jueves, octubre 12, 2006

EL JARRO.

(El Chincual)

Silvestre y Guadalupe habían salido muy temprano del pueblo para subir al cerro a localizar unas reses perdidas. Ya tenían caminando 7 u 8 horas a lomo de caballo.
No llevaban ni sus bules ni provisiones, ya que no pensaban que la búsqueda se tuviera que alargar tanto; tampoco había algún riachuelo o manantial cercano.

Para esas horas el hambre ya empezaba a arreciar y la sed hacía que ambos se relamieran los bigotes continuamente.

-Oye Chivete, ya tengo harta hambre y sed.
-Hmmmm, tan delicado, aguántate amigo.

Siguieron su búsqueda y después de dos horas más, Guadalupe escuchó a lo lejos los ladridos de unos perros y le dijo a su acompañante:

-O’i Chivete, pa’llá se oyen unos perros; debe de haber una ranchería o alguna casuchita; vamos a ver si nos dan agua.
-Pos ora.

Se guiaron por los ladridos y llegaron a un plan en donde había una pequeña casa de adobe de donde salