(El Chincual)
En la generación que egresó en l963 de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Gro., había un estudiante, no muy estudioso, apodado El Tiburón, que se caracterizaba por su desparpajo y abandono físico. Con frecuencia se acostaba en camas ajenas y difícilmente se despertaba, impidiendo que el dueño de ella pudiera usarla. Fue así que una noche, antes de que se suspendiera el alumbrado eléctrico (22:00 hrs), uno de sus compañeros, a quien llamábamos La Pera, llegó a su cama y la encontró ocupada; por más que le habló y pretendió mover al durmiente de referencia, éste no despertó. Para dar cauce a su molestia, le pintarrajeó la cara con anilinas que lo hicieron ver como brujo danzante. A los pocos minutos las luces se apagaron y todos se dispusieron a dormir.
En el amanecer del otro día, la banda de guerra dejó escuchar sus redobles en señal de que todos los alumnos deberían formarse en el patio central para homenajear a la Bandera Nacional. Comúnmente los estudiantes, antes de llegar al acto cívico, se aseaban y procuraban acomodarse sus ropas para causar buena impresión; pero El Tiburón era ajeno a estas prácticas, escasamente se limpiaba la cara con las manos y se apretaba el cinturón para que los pantalones no se le cayeran.
Desde que nuestro personaje abandonó la cama ajena, se escucharon risillas a su alrededor, mismas que lo molestaron e hicieron que dijera con frecuencia: “ ... de qué te ríes, de que de ríes, ... güey, ... “ Mas, como había prisa, nadie le aclaró la causa de éstas que lo persiguieron hasta la formación donde se integró con sus compañeros de grupo.
La solemnidad del acto destinado a la Enseña Patria, impuso silencio; al terminar éste, nuevamente las risas aparecieron generalizándose éstas en algarabía en torno a El Tiburón. Otra vez, se dejó escuchar de él su cantaleta: “de qué te ríes, ... . ... Qué, güey, ni que tuviera la cara pintada, ... “. En esa bulla se estaba cuando el Director de la Escuela, un excelente maestro de origen yucateco, se acercó a él y mostrándole un espejo circular que había extraído de su bolsillo, le dijo: “¿Oye, lindo, en dónde fue el baile de disfraces?
El Tiburón no aguantó más su coraje y arremetió contra quienes estaban cerca de él, en el justo momento que el corneta ordenaba romper la formación de los pelotones.
En el transcurso del día fue, el feo durmiente -como muchos le llamaban por lo desproporcionado de su cuerpo y cara- motivo de comentario y burlas. Cuentan que a partir de entonces, jamás invadió camas ajenas, y cada mañana tuvo ya la precaución de lavar su cuerpo y mirarse al espejo, por si las dudas ... .

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