo repitiera lo que ella hacía; pero yo me dije: «aguas Cipriano, esta vieja algo se trae». Y sí pues, que por ahí andaba la cuestión. Una noche le llevaron a Chana, la bemba; iba en un grito dizque porque le había caído vergüenza en la panza. Altagracia ordenó que la metieran a su cuarto de curaciones y que la desnudaran dejándola acostada en un petate rodeado de veladoras encendidas. Sólo nos quedamos con la enferma, ella y yo. De la impresión que me causaba la bemba hasta sentí que quería vomitar el chocolate y un marquesote que me había comido, pero me aguanté. Miré que doña Altagracia entre la humareda de sahumerios levantaba siete ramas de epazote aprisionadas con sal en una de sus manos y con la otra acentuaba sus conjuros, al tiempo que la enferma gritaba desesperada:
—¡Ayyy!
—¡Te kalo mi kaña. Te kamal kalco...! —invocaba Altagracia.
—¡Ayyy! ... ¡Ay!, era el grito prolongado de la Bemba.
—Te Kamalcheko, insistía la rezandera al tiempo que sobaba el cuerpo desnudo.
—¡Ay! ... ¡Ayyyy!, era el «ay» de una enloquecida.
—¡Ay, no… Oh, Dios…! —Ya para entonces se miraba a la vieja arrodillada con los brazos levantados.
—¡Ayyy! ¡Aaaá...!, estaba en un solo alarido la luria.
«Chana, la bemba, empezó a revolcarse fuera del petate mandando al carajo las veladoras y lo que supuestamente se hacía por ella. Sacaba espuma por la boca y se retorcía como culebra herida. Como viera que doña Altagracia no podía controlarla, me acerqué y empecé a decir lo primero que se me vino a la mente; a ella le agradó y me secundó:
—Bendígote, rosa de la poderosa —dije.
—¡La venerada! —contestó ella.
—¡De la colorada!
—¡Ay, no! Dios...
«Luego me seguí con aquello de Espíritu y sombra... que sonaba bien cuando Altagracia hacía sus invocaciones. Después, ya no supe lo que dije; lo único que recuerdo es que no paré hasta que dejó de retorcerse Chana. En el pueblo se corrió el rumor de que su curación había sido como un milagro porque jamás le volvieron las convulsiones y menos el dolor de panza.
«Esa fue la última ocasión que estuve por mi voluntad en casa de doña Altagracia; después me llevó casi arrastrando. Pero me le escapé cuando quiso enjaretarme unos trapos de satén, y colocarme en un altar rodeado de sahumerios, velas encendidas y rezanderas que no paraban de decir no sé qué cosas. Salí corriendo rumbo a la troje de mi jacal. Desde entonces se me enojó la vieja. Pero lo que me enseñó no se me olvidó. Canija de Altagracia, ¡Tenía lo suyo! ... ¡Vaya que si lo tenía! Pero aunque fuera así, con elmátalascallando de don Tranquilino, con él nomás no pudo. Siempre hizo su voluntad a su modo, pero la hizo; con decirle que además de lo que hacía con la Dorotea, y otras travesuras más, un día a plena luz del sol lo miré metido en la milohuatera llegándole a la Bemba. Porque, para qué, la mera verdad: tenía lo suyo, ¡Vaya que sí lo tenía!
(Mayo 13 de...)
Buenos días, don Nemorio. —Ahí estaba Brígido con cara alegre.
—No son tan buenos, pero,... bueno —dijo Nemorio de mal humor.
—Hagamos que sean, ¿qué le parece?
—Pues,... si se puede en este pinche calor...
—Se puede... se puede.
—Si usted lo dice... Búsquese una silla o siéntese en el pretil.
—¿Qué prefiere?
—Me da lo mismo.
—Como quiera... con tal de que se jale el mezcal para hacer la mañana...
—Como le decía:
Desde antes que lo quisieran exorcizar las huestes de Altagracia, ya armaba tremolinas el Terensio. Y la verdad que era sin que él se lo propusiera. Yo creo que los hechos sucedían como consecuencia de lo que le salía al paso.
¡Canijo Terensio! Hasta motivó que a este pueblo vinieran unos güeros que dizque habían oído hablar de los prodigios que hacía. ¿Cuáles prodigios? ¡Puras mañosadas!
