jueves, octubre 12, 2006

LAS GAMBUSINAS.

(El Chicnual)

Transcurría el año mil novecientos cincuenta y siete. Juan Romero, alumno de la Normal de Ayotzinapa, y tres de sus amigos entraron al dormitorio de los alumnos de nuevo ingreso de esa escuela
- ¡Ora, raleos - les dijo a los alumnos de reciente inscripción
-¡Vamos a las gambusinas!

-¿Qué es eso, güey?- interroga un muchacho alto, flaco, negritillo y pochunco.

-¿A poco no sabes? Son una especie de gallinitas gordas que en las noches caminan por los surcos en busca de alimento.

-Son palomas nocturnas- agregó otro
-Se guisan sabrosas y se comen acompañadas de salsa picosa con frijoles refritos y tortillas calientes del comal de La More.
-Y eso qué- dice alguien en tono desconfiado.

-¡Cómo que qué? - lo ataja Juan - pues que hay que agarrarlas para guisarlas y cenárnoslas. O qué, ¿no se les antojan ahorita que están sin cenar?
Lo dicho por él provocó que a más de cuatro les empezaran a gruñir las tripas y se les hiciera agua la saliva.
-Pues sí, pero, ¿cómo?
-Ustedes vengan con nosotros y verán cómo les enseñamos. Y, ahí van Juan y sus amigos seguidos de una veintena de muchachos que fueron a parar en las afueras de los edificios que emergían entre la oscuridad.

En lo que parecía ser el lugar ideal para agarrar las susodichas gambusinas, Juan y sus acompañantes se empezaron a desnudar al tiempo que ordenaban que los demás lo hicieran, argumentando que sólo de esa manera se podía tener éxito en la tarea que emprenderían. La poca resistencia que algunos presentaron fue vencida por la desnudez de quienes los guiaban.

Eran las nueve de la noche. Juan apresuró al grupo de raleos; les recordó que a las diez las autoridades de la escuela daban el aviso para suspender el alumbrado eléctrico; acto seguido los colocó frente a cada surco del sembradío y les dijo que se fueran a lo largo de ellos buscando las avecillas.

-¡Ustedes, - les dijo a sus amigos-colóquense en el otro extremo con la ropa de todos. Yo me voy con ellos. Sus amigos cargaron las ropas y se alejaron.

Los encuerados empezaron a caminar en silencio entre las matas de milpa, a lo largo de los más de trescientos metros que medían los surcos. Iban agachados, con las manos extendidas y con la ilusión de encontrar las gambusinas para mitigar su hambre de adolescentes. Al llegar al final del sembradío, ¡Oh, decepción! Tenían las manos maltratadas por el roce con los terrones y pedruscos; no habían encontrado ninguna avecilla, y para completar su infortunio, los muchachos que transportaban sus ropas no estaban. El más sorprendido fue Juan, a quien se suponía que le dejarían su vestimenta en algún lugar. Después de mucho buscar y gritar pidiendo sus ropas, no les quedó más remedio que aprovechar la oscuridad, posterior al aviso que indicaba que todos deberían disponerse a dormir.

Juan echó punta; atrás iban todos con su desnudez y su vergüenza oculta en las sombras de la noche. Seguramente pensaban que lo que estaban viviendo concluiría al llegar a los dormitorios, pero para su sorpresa cuando entraron, éstos fueron iluminados y empezaron a recibir golpes en las nalgas, provenientes de quienes, al saber que había un grupo de gambusineros, atrajeron la complicidad del velador para que en el momento preciso activara el servicio del alumbrado.
Ante ello, Juan demostró su disgusto y a punto estuvo de liarse a golpes con sus amigos promotores, pero la intervención oportuna de uno de los alumnos más antiguos, de profesional, como se les llamaba en aquel entonces a quienes cursaban estudios posteriores a la educación secundaria, evitó el enfrentamiento. Al allanarse los enconos, todos rieron de la broma que era una de tantas acciones de la novatada reservada a quienes ingresaban como alumnos de la Escuela Normal “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, Gro.

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