jueves, diciembre 07, 2006

Vericuetos de un silencio (2a. parte)

II
En el transitar inicial que Saturnino Lama realiza en lo que fuera su hogar, constata que, cuando apenas han transcurrido cuarenta días del suceso funesto que lo ha atraído, en el cuarto de los trebejos de La casa del tamarindo, yacen arronzados: candelabros, velas despabiladas, sahumerios ahumados, restos de copalsanto, botellas con residuos de aceite, trapos en desuso, tapayolas marchitas, rosas secas, floreros desperdigados y vasos de cristal agrietado por el calor de la cera hirviente en la que flotaron mechas chamuscadas por el ahora apaciguado fuego adoratorio; observa que en el cuarto habitado por su madre, reposan reliquias e imágenes religiosas que fueron depositarias de sus aflicciones; palpa que en los muebles vetustos hay una mantilla de polvo, sinónimo de velado propósito que pretende diluir los recuerdos que éstos atraen con sólo mirarlos. En el aposentado silencio que hay en su rededor, se escucha el acompasado tic tac de un reloj empotrado en un viejo perchero colocado en lo alto de la pared del corredor de la casa que ha envejecido con todo y sus techos de carrizo, puertas de madera, paredes calizas, pisos de ladrillo y demás cosas que, a fuerza de usarse o estar en el abandono, se han convertido en cachivaches.
El hogar primero de Saturnino es La casa del tamarindo, ubicada en el Callejón de los Dolores, es una edificación como hay muchas en el solar pueblerino; tiene patio en cuyo rededor se sitúan mediaguas y corredores con plantas de ornato avejentadas; también traspatio en donde creció un tamarindo centenario, en cuya fronda subyacen el decir y hacer de tres generaciones: la de don Federico Lama Abraján (el papalico), quien lo vio germinar en la última década del siglo XIX; la de don Venustiano, su hijo (“don”) de quien se dice que lo conoció en su edad plena cuando su tronco y ramaje en floración, semejaban un conjunto gigantesco de varas de texpancololi tamizadas de amarillo oro, y la de los hijos de “don”, quienes crecieron, juguetearon y se hicieron hombres bajo su lozanía. El árbol era grande, tan grande que, visto desde cerros y lomeríos que circundan a El Valle, servía de brújula.
—Allá está el tamarindo de “don”— decía la gente.
Ahora sólo quedan reminiscencias de él. Su tronco se ha desgajado, y la mayoría de sus ramas han sucumbido ante el paso de los años. Pero aún sigue vivo, se le observan adheridos a su tronco y ramas vetustos, renuevos de follajes, flores y fruto.
—Está en pie, en espera de lo que habrá de venir. ¡Morirá como los viejos robles. Sin remilgos ni reniegos... sucumbirá, con dignidad— persiste el comentario de la gente.
Por eso muchas personas lo toman como ejemplo de cómo debe aceptarse la existencia; como mero tránsito fugaz sobre la faz de la tierra; como mera ilusión pasajera, pero con fe y persistencia. Por eso, y ante el acontecimiento que cimbró a la familia de “don”, la gente dio en decir:
—Hay luto en La casa del tamarindo... qué dios la ampare... Jesús sacramentado... descanse en paz— se escuchó al tiempo que un manto impregnado de ausencia y soledad se extend ía y entraba como vaho en los hogares; propiciando recuerdos, perdones y exaltación de bondades; como si con ello, amigos y demás personas, comprasen indulgencia para que, cuando llegado el momento de la muerte propia, se hable bien de ellos en su condición de difuntos.
En aquel entonces, según el decir de jesusa, se vio venir a lo largo del callejón a Godofreda Rentería, avanzaba dejando ecos de su pregón:
—“¡Tamaaalessss! ¡Calientitossss! ¡De picadillo, queso y heridos! ¡El Tamaall! ¡Cóoompre... cómpreme el tamal!”
Ante el mitote que propiciaba su voz de flauta desafinada, alguien la encaró:
—“¡Cállate, mujer! ¡Ah..., sí que eres desconsiderada! Como si no te dieras cuenta...”
Ella argumentó desconocer lo que acontecía en la casa de El Tamarindo. Cuando enterada estuvo de lo acontecido, mostró su asombro y hasta aparentó aflicción; pero, después de que le pidieron aquí y le compraron allá, se fue y otra vez se le escuchó a lo lejos; se le percibió como si los deudos de la difunta le hubiesen encargado difundir lo acontecido en el seno de la familia Lama, endosó sus cometarios a su propósito comercial.
—¡Cómpreme! ¡sabrosiiitooos!— gritaba con más ah ínco.
Ante la cantaleta que se oía venir a lo lejos, la gente salía a la calle, concurría, compraba o sólo magullaba los tamales en su afán de acercarse a quien esparcía los pormenores de algo que se enriquecía en detalles conforme pasaba de boca en boca; un algo que crecía como alud que conllevaba sentimientos, emociones y desahogos a través de ese decir y más decir de la gente.
Ante el enigma de la muerte, las virtudes afloraron; se olvidaron desavenencias y como si la fallecida hubiese estado ahí junto a los parlantes, éstos emularon sus virtudes y olvidaban sus errores y si habían existido desavenencias en el trato con ella, éstas se diluyeron, porque, decían: ha pasado a mejor vida... ha pasado a mejor vida... A fuerza de escuchar aquí y allá la misma afirmación, Atenógenes Melesio, el remedo de juglar, bohemio y filósofo del pueblo, empezó a vociferar:
—¿Quién garantiza que sea verdad tal afirmación...? ¿Pasar a mejor vida?
Y como sus palabras propiciaron duda y silencio, después de unos instantes, se contestó a sí mismo:
—“Pienso que ello es sólo elucubración en torno a un futuro incierto; un mero advenimiento de conformismo ante lo desconocido e inevitable; bálsamo que mengua el dolor que atrae el sólo pensar en el destino que cargamos a cuestas; mero sueño, decir demencial que augura ventura o desventura postreras; debilidades o fortalezas que surgen ante lo inexplicable de la muerte que es eterno dilema del ser, sólo disipado por quienes, comoella, traspusieron su planta más allá del velo de la vida...”

Como viese que nadie opinaba al respecto, ya porque evitaban discutir o porque no entendieron lo escuchado, le dio por finiquitar su transacción comercial con Godofreda.
—Dame uno de rajas, otro herido y uno más de ciruela.
La petición antecedió a su desahogo:
—¡Quédense allí...! ¡Ignorantes! ¡Quédense con su sentimiento tamalero...! ¡Quédense con su mitote!
A pocos instantes de su retirada, Atenógenes Melesio, escuchó palabras que conten ían el desdén de Godofreda, y con éstas, risotadas de quienes la acompañaban:
—¡Ta’s loco...! Y más que eso... ¡Ta’s amargado, perro capón!

Vericuetos de un silencio (1a. parte)

I

Con la carga emocional de una incertidumbre que repetidas veces lo indujo a postergar su viaje en el transcurso de los últimos días, Saturnino Lama está a la vera de la carretera que da acceso a su terruño. Se le ve con chamarra negra, botines de piel clara, camisa y pantalón de mezclilla azules y un bolso color rojo que semeja una mochila de sofisticado diseño. Observa en el horizonte el rosicler que arremete contra la oscuridad agonizante. ¡Solazado parece estar ante la visión que muestra el paisaje que antecede al amanecer!
La tranquilidad que impera en el paisaje lo imbuye en sus reflexiones: ¿Cómo iniciar sin pensar en el final? ¿Cómo pensar en el amor sin trastocar el desamor...? ¿Cómo evocar sin sentir la fustigación del olvido encubierto...? ¿Cómo llegar y remover escombros sentimentales que apretujan el alma...? ¿Cómo hablar sin corromper silencios...?

El amontonamiento de ideas semeja maraña; hilaza sin principio ni fin, nave sin proa, navegante sin puerto, céfiro sin rumbo. Sólo será de entrada por salida, como quien no quiere la cosa; como quien dice: para taparle el ojo al macho —le rebotan en la memoria las frases que su conciencia le dicta para sosegar sus deseos, anhelos, remordimientos y resentimientos.
Pasan frente a él algunos conductores de automotores a quienes pide que lo lleven; pero ninguno se detiene. Como autómata, con el brazo en alto, insiste en su propósito sin asimilar el desdén de aquellos que lo miran pero no le dan respuesta alguna. Transcurren algunos minutos que le parecen eternos. La soledad del solar, y su soledad adosada al frío lo atosigan y lo inducen a pensar en el ayer, ahí apenas unos años atrás, cuando por la misma ruta que ahora desanda, salió con sentimientos encontrados: unos, diciéndole: ¡Aléjate! Ojos que no ven, corazón que no siente... los amores perdidos, como a los muertos, se les entierran;” otros, contrariando: “¡Quédate! Sólo los cobardes huyen para no enfrentar su adversidad, las batallas se ganan en el frente... santo que no es visto, no es adorado”.
Para cuando los primeros destellos solares dibujan la aurora, el cuerpo de Saturnino se zangolotea en la cabina destartalada de un viejo camión de redilas oscilantes y lámina mohosa en la que imperan brochazos de pintura color verde tierno, y en cuya parte frontal luce la enorme cornamenta de un ejemplar vacuno. Desde allí, avizora sembradíos que semejan tapices multicolores ensamblados con pulcritud artesanal; observa residuos acuosos acumulados y se embelesa ante la pluralidad del relieve conformado por el valle rodeado por domos, cerros y lomerío.
Al escudriñar el paisaje, encuentra alientos y vivencias que arriban a él. Revive recuerdos de su niñez, recuerdos de cuando recorría los caminos llevado ahorcajado en el cuello de sus tíos, o en ancas de los caballos jineteados por su padre o su abuelo; atrae vivencias de las andadas de arreador de vacas paridas, dadoras de leche espumosa en el patio de su casa; añoranzas de su adolescencia en la que idealizó a su abuelo y también a su maestra a quien amó y miró como estrella inalcanzable; sin olvidar que idolatró a la vecina de carnes tilicas, facciones diminutas, pecas en la piel y cabellos amordazados en un remedo de molote apretujado por una peineta de carey. De su juventud, afloran reminiscencias de rebeldías, anhelos, osadías, frustraciones y realidades y de la antesala de su hombría, acuden pormenores de noches bohemias en las que, en compañía de sus amigos, entonó canciones de Pancho Padilla, Álvaro Carrillo, Indalecio Ramírez, Agustín Ramírez...

Cual bálsamo cicatrizante de las heridas que le produjeran el desamor, le afloran deseos que lo inducen a canturrear: parece mentira que ahora, no quieras saber más de mí, si ayer en tus brazos me dabas tu amor con frenesí, me quieres o...
Un repentino y abruto palpitar sacude sus entrañas y le enrarece el entendimiento. Tan metido va en lo suyo, que no atiende los pormenores del monólogo de su benefactor ocasional de quien apenas escucha algo de lo mucho que le dice en la proximidad de su adiós: “no pasaré por el centro del pueblo. Me iré de largo, pero no olvide que... Tenga presente... Lo dejo en la orilla...”, advertencias que ignora y otra vez, de repente, se percata de que está de pie en la cuneta de la carretera, y más aún, que descendió del vehículo sin haber dado las gracias ni despedirse siquiera del hombre que fue amable con él.
—Seguramente habrá pensado que soy un idiota— se dice para sus adentros.
En pos de su afán, camina rumbo a la avenida principal que da acceso a su pueblo, pero antes de llegar a ésta, desvía sus pasos al paraje denominado Las Piedras Altas, situado a un lado de la ruta que lo guía. Se encarama en una enorme roca, y con la emoción que produce el retorno a lo querido, escudriña el entorno. Su cuerpo asimila la luz tempranera y se estimula con la humedad asentada en los suelos. En la amalgama de sus pensamientos, descuella la imagen de Abril Fernanda al tiempo que su mirada se posa en la hierba que fenece en un recoveco de tierra asida a la concavidad de un promontorio rocoso, parece sentir o resentir los momentos del desenfreno amoroso vivido en ella. ¡Vive...!, revive su ayer, tan hondamente, que no se percata del tiempo transcurrido. Quienes lo ven, sin reconocerlo, se plantean interrogantes:
—“¿P’os qué hace ese, allí encaramado? P’os ni que fuera zopilote. ¿Y ahora qué, con eso de estar... mirar y mirar?”
En El Valle, el calor matinal da ventura a los cultivos que crecen en la tierra fértil alentados por el riego sobre amelgas o la humedad que yace bajo las costras terrosas de los barbechos. Saturnino Lama, observa en la amplitud de él: bultos con indumentaria blanquecina, gente que va de aquí para allá, de allá para acá; hombres y mujeres; campesinos que transitan entre verdores que contrastan con los suelos sacamoleados que esperan las simientes que fermentarán impulsadas por las aguas del temporal lluvioso que se avecina.