Si nomás con verle la cara al chamaco podía uno imaginarse de lo que era capaz. Pero, bueno, ellos sabían su cuento. Se dejaron venir, llegaron causando admiración. Todos los del pueblo querían verlos, pero nadie se les acercó. Entraron por la única calle que junta al caserío. Venía una muchacha de buen ver con ellos. Y, ahí tiene que como nadie les dio posada, se tuvieron que acomodar abajo de una casa de trapo que sacaron de una bolsa que traía cargando en la espalda el más grande de ellos. Se quedaron allá junto a la capilla de La Santa Cruz. Venían todos coloradiosos por el calor y los piquetes de jejenes y zancudos. ¡Qué friega les habían puesto! Dicen que hasta turicatas traían en las corvas. Pero como se dice por acá: “A lo que te truje Chencha”; luego se apersonaron en la casa de J. Concepción para que les diera entrada a lo que querían hacer. Traían papel para escribir y unos aparatos que después supimos que servían para sacar retratos. Aparecieron ellos, dos hombres trasijados y una mujer bonita, güeros los tres. Se les notaba cansancio. Ahí estuvieron junto a la puerta porque cuando quisieron poner un pie dentro del jacal, J. Concepción los detuvo. Y aunque le mencionaron a Homobono, no lo convencieron; él se plantó firme y en la primera oportunidad que tuvo cortó la conversación. Se quedaron afuera con sus ojos que querían abarcar todo y meterse hasta la cocina. No se sabe qué le estuvieron diciendo a él; lo cierto es que de la puerta no pasaron. En el transcurso de los días siguientes se dedicaron a curiosear en el pueblo, ya para entonces la chamacada los seguía. Se metían a las casas, retrataban a cuanto se les pusiera enfrente, miraban dónde dormía la gente, o dónde comía y qué comía, y hasta llegaron a probar tacos con chile de árbol, y sopearon frijoles apozonquis de los que se consumen por acá. Se ponían colorados cuando se tragaban el picante. No creo que les haya gustado, más creo que lo hacían para ganarse nuestra confianza y sacarnos lo de Terensio, y creo que con un poco más de tiempo lo hubieran logrado; sobre todo con labia, dulces y otras chucherías que amansan a los jodidos como nosotros. Seguro que iban a sacarnos lo que de él se sabía en el pueblo. Pero ahí tienen que de la noche a la mañana doña Altagracia corrió la voz de que eran comunistas, enemigos del Santo Papa, anticlericales, robachicos, y no sé qué tantas otras cosas se decían de ellos; lo cierto es que desaparecieron repentinamente. Y fue por su bien, porque vaya que en aquel entonces Altagracia era de armas tomar, en un santiamén volteaba a medio mundo en contra de quien quisiera perjudicar. Cuando supo que se habían ido, luego organizó una procesión que concluyó en la casa de Terensio, que dizque era para alejar los malos augurios que amenazaban a La Buenaventura. Vaya usted a saber si nada más era la pura conveniencia de ella por aquello de que bajo su apariencia de beata estaba Altagracia la curandera, la de las invocaciones a los vientos y espíritus. Media brujona, la vieja.
—Que se me hace que son puros cuentos, don Nemorio. ¿A usted le consta?
—¡Joder! ¿Y yo por qué habría de inventarlo? ¡Créalo si quiere! A mí, él me lo contó.
Es muy fácil detectar el desorden
en el mundo real y tangible,
lo difícil es encontrar el
orden de las cosas que no se ven
Esquivel, Laura. Ley del Amor p. 108. Grijalbo. México, 1995
Otra vez esta sensación flotante, desproporcionada, como si estuviera en todos los lugares, y a la vez en ninguno. Tengo la impresión de que recorro caminos y veredas... ¡Esperen! ¡Esperen! ... Por favor, esperen... Ahora recuerdo: Iba caminando; la mano de mi madre me sujetaba. Nuestro caminar empezó cuando mi padre adoptivo dijo: “nos vamos”; fue el principio de una vida errante; porque en eso nos convertimos, en errantes. Primero llegamos a esa casa bonita y grande, siempre llena de hombres y mujeres trajinando; una casa con muchas trojes y ganado. Era tan agradable que hasta llegué a imaginar que allí nos quedaríamos; pero como el muerto que “a los tres días apesta”, así se nos trató. Años más tarde supe que era de unos parientes ricos de mi padre y que en ella había trabajado cuando era chamaco. Otra vez lo oí decir: “¡Vámonos!”
«No recuerdo con exactitud por cuántos pueblos pasamos, pero al final de ese recorrido ya me empezaba a salir vello en algunas partes del cuerpo, y me cargaba una “arrechera” que no me dejaba tranquilo. Para entonces, sólo nosotros sabíamos que éramos errantes; para los demás aparecíamos como peregrinos. Mi padre se inventó aquello de que viajábamos para cumplir una manda a causa de una enfermedad que lo había postrado al borde de la muerte, y que recolectabamos limosnas para ayudar a los pobres niños desvalidos, de no sé qué pueblo. ¡Puro cuento! Pero funcionó en esos parajes de ignorancia y miseria. Y hubiera seguido funcionando, de no haber sido porque me fastidió que me llevaran vestido de monaguillo, lleno de escapularios y otros objetos que me colgaron para impresionar a quienes nos miraran caminar. Me rebelé, y así como me había escapado cuando murió mi hermano Prisciliano, así me les hice perdedizo, sin dar siquiera lugar a escuchar sus angustias durante la búsqueda. Caminé por La Cañada, me fuí puebleando después de arrojar aquellos ropajes de monje que me habían enjaretado por mucho tiempo. Y si vieran que no sentí pena, lástima o consideración por lo que ellos pudieran sufrir. Es más, me dio la impresión de que me sobraban.
«Para cuando se festeja La Santa Cruz ya andaba por Los Arrayanes, un pueblito de la sierra. Había terminado el mes de abril y algunos zanates se arremolinaban en los jagüeyes resecos, mientras otros con el pico abierto miraban el cielo azulado en espera de que cayeran las primeras gotas de lluvia; del fondo que habían ocupado las aguas de los arroyuelos, se levantaban ventoleras y el ganado sediento mug ía. Era tiempo de las quemazones; ardían los tlacololes consumiéndose marañas boscosas y restos de los árboles derribados. Había llegado a ese lugar aguijoneado por el hambre. ¡Jijos! Esa sí que era hambre: de pronto me sentí como perro sin dueño al que nadie le da una tortilla, ya porque no la había en aquella pobreza o porque me miraban con desconfianza, y nomás me decían: “No hay, siñor... No lo hay lo que quieres”, aunque mis ojos miraran lo que deseaba. Entonces sí sentí hambre y fue cuando me acordé, más que de mi padre, de mi madre; añoré sus guisos y la seguridad de aquel escondrijo en el doble fondo de la troje. Hasta llegué a pensar en su cariño y en esa mirada de tristeza que tenía.
«Lo que vino después fue como cascada que se desparrama sin que nadie sepa lo que trae en sus aguas. Se fueron dando las cosas, unas tras otras, como si ya hubieran estado planeadas. Una noche que dormitaba encaramado en una pila de totomoztli que se hallaba en el centro de una milohuatera, unas manos fuertes me cogieron por sorpresa y me zangolotearon hasta dejarme atolondrado. Apenas si me enteré de lo que se decía de mí:
—¡Aquí lo tienes Pancho Pacheco!
—¿Quién es? —contestó aquel hombre.
—¡Sepa la fregada quién será, jefe! Si quiere lo quiebro aquí mismo... ¡Quieto cabroncito, quieto!
«Se ensañaba mi agresor, mientras unos ojos me miraban desde una cara de cejas cavernosas; los de un hombre de piel renegrida, musculoso como animal cerrero. Con una mano en el garnil, y la otra sosteniendo una cuarta de cuero crudo, escudriñó mi apariencia. Contrario a lo que mis temores me llevaban.
—Sólo es un chamaco tarugo —se dejó decir.
—Pero lo agarramos, Pancho, lo agarramos. —Valió madre el tiempo que dedicamos a
pastorearlo.
—¡La jeteaste, Pichón, la jeteaste! —dijo— ¡Otra más de tus tonterías!
—Pero, patrón —quiso justificarse aquel hombre.
