(El Chincual)
A las playas de Marquelia había llegado de visita Altagracio Zamora, procedente de Santo Niño, municipio de Arcelia, con el objetivo de visitar a su paisano Carmelino Mireles avecindado en aquellas tierras de palmeras y mar.
Altagracio fue recibido con alegría por Carmelino y lo hospedó en su casa. Al otro día los dos se fueron muy temprano a la playa de Las Peñitas para disfrutar de unas horas de pesca y de un buen plato de sopa de mariscos.
Como a las doce del día los dos amigos prepararon sus anzuelos y se dispusieron a probar suerte, sumergidos hasta el pecho, como a unos 15 metros de la playa.
No pasó mucho tiempo cuando Altagracio pudo ver que en cuanto pasaba una ola, la luz del sol hacía que el agua se transparentara a tal grado de ver perfectamente la silueta de un gran tiburón.
El miedo hizo tragar saliva a Altagracio y pudo decir con mucho esfuerzo:
-Carmelino, Carmelino, mira mi hermano un tiburonzote. Vámonos de aquí.
-No más no te muevas Altagracio. Esos tiburones ya nos conocen, y aquí a nosotros los morenitos no nos hacen nada, nomás a los güeritos-contestó Carmelino.
Altagracio volvió a tragar saliva y exclamó:
-Ayyyyyyy Jesucristo, pero si yo estoy bien pinto de las patas.
A las playas de Marquelia había llegado de visita Altagracio Zamora, procedente de Santo Niño, municipio de Arcelia, con el objetivo de visitar a su paisano Carmelino Mireles avecindado en aquellas tierras de palmeras y mar.
Altagracio fue recibido con alegría por Carmelino y lo hospedó en su casa. Al otro día los dos se fueron muy temprano a la playa de Las Peñitas para disfrutar de unas horas de pesca y de un buen plato de sopa de mariscos.
Como a las doce del día los dos amigos prepararon sus anzuelos y se dispusieron a probar suerte, sumergidos hasta el pecho, como a unos 15 metros de la playa.
No pasó mucho tiempo cuando Altagracio pudo ver que en cuanto pasaba una ola, la luz del sol hacía que el agua se transparentara a tal grado de ver perfectamente la silueta de un gran tiburón.
El miedo hizo tragar saliva a Altagracio y pudo decir con mucho esfuerzo:
-Carmelino, Carmelino, mira mi hermano un tiburonzote. Vámonos de aquí.
-No más no te muevas Altagracio. Esos tiburones ya nos conocen, y aquí a nosotros los morenitos no nos hacen nada, nomás a los güeritos-contestó Carmelino.
Altagracio volvió a tragar saliva y exclamó:
-Ayyyyyyy Jesucristo, pero si yo estoy bien pinto de las patas.

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