El calor arrecia y mientras unos zanates relumbrosos cogen chapulines en las cercanías de una milohuatera, en el infinito azul del cielo el estruendo de un cohete rompe el silencio, y prende la algarabía del festejo de la Santa Cruz en distintos lugares del entorno: la Cabaña de don Fabián, El rincón de los amates, Pacho, Santa Rosa, Mechacingo, Zoconantitlán, El Fortín, Texcalzín, Machohua. La cuchara del albañil y la pala del chalán quedan bajo resguardo porque es día tres de mayo, fecha dedicada a la Santa Cruz, y también a los constructores, quienes desde temprana hora han traído sus cruces ornadas con listones y flores.
Un campesino cultivador de hortalizas emite un agudo y prolongado grito cuyos sonidos, cual abanico extendido, se dispersan en el relieve que semeja mosaico de matices florales que simbolizan vida y esperanza; se dispersa, extinguiéndose en la distancia delimitada por el horizonte lejano. Las manos del hombre abandonan la tarecua, el azadón, el toconi y se allegan de tapayolas, varas de San José, margaritones, terciopelo, Sangre de Cristo, perritos y mercadelas que acoge en sus brazos. ¡Es día de fiesta! Día de expresiones rogativas, solemnidad y misticismo; día de plenitudes y desahogos; día de veneración y felicidad pueblerinas. ¡Día de la Santa Cruz!


Acicateado por sus vivencias y las manifestaciones jubilosas de su coterráneos, reinicia su caminar; desciende con ánimo renovado hacia el caserío. A su paso encuentra a quienes su presencia es motivo de admiración; ya por su prolongada ausencia; ya por lo que se supone fue su alejamiento; ya porque lo ven con su indumentaria catrina o bien porque le miran como si fuese un reaparecido.
— Hasta hoy viene a dar Saturnino. ¡Dios mío! ¿Si supiera cuánto tiempo lo esperaron su padre y hermanos? ¡Qué ingratitud!— murmura doña Mercedes Guevara, la rezandera del barrio, al tiempo que se santigua como si temiese que algo malo le sucediera.
— ¡Qué dios la guarde, doña meche! ¿Cómo están por allá en su casa?— suena la voz del recién llegado que se manifiesta en apego a las costumbres del pueblo.
— Bien. ... Todo bien... Satur...
En las expresiones de la anciana, amables, pero parcas, deja entrever que el padre de Saturnino, se quiere morir, y que por más que sus otros hijos intenten distraerlo, el anciano está metido en lo suyo, con su cantaleta: “me quiero morir... me quiero morir”. Cosa que preocupa a sus vecinos y amigos. Saturnino no emite respuesta alguna, sólo muestra preocupación que rubrica su adiós.
En la calle principal, sonido de flautas y el tuntunear de una tamborilla anuncian el porrazo de tigre.
—¡Viene el encuentro!— dice la gente al tiempo que resuenan acordes del Chile Frito y bailan los Manueles, seguidos de los Diablitos.
Allá truena el chirreón del tlacololero mayor, y se oyen sungas de huexquistles y mojigangas.
La mayordomía pasea su algarabía y su veneración a la Santa Cruz. Entre la multitud, mujeres que apretujan sus cinturas con rebozos, transportan una vara de la cual cuelgan velas de cera y cadenas de tapayolas. Al tiempo que estalla la cohetería, manos comedidas ofrecen mezcal vertido en pedazos de carrizo.

—Hay fiesta en mi pueblo, señor— murmura Saturnino.
Los chamacos esparcen su algarabía en el Callejón de los Dolores; transitan apresurados por este espacio que la autoridad del pueblo ha insistido en llamar Monte Blanco; pero quienes lo habitan lo han llamado y llaman a su modo: cuando no tenía denominación empezaron por nombrarlo callejón de la Dolores por eso de que en él residía Macrina Romero, madre de Chofa la partera a quien con sólo saludarla con un: “¿doña... cómo está?”, se soltaba diciendo que le dolía una y más partes del cuerpo, de ahí que sus vecinos le hayan endosado el mote de La Dolores; después, cuando ésta parió y crió a sus trillizas, callejón de las Dolores. La denominación actual quedó cuando la prole de doña Macrina y su marido El Doloritos se vio incrementada con el nacimiento de sus gemelos Los Doloritos; por eso y aunque hay una placa en lo alto de la pared de una de las esquinas que reza: calle Monte Blanco, la gente le llama Callejón de los Dolores.

¡Carajadas de la gente!

Saturnino adentra su andar en el callejón: ámbito de su pasado, espacio de juegos infantiles, paisaje de fantasías y realidades, lugar de quimeras de adolescente; territorio de amigos y adversarios, propiedad de todos y de nadie; cauce ocasional de aguas procelosas en donde zarparon, navegaron o naufragaron sus barcos de papel; solar de quicios y rincones testigos de caricias y besos primeros; foro de disputas, avenencias y contemplaciones.
Pasa de largo junto a la morada de doña Agapita, su maestra de párbulo que daba clases por una módica cuota que pagaban los padres de familia, de quien aprendió el Silabario de San Miguel, y en éste, a pronunciar ese deletrear que fue riguroso ejercicio en su aprender: ce ache i chi ve o vo (chivo) ce a che a cha eme a ma ce a ca (chamaca). Y lo que ayer fue llanto y temor por la exigencia de la mentora, hoy sólo es reminiscencia de castigos que le generan alegría misma que aflora a través de una leve sonrisa; y más, cuando esta vivencia lo vincula al momento en que, atraído por las mejillas sonrosadas de su compañera de al lado, le plantó un beso a lucesita, niña bonita de hermosos y brillantes ojos. Como acto reflejo, una de sus manos toca el glúteo que soportó en aquel entonces el cuerazo proveniente del coraje que había en su profesora por lo que consideró un atrevimiento indigno de un niño de escasos cinco años de vida.
—Aunque me castigaran otra vez, la volvería a besar. ¡Vaya que sí!— pensó para sus adentros.
Otra vez sonríe, mientras avanza. A pocos pasos de allí, detiene sus pasos frente a la que fuera su casa paterna, y le da por escudriñar la fachada de la misma. Imbuido en lo que hace, no repara que lo observan algunos de sus antiguos vecinos, entre ellos jesusita, quien lo columbró desde que se adentró en el callejón.
—El arribo del hijo ausente— exclama jesusa.
—¡Hasta que se dignó... !— remarca con la intención de que se le escuche; mas, como advierte que nadie la atiende, abandona el propósito que la llevaba fuera de su casa, y traspone sus pasos a través de la primera puerta que ve entreabierta y ahí, se entrega a sus habladurías; suelta una retahíla de hechos o suposiciones en torno al recién llegado.
—Segura estoy que no tanto viene por su difunta, seguro que está aquí por Abril Fernanda, porque deben de saber que...— casi se ahoga por su decir arrebatado, reforzado éste con gesticulaciones y ademanes ante alguien que le da poca importancia a su verborrea.
Afuera, en el callejón, los nudillos de la mano izquierda de Saturnino, golpean, primero con suavidad y después con fuerza, la carcomida madera que resguarda la privacidad de “don”, su padre. Su insistencia se detiene al escuchar un acompasado y lento caminar que va hacia él, al tiempo que suena tras la puerta una i nterrogante:
—¿Quién es?
—Yo— se concreta a responder, titubeante.
En el encuentro no hay mayor demostración de

afectos; aunque Saturnino experimenta en su interior el animoso regocijo que lo induce a estrechar entre sus brazos a su progenitor, se detiene y dice:
—Santo, papá— se concreta a saludarlo.
—Dios te bendiga— responde el anciano.
No median otras expresiones. Después de frases entrecortadas, carentes de contenido, se da entre ellos una conversación informal en la que cada cual guarda sus emociones, pensamientos, sentimientos, añoranzas, y tal vez reclamos. Saturnino mantiene su mirada enfocada a los pies de su padre, como se le enseñó antaño: “no mires a la cara de tus mayores, y menos cuando se te está regañando, porque se te secan los ojos...” Hoy, no hay regaño, pero le dura y acata la sentencia. Le vienen a la mente algunos refranes que enmarcaron su comportamiento ante sus mayores: cuando habla cana, calla moco, donde manda capitán no gobierna marinero, más sabe el diablo por viejo, que por diablo, como te ves, me vi, como me ves, te verás...
Con la mirada en el suelo áspero conformado por un amasijo rugoso y mal extendido de un albañil chambón, “don” descansa su cuerpo en el mullido tejido de palma de zoyate que conforma el asiento de una silla estructurada con fajillas y retazos de madera envejecidos; reposa sin mostrar la emoción que le genera la presencia de su hijo, el xocoyote.
Saturnino, traspasa los umbrales de la casa; va por ahí como si buscara algo en corredores, cuartos, cocina, jardines y patio pueblerinos. Conforme avanza encuentra vestigios de haceres y utensilios que se allegan quienes cultivan el campo o se dedican a la crianza de animales; husmea aquí, allá y hurga en el aposento materno en el cual imperan silencios y recuerdos amontonados. Un torrente lacrimoso amenaza inundar sus ojos, pero lo reprime; su garganta lo traga dolorosamente. “Don”, acogido en su silencio, observa a su hijo. “Los años no pasan en vano —murmura—, su físico no es el mismo; parece como si de repente se le hubiesen venido los años encima; pero, aún es fuerte. ¡Oh, Dios! Qué no diera por volver a tener ese vigor, fuerza y voluntad, para salir airoso ante la adversidad y las dificultades de la vida. ¡Es más!, ahora que convengo lo que he vivido, lo que soy y lo que desearía vivir, hasta por menos daría todo lo que tengo; pero, por desgracia, mi esperanza de existencia se escapa y veo venir el golpe que la truncará de raíz. ¡Dios mío!, ¡cuán rápido transcurre el tiempo! Cuánta razón tienen quienes afirman que “la existencia es efímera, mero tránsito, mera ilusión pasajera.”