«Me habían confundido con no sé quién. A una señal del que llamaron Pichón empezaron a surgir de entre las cañuelas de la milpa seca muchos hombres que con cautela se acercaron a aquel sujeto que los comandaba. Por un buen tiempo estuvieron conversando sobre no sé qué. Cuando empezaron a caminar rumbo a una zoyatera que dejaba ver sus troncos coronados de abanicos verdes y racimos de floraciones blanquecinas, un botín golpeó mis nalgas, al tiempo que gritaba alguien.
—¡Camínale, güey! ¡Camínale!
Quise regresarle golpes e insultos a ese hombre, pero ante su aspecto, algo dentro de mi me dijo que me sosegara. Y, otra vez anduve de aquí para allá, de allá para acá. Al principio, obligado, pero después, como si me fuera pegando a ese rebaño de hombres, me fui sintiendo parte de él. Primero, a lomo de mula encargado de los bastimentos; después, por aquello de que le partí la cabeza al fulano que iba a madrugar a Pancho Pacheco, se me dotó de un buen caballo; pistola y cartuchera. Ya para entonces tenía bigote y mis vellos se habían endurecido, y cada vez que bajábamos a los pueblos, más que comida, buscaba mujer para desahogar mis ganas. Pero, no sé por qué, aunque estuviera con una de ellas, siempre me estaba acordando de Dorotea, y eso me volvía enojón. También, para entonces, ya no era del montón; ya llevaba sobre mis espaldas muchas muertes, las de los fulanos que se me habían atravesado; y casi siempre me cargaba Pancho Pacheco junto a él; por eso estaba bien enterado de lo que pasaba y pensaba hacer; por eso había aprendido sus mañas, y hasta me empecé a sentir superior a todos, y creo que así era.
«Pasó el tiempo, y con él me vinieron deseos de ver a mi madre, y también a la Dorotea.»
Pocos días llevaba como residente de aquel pueblo extraño, poco tiempo tenía y su ingenio se había agudizado ya. Sabía cómo sacar provecho de lo adverso, pero sobre todo, cuándo cobijarse o alejarse de la tutela de don Nemorio, para provecho propio. Sabía cuándo debía callarse y cuándo hablar y, de ello, el anciano estaba consciente.
Yo puedo creer cualquier
cosa, con tal que sea
increíble.
Oscar Wilde
En el diván de mi eterna noche, reposan, además de la de mi madre, imágenes de aquellos seres con los que me relacioné en mi vida; de ellas, la de Altagracia está en primer plano. Mi relación con ella empezó un día en que corriendo por los corrales y caseríos, oí una conversación que me interesó y me indujo por laberintos de extrañas sensaciones:
—¡Déjate, mamacita, déjate! ... déjate,... ¿Sii í?
—No,... mire, que no, eh.
—Ándale chiquita, ya verás...
—Que le digo que no,... usted pues...
—Si nomás es tantito. ... ¿Sí?
—Pero si sí… ¿Y mi tía qué?
—Pues si sí,…yo,... ¿Sí?...
«Un golpeteo atosigó mi pecho. Curioso jinqué mi charpe en el cuello y con una navaja empecé a picotear el bajareque; fue así como hice aquel agujero que me dejó ver al interior de la casa de Altagracia; y que voy mirando a Tranquilino que tenía arrinconada a Dorotea, su sobrina política, a la muchachilla la tenía abrazada mientras su vieja dirigía, en la capilla, la oración de las siete.
«Muchas veces fui a ver por el hoyito aquel. Me gustaba porque cuando miraba lo que hacían Tranquilino y Dorotea me entraba una comezón entre las piernas y sentía bonito agarrarme allí. En otras ocasiones, aunque no eran las siete, me asomaba y veía a doña Altagracia que andaba a medio vestir pegándose al cuerpo de su marido que terminaba tumbándola de mala gana en la cama; pero a mí más me gustaba cuando hacía eso con su sobrina.
«Todo marchaba bien: ellos se divertían, yo también; pero una tarde que don Cástulo Carrera me negó unos limones que le había pedido, con mi coraje adentro, me fui por los alrededores de la casa de Altagracia. Estaba la vieja como loca entre velas y sahumerios encendidos. ¡Gritaba, resoplaba, rezaba! Mientras un olor fuerte a mezcal y goma de copalcohuite salía por el hoyo del bajareque. Tan impresionado estaba con lo que hacía ella, en tomo a un cuerpo medio encuerado de mujer, que solté un estornudo que llegó hasta sus oídos. Luego me vio. Sentí su mirada fría, pesada. Salí corriendo. Paré hasta que estuve dentro de la troje de mi casa. Sentía que la sangre se movía alocada por debajo de mi piel, y que en las sienes había ecos del resonado tuntunear de mi corazón.
