jueves, octubre 05, 2006

Concho Terencio (8a, parte)

Un día antes del 31 de mayo, don Nemorio, que sabía lo que hacía, con astucia filtró una información que causó revuelo en la población de La Buenaventura. Había descubierto —dijo— la verdadera personalidad del forastero que hospedaba en su casa. La noticia corrió de boca en boca. Muchas ilusiones se desvanecieron originando frustración, desencanto, pesimismo. Algunos se vieron obligados a desempacar sus pertenencias que liadas se encontraban en espera de la voz de arranque en pos de la realización de anhelos, otros disimularon su desencanto, mientras que algunos de manera abierta lloraron su desesperanza.
Don Nemorio, así como de la noche a la mañana había ungido a Brígido Pantaleón Brugueda de supuestos dones ahora de un tirón lo dejaba desprotegido, sin careta, sin ropajes de engaño. Aparecía como lo que era: un simple oficinista de una agencia dedicada a la elaboración de guiones relacionados con casos insólitos; quedaba al descubierto su desgracia de burócrata decadente, y su mediocridad subyugante que lo hacía con-descender hasta el ridículo.
La verdad levantó una ola de enconos, pero apenas si alcanzó su magnitud suprema, ésta descendió hasta casi desaparecer. Inexplicablemente las heridas emocionales desaparecieron; volvió la normalidad en los estados de ánimo. Brígido Pantaleón dejó de ser el tema interesante en los hogares y sitios de reunión. Y si antes se peleaban el derecho de estar aunque fuera unos minutos con él, ahora rehuían referirse a su persona. Muchos se soltaron diciendo que desde un principio habían notado su poca valía, ausencia de personalidad...
Era el último día del mes de mayo, y las chicharras habían aumentado su argüende.


(Mayo 31 de…)
—Como creo que es tiempo de que se vaya por donde vino.
—¿Así lo cree, don Nemorio?
—¿Me equivoco, señor Pantaleón?
—No, dijo el forastero con resignación.
—Pues oiga lo último que llego a pensar:

«Casi estoy seguro que Terensio no sabe que su madre y J. Concepción han regresado al pueblo de La Buenaventura. Y poco le ha de interesar, porque es malo; porque como usted ha de saber, tiene sangre de Barroso. Sangre de maldito; como la de su abuelo Sófocles que mató a su mujer, o como la de sus tíos que terminaron balaceándose. Por eso creo que donde esté Terensio, ha de es-tar perdido y olvidado como el descabezado que enterramos en la fosa común de este pueblo. Y pienso que aunque lleguen a encontrarlo, más vale que no lo traigan acá, para no perturbar esa tristeza que se le ha encaramado a J. Concepción, y tampoco interrumpir los susurros de Teresa Rumbo junto a la troje de su casa. Es mejor dejarlo allá, si lo encuentran, porque preferible es que la monotonía y los silencios se metan en nuestros jacales; como preferible es también que usted se vaya y no venga más, que no moleste más a la gente con su chocantería de estudiado; que no mortifique a doña Altagracia, a esa vieja tullida, que la deje con sus santos, rezos, y la soledad que llora por su Tranquilino.
«Y, ahora, como que me llamo Nemorio, me voy a callar, y no le voy a decir más. Así es que mejor se va yendo. ...Aléjese ¡Váyase!...»


Dondequiera que miro no veo otra
cosa que no sea reminiscencias de
la muerte
Ovidio

Nadie sabrá lo mío, porque de los muchos que fuimos, ahora sólo quedo yo. De ahí « que platiqué conmigo mismo en esta sole-dad. Ninguno sabrá que debería hacerme llamar por mi verdadero nombre, Ambrosio Ángeles, pero no sonaría cómo soy yo. Pancho Pacheco me agrada más. Lo de Ambrosio ha de quedar para cuando esté sosiego en mi terruño, si es que llego a descolgarme por allá, porque como andan las cosas, ¿quién puede asegurarme que en ningún día de estos me maten? Si hasta el propio Terensio me madrugó.