“Don”, se haya ante la encrucijada de su existencia. Agobiado por los años, concluye: “sólo me queda morir.”
El silencio que circunda a ambos es semejante a un velo terso que une y separa a la vez, un silencio que se ahonda conforme pasa el tiempo y no obstante que cada cual siente afectos recíprocos, un dique emocional se apoltrona entre ellos, de ahí que se les mire metidos en lo suyo: uno, pensando que ha llegado, otro preguntándose por qué de esa presencia tardía.
El maullido y ronroneo de un gato oculto en algún reducto existente en el amontonamiento de cachivaches que yacen al amparo de una mediagua, atraen la atención de Saturnino, motivándole la evocación de un pasaje vivido en su infancia:
“Un día soleado de un mes de noviembre que estaba sentado entre mazorcas, maíz desgranado, arneros con tamo, costales de jarcia repletos de granos y olotes desperdigados. La campana y el reloj emitían sonidos anunciando las doce horas. Mi padre llamó a Morrongo, mi gato consentido, y después de acariciarlo, con un pedazo de madera maciza, empezó a golpearle la cabeza. Para que no se le escapara, lo sostenía de la cola columpiándolo como péndulo en movimiento. El animal de mirada con tintes de azul añil, de pelaje negro, otrora hermoso ejemplar de bigotes largos embadurnados de tufos de ratón, se convulsionaba; abandonaba su elasticidad de felino; sufría el rompimiento de su cráneo; agonizaba, sucumbía. ¡Moría emboscado! Traicionado. Todavía me parece ver sus ojos, esos bellos ojos desorbitados intentando mirar para encontrar respuesta a los impulsos cerebrales que le preguntaban por qué de su muerte repentina y cruel. Mi padre golpeaba con saña inaudita, al tiempo que yo gritaba desesperado en un intento por salvar a mi gato. Cuando yacía ensangrentado en el suelo, aún tuve la esperanza de que recurriera a su segunda vida; pero por más que lo alentaba se vino por tierra la creencia de que los gatos tenían siete vidas. Alejado de la escena funesta, lloré en un rincón la desdicha de mi gato.”
Como en aquellos años de su infancia, Saturnino, siente que cada golpe dado por su padre, lo induce al llanto; pero ahora, contrario a lo que la liviandad de su niñez le facilitó, no llora, sólo se atraganta la congoja que le trae el recuerdo y otra vez se pregunta: ¿fue la forma más sabia para contrariar el instinto de cazador que mi gato llevaba dentro y que lo hizo asiduo cazador de pollos? No quiere ir más allá y como siempre, en su condición de hijo, piensa: lo hecho por mi padre está bien hecho, por la sola condición de que es mi padre. ¡No se diga más! —concluye— .Trae a su mente el decir de su madre: “No somos nadie para juzgarlo. ¡Dios dirá!”, como ayer, la conformidad le llega; aunque no la comprensión a lo que su padre manifestó, refiriéndose a ella cuando yacía casi inmóvil y agonizante en su lecho: “ Ya no me sirve como mujer... De una vez que se muera. No la mato porque no quiero que se diga que soy vil; pero, ganas no me faltan...” Las palabras son como latigazos; y otra vez el hilillo del resentimiento lo fustiga; pero teme acogerlo cuando a su mente arriba el relato que su abuelo le hiciera cuando en cierta ocasión le ejemplificó aquello de que “cada quien cosecha lo que siembra”. Parécele escuchar la voz del anciano:
En el patio de una casa habitada por una familia acomodada, un niño, valiéndose de un cuchillo de cocina, intentaba redondear un pequeño trozo de madera. El padre de éste, atraído por el ahínco que demostraba su hijo, se acercó a él y lo interrogó:
—¿Qué hace mi cachorrito?
—Un plato— contestó el niño sin despegar los ojos del trozo de madera.
—¿Un plato...? ¿Haz dicho un plato?
—¡Sí, papá... un plato!
—¿Pero, para qué quieres un plato de palo si en esta casa abundan platos de fina porcelana?
—Sí, papá; pero yo haré un plato de palo, como tú lo llamas.
—Pero, dime, ¿para qué lo quieres...? ¡Dime...! ¿Para qué?
—Para ti... papá; para ti; para cuando seas viejito, como mi abuelito.
El padre, molesto, intentó golpear al niño; pero viendo que éste trabajaba con natural empeño, se contuvo. En la tranquilidad de su alcoba, compartió con su esposa la preocupación que le motivaba la actitud de su h ijo.
En las primeras horas del día, cuando el niño se disponía a concluir su tarea, el abuelo fue traído del cuarto de los trebejos a una recamara aireada y soleada de la casa; se le bañó con esmero y cubrió su cuerpo con ropas limpias, también se le llevó al comedor y sin importar que sus manos temblorosas dejasen caer platos y tazas, los alimentos se le sirvieron en trastes de fina hechura. Satisfecho por las atenciones que se le daban al anciano, el niño dejó inconcluso el plato. Su padre lo abrazó con cariño.

Cuentan —había concluido su papalico— que de los platos de palo usados por el abuelo, sólo quedó el recuerdo; como quedó en el recuerdo el trabajo tesonero del nieto.
Intentando arribar al olvido, deja escapar de sus labios sonidos que atraen al animal: “bicho, bichito... bichito...”, al tiempo que, a manera de respuesta de éste, se escucha un maullido remolón, parecido al que emitía el Morrongo cuando se arrimaba a las piernas de su amo para lograr que le acariciaran el lomo y le dieran sopas con manteca.

Padre e hijo, se miran, como si ambos hubiesen coincidido en la vida del Morrongo. La evocación deja al desnudo sentimientos escondidos que, a fuerza de estar enclaustrados, se han transformando en resentimientos; pero Saturnino recuerda a su madre, y parafrasea lo dicho por ella: “No soy nadie para juzgarlo. ¡Dios dirá!”

Vericuetos de un silencio

Margarito López Ram írez


A Silvia Ojeda Jiménez
en reconocimiento a su actitud
y trabajo tesoneros.
A la memoria de don Roberto Ramírez, mi abuelo
y del maestro F rancisco G arcía Vázquez, mi amigo.


“Vericuetos de un Silencio” o la desenvoltura descriptiva de Margarito López Ramírez

«...Danos el libro que todos puedan leer,
el que sea para todos, como el sol;
y que todos lo entiendan como el agua; el que nos alumbre en este largo camino
que se llama vida;...»

Rafael Heliodoro Valle

Tal vez nadie mejor que Herman Broch, justifique la afirmación que “escribir es una provocación. Escribir es honrar a las metamorfosis del alma, a las transformaciones con apasionamiento, a vivir la vida propia y las ajenas, a desenredarse de los conflictos y el caos que circundan a la humanidad doliente. El escritor mira a las personas y a las cosas con visión fuera de lo común, sus ojos permanecen en vigilia para atraparlo todo, para devorarlo sin causar daño, digerirlo en la realidad de sus entrañas y expulsarlo convertido en hojas de papel.” El escritor como el poeta son seres únicos. Quien escribe aprende la forma y el contenido y cuando lo cree oportuno hace discurrir sus ideas y pensamientos en tropel, para compartirlos con sus lectores.
En la literatura, como en la vida, afirma Antonio Tabucchi, “lo fundamental no es encontrar, sino buscar. Los hallazgos me parecen secundarios, lo esencial es el ansia de la búsqueda”. Así se crean las verdades propias con las que habla toda la sociedad. Se da como cierto que quien convierte su vida en un relato “cae en los afanes del artificio y de la ficción”. Así los más antiguos recuerdos pueden ser pura invención para justificar la necesidad de estructurar la existencia como una totalidad y llenar así los vacíos de la misma.
Las aseveraciones anteriores permiten destacar la decisión afortunada del profesor Margarito López Ramírez, de publicar “Vericuetos de un Silencio”, relato novelado que muestra espacios objetivos sobre la cotidianeidad tixtleca, en el Estado de Guerrero. Aquí desfilan usos y costumbres heredados por nuestros mayores, perfiles y sombras; tradiciones y consejas; platillos regionales; emociones y afectos; también se muestra la dureza del trabajo agrícola bajo el sol quemante y la fresca caricia de los vientos del sur o la sombra de las arboledas del pródigo valle. Quien conoce la región y las viejas comunidades entiende las formas de vida y los conocimientos de sus moradores, interpreta sus silencios y de cuando en cuando traduce sus palabras en otros contextos.
Esta obra tiene la virtud de haber sido escrita con amor, con ese amor profundo que se da espontáneo al
saberse hijo de la noble, misteriosa y heróica tierra guerrerense. El autor discurre por los “Vericuetos de un Silencio”, caminos que parten a todos los confines, cargando la confidencia hermana, la añoranza reproductora de vivencias, de amores y sabores juveniles, las enseñanzas del padre y del abuelo, el cariño de los hermanos siempre unidos al terruño, pero también dejando escapar el grito desesperado o la dolorida reflexión por la mujer que decidió “dejar a su hombre” en homenaje a su belleza y demás atributos, “vivir su vida en el aquí y el ahora”.
Margarito, ha sabido trasladar las reminiscencias de infancia y juventud y las plasma a las páginas de esta su nueva obra que tiene calidad narrativa incuestionable. Como escritor tenaz, forjado en la práctica honrada, ha sabido desde siempre el valor de la palabra y su manejo auténtico, el fiel cuidado de su discurso han hecho posible consolidar su sitio entre los mejores cultivadores de la literatura regional guerrerense. Su mayor mérito radica en aprovechar las realidades de su entorno como temas de sus relatos, sabe situarse en el momento preciso para plasmar las emociones y pasiones de la sociedad y los individuos.
Entiende que la literatura se involucra con todo y que invariablemente es producto de las vigencias sociales en su conjunto. El reconocido maestro Arqueles Vela,
afirmaba que “las formas de vida, devienen en las formas del arte”. Esto nos permite advertir la evolución de la conciencia social a través de la creación estética.
En esta obra la calidad literaria se aprecia de principio a fin, sus personajes son seres en movimiento, su lenguaje popular es resultado del coloquio diario. El autor posee capacidad expresiva que favorece una firme estructura en la narración. No sobran los dichos, refranes, historias, cuentos y referencias sobre los comportamientos colectivos o de los protagonistas: Saturnino Lama, Abril Fernanda, Mercedes Guevara, Macrina Romero, la maestra Agapita, don Venustiano, don Federico Lama Abraján, Godofreda Rentería, Atenógenes Melecio, Altagracia, Lisandro Lama, José Salomé, Gertrudis Lama, Heraclio Terreros Garduño, Sinforosa Montiel, Cándida, Malaquías Guatemala, Generosa Gatica, Merenciana Zamudio, María de Jesús Pantaleón y Rentería, Pascuala Torres Ríos, Josefa Orbe, Dalila, Celestina Correa, Juana Guevara, Desiderio Mejía, el capador, doña quencha cuetes, susy pueblo y Juan arreglos, entre otros.
Destaco el recurso narrativo de Margarito que permite entender los fenómenos de la apropiación y la identidad a través del lenguaje. Quien vive por estas tierras o ha tenido acercamientos con moradores de otras regiones del Estado, sabe que el lenguaje nos une
e identifica. Como también el paisaje de abandono, tristeza, polvo, pertenencia y esperanza, aquí el tiempo fluye apaciblemente dentro de una irresistible voluntad por existir, por sobrevivir.
Esta obra llama la atención y recomiendo leerla y comentarla. Provoca curiosidad, es interesante el manejo de la psicología de los personajes en coloquial convivencia pueblerina. En alguna de sus estampas encontramos felices descripciones de edades, lugares y paisajes en donde nacimos, crecimos y nos reconocemos muchos guerrerenses con códigos muy específicos. Un nacimiento, una boda, un bautizo, un velorio, son actos en los que toda la comunidad se hace presente, comparte los mismas gustos y comulga con el mismo dolor.
“Saturnino adentra su andar en el calejón: ámbito de su pasado, espacio de juegos infantiles, paisaje de fantasías y realidades, lugar de quimeras de adolescente, territorio de amigos y adversarios, propiedad de todos y de nadie; cauce ocasional de aguas procelosas en donde zarparon, nave garon o naufragaron sus barcos de papel; solar de quicios y rincones testigos de caricias y besos primeros; foro de disputas, avenencias y contemplaciones”.
Con sus obras el maestro López Ramírez confirma que es un buen narrador con toques de gracia y
desenvoltura descriptiva, capaz de recrear personajes sencillos, gente del pueblo, que nace y se forma en el campo, que convive con toda la carga histórica, que marca los ámbitos provincianos y que acepta la muerte como el hecho más natural, para eso ha sido preparado en cada estación de su existencia. Pero además tiene el acierto de engrasar el molde en que ha de cocinarse el relato, esto es, el estilo, el tono, la palabra precisa. Tiene el cuidado de bajar la flama en el momento justo para evitar que se derrame. Cuidadoso, lo retira del fuego y lo deja enfriar. Añade la sal necesaria y lo sirve no en porciones, sino entero como debe deglutirse necesariamente un buen relato.
Este es un libro maduro preparado con esmero, que se lee con una sensación grata. Deseamos que el autor persista en el oficio. Apreciamos su talento, lo sentimos dotado para mayores faenas literarias.
Puede y debe continuar por estos vericuetos de la vida.
¡FELICIDADES!
José Rodríguez Salgado
Abril de 2006.

jueves, octubre 12, 2006

El Chincual

Margarito López Ramírez
Alfonso Maldonado Arellano



Corrección: Francisco García Vázquez+
Primera edición, 2003.
DRS. al autor
ISBN
Impreso en México

Dedicado a las mujeres y hombres que con su ingenio contribuyen al enriquecimiento de nuestra tradición oral ahora impresa para deleite y solaz de los amables lectores.


PROPÓSITO:

En la presente compilación, se intenta rescatar y, en su caso, resguardar, contra los rigores del tiempo, decires y haceres de quienes han dicho o hecho algo significativo sobre el particular; ya como producto de su ingenio o bien porque el diario acontecer los involucró circunstancialmente. No nos referimos a grandes acontecimientos, que para ello están los testimonios históricos, sino a aquello que aun teniendo como protagonistas a personas comunes, rompe la monotonía de los pueblos y se incorpora al anecdotario de los mismos; algo que se recuerda y festeja por su chispa que irradia calor y alegría en las emociones.


No se pretende ridiculizar a nadie ni emplear expresiones peyorativas que denigren la imagen de los protagonistas. En algunos casos las citas son textuales, conservando la autenticidad de las personas, y en otras se ha preferido usar un seudónimo para no causar molestia a los actores. En este propósito, habrá quienes se sentirán estimulados por ser motivo de evocación; a otros les parecerá que citarlos es irrelevante, y no se descarta a alguien que considere un insulto el asentar su nombre en estas páginas; en previsión de esto último, expresamos nuestras disculpas, sin omitir el agradecimiento que merecen mujeres y hombres que nos dan su comprensión en aras de lo que se pretende.