«Poco a poco mi respiración se fue apaciguando, y en mi mente se hicieron más claras esas imágenes en las que doña Altagracia era el personaje principal, al tiempo que gritaba:
—¡Espíritu y sombra! ... ¡Ven! ... ¡Siete veces te he de llamar, siete veces has de...!
«Eso mismo empecé a repetir como si le hubiera encontrado alguna razón para hacerlo; después lo dije una tras otras veces sin sentir que transcurría el tiempo, sin estar consciente de lo que hacía, hasta que escuché que me llamaban:
—Cipriano, hijo,… Cipriano.
—¿En dónde andas, criatura?
«Como a los tres días de que vi lo que hacía doña Altagracia, ella me agarró por sorpresa al estar yo jugando a la crucifixión de gatos. Cuando más divertido estaba con los maullidos del animal, sentí sus manos paludas y su olor a epazote ace-do que le salía por la boca. Me le quise escapar pero no pude hacerlo. Para que me dejara en paz le prometí que ya no mataría gatos, ni acosaría a los gallineros con mi resortera, y que jamás volvería a espiarla por aquel hoyo en el bajareque. Pero ella como si no escuchara: más se acercó y me empezó a empalagar con sus chiqueos. ¡Canija vieja! Yo, como temía que le fuera con el cuento a mi madre, pensé que era mejor seguirle la corriente. Fue así como empecé a visitar la casa de Tranquilino; más, cuando él no estaba. Ella me daba dulces grandes como canicas de colores que procuraba tener para mí; conchas, hojaldres, roscas de manteca, tiesos y marquesotes que me dejaba remojar en un tazón lleno de chocolate caliente. En ocasiones la veía que se movía de un lado a otro mezclando hierbas y líquidos que sacaba de unos tarros; pero poco me importaba aquello mientras me dejara hacer lo que yo quisiera y alimentara mis gustos. En verdad que empezaba a sentirme bien en esa casa, pero no me gustó que poco a poco me fue metiendo en la cabeza: rezos, nombres de cosas raras, y me llevaba al cuarto obscuro que ocupaba cuando la visitaban personas del pueblo o de otros lugares. Con decirles que hasta me quiso hacer que yo repitiera lo que ella hacía; pero yo me dije: «aguas Cipriano, esta vieja algo se trae». Y sí pues, que por ahí andaba la cuestión. Una noche le llevaron a Chana, la bemba; iba en un grito dizque porque le había caído vergüenza en la panza. Altagracia ordenó que la metieran a su cuarto de curaciones y que la desnudaran dejándola acostada en un petate rodeado de veladoras encendidas. Sólo nos quedamos con la enferma, ella y yo. De la impresión que me causaba la bemba hasta sentí que quería vomitar el chocolate y un marquesote que me había comido, pero me aguanté. Miré que doña Altagracia entre la humareda de sahumerios levantaba siete ramas de epazote aprisionadas con sal en una de sus manos y con la otra acentuaba sus conjuros, al tiempo que la enferma gritaba desesperada:
—¡Ayyy!
—¡Te kalo mi kaña. Te kamal kalco...! —invocaba Altagracia.
—¡Ayyy! ... ¡Ay!, era el grito prolongado de la Bemba.
—Te Kamalcheko, insistía la rezandera al tiempo que sobaba el cuerpo desnudo.
—¡Ay! ... ¡Ayyyy!, era el «ay» de una enloquecida.
—¡Ay, no… Oh, Dios…! —Ya para entonces se miraba a la vieja arrodillada con los brazos levantados.
—¡Ayyy! ¡Aaaá...!, estaba en un solo alarido la luria.
«Chana, la bemba, empezó a revolcarse fuera del petate mandando al carajo las veladoras y lo que supuestamente se hacía por ella. Sacaba espuma por la boca y se retorcía como culebra herida. Como viera que doña Altagracia no podía controlarla, me acerqué y empecé a decir lo primero que se me vino a la mente; a ella le agradó y me secundó:
—Bendígote, rosa de la poderosa —dije.
