(El Chincual)
Se cuenta que El Zaragate, Paulino Mejía, marido de Paula Ortega, avecindados en un pueblo de la Costa de Guerrero, se avenía de fondos para sostener su hogar, vendiendo tortas, tacos, enchiladas y aguas de frutas, en la calle. De mañana, tarde y hasta muy noche se le veía transitar con su pregón que algo tenía de femenino:
-Cómpreme la torta, los tacos...- mientras su mujer permanecía, en apariencia, desatendida y aburrida en su casa. Lo de apariencia se dice porque, una mañana del mes de mayo, Paulino, con el rostro moreteado, se presentó a la comisaría para poner su demanda contra Cándido Potosí, El Norteño. El comisario preguntó que cuáles eran los cargos, entonces el demandante narró los hechos:
-Ora verás comisario, que la noche de ayer cuando llegué a mi hogar, no encontré a Paula; después de mucho buscarla la encontré atrás de la casa en donde El Potosí la tenía haciendo el amor de manera incómoda, y como viera yo que era algo desconocido para mí, que le digo, ¡Ejejé, Paula!,... ni yo te hago eso.
Y, entonces, los moretones que traes, ¿de qué son, Zaragate? _ preguntó la autoridad.
-Ora verá que El Potosí se enojó y me pegó hasta que se cansó, y cuando me dejó bañado en sangre, todavía me dijo: “esto es para que no me andes interrumpiendo... ¿Usted, cree?”
El comisario, hombre de respeto, aconsejó a Paulino Mejía:
-Mira Zaragate, más vale que te quedes callado y atiendas tu casa, porque como están las cosas, al rato le vas a dar motivos al Potosino para que te contramate. ¡Cállate y cómete tu vergüenza!
-Pero ya no va a volver a pasar, señor comisario, porque ahora Paula me dijo a qué horas debo llegar a mi casa.
El comisario movió la cabeza en señal de desaprobación, al tiempo que se le escuchó decir:
-Habrase visto..., si de que los hay, los hay.
Una palmada en la espalda de Paulino fue suficiente para que éste abandonara el lugar; se fue con su cantaleta:
-Cómpreme la torta,...- mientras a lo lejos algunos lugareños lo señalaban: ¡A´i va, ... Paula, ni yo te hago eso!
Se cuenta que El Zaragate, Paulino Mejía, marido de Paula Ortega, avecindados en un pueblo de la Costa de Guerrero, se avenía de fondos para sostener su hogar, vendiendo tortas, tacos, enchiladas y aguas de frutas, en la calle. De mañana, tarde y hasta muy noche se le veía transitar con su pregón que algo tenía de femenino:
-Cómpreme la torta, los tacos...- mientras su mujer permanecía, en apariencia, desatendida y aburrida en su casa. Lo de apariencia se dice porque, una mañana del mes de mayo, Paulino, con el rostro moreteado, se presentó a la comisaría para poner su demanda contra Cándido Potosí, El Norteño. El comisario preguntó que cuáles eran los cargos, entonces el demandante narró los hechos:
-Ora verás comisario, que la noche de ayer cuando llegué a mi hogar, no encontré a Paula; después de mucho buscarla la encontré atrás de la casa en donde El Potosí la tenía haciendo el amor de manera incómoda, y como viera yo que era algo desconocido para mí, que le digo, ¡Ejejé, Paula!,... ni yo te hago eso.
Y, entonces, los moretones que traes, ¿de qué son, Zaragate? _ preguntó la autoridad.
-Ora verá que El Potosí se enojó y me pegó hasta que se cansó, y cuando me dejó bañado en sangre, todavía me dijo: “esto es para que no me andes interrumpiendo... ¿Usted, cree?”
El comisario, hombre de respeto, aconsejó a Paulino Mejía:
-Mira Zaragate, más vale que te quedes callado y atiendas tu casa, porque como están las cosas, al rato le vas a dar motivos al Potosino para que te contramate. ¡Cállate y cómete tu vergüenza!
-Pero ya no va a volver a pasar, señor comisario, porque ahora Paula me dijo a qué horas debo llegar a mi casa.
El comisario movió la cabeza en señal de desaprobación, al tiempo que se le escuchó decir:
-Habrase visto..., si de que los hay, los hay.
Una palmada en la espalda de Paulino fue suficiente para que éste abandonara el lugar; se fue con su cantaleta:
-Cómpreme la torta,...- mientras a lo lejos algunos lugareños lo señalaban: ¡A´i va, ... Paula, ni yo te hago eso!

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