En este tenor, se asientan temas antiguos y de nueva creatividad, unos producto de la realidad, otras consecuencia de la imaginación; algunas son resultado de lo que se ha vivido; la mayoría de ellos son herencia cultural que perdura gracias a la tradición oral que se da exuberante e ingeniosa en las raíces que sustentan la autenticidad del pueblo mexicano y guerrerense en particular.


Los compiladores

DOÑA SEGUNDA.

(El Chincual)

La rezandera del pueblo ha concluido la conducción del novenario de rezos en memoria de un difunto, y como en otras ocasiones, los dolientes ofrecen un bocadito para quienes los acompañaron durante nueve días que se elevaron expresiones rogativas a Dios para lograr el eterno descanso de quien se supone pasó a mejor vida.

Doña Segunda, se llama la versada en estos menesteres. Ya recibió el presente (algún obsequio), bebió rompope y comió cacahuazintles que dieron los caseros; junto con otras señoras se encuentra en torno de una mesa en donde le han servido una cazuela con mole verde y dos o tres tamales tololoches; las demás comen, pero ella no; permanece en silencio, con la cabeza cubierta con su rebozo chilapeño; se le ve apesadumbrada con la mano derecha tocando una de sus mejillas, como si llorase. Quienes la rodean, conociéndola como se las gasta en estos acontecimientos, no le dicen palabra alguna; pero la casera, que la considera personaje importante en la vida de la comunidad y más en la novena de su muertito, se dirige a ella con comedimiento:

-Doña Segunda, cómase su molito. ¿O qué, no le gusta?
-No mijita, no es eso, es que estoy recordando que es el guiso preferido de mi hermano Poleis y pienso llevárselo, contesta ella en tono compungido.

En respuesta escucha que se le dice: ¡No se preocupe doña Segunda, cómase su mole y tamales, que para Poleis le daremos otro tanto! Sus compañeras de mesa, ríen y le gastan bromas de lo que supuestamente llegará al estómago de Poleis.

Hoy, en remembranza a los propósitos de doña Segunda, cuando alguien quiere que se le dé o ya se le entregó una buena porción para llevar a su casa, se justifica diciendo: “¡es para Poleis!”.

UNA MENTIRITA.

(El Chincual)

Era uno de tantos calurosos días en las obras de la presa de La Calera, cuya cortina detendría buena parte de las aguas del río del Oro. Era verano y los peones sudaban copiosamente ante los embates de los rayos del sol y esperaban con ansia el día de pago que ya se había retrasado casi dos meses.

Pepe, el hijo de doña Herculana la partera, mejor conocido por El Volcán, era el niño malcriado, entrometido y mentiroso del pueblo. Solía ayudar a su madre a ganarse unos centavos llevando algo de comida que ella preparaba para ofrecer a todos los empleados de la gran obra.

Su trabajo consistía en cargar su burro con sendos bultos que contenían uchepos, crema, toqueres, atole de San Juan, queso de cincho y gorditas de cuajada, viandas que vendía entre los trabajadores de la construcción.

El Volcán se había ganado la fama entre los peones por sus travesuras, maldades y mentiras que solía contar a los peones. Ese día, a la hora del desayuno, Juan el cadenero, llamó a Pepe y le dijo:

-Guache, Volcancito, tráeme unos uchepos y una pocha de atole que el hambre ya arrecia.
Pepe acercó su burro y atendió la petición de Juan.
-Oye Volcancito, échame una mentirita, ándale, de esas que tú sabes improvisar.
-No señor, ya tengo mucha prisa.
-Ándale, a ti te salen muy bien esas mentiritas. Muchachos vengan a oír una mentirita de aquí de mi amiguito el Volcán.- Dijo Juan
La gente se arremolinó en torno a Pepe.
-No, no, señor. Ya no me da tiempo. Es que ya están pagando y me tengo que apurar a vender todo para irme al pueblo, porque si no, no le voy a poder cobrar a los peones que me deben.
-Arí, ¿Cómo que ya están pagando? ¿De a deveras?
-Pos yo no sé señor, pero cuando me vine ya estaba la camioneta del ingeniero estacionada en la plaza y ya había artisísima gente; estaban las colas regrandotototas.
-Cuanto te debo Volcancito.
-50 centavos señor.
-Gracias por avisarnos. Hey muchachos, que ya está pagando el ingeniero en el pueblo. Vámonos.

Todos los trabajadores dejaron sus herramientas y se apresuraron a caminar hacia el pueblo que quedaba a no menos de 30 minutos.

Después de la caminata, al llegar al pueblo, todos los trabajadores encontraron una plaza completamente vacía: ni ingeniero pagando, ni colas de trabajadores, nadie sabía nada.
Descorazonados tuvieron que regresar a sus labores sabiendo que el jefe de la cuadrilla les tendría reservado un regaño por haberse ausentado de sus actividades.


De regreso a la obra Juan y sus compañeros encontraron a Pepe el Volcán montado en su borrico, feliz por ya haber terminado su vendimia para emprender el retorno a su casa.
-Guache jijo, nos engañaste. Nos dijiste que ya estaban pagando. Vas a ver la friega que te voy a acomodar pa’ que se te quite.
-¿Por qué señor? Usted me pidió que le dijera una mentirita ¿no? Y pos se la dije.

LAS GALLINAS DE DOÑA QUETA.

(El Chincual)

La farra había comenzado desde temprano en “El Foco Rojo”, la única piquera del pueblo.
Cruz Agatón “El Negro” y José Pineda, mejor conocido por “La Bamba”, ya habían consumido gran cantidad de alcohol. No eran grandes amigos pero se volvieron entrañables en la farra de ese día.

-Carlota, ¿qué aquí en esta cantina no hay nada de bastimento? Ya el alcohol me sacó harta hambre y el tripaje me está rechine y rechine-gritó El Negro.
-No mi prietito; aquí lo único que hay es lo que ves: las muchachas, yo y vino- contestó una de las meretrices.
-No mi zanca; allá en mi querida costa, en todas las piqueras siempre hay algo qué comer.
-Eso será allá en tu tierra, pero aquí te aguantas mi negrito- contestó La Bamba.

Cruz “El Negro”, llamado así por el color de su piel, siempre vestía de ropa y mocasínes blancos. Había llegado, por azares del destino, a esas tierras calentanas proveniente de la Costa Chica del estado.

La Bamba era el clásico bromista de pueblo. Dicharachero y desparpajado, ya había hecho pasar malos ratos a muchos de sus conocidos, como consecuencia de bromas pesadas en extremo.

Ya entrada la noche:
-Oye zanca, ya vámonos, tengo muchísima hambre.
-Espérate amigo-replicó La Bamba mientras se espantaba los zancudos con el sombrero.

Después de dos horas de insistir, El Negro logró convencer a La Bamba de que se retiraran del lugar para poder comer algo. Pidieron la cuenta y se encaminaron hacia el centro del pueblo, ya que el congal estaba situado en uno de los extremos, allá por el campo de aviación.

Mientras caminaban tambaleándose por entre las primeras calles, José ya venia maquinando en su mente la siguiente broma a realizar y obviamente el destinatario era el inocente costeñito. Se sentaron en el pretil de la casa de doña Cholita a descansar.

-Fíjate negrito que se me está ocurriendo algo.
-¿Qué pasó zanquita?
-A mi también me están rechinando las tripas, y como que se me antojó un caldito de gallina, bien calientito.
-Ummm, buena idea mi chulo, pero ‘onde vamos a agarrar a estas horas quien nos haga de comer.
-Eso es lo de menos; podemos cocinarla en tu casa.
-¿Qué estás loco? Si ya tengo cuentas pendientes con mi mujer por haberme salido de la casa todo el día y de seguro la voy a encontrar hecha una fiera y tú todavía quieres que le diga que se ponga a cocinar. ¡Virgen santísima! Además yo no tengo gallinas en mi corral y ¿en dónde piensas tú que vamos a poder encontrar una a deshoras de la noche?
-Tú no tienes gallinas, pero ‘ora que me acuerdo doña Queta la pollera tiene hartas que se suben a dormir en el cascalote que está en el patio de su casa y sus ramas salen hasta la calle de atrás ¿Qué te parece si nos subimos al árbol y bajamos algunas?
-No zanca, estoy borracho pero no pendejo.
-Bueno mi negro, vamos a hacer una cosa: yo me subo por la gallina y luego se la llevamos a mi vieja. Ella sí se va a levantar a cocinarla.
El hambre era más fuerte que la decencia y La Bamba convenció al Negro de ir a conseguir la cena. Al llegar a la casa de doña Queta doblaron en la esquina y se situaron justo debajo del árbol que en esa temporada del año no tenía muchas hojas. Por tal motivo era muy fácil distinguir a las gallinas echaditas en sus ramas.

-Órale zanquita, súbete pues.
-Va pues.

La Bamba hizo el intento de quitarse los botines, pero siguió con su plan.

-¿Sabes una cosa? Se me hace que tú eres el que se va a subir negrito; yo estoy güero y con esta luna llena va a ser muy fácil que me vean las gallinas. Si te encueras con tu colorcito no te van a ver y no se van a asustar. Además tú ya tienes práctica subiéndote a las palmeras a cortar cocos; se te va a hacer muy fácil. Yo te echo aguas desde aquí.
-No más eso me faltaba, güero desabrido. ‘Ora me quieres agarrar de tu cuchito para que me suba al árbol.
-Bueno si no quieres, pus no, al fin que yo tengo frijoles en mi casa y me los voy a calentar, pero eso si, nomás alcanzan pa’ mí.
-No, no zanquita, pus ‘ai voy pa’rriba.

Se quitó la ropa, la dobló con mucho cuidado y la puso encima de un huizache. Con agilidad Cruz empezó a subir. A su paso las gallinas empezaron a despertar y a hacer escándalo.

-Ira zanca, voy a agarrar ésta.
-Aviéntamela; yo la capeo acá abajo-susurró José.
Cruz tomó por las patas una gallina rechoncha y la aventó por los aires.
-Ya me voy a bajar.
-No mi negrito, espérate; ya que estás arriba, aviéntame otra.
-¿Ésta?
-No, ésa está muy flaca.
-Entonces ésta
-No, tampoco; se ve que ya está vieja. Mira, en aquella rama de hasta arriba se alcanza a ver una grandota; se ve que va a hacer buen caldo.
-No, mi rey. Eso ya está muy alto.
-Ándale condenado, al fin ya estás trepado; jálale más pa’rriba.
Cruz subía hasta la última rama del árbol mientras La Bamba, con gallina en mano, agarró la ropa del ingenuo negrito y empezó a retirarse del árbol, acercándose poco a poco hasta la ventana del cuarto de doña Queta, que da a la calle, en donde dormía plácidamente con su esposo don Pánfilo, el matancero.

Cuando El Negro estaba en lo más alto del árbol:

-¡Doña Queta se están robando sus gallinas! ¡Apúrese!

Cual fue la sorpresa del pobre Cruz al oír el grito de su compañero de farra. Trató de empezar a bajar, pero en un instante salió doña Queta acompañada de don Pánfilo que iba armado de pavorosa Cuasclera que guardaba tras la puerta del cuarto, y de una lámpara de baterías. Apuntó el haz de luz de la lámpara hacia el árbol en donde sabia que dormían las aves y descubrió a Cruz, completamente desnudo, bajando con mucho trabajo por las ramas.

-Méndigo crestón, bájate de ahí.

Doña Queta miraba azorada aquella escena.
-¿Y tú que vez Quetita? Tápate los ojos.

Don Pánfilo apuntó su arma y disparó contra la figura obscura que descendía rápidamente. El disparo atinó muy cerca de Cruz e hizo pedazos a varias gallinas. En su desesperación El Negro brincó hacia el lado equivocado cayendo sobre una nopalera. Nunca más se supo de Cruz en el pueblo. Por cierto, que al siguiente día el médico del lugar atendió a La Bamba por dolor estomacal y vómito; el dictamen: indigestión, con síntomas de cacareo.

EL TIZONCITO.

(El Chincual)

Arturo Martínez, de profesión ingeniero forestal, regresaba a su casa después de un largo mes de estancia en la Montaña de Guerrero. Su trabajo consistía en realizar revisiones periódicas para el control de la tala inmoderada, la cual ya estaba causando estragos en dicha región.

Siempre viajaba solo; su herramienta indispensable era su vagoneta de doble tracción, ideal para transitar por los accidentados caminos y lodazales producidos por las torrenciales lluvias.

La última revisión la había hecho en una barranca del municipio de Olinalá, que ya había sido devastada por los talamontes clandestinos; durante todo el trayecto de regreso a Chilpancingo, la lluvia lo venía acompañando.
Manejaba sumido en sus pensamientos, anhelaba volver a ver a su pequeño de 6 meses y a su esposa.