—¡La venerada! —contestó ella.
—¡De la colorada!
—¡Ay, no! Dios...
«Luego me seguí con aquello de Espíritu y sombra... que sonaba bien cuando Altagracia hacía sus invocaciones. Después, ya no supe lo que dije; lo único que recuerdo es que no paré hasta que dejó de retorcerse Chana. En el pueblo se corrió el rumor de que su curación había sido como un milagro porque jamás le volvieron las convulsiones y menos el dolor de panza.
«Esa fue la última ocasión que estuve por mi voluntad en casa de doña Altagracia; después me llevó casi arrastrando. Pero me le escapé cuando quiso enjaretarme unos trapos de satén, y colocarme en un altar rodeado de sahumerios, velas encendidas y rezanderas que no paraban de decir no sé qué cosas. Salí corriendo rumbo a la troje de mi jacal. Desde entonces se me enojó la vieja. Pero lo que me enseñó no se me olvidó. Canija de Altagracia, ¡Tenía lo suyo! ... ¡Vaya que si lo tenía! Pero aunque fuera así, con elmátalascallando de don Tranquilino, con él nomás no pudo. Siempre hizo su voluntad a su modo, pero la hizo; con decirle que además de lo que hacía con la Dorotea, y otras travesuras más, un día a plena luz del sol lo miré metido en la milohuatera llegándole a la Bemba. Porque, para qué, la mera verdad: tenía lo suyo, ¡Vaya que sí lo tenía!
(Mayo 13 de...)
Buenos días, don Nemorio. —Ahí estaba Brígido con cara alegre.
—No son tan buenos, pero,... bueno —dijo Nemorio de mal humor.
—Hagamos que sean, ¿qué le parece?
—Pues,... si se puede en este pinche calor...
—Se puede... se puede.
—Si usted lo dice... Búsquese una silla o siéntese en el pretil.
—¿Qué prefiere?
—Me da lo mismo.
—Como quiera... con tal de que se jale el mezcal para hacer la mañana...
—Como le decía:
Desde antes que lo quisieran exorcizar las huestes de Altagracia, ya armaba tremolinas el Terensio. Y la verdad que era sin que él se lo propusiera. Yo creo que los hechos sucedían como consecuencia de lo que le salía al paso.
¡Canijo Terensio! Hasta motivó que a este pueblo vinieran unos güeros que dizque habían oído hablar de los prodigios que hacía. ¿Cuáles prodigios? ¡Puras mañosadas!
Si nomás con verle la cara al chamaco podía uno imaginarse de lo que era capaz. Pero, bueno, ellos sabían su cuento. Se dejaron venir, llegaron causando admiración. Todos los del pueblo querían verlos, pero nadie se les acercó. Entraron por la única calle que junta al caserío. Venía una muchacha de buen ver con ellos. Y, ahí tiene que como nadie les dio posada, se tuvieron que acomodar abajo de una casa de trapo que sacaron de una bolsa que traía cargando en la espalda el más grande de ellos. Se quedaron allá junto a la capilla de La Santa Cruz. Venían todos coloradiosos por el calor y los piquetes de jejenes y zancudos. ¡Qué friega les habían puesto! Dicen que hasta turicatas traían en las corvas. Pero como se dice por acá: “A lo que te truje Chencha”; luego se apersonaron en la casa de J. Concepción para que les diera entrada a lo que querían hacer. Traían papel para escribir y unos aparatos que después supimos que servían para sacar retratos. Aparecieron ellos, dos hombres trasijados y una mujer bonita, güeros los tres. Se les notaba cansancio. Ahí estuvieron junto a la puerta porque cuando quisieron poner un pie dentro del jacal, J. Concepción los detuvo. Y aunque le mencionaron a Homobono, no lo convencieron; él se plantó firme y en la primera oportunidad que tuvo cortó la conversación. Se quedaron afuera con sus ojos que querían abarcar todo y meterse hasta la cocina. No se sabe qué le estuvieron diciendo a él; lo cierto es que de la puerta no pasaron. En el transcurso de los días siguientes se dedicaron a curiosear en el pueblo, ya para entonces la chamacada los seguía. Se metían a las casas, retrataban a cuanto se les pusiera enfrente, miraban