(El Chincual)
En el pueblo de Pojolcingo siempre se pueden encontrar viajeros de distintas partes del estado y del país. La mayoría con el propósito de visitar al Señor Santiago, santo milagroso al cual se le adjudican varios milagros y curaciones.
Magdaleno Nejapa después de muchas horas de viaje había llegado a Pojolcingo para realizar una manda: prometió visitar al santito para que lo curara del pinto que lo aquejaba y que día a día lo invadía inexorablemente. Traía consigo únicamente su morral con unos cuantos pesos y una cobija que le haría las veces de cama.
Ese día pasó todo el tiempo en la iglesia; entró a ella de rodillas. Compró veladoras finas y las encendió con la llama del cirio que siempre permanecía encendido frente a la imagen milagrosa. Llenó sus ánforas con agua bendita; le habían dicho que humedeciera un lienzo y que lo colocara en las partes afectadas, así la enfermedad se detendría.
Como a las nueve de la noche el sacristán le avisó que era hora de cerrar las puertas de la iglesia y que si quería podía dormir en el atrio en donde pernoctaban muchos peregrinos.
Magdaleno encontró un lugarcito, tomó su morral como cabecera y se acurrucó en una de las bancas. El cansancio le hizo caer en un sueño profundo.
A la mañana siguiente el hambre lo despertó. Se levantó, estiró los brazos, se calzó los huaraches y un escalofrío lo recorrió al darse cuenta que el morral con sus pocas pertenencias y su dinero, simplemente había desaparecido.
Buscó por los alrededores y terminó por resignarse a haber sido victima de un robo. El hambre le provocaba ruidos y retortijones en el estómago. Caminó por una de las calles del pueblo pensando en qué tendría que hacer para comer algo y conseguir dinero para su regreso.
Sin darse cuenta, caminó hasta el mercado y los aromas de las fondas llegaban a su nariz; de inmediato el estómago le volvió a reclamar alimento con un rechinido que escuchó hasta la mujer de las tortillas que estaba a su lado.
Salían a su paso todas las fonderas para ofrecerle de comer:
-¡Pásale hijo, mira aquí hay pancita y relleno; pasa a sentarte chulo!- le dijo una mujer morena.
-¡Mira mi rey, tortillitas calientes y agua fresca, pásale papito!- le ofreció otra fondera.
Magdaleno atendió el llamado de sus tripas y con desconfianza se sentó en una banca de madera. La mesa estaba adornada con un ramo enorme de pápalo, quelite y pipisha.
-¿Qué te sirvo mi rey? Hay rellenito, y pancita calientita. ¿Te sirvo primero un platito de pancita y luego el rellenito?
-Sí señora
Rápidamente la mujer sirvió una cazuela de pancita y le acercó cebolla y chile verde picado y humeantes tortillas que apenas habían salido del comal.
Magdaleno, ni tardo ni perezoso empezó a comer. Después de unos momentos el sudor ya rodaba por su frente.
-¿Mi rey, te traigo un vasito de agua?, tengo agüita de jamaica, horchata, tamarindo y refresquitos, ¿Qué te traigo corazón?
-Una de tamarindo por favor.
-Enseguida mi rey.
Se acabó el plato de pancita y la mujer le sirvió otro de relleno. Después de los dos platillos de comida, una veintena de tortillas y 4 vasos de agua, Magdaleno sacó unos “Alas” de su bolsa; encendió un cigarro y lo fumó tranquilamente.
Al acabarse el cigarrillo se levantó de la mesa:
-Pues muchas gracias morenita, todo estuvo muy sabroso.
-Qué bueno que le gustó todo, señor.
-Pues hasta luego.
-¿Cómo que hasta luego? Si son 20 pesos, no me has pagado todavía.
-Pero no traigo centavos pa’ pagarle; fíjese que anoche me robaron todo mi dinero.
-¿Cómo que no traes dinero?
La mujer abrió sus grandes ojos, se le hincharon las venas del cuello y gritó:
-Pinche pinto hijo de la chingada; vas a ver cabrón.
-Sí morenita, ándale, síguele diciendo así; no sabes cómo le he dicho de cosas a este cabrón pinto y ni así se me quita.

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