Transitaba por una vereda cuando de repente, de entre unos matorrales le salieron al paso cuatro indígenas con morrales al hombro y machetes terciados; aplicó los frenos a fondo y la camioneta derrapó un buen trecho antes de poder detenerse. Arturo pensó que se trataba de un asalto. No hizo más que quedarse con las manos sujetas al volante. Al voltear hacia la ventanilla vio que el indígena de mayor edad, empapado por la lluvia, se le acercaba:

-Patrón, ¿Vas crucero Tlapa?
-¿Qué?
-¿Vas crucero Tlapa? ¿Llevas crucero Tlapa?.

Arturo respiró profundo, menos mal que no se trataba de un asalto; pensó en reprender al viejo por cometer la imprudencia de atravesarse sin la más mínima precaución.

-Está bien, súbanse.
-Gracias patrón.

El anciano les dijo algo en náhuatl a sus acompañantes y rápidamente se subieron en la parte trasera de la vagoneta.

-Amigo, usted súbase aquí adelante conmigo- le dijo Arturo al anciano.

Por el retrovisor Arturo podía ver las caras lánguidas de los indígenas y cómo el agua les escurría por la frente.

-Qué mis amigos, ¿no pasaba el camión?
-No patrón, camión no pasa hace un mes, quesque se quedan atorados en el lodo-respondió el anciano.
-No me diga patrón; me llamo Arturo.
-Sí patrón.
-¿Cómo que no pasan los camiones? Entonces ¿Cómo le hacen para ir a Tlapa o a otro lugar?
-Caminando patrón, o en bestia.
-Pero, ¿Cuanto tiempo hacen para llegar cuando menos a Olinalá?
-Tenemos que caminar noche y día pa’ llegar.
-¿Un día caminando para llegar de su pueblo hasta Olinalá?
-Si patrón, en veces cortando camino por cerro.
-Y si tienen un enfermo ¿Cómo carajos hacen para traérselo?
-Pos veces en bestia, en veces cargando, pero veces si nos mueren en camino. L’otro día se murió chamaco de Pascacio, éste que va aquí atrás, de las calenturas; no más llegamos medio camino.

Arturo sintió que lo invadía una pena terrible y quiso cambiar de tema de conversación.

-Lo siento. Y ahora ¿Qué van a hacer a Tlapa?
-Vamos traer una cajita.
-¿Cajita? ¿De qué?
-Pa’l chamaco, vamos dar cristiana sepultura.

Arturo guardó silencio. Buscó entre sus ropas una cajetilla de cigarros, la cual no encontró. Intentó en la guantera y ahí estaban. Sacó uno y oprimió el encendedor de la camioneta. Cuando el encendedor estuvo listo, lo sacó y encendió el cigarro que tenia en la boca.
Miró por el retrovisor y se percató que sus acompañantes lo miraban con curiosidad.

-¿Quieren un cigarro?- dijo Arturo.
Todos asintieron. Extendió la mano y le pasó la cajetilla al anciano; tomaron uno. Después de un momento el anciano dijo:
-Patrón, préstame tu tizoncito.
-¿El qué?
-Tu tizoncito prender cigarro.
-Ya entiendo, el encendedor.

Oprimió nuevamente el encendedor para después pasárselo ya encendido.

La lluvia era intensa y Arturo no dejaba de pensar en la tragedia que le había sucedido a Pascacio. El barro hacía que la camioneta patinara y se acercara peligrosamente a los barrancos.
Pasaron cerca de dos horas de viaje y el silencio reinaba en el interior de la camioneta. Arturo sintió ganas de fumarse otro cigarro. Sacó de su bolsa la cajetilla y se agachó para volver a activar el encendedor, pero no lo encontró. Recordó que lo había pasado a sus acompañantes para encender el cigarro que les ofreció.
-Oigan, ¿Quién trae el encendedor?
-¿Qué patrón?
-Si, el encendedor, para prender mi cigarro.
-¿Usted dirá el tizoncito?-respondió uno de los indígenas que venían atrás.
-Sí, ese
-Hmmmm, quesque horas que lo tiré; pas’ que ya se había apagado.

ATOLITO

(El Chincual)

El General Jonás León fue en su tiempo un revolucionario que luchó del lado de los villistas. Había participado en gloriosas batallas, llegando incluso a entrar en acción en la toma de Zacatecas, de donde no salió bien librado, ya que recibió una bala en la pierna izquierda.

Ahora a sus 80 años, ya su visión se había nublado, la mano le temblaba cuando se llevaba la cuchara a la boca y a raíz de esa bala las dolencias en la pierna ahora le imposibilitaban caminar; yacía postrado en la cama. Había perdido la mayoría de los dientes y su dieta básica la constituían atoles de diversos sabores.

Doña Clara, su esposa, una mujer con mucha paciencia, diariamente a las ocho de la mañana servía una taza de atole a don Jonás. Si doña Clara, por algún motivo, no estaba puntual a la hora del atole, don Jonás le gritaba desde su cama:
-¡Clara, atolito!

Así transcurrían los días de Don Jonás. Por su parte Doña Clara estaba harta y no veía ya el día en que tuviera que dejar de atender de esa manera al General.
Una mañana, Clara se levantó, como de costumbre, a las seis de la mañana a barrer el patio del zaguán y a darles maíz a las gallinas. Después encendió el fogón y preparó un delicioso atole de arrayán, lo sirvió en un jarro y lo acompañó con pan de huevo.
Con paso lento se acercó a los aposentos del General, abrió la puerta y le llamó:
-Jonás, Jonás, despiértate ya, que está listo tu atole.
-Jonás, Jonás….
El General no daba signos de escuchar. Clara se acercó y lo sacudió.
-Ándale viejo, ya despiértate.

Entonces Clara comprendió que el General Jonás León había sido llamado a rendir cuentas con el Creador; tapó a su compañero de varios años con la sábana y con paso tranquilo si dirigió a la iglesia, por el cura.

En el transcurso del día, Clara se dedicó a comprar el féretro y a realizar los arreglos necesarios para velar el cuerpo del General. Al llegar la noche, Procorito, el rezandero, ya empezaba las primeras plegarias. Algunas gentes del pueblo se acomidieron a ayudar a doña Clara a repartir café, cigarros y pan.

Clara no había derramado una sola lágrima; parecía como si la muerte del General le hubiera quitado un gran peso de encima, ya que ella era la única encargada de atenderlo y de aguantar sus gritos y los maltratos típicos de una persona de edad avanzada.

Eran ya las siete de la tarde, el frío arreciaba y la gente abarrotaba la sala de la casa y seguía en el rosario que Procorito efectuaba. La tapa del féretro permanecía abierta a fin de que la gente que llegaba tuviera la oportunidad de despedirse del General.

De repente, Procorito notó un leve movimiento en los parpados del difunto. Tragó saliva y perdió el hilo de la oración, trató de concentrarse nuevamente en el rosario. Fijó otra vez la vista en don Jonás y se percató de una temblorina en una de las manos. Entonces Procorito envió por los aires el rosario y el libro de oraciones, y corrió despavorido al tiempo en que el General se incorporaba con dificultad dentro del féretro, con las manos colocadas en el pecho, ante los desorbitados ojos de los asistentes al velorio.

-Clara: ¡Atolito!- gritó el General con voz ronca.

Todos los asistentes corrieron y trataron de pasar para salir hacia la calle por la angosta puerta de la sala. Las mujeres observaban con horror y emitían gritos de terror, otras se santiguaban o lloraban. No faltó quien, con oraciones, trató de devolver al General al mundo de los muertos o de ahuyentar al mismo diablo.

-Clara: ¿Dónde está mi atole?

El segundo reclamo, del hasta hacía poco tiempo difunto, hizo que en un santiamén la casa quedara completamente vacía; nadie tuvo el valor suficiente para estar un momento más en aquel pandemonium. Era lógico que nadie se había dado cuenta que el General estaba despertando de un agudo estado cataléptico.

Doña Clara con paso sigiloso, se acercó hacia donde se encontraba el ataúd que contenía al General que permanecía sentado. Se armó de suficiente valor y llegó hasta el ataúd. Tomó al General de las solapas del traje color negro que vestía, lo miró a los ojos y le dijo:

-No, no, no, no,…yo ya compré la caja, ya gasté en flores, café, comida, rezandero; estuve toda la mañana en el trajín; no, no, no,…ahora “TE MUERES CABRÓN”.

EL ADIOS.

(El Chincual)

Con una diversidad de objetos, materiales y sustancias desperdigadas a su alrededor, Martín Farías, hombre industrioso conocido por su ingenio y laboriosidad en quehaceres manuales y de oficio remendón, suelda un tanque de gasolina en la acera que colinda con su casa; sin importarle la presencia de su clientela y demás personas que transitan junto a él, con voz cavernosa entona una canción al tiempo que pone esmero a su tarea.

En la acera de enfrente, camina el maestro Chon, don David Encarnación, quien es también persona muy conocida entre los estudiantes por su capacidad en las manualidades y elaboración de infinidad de objetos; atento por naturaleza, al pasar frente al taller de don Martín, se dirige a él con el mejor tono de voz:

- ¡Adiós, Martín!

Don Martín, suelta su soplete y el martillo, y con enojo lo enfrenta:

-¡Adiós David, hijo de tu ch.... madre.
-Hermano; porqué me la mientas
-Hermano, porqué me remedas.

Tranquilo como es el maestro Chon, prosigue su camino mientras don Martín da los últimos golpes a la lámina para dar por terminado su trabajo; como si nada hubiese sucedido, reinicia su cantaleta: “no hay ojos más lindos, en la tierra mía, que ... “.

Los sonidos de la voz cavernosa de don Martín hacen eco a lo largo de la calle. Al oírla, don Chon, se hace a sí mismo una pregunta: ¡Carajo! ... ¡Joder! ... ¿A poco así hablo?

EL CHILTEPIN.

(El Chincual)

Don Hemeterio Chiporahua, más conocido como el Chiltepín por lo ameno de su conversación, se halla sentado en la puerta de su casa, rodeado de sus amigos; junto a él, las dos muletas que le sirven para caminar en ausencia de la pierna que le cortaron a consecuencia de un accidente que tuvo en sus años de juventud. Ha dicho algo y los presentes lo festejan con carcajadas que cunden en el lugar.

Aún persisten algunas risas del grupo en cuestión, cuando calle arriba aparece la silueta de don Olegario Santamaría, señor de respeto, octagenario, contemporáneo de don Chiltepín y compañía. El hombre, cuya voz se ha perdido a causa de una dolencia crónica que lo ha dejado afónico, intuye que su bienvenida, como es costumbre, será una broma, una carajada de poca madre, como él da en llamar a las ocurrencias de sus amigos a quienes todas las tardes frecuenta para atemperar sus tristezas.

-Ahí viene Santamaría- impuso silencio la voz de don Chiltepín-escuchen cómo me lo voy a joder.

El grupo de hombres dejó escapar cuchicheos al tiempo que esperaban la llegada de don Olegario. Cuando estuvo a escasos pasos de ellos, se escuchó el vozarrón de don Chiltepín:

-¡Oye, Ole!
-¿Qué quieres cabrón? -sonó casi silente la voz afónica de él.

Con ironía y una sonrisa de oreja a oreja, don Chiltepín dijo: “cántame una canción a capela”
Don Olegario que para eso de dar respuestas rápidas, se pinta solo, contestó:
-Sí, cabrón, yo te la canto y tú me la bailas sin muleta”.

El grupo festejó lo escuchado, y no faltó quien acudiera a felicitar a don Olegario por su ingeniosa contestación.

Don Chiltepín se limitó a decir:
-No cabe duda, eres chingón, pinche Santamaría. Por eso te aprecio, y dado que, por este día ya tuviste tu ración de ironía ¿Qué te parece si nos buscamos a otro para chingarlo, y reírnos a más no poder para aligerar esta perra vida en la que tú estás sin voz y yo sin una pierna?

Don Olegario se limitó a expresar su afirmación con un movimiento de cabeza. Otra vez se escucharon las carcajadas y esa camaradería que siempre imperaba en el grupo comandado por don Chiltepín.

LOS CONVERSADORES.