dónde dormía la gente, o dónde comía y qué comía, y hasta llegaron a probar tacos con chile de árbol, y sopearon frijoles apozonquis de los que se consumen por acá. Se ponían colorados cuando se tragaban el picante. No creo que les haya gustado, más creo que lo hacían para ganarse nuestra confianza y sacarnos lo de Terensio, y creo que con un poco más de tiempo lo hubieran logrado; sobre todo con labia, dulces y otras chucherías que amansan a los jodidos como nosotros. Seguro que iban a sacarnos lo que de él se sabía en el pueblo. Pero ahí tienen que de la noche a la mañana doña Altagracia corrió la voz de que eran comunistas, enemigos del Santo Papa, anticlericales, robachicos, y no sé qué tantas otras cosas se decían de ellos; lo cierto es que desaparecieron repentinamente. Y fue por su bien, porque vaya que en aquel entonces Altagracia era de armas tomar, en un santiamén volteaba a medio mundo en contra de quien quisiera perjudicar. Cuando supo que se habían ido, luego organizó una procesión que concluyó en la casa de Terensio, que dizque era para alejar los malos augurios que amenazaban a La Buenaventura. Vaya usted a saber si nada más era la pura conveniencia de ella por aquello de que bajo su apariencia de beata estaba Altagracia la curandera, la de las invocaciones a los vientos y espíritus. Media brujona, la vieja.
—Que se me hace que son puros cuentos, don Nemorio. ¿A usted le consta?
—¡Joder! ¿Y yo por qué habría de inventarlo? ¡Créalo si quiere! A mí, él me lo contó.
Es muy fácil detectar el desorden
en el mundo real y tangible,
lo difícil es encontrar el
orden de las cosas que no se ven
Esquivel, Laura. Ley del Amor p. 108. Grijalbo. México, 1995
Otra vez esta sensación flotante, desproporcionada, como si estuviera en todos los lugares, y a la vez en ninguno. Tengo la impresión de que recorro caminos y veredas... ¡Esperen! ¡Esperen! ... Por favor, esperen... Ahora recuerdo: Iba caminando; la mano de mi madre me sujetaba. Nuestro caminar empezó cuando mi padre adoptivo dijo: “nos vamos”; fue el principio de una vida errante; porque en eso nos convertimos, en errantes. Primero llegamos a esa casa bonita y grande, siempre llena de hombres y mujeres trajinando; una casa con muchas trojes y ganado. Era tan agradable que hasta llegué a imaginar que allí nos quedaríamos; pero como el muerto que “a los tres días apesta”, así se nos trató. Años más tarde supe que era de unos parientes ricos de mi padre y que en ella había trabajado cuando era chamaco. Otra vez lo oí decir: “¡Vámonos!”
«No recuerdo con exactitud por cuántos pueblos pasamos, pero al final de ese recorrido ya me empezaba a salir vello en algunas partes del cuerpo, y me cargaba una “arrechera” que no me dejaba tranquilo. Para entonces, sólo nosotros sabíamos que éramos errantes; para los demás aparecíamos como peregrinos. Mi padre se inventó aquello de que viajábamos para cumplir una manda a causa de una enfermedad que lo había postrado al borde de la muerte, y que recolectabamos limosnas para ayudar a los pobres niños desvalidos, de no sé qué pueblo. ¡Puro cuento! Pero funcionó en esos parajes de ignorancia y miseria. Y hubiera seguido funcionando, de no haber sido porque me fastidió que me llevaran vestido de monaguillo, lleno de escapularios y otros objetos que me colgaron para impresionar a quienes nos miraran caminar. Me rebelé, y así como me había escapado cuando murió mi hermano Prisciliano, así me les hice perdedizo, sin dar siquiera lugar a escuchar sus angustias durante la búsqueda. Caminé por La Cañada, me fuí puebleando después de arrojar aquellos ropajes de monje que me habían enjaretado por mucho tiempo. Y si vieran que no sentí pena, lástima o consideración por lo que ellos pudieran sufrir. Es más, me dio la impresión de que me sobraban.