«¡Carajo! No sé por qué se le vino a ablandar el corazón, si era rete rejego. ¡Malo! Más bien era malísimo el hijueputa. Luego que lo columbré me di cuenta que así era. Cuando mis hombres lo descolgaron a riendazos de la totomoztlera en que estaba encaramado, el muy desgraciado no bajó la vista a sabiendas de que por menos de eso lo podía matar; por eso se los quité y ordené que se incorporara a nosotros; por eso con el tiempo hasta le di oportunidad de hacer su primer muertito, cosa que le agradó porque cuando de tronar cristianos se trataba se ponía contento, más por eso lo dejé junto a mí, porque tenía chispa y a mis muchachos les quitaba lo acalambrado a la hora de los fregadazos.

«Pero no sé qué le pasó allá junto al río, si sólo nos íbamos a divertir un rato con la muchacha aquella que estaba bañándose; pero él, luego se inconformó cuando llegamos a donde la tenían desnuda y bien sujeta los cuates Portillo; luego demostró su enojo cuando la besé y me le metí entre las piernas. Es que no era para despreciarse. Era hembra bonita como pocas hay. Yo ya no supe más de mis ganas que ten ía de saciarme en ella, hasta que desperté; que dizque me habían rajado la cabeza; que dizque fue Terensio a quien consideraba como hijo, que fue él quien me perjudicó con su machete. Lo supe porque me lo dijeron mis muchachos. Y lo lamenté mucho por él; porque imagínese, habérselo llevado trincado rumbo a La Tronconera. ¡No,no! De haber podido hacerlo yo lo hubiera defendido como lo hice cuando lo encontré por primera vez; pero se le ablandó el corazón y no le quiso entrar a la muchacha, y otra cosa prefirió; dicen que primero joderme y después matarla. ¡Vaya que sí fue desperdicio! Yo hasta pienso que enloqueció y por eso más lo siento; porque como dije: pude haberlo salvado de la furia de mis hombres de confianza; o por lo me-nos evitar que su cabeza fuera arrojada a la corriente del río que se la llevó a no sé donde; hasta pude haberme llevado su cuerpo para que no se quedara ahí incompleto. Pero ahora es tarde para eso. Lo peor de todo es que a nosotros nos entra un silencio que nos hace olvidar, y no sentir compasión. Ya que en este juego de la vida: ¡Uno más, qué más da! ¡Uno menos, también!»


Los muertos no tienen lágrimas y olvidan toda pesadumbre.
Eurípides
Dorotea. Obsesión, tal vez, pero aun así no Yo creo que no era amor lo que sentía porpodía permitir que se burlaran de ella.

Por eso, al mismo Pancho Pacheco le rajé la cabeza, y a ella la maté. Por eso dejé que me llevaran a La Tronconera. Por eso esa sensación de que estoy aquí y a la vez, como si no estuviera; como si mi cabeza rodara sin poderse detener en la corriente que arrastró el cuerpo desmanado de El Mocho. Por eso divago en esta soledad. Por eso mi incertidumbre y penar interminables, y esas voces que resuenan en mí: “Cipriano, hijo... Cipriano. ¿En dónde andas, criatura? Pero yo, aunque quisiera, no puedo contestar. Y eso, como les dije, me entristece.

Son las seis de la mañana. Ayer terminó mayo, y junio ha traído la lluvia. Hay movimiento inusitado en los jacales: los campesinos aprestan sus aperos y los fogones dejan escapar su sonido quemador, mientras que los niños juguetean chicatanas que desperdigadas quedaron junto a los hormigueros. Gotas de agua resbalan su cuerpo en las hojas lavadas de los árboles, y caen en la superficie preñada de primicias.
Todavía ayer se le vio transitar y su presencia motivó susurros. Hoy por la calle, en esa única calle de La Buenaventura, avanza como bulto móvil que se achica en la distancia. Poco a poco se aleja en la indiferencia, y diluye su figura. Sólo un par de ojos lo han estado mirando y no han perdido detalle de su partida.
Se va, y con él, decires y rumores que removieron escombros en la memoria. ¡Nunca la esperanza! Ella, la esperanza de existir, se queda en el corazón de los hombres, mujeres y niños. Una esperanza que sobrevive a los flujos de silencio y soledad, a la monotonía y abandono cíclico de pueblo viejo y olvidado.

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