(EL Chincual)

En el paraje denominado Los Amates, conversan, bajo la sombra de estos árboles, don Pedro Peperucho (más que apellido era su apodo por vivir en una casa rodeada de matorrales denominados peperucha) y don Fulgencio Farfán (don Ful). La charla que sostienen se ha prolongado más de lo acostumbrado: han hablado de su ganado, las siembras, el cura, el dueño del cine y hasta del presidente municipal. Ambos montan en sus respectivos jumentos. Desde hace un buen rato, el que carga a don Ful, le ha dado por rebuznar cada vez que habla su dueño, obligándolo a elevar el sonido de su voz. Ni reatazos y menos insultos hacen que el animal se sosiegue; a don Ful no le queda más que suspender su plática.

-Pepe- le dice a su compañero- ¿qué te parece si continuamos otro día? Porque este puto burro no nos deja oír.
-Como quieras, Fulgencio, como tú quieras; ya sabes que estoy a tus órdenes.

Ambos, de ochenta y pico de años, continúan su camino en direcciones encontradas; se les mira talonear la barriga de sus bestias para que éstas aceleren el paso. Don Pepe va tranquilo, pero don Ful lleva arranques de enojo; al llegar éste a su casa, desensilla a su borrico y de inmediato lo azota con una chicota hecha con las cintas de un viejo calzón de manta. El animal, simula miedo y dolor pandeándose cada vez que el objeto le toca el lomo. Se escucha constante la voz de su dueño, que con enojo le grita:

-¿Cuál es tu opinación? ... ¿Cuál es tu opinación? ¡Eh! ¡Dime, Dime!

Después de cinco o seis chicotazos, don Ful suspende el castigo y se sienta a poca distancia del borrico; éste, para las orejas en dirección a su dueño y le dedica una andanada de rebuznos, como si con ellos le quisiera recordar que por más de ocho años lo ha traído de aquí para allá y para todos lados a cambio de manojos de hoja seca y unas cuantas mazorcas de popoyote.

Al transcurrir unos treinta minutos en los que don Ful ha permanecido pensativo, el animal vuelve a rebuznar. Su dueño lo mira y hasta le sonríe; se pone de pie, toma un talego que cuelga de un horcón, en cuyo interior hay maíz, bellotas verdes y pedazos de tortilla tiesa, y lo lleva hasta el hocico del animal, el cual manifiesta regocijo pateando el piso y moviendo la cola.

Otra vez, don Ful lanza su pregunta:
-¿Cuál es tu opinación?...¿cuál es tu opinación?.
Pero el burro no puede rebuznar; se limita a menear las orejas, y con ello, se intuye, quedan allanados los enojos, y un entendimiento velado de que a cambio de una buena ración de alimento sabroso, éste soportará, durante el tiempo que sea necesario, las conversaciones de los señores en comento.

LAS GAMBUSINAS.

(El Chicnual)

Transcurría el año mil novecientos cincuenta y siete. Juan Romero, alumno de la Normal de Ayotzinapa, y tres de sus amigos entraron al dormitorio de los alumnos de nuevo ingreso de esa escuela
- ¡Ora, raleos - les dijo a los alumnos de reciente inscripción
-¡Vamos a las gambusinas!

-¿Qué es eso, güey?- interroga un muchacho alto, flaco, negritillo y pochunco.

-¿A poco no sabes? Son una especie de gallinitas gordas que en las noches caminan por los surcos en busca de alimento.

-Son palomas nocturnas- agregó otro
-Se guisan sabrosas y se comen acompañadas de salsa picosa con frijoles refritos y tortillas calientes del comal de La More.
-Y eso qué- dice alguien en tono desconfiado.

-¡Cómo que qué? - lo ataja Juan - pues que hay que agarrarlas para guisarlas y cenárnoslas. O qué, ¿no se les antojan ahorita que están sin cenar?
Lo dicho por él provocó que a más de cuatro les empezaran a gruñir las tripas y se les hiciera agua la saliva.
-Pues sí, pero, ¿cómo?
-Ustedes vengan con nosotros y verán cómo les enseñamos. Y, ahí van Juan y sus amigos seguidos de una veintena de muchachos que fueron a parar en las afueras de los edificios que emergían entre la oscuridad.

En lo que parecía ser el lugar ideal para agarrar las susodichas gambusinas, Juan y sus acompañantes se empezaron a desnudar al tiempo que ordenaban que los demás lo hicieran, argumentando que sólo de esa manera se podía tener éxito en la tarea que emprenderían. La poca resistencia que algunos presentaron fue vencida por la desnudez de quienes los guiaban.

Eran las nueve de la noche. Juan apresuró al grupo de raleos; les recordó que a las diez las autoridades de la escuela daban el aviso para suspender el alumbrado eléctrico; acto seguido los colocó frente a cada surco del sembradío y les dijo que se fueran a lo largo de ellos buscando las avecillas.

-¡Ustedes, - les dijo a sus amigos-colóquense en el otro extremo con la ropa de todos. Yo me voy con ellos. Sus amigos cargaron las ropas y se alejaron.

Los encuerados empezaron a caminar en silencio entre las matas de milpa, a lo largo de los más de trescientos metros que medían los surcos. Iban agachados, con las manos extendidas y con la ilusión de encontrar las gambusinas para mitigar su hambre de adolescentes. Al llegar al final del sembradío, ¡Oh, decepción! Tenían las manos maltratadas por el roce con los terrones y pedruscos; no habían encontrado ninguna avecilla, y para completar su infortunio, los muchachos que transportaban sus ropas no estaban. El más sorprendido fue Juan, a quien se suponía que le dejarían su vestimenta en algún lugar. Después de mucho buscar y gritar pidiendo sus ropas, no les quedó más remedio que aprovechar la oscuridad, posterior al aviso que indicaba que todos deberían disponerse a dormir.

Juan echó punta; atrás iban todos con su desnudez y su vergüenza oculta en las sombras de la noche. Seguramente pensaban que lo que estaban viviendo concluiría al llegar a los dormitorios, pero para su sorpresa cuando entraron, éstos fueron iluminados y empezaron a recibir golpes en las nalgas, provenientes de quienes, al saber que había un grupo de gambusineros, atrajeron la complicidad del velador para que en el momento preciso activara el servicio del alumbrado.
Ante ello, Juan demostró su disgusto y a punto estuvo de liarse a golpes con sus amigos promotores, pero la intervención oportuna de uno de los alumnos más antiguos, de profesional, como se les llamaba en aquel entonces a quienes cursaban estudios posteriores a la educación secundaria, evitó el enfrentamiento. Al allanarse los enconos, todos rieron de la broma que era una de tantas acciones de la novatada reservada a quienes ingresaban como alumnos de la Escuela Normal “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, Gro.

VENGANZA A LA MEXICANA.

(El Chincual)

En el mercado de un pueblo pequeño como muchos hay en el ámbito mexicano, se hizo presente un señor flaco y descolorido; cargaba una enorme bolsa en la espalda, que lo jorobaba; vestía pantalón corto y camiseta sucios y desteñidos; sus pies calzaban zapatos prietos de suela tosca; en la cabeza llevaba un sombrero de palma y en el cuello muchos colgajos. Tan pronto como lo columbraron, doña Matiana Rentería, que vendía atole blanco con dulces y panile, y doña Rebeca Romero, expendedora de guisos y chirmoles picantes, lo llamaron “gringo”.

-Ey,... güero,... mister,... ¡Acércate, precioso!
-¡Ven pa´ca, gringo, jijuelmaiz! Vente al atole.

Era la primera vez que visitaba el lugar, y ante las voces de las mujeres y la admiración que causó su presencia entre los comensales, el gringo se sintió estimulado. Empezó a caminar hacia el fondo del manteado; en su transitar, le dio por probar los guisos que humeantes se exponían en cazuelas. Sorpresivamente, empezó a introducir el dedo índice en cada uno de ellos para después metérselo en la boca, al tiempo que exclamaba:

-“¡Oh, mucho bueno! ... ¡Rico, saber rico,... bueno, bueno,... oh, oh! ... “

Así avanzó ante la mirada, primero de admiración, después de repulsión que le brotaba a doña Rebeca; con su ¡Oh, qué bueno!, saboreó frijoles, enjitomatado, aporreadillo, tlatonile, huaspedo, adobo, frijol con carne, mole, ... ; concluyó metiendo el dedo en la jícara con atole que tenía en sus manos doña Matiana y en el molcajete del que sopeaban panile una decena de inditos. Cuando se dio por satisfecho, con un “Gud bay” como despedida, se alejó.

Al siguiente día, sin esperar que lo invitaran, repitió su osadía. Los comensales protestaron y no faltó quien le quisiera dar sus fregadazos, pero las responsables de los changarros recomendaron prudencia.

-No se enoje, marchante, ya sabe cómo son estos güeros de entrometidos; si quiere le cambio su comida para que no tenga sabor de gringo- dijo una de las mujeres para calmar los ánimos.

Pasaron algunos días, y el forastero no había aparecido de nuevo; las mujeres pensaron que para ventura de ellas, se había alejado del lugar; pero no fue así: el domingo siguiente, arribó haciendo alharaca:

-¡Ya llegué, cabruoones! -gritó al tiempo que enarbolaba su sombrero- ¿Mi extrañar?

Ante la pregunta que lanzó, las mujeres se miraron y se dieron a entender algo. Doña Rebeca, que para esa hora atendía su comal repleto de memelas, le gritó a su compañera: ¡A´i te lo mando! Acto seguido, se dirigió al gringo:

-¡Mister, chulo,... ven,...precioso! ..., ¡Acércate, corazón!

Presintiendo que el güero empezaría a meter el dedo en las cazuelas de guisos y en los platos de sus clientes, tan pronto como miró que se acercó al puesto de comida, sin darle tiempo para reflexionar, con diligencia y expresiones cariñosas, logró que éste mordiera un taco hecho con tortilla recién sacada del comal, en cuyo interior rebosaba de salsa de chile de árbol, picante a más no poder.

La cara del gringo enrojeció, gruesos cordones de lágrimas le brotaron en los ojos, levantó los brazos y el movimiento de sus manos daban a entender que quería agua; doña Matiana aprovechó la oportunidad, poniéndole en la boca una jícara que contenía atole caliente; era tanta la desesperación del forastero, que sin precaución alguna sorbió el contenido. Las consecuencias para él fueron desastrosas: de pronto no sabía si tragar o arrojar la porción hirviente. Cuando por fin el atole encontró sosiego en el estómago, sus intestinos arrojaron un estrepitoso pedo cuya sonoridad llegó más allá del ámbito destinado a la vendimia. Se le vio aspirar por boca y nariz, y palmearse las nalgas al tiempo que decía:

-”¡Ayyy caubrooon, si no salirte, hasta tú quemarte!

En ese momento, nadie sonrió, vendedoras y clientes se comportaron como si apreciaran que el pedo de referencia hubiese resultado sin quemaduras; pero, tan pronto salió el gringo, se dejaron escuchar carcajadas cuyos ecos rebasaron fronteras, llegando al otro lado, más allá del Río Bravo.

Ha pasado el tiempo; ahora, en la marquesina de uno de los negocios que expenden alimentos cocinados en el mercado de ese pueblo, se lee en letras garigoleadas: “AQUÍ, NO HAY PEDO”

EL JARRO.

(El Chincual)

Silvestre y Guadalupe habían salido muy temprano del pueblo para subir al cerro a localizar unas reses perdidas. Ya tenían caminando 7 u 8 horas a lomo de caballo.
No llevaban ni sus bules ni provisiones, ya que no pensaban que la búsqueda se tuviera que alargar tanto; tampoco había algún riachuelo o manantial cercano.

Para esas horas el hambre ya empezaba a arreciar y la sed hacía que ambos se relamieran los bigotes continuamente.

-Oye Chivete, ya tengo harta hambre y sed.
-Hmmmm, tan delicado, aguántate amigo.

Siguieron su búsqueda y después de dos horas más, Guadalupe escuchó a lo lejos los ladridos de unos perros y le dijo a su acompañante:

-O’i Chivete, pa’llá se oyen unos perros; debe de haber una ranchería o alguna casuchita; vamos a ver si nos dan agua.
-Pos ora.

Se guiaron por los ladridos y llegaron a un plan en donde había una pequeña casa de adobe de donde salía una pequeña nube de humo proveniente del fogón de la cocina; en el patio había un pozo de reata. Los perros les dieron la bienvenida asustando a los caballos. Llegaron hasta la tranca de la casa; en el patio jugueteaban dos niños que sacaban agua del pozo y se la arrojaban uno con el otro:

-Buenas tardes; oye guache ¿no’stá tu apá?- preguntó Chivete.

Uno de los niños corrió hasta la puerta de la casa y gritó:

-Amá, te buscan unos forasteros.

-Mira Chivete, se ve que ya está ardiendo el fogón de la cocina; de segurito nos van a ofrecer de comer- Dijo Lupe.

Salió la mamá de los niños limpiándose las manos con el mandil y acercándose hacia la tranca. A primera vista todo parecía estar bien. Lupe fijó su vista en la cara de la señora: era muy visible la deformidad de su rostro causada por el labio leporino.

-Muejnas tajdes senores ¿ En que lej puedo sejvil.
-Señito buenas tardes, mire ya llevamos mucho tiempo buscando unas reses y tenemos mucha sed, ¿No sería usted tan amable de regalarnos un jarro con agua?.
-Ji como no, con usto. Peo pajen, jiéntense, dejcansen.

La señora se metió a la casa; Silvestre y Gudalupe se bajaron de los caballos y se cubrieron con la sombra de un cirián.

-Mira Chivete, hay que decirle a la señora que nos dé un plato de frijoles y unas tortillas, y que se las pagaremos, yo ya tengo hartisisima hambre.
-Ari, bueno, tas bien loco Lupe; no ves cómo tiene la boca la señora; a lo mejor esa enfermedad se pega.
-Hmmmm…tan delicado que eres hombre.

En ese instante salió la señora de la casa con dos enormes tarros de agua.
-Gracias señito.

Guadalupe lo bebió con avidez mientras Silvestre tomó el jarro entre sus manos y dándole vuelta intentó beber del lado del asa, donde por lo menos –pensaba- que la mujer no colocaba su boca con frecuencia; y trataba así de evitar el contagio.
Guadalupe terminó el agua y le regresó el tarro a la señora, quien reía disimuladamente, como burlándose de ellos.

-¿Qué le pasa seño?- le preguntó Guadalupe.
-Nada. Jijijijijiji. Lo que paja eg que el señor bebe en el jarro igualitito que yo. por el mijmo lado.

LA ADIVINANZA.

(El Chincual)

Son las cinco de la tarde; el sol va en busca de su ocaso. Don Venustiano Corona alienta a dos de sus hijos, buscando motivarlos para que se apresuren a quitar la hierba que crece junto a las matas de fríjol. A consecuencia de haber trabajado inclinados la mayor parte de lo que va del día, Martín, de once años, y Arturo, que recientemente cumplió seis, se quejan, sin detener su labor, del dolor de cintura que los fustiga.

Como viese don Venusriano que el corte de limpia que llevan está aún muy retirado del carril, opta por platicarles y hasta contarles adivinanzas, las mismas que repetidas veces les ha hecho “adivinar” y que resultan aburridas:

“Agua pasó por mi casa, cate me dio la razón”.

“Tú allá, yo acá”.

Y otras más que eran de la edad de la canica.

Ante el cansancio y la indiferencia de sus hijos, don Venustiano cambió de táctica:

-Cuéntenme una adivinanza -dijo- Sí, ... sí, cuéntenme una. Y nos apuramos para salir a las cinco y media, antes de que se meta el sol.

Los dos chamacos, que conocían el carácter estricto de su padre, que los había educado sin permitirles decir disparates u otra grosería, se miraron uno al otro como diciendo: “tú,... yo, no”. Pero ante la insistencia de quien buscaba hacerles menos pesada la tarea que les había impuesto, Arturo, sintiéndose estimulado por Martín que con cuchicheos le recordaba una adivinanza escuchada a sus compañeros de juego, accedió, no sin antes preguntarle a su papá que si lo que iba a escuchar no le causaría enojos. A lo que él contestó que no, que de ninguna manera se molestaría, siempre y cuando no dejaran de arrancar el pajón.

-¡Bueno, a´i te va! ... ¿Pero, no te vas a enojar? -se aseguró de ello Arturo.

Nuevamente, don Venustiano le confirmó que no habría problema. Confiado en ello, Arturo se destapó diciendo:

-Ulo, ulo, tres pelos en tu culo.

Todavía no bien cerraba la boca por donde le había salido la última palabra a Arturo, cuando ya le estaban lloviendo los majaguazos, y a Martín también porque - según el decir de don Venustiano -tenía culpa por haber alentado a su hermano a decir ese disparate.
-“Y, ahora, para que se les quite.... nos vamos a ir hasta que anochezca, léperos”, remató don Venustiano.

Arturo, con llanto en los ojos y sin dejar de arrancar la hierba, dijo en voz baja: “no es leperada, es el nanche”.
La explicación no aminoró el castigo; el retorno a la casa de ellos fue en silencio, aunque de vez en cuando en la oscuridad, una risilla se escapaba como aligeramiento del llanto derramado por algo que se había dicho sin la menor intención de ofender a su señor padre.

¡Tiempos aquellos, señores! ... Tiempos de respeto.

EL INSOMNIO DE DON CHUCHO.

(El Chincual)

Doña María de Jesús, doña Chucha, mujer delgadita pero de una gran fortaleza física, dormía junto a su esposo, don Jesús, don Chucho, que en las últimas horas de la madrugada no podía conciliar su sueño con la almohada. Corajudo, como es el viejito de noventa y siete años, le dio por gritar:

-¡Chucha, Chucha!- Como viera don Chucho que ésta no le contestaba, optó por golpearla con uno de sus codos al tiempo que insistía-¡Chucha, Chucha! Pero, ni así despertó la viejita. A él no le quedó más que desahogar su enojo, diciéndole:

-Sí, sí, como tienes tu pendejo que te mantenga, te duermes a pierna suelta.

Doña Chucha no se enteró; durmió hasta el amanecer.

En otra ocasión, ya muy avanzada la noche, don Chucho tampoco podía dormir, y nomás por molestar, codeó a su esposa al tiempo que le dijo:

-¡Chucha, Chucha!
-Sí, Chucho, dime- contestó ella.

Molesto, don Chucho, le reclamó:

-”Jajajay, cabrona; no puedes dormir; seguramente estás pensando en tu querido”.

Con esa calma de ángel que tiene doña Chucha, se concretó a decirle: “Ora, tú, qué cosas piensas”, y se volvió a dormir mientras don Chucho se quedó con sus ganas de pelear.

EL TELEGRAMA.

(El Chincual)

Cierta mañana se recibió un mensaje con carácter de urgente en la oficina de Telégrafos de la comunidad de Salsipuedes.

El texto decía:

“Presidencia de la República. México, D.F. Aviso urgente a autoridades locales. Se acerca fenómeno natural de grandes dimensiones. Tomar medidas necesarias. Responder a mensaje con informe detallado a la brevedad posible.”

El mensajero tomó su bicicleta y como alma que lleva el diablo hizo llegar la misiva al comisario municipal.

Pero en la Ciudad de México no se recibía ninguna respuesta por parte de la comunidad. Transcurridos 2 meses se recibió un telegrama proveniente del Comisario de la localidad de Salsipuedes, con el siguiente texto:

“Recibimos a fenómeno natural con gente armada en la entrada del pueblo. Lo corrimos a punta de balazos. Pero no podíamos enviar informe detallado porque nos pegó un temblor de la chingada.”

EL AGENTE.

(El Chincual)

Se realizaban los preparativos para la recepción del Comandante General de la Policía del Estado, que visitaría a La Esperanza, con el objeto de revisar las condiciones en las que estaba laborando el cuartel de la policía comunitaria destacamentado en la localidad.

Uniformes y armas completamente limpios; reos bañados, rasurados y comidos; el olor a mole de guajolote ya inundaba la vieja casa de adobe que hacía las funciones de comandancia y cárcel a la vez.

El Sargento Aquiles era el encargado de guiar los destinos de la comandancia de La Esperanza y desde muy temprano se había dado a la tarea de prevenir hasta los más pequeños detalles.

Minutos antes de que llegara el funcionario estatal, se acercó al Sargento Aquiles uno de los parroquianos para solicitarle empleo como policía:

-Oiga mi capitán, quiero pedirle que mi dé trabajo aquí di policía; yo quiero andar con mi fusil, y mi uniforme.
-Tas loco Cesáreo, cómo crees que te voy a dar chamba; no ves que ni siquiera das la altura. A ver ¿cuánto mides?
-Pos ni se; como 1.55 mi capitán.
-No soy capitán; soy sargento y además la medida reglamentaria es de 1.65 y ya vete; tengo harto trabajo. Además viene hoy el Comandante y si te ve que no das la altura me va a regañar.
-Mire mi capi…perdón mi sargento, platíquile al Comandante que quiero trabajar y que li parece si li doy unos pesos.
-Mmmm…no, no; cómo crees Cesáreo, anda vete.
-Ándile mi jefe.
-Bueno, vamos a ver…vamos a ver. Cuando llegue el Comandante ya veremos.
Cesáreo le dio al Sargento Aquiles un rollito de billetes, entonces recibió órdenes de su nuevo jefe para que tomara un uniforme y unas botas de la bodega.

El Comandante arribó a la comunidad a las tres de la tarde, fue recibido con cohetes y música de viento. Realizó una visita al centro de la ciudad en donde ya se había improvisado un templete para pronunciar un discurso a la comunidad.

Posteriormente se encaminó a la comandancia en donde ya se encontraban formados por estatura todos los policías del destacamento, incluyendo al nuevo integrante que obviamente ocupaba el primer lugar de la fila.

El Comandante, un policía con varios años de experiencia, de fortaleza y altura considerables, recorría la fila inspeccionando con ojo clínico a cada uno de los policías.

Al llegar al lugar que ocupaba Cesáreo en la fila lo barrió con una mirada y observó con detalle al diminuto oficial.

-Mmmmm….a ver Sargento venga para acá.

Aquiles se apresuró.

-Dígame mi Comandante.
-¿Por qué está entre el personal este sujeto? Desde mi punto de vista no da la estatura reglamentaria.
-¿No señor? Me parece extraño. A ver oficial Cesáreo ¿Cuánto midió?
-2500 pesos mi sargento
Los ojos del Comandante parecían salirse de sus órbitas y Aquiles tomó una tonalidad lívida, ante tan comprometedora respuesta.
-No sea tarugo; que cuánto midió de altura, no cuánto me dio.

EL SUEÑO REPARADOR.

(El Chincual)

Cuentan, quienes vivieron en la casa de don Ricardo Ventura Centenario, don Ríchar, como se le conocía al cacique de Peñas de Lobo, Gro., que en una mañana del mes de mayo cuando empiezan a arreciar los calores, su mujer, doña Fortunata Olvera de Ventura, con urgencia levantó a la servidumbre para que prepararan un variado y nutritivo almuerzo a su marido.

Las cocineras se sorprendieron de la disposición escuchada, porque en cuestión de racionar los alimentos, doña Fortu, no obstante que navegaba en la abundancia, había impuesto un régimen de austeridad, empezando por su marido a quien le decía que no debía comer en demasía y menos carnes y otros derivados de lo que producían su rancho y el extenso campo cultivado por él durante los trescientos sesenta y cinco días del año. He ahí que, don Ríchar siempre padeciera “latido” y una anemia que frecuentemente lo ponían al borde de la muerte.

Cuando la enfermedad se posaba sobre el cacique, su mujer se soltaba diciéndole: “Ya ves,... eso te pasa por tragón,... por jambado”. Don Ríchar, paciente como era, aguantaba la reprimenda, aunque ganas le sobraban para decir lo que todos sabían: lo tenían bien trabajado y a medio comer, porque según el decir de doña Fortunata, era pecado comer mucho. En consecuencia, cuando la enfermedad cedía en él, ella se afanaba más en someterlo a una dieta rigurosa; su bastimento consistía en tortillas frías, unos cuantos chiles verdes y granos de sal que en veces era enriquecido con alguna tortilla con guiso que alguno de sus peones le daban como muestra de la compasión que sentían por su patrón al verlo venir, encorvado, huesudo, soñoliento y con la mirada perdida en el horizonte.

Por eso las disposiciones de la mañana de referencia, tomaron por sorpresa a mujeres y hombres que servían a doña Fortunata, y más descontrol hubo, cuando miraron que fue en busca de su marido que se encontraba en las caballerizas, trayéndolo con amabilidad y comedimiento hasta sentarlo en una silla del comedor en donde reposaban alimentos preparados y un abultado bastimento, distinto al que tradicionalmente le preparaban para que mitigara su hambre durante los días que duraba la búsqueda y pastoreo de su ganado.

El más sorprendido de este cambio, fue don Ríchar, pero su mansedumbre no se alteró, comió y se hizo del abultado tenate que contenía alimentos con la misma parsimonia de días anteriores.