«Para cuando se festeja La Santa Cruz ya andaba por Los Arrayanes, un pueblito de la sierra. Había terminado el mes de abril y algunos zanates se arremolinaban en los jagüeyes resecos, mientras otros con el pico abierto miraban el cielo azulado en espera de que cayeran las primeras gotas de lluvia; del fondo que habían ocupado las aguas de los arroyuelos, se levantaban ventoleras y el ganado sediento mug ía. Era tiempo de las quemazones; ardían los tlacololes consumiéndose marañas boscosas y restos de los árboles derribados. Había llegado a ese lugar aguijoneado por el hambre. ¡Jijos! Esa sí que era hambre: de pronto me sentí como perro sin dueño al que nadie le da una tortilla, ya porque no la había en aquella pobreza o porque me miraban con desconfianza, y nomás me decían: “No hay, siñor... No lo hay lo que quieres”, aunque mis ojos miraran lo que deseaba. Entonces sí sentí hambre y fue cuando me acordé, más que de mi padre, de mi madre; añoré sus guisos y la seguridad de aquel escondrijo en el doble fondo de la troje. Hasta llegué a pensar en su cariño y en esa mirada de tristeza que tenía.
«Lo que vino después fue como cascada que se desparrama sin que nadie sepa lo que trae en sus aguas. Se fueron dando las cosas, unas tras otras, como si ya hubieran estado planeadas. Una noche que dormitaba encaramado en una pila de totomoztli que se hallaba en el centro de una milohuatera, unas manos fuertes me cogieron por sorpresa y me zangolotearon hasta dejarme atolondrado. Apenas si me enteré de lo que se decía de mí:
—¡Aquí lo tienes Pancho Pacheco!
—¿Quién es? —contestó aquel hombre.
—¡Sepa la fregada quién será, jefe! Si quiere lo quiebro aquí mismo... ¡Quieto cabroncito, quieto!
«Se ensañaba mi agresor, mientras unos ojos me miraban desde una cara de cejas cavernosas; los de un hombre de piel renegrida, musculoso como animal cerrero. Con una mano en el garnil, y la otra sosteniendo una cuarta de cuero crudo, escudriñó mi apariencia. Contrario a lo que mis temores me llevaban.
—Sólo es un chamaco tarugo —se dejó decir.
—Pero lo agarramos, Pancho, lo agarramos. —Valió madre el tiempo que dedicamos a
pastorearlo.
—¡La jeteaste, Pichón, la jeteaste! —dijo— ¡Otra más de tus tonterías!
—Pero, patrón —quiso justificarse aquel hombre.
«Me habían confundido con no sé quién. A una señal del que llamaron Pichón empezaron a surgir de entre las cañuelas de la milpa seca muchos hombres que con cautela se acercaron a aquel sujeto que los comandaba. Por un buen tiempo estuvieron conversando sobre no sé qué. Cuando empezaron a caminar rumbo a una zoyatera que dejaba ver sus troncos coronados de abanicos verdes y racimos de floraciones blanquecinas, un botín golpeó mis nalgas, al tiempo que gritaba alguien.
—¡Camínale, güey! ¡Camínale!
Quise regresarle golpes e insultos a ese hombre, pero ante su aspecto, algo dentro de mi me dijo que me sosegara. Y, otra vez anduve de aquí para allá, de allá para acá. Al principio, obligado, pero después, como si me fuera pegando a ese rebaño de hombres, me fui sintiendo parte de él. Primero, a lomo de mula encargado de los bastimentos; después, por aquello de que le partí la cabeza al fulano que iba a madrugar a Pancho Pacheco, se me dotó de un buen caballo; pistola y cartuchera. Ya para entonces tenía bigote y mis vellos se habían endurecido, y cada vez que bajábamos a los pueblos, más que comida, buscaba mujer para desahogar mis ganas. Pero, no sé por qué, aunque estuviera con una de ellas, siempre me estaba acordando de Dorotea, y eso me volvía enojón. También, para entonces, ya no era del montón; ya llevaba sobre mis espaldas muchas muertes, las de los fulanos que se me habían atravesado; y casi siempre me cargaba Pancho Pacheco junto a él; por eso estaba bien enterado de lo que pasaba y pensaba hacer; por eso había aprendido sus mañas, y hasta me empecé a sentir superior a todos, y creo que así era.
«Pasó el tiempo, y con él me vinieron deseos de ver a mi madre, y también a la Dorotea.»

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