La curiosidad inundó el ambiente, rondó en el transcurso de ese día, hasta que doña Fortunata llamó a Petronila, su ama de llaves, y le contó el por qué de su repentino cambio:

-Ora verás, Petro, que tuve un sueño de veras que reterraro: soñé que se había muerto mi marido y que días después la muerte vino por mí; y que derechito me fui a los infiernos. Y que voy viendo que allí estaba mi marido en medio de llamas que se levantaban hasta sus rodillas. Y, ahí tienes que cuando me columbró, que me dice: “Ajajayyy, ya llegaste,... hija de la chingada. Ahora aquí nos vamos a fregar los dos; tú por miserable, muerta de hambre, y yo por tarugo”. Ahí tienes Petronila, que luego se dirigió a un montón de diablos que estaban comiendo alrededor de la lumbre, y a grito pelón les exigió que le echaran más leños a la hornilla; éstos lo obedecieron y como eran muchos, casi al momento la lumbre creció, y cuando dos diablos me iban a llevar hasta donde estaba mi marido, que para esa hora se le veía todo sollamado por las flamas que le llegaban hasta los hombros, entonces que despierto bañada en sudor y con el corazón que me hacía tun tun , como queriéndose salir.
Doña Petronila, que no perdía detalle de la plática, se limitó a decir: “¡Alabado sea Dios!”, al tiempo que imaginaba los beneficios que traería el soñar de su patrona.

EL PEDIMENTO.

(El Chincual)

Un indito enamorado como estaba de La María, convino con ésta que se matrimoniarían. Para este propósito recurrió a quien años atrás lo llevó a la pila bautismal.

-Padrino –le dijo con respeto- lo quiero pedirle, pida mano de mi novia.
-¿Ya lo pensates bien, Juanucho, ya lo pensates? – fue la respuesta del viejo que invitaba a la reconsideración.

La noche del domingo siguiente, en carácter de huhueyote mayor, don Gregorio Tepec Chiporahua, se apersonó en la casa de los padres de la novia. Contra lo acostumbrado, el novio, Juan Rosendo Mejía, lo acompañaba.

Después de los saludos y ese decir y más decir que semeja un ritual cuando se pretende convenir la realización de un matrimonio entre habitantes de pueblos pequeños, alejados y dispersos en el suelo de México, el padrino empezó su tarea de pedidor.

Ante lo que veía venir don Carmelo Tlalmanalco, pidió a su mujer, doña Altagracia Dircio, que estuviera presente.

-Ven mujer, que los señores nos quieren decir algo- con la mirada dirigida hacia el piso, la señora, sin pronunciar palabra alguna de situó a un lado de quien la llamaba; a leguas se notaba su descontento, mismo que descargaba de vez en cuando sobre la naturaleza del supuesto novio. Por la mente de ella, rondaba lo trabajadora que era su hija (lavaba, planchaba, acarreaba leña, payanaba el nixcontle, hacía tortillas, guisaba,...) y la carga que recaería sobre su persona en caso de que ésta se casara.

-Mi ahijado, aquí presente- dijo con parsimonia don Gregorio -me lo ha pedido que pida la mano de la hija de ustedes.

Don Carmelo, cuyo hacer mucho dependía de lo que dijera su mujer, levantó la mirada hacia ella en espera de su opinión. Ella, que de por sí era bravucona, resolló gordo y enfrentó al huehueyote.

-¡No lo sabe lavar su ropa! ¿Pa´ qué lo quiere?.
-Pero, más que sea ancina, mi ahijado la quiere – contestó don Gregorio.
-¡No lo sabe ni poner frijoles! ¿Para qué lo quiere?

Don Goyo, no se apartó de su “Pero, más que sea ancina, mi ahijado la quiere”, repitiéndolo como sonsonete, después de que doña Altagracia mencionaba cada uno de los supuestos defectos que tenía María, con la intención de provocar un desánimo en el novio porque no sabía su hija planchar, guisar, remendar, coser, ...

Juan, que había permanecido acurrucado al lado de su padrino, veía como se le quería escapar la oportunidad de matrimoniarse con su prenda amada. De ahí que, cuando su pretendida suegra quiso dar por terminada la entrevista con un:

-¡En pocas palabras,... no lo sabe trabajar! ¿Pa´ que la quiere?

Impulsado por el amor que sentía por María, se puso de pie y soltó su decir determinante:

-¡Si no lo quieres pa´ que lo trabajes, lo quieres pa’ que lo montes!

Ante tan convincente manifestación, don Carmelo y don Gregorio, consideraron necesario acordar la fecha de la boda. Y, según el decir de la gente, con el tiempo, él y María, fueron muy felices.

EL TESTIGO ANDANTE.

(El Chincual)

Don Fabián, un señorón que ha rebasado los ochenta años, hincó sus espuelas en la panza de su penco para que éste apresurara el paso en la cuesta cercana al lugar donde pastaba su ganado. Atrás de él, en ancas de El Calandrio y abrazado a la cintura de su abuelo, cabalgaba su nieto José, un chamaco de escasos ocho abriles que disfrutaba la compañía del viejo que tenía fama de sabio. A pocos pasos de allí, se encontraron a don Victoriano, dando motivo a un diálogo que se dio en lo ancho del camino:

-Victoriano, ¿No viste mi vaca la Tapayola?- pregunta con cierta impaciencia don Fabián.
-No, que yo sepa tu hermana no está enterada de la hora- contestó de inmediato don Victoriano.
-Te estoy preguntando que si viste a mi vaca la Tapayola.
-No creo que sepa Concha y menos Lola que se fue a misa.

-No te estoy preguntando la hora, ni quiero saber algo de mi hermana, de Concha o Lola, lo que yo quiero es saber de mi vaca Tapayola - gritó enojado don Fabián.

Con toda calma le respondió don Victoriano: “No, ellas no andan en la bola... “

Ya no aguantó más don Fabián, y con visible desesperación fustigó a su caballo, lanzando como despedida sus desahogos:

-¡Vete a la chingada... pinche sordo!

Obteniendo, a manera de respuesta procedente del tío Victoriano, un: “lo mismo pido para ti, cuñado, lo mismo; que te vaya bien”; al tiempo que azuzaba a su borrico para alejarse e irse metido en el silencio de su perenne sordera

José, que había permanecido como mudo testigo de la conversación dada entre su abuelo con el tío abuelo Victoriano, sintió el tufo de una serie de pedos que su abuelo solía dejar escapar cuando más enojado estaba, al tiempo que decía:
-Éste es para mi cuñado Victoriano,... este también... y éste,...

Como el hedor lo atosigaba, se atrevió a protestar:

-¡Abuelito, abuelito!,...son para él, pero yo los estoy oliendo-obteniendo como respuesta:

--¡Cállate! ¡Cállate, chamaco!,... tú no sabes.

El Calandrio, con su carga a cuestas, empezó a trotar con ánimo de llegar al paraje La Gallinita Asada en donde seguro estaba que le permitirían pastar; instantes después, al abuelo Fabián le dio por silbar una tonadilla, al tiempo que propiciaba una conversación amena con su nieto; como en repetidas ocasiones, le narró acontecimientos vividos o presenciados en tiempos de la revolución. José, que aún guardaba vestigios de los olores recibidos, recuperó su alegría, más, cuando al llegar a la cima, aspiró aires impregnados de florestas provenientes de las ramas de titipanzin, nixtamalxochil, quiebraplatos y copalcohuites, y se le olvidó lo de La Tapayola, la vaca madre que comandaba el rebaño de su abuelo.

LA PARRANDA.

(El Chincual)

Cuenta uno de mis amigos originarios de Tierra Caliente, que en una ocasión que él y una veintena de coterráneos se encontraban inmersos en el disfrute de una parranda, cuando se les acabó el vino, que a esas horas de la madrugada era necesario para mantener los ánimos en un pequeño pueblo de esa región. Después de que innumerables mandaderos habían regresado sin el preciado líquido, a alguien se le ocurrió decir: “vamos a la casa de doña Chona, ella, seguro estoy que nos va a surtir”. Acto seguido se dirigieron hacia la casa de la señora de referencia, misma que estaba ubicada junto a un montón de piedras que se utilizaba para asolear la ropa en medio de un enorme solar protegido por postes y alambre.
Uno a uno, entre la alambrada, fueron introduciéndose al terreno. En medio de la oscuridad, se les fue encima un perro bravo del tamaño de un Gran Danés que los obligó a correr alrededor del asoleadero. Cuando más atosigados estaban, a coro les dio por gritar:

-¡Doña Chona, ... tía, tía Chona. ... Su perro, su perro!

La voz de la casera, se dejó escuchar:

-No le tengan miedo; ya está capón.

La respuesta los sorprendió, momentáneamente quedaron inmóviles; qué les daba a entender doña Chona; pero, ante la agresividad del perro, cuenta mi amigo, que hasta el cuete se les bajó; algunos se encaramaron al montón de piedras, y los más ligeros emprendieron la decorosa huída, antes de que otra cosa les sucediera.

LA SERENATA.

(El Chincual)

En mis años de estudiante, alumno de la normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Gro., solía correr gallo. La noche de un día viernes, mis amigos y yo nos organizamos para entonar canciones junto al balcón de la casa en donde vivía la novia o amiga de alguno de nosotros.

Eran las dos de la mañana, según el tintinear del reloj de la iglesia de la ciudad de Tixtla, Gro., cuando, al estar cantando bajo la ventana de la última casa programada en nuestro itinerario, se acercó un hombre alto cubierto por un enorme sarape que le llegaba hasta los pies; se detuvo, quedó junto a nosotros sin decir palabra alguna; pero al cesar los acordes de las guitarras que acompañaban la canción Diosa, de Zendejas, y presurosos nos disponíamos a retomar el camino rumbo a la Normal, de su garganta brotó una voz aguardentosa:

-¿A dónde van, chamaquitos? ¡Nadie se mueva o se lo lleva la chingada!

No obstante que éramos un grupo conformado por trece aguerridos jovenzuelos, superior a él en número y vigor, nadie se movió; tampoco se intentó persuadirlo para que nos permitiera alejarnos de ese lugar.

-¡Vamos a ver si son gallitos o puros pájaros nalgones!- dijo al tiempo que extraía de sus ropas una botella cuyo líquido procuró que resbalara por su gaznate.
-Vamos a ver – prosiguió:

-¿Se saben Cielo rojo? ... ¿Perfidia y Solamente una vez?,... ¿Se las saben?
Alguien de nosotros dijo: “Sí”, con voz entrecortada,

El señor del gabán, a quien no se le miraba la cara por el enorme sombrero que llevaba, ordenó: ¡síganme! Curiosamente, se había apoderado de nosotros una mansedumbre inexplicable; la rebeldía que nos caracterizaba en casos similares, desapareció; acatamos, sin replicar, su indicación; así llegamos hasta una casa ubicada en un callejón oscuro, cerca de Las Siete Esquinas. Ahí, como pudimos, cantamos las tres canciones cuyos nombres había pronunciado. Cuando terminamos, escuchamos que el hombre gimoteaba; lo notamos porque con voz entrecortada, nos dio las gracias e hizo que le prometiéramos que a las ocho de la mañana de ese día, regresaríamos a su casa para saborear el pozole que su prenda amada, así lo dijo, había preparado para festejar el cumpleaños de ella.
-Preparen Las mañanitas- fue lo último que oímos de él.

Al despedirnos en medio de las sombras de la madrugada, sentimos que el frío nos fustigaba el cuerpo. Cuando estuvimos bajo la iluminación proveniente de una luminaria sujeta en lo alto de un poste ubicado en una esquina, dirigimos la mirada hacia él, notamos que en una de las ventanas que daba a la calle, había claridad, quedando al descubierto la silueta de una mujer que agitaba uno de sus brazos en señal de adiós.

A las siete y media de la mañana salimos de Ayotzinapa para estar a la hora y lugar convenidos. Entre bromas festejábamos la agasajada que nos daríamos en casa del señor del gabán. Para llegar puntuales, tuvimos que correr los últimos quinientos metros que faltaban de nuestro recorrido; jadeando entramos al callejón. Pero ¡oh! sorpresa la que nos llevamos cuando estuvimos frente a la casa en donde habíamos cantado las canciones últimas; el panorama era desolador: paredes corroídas por la humedad, techos caídos y puertas de madera derrumbadas. Alguien que nos vio boquiabiertos ante la fachada en ruinas, nos dijo con comedimiento:

-No hay nadie, muchachos,... hace muchos años que la dueña, una señora bonita, murió; la encontraron muerta. Según el decir de la gente, a causa de la tristeza que se apoderó de ella por la desaparición repentina de su esposo o querido.

Durante el transcurso de algunos días, no corrimos gallo, pero ante el reclamo de quienes eran depositarias de nuestros afectos amorosos, reiniciamos nuestra afición; pero, sin olvidar la noche del engabanado y la promesa de aquella comilona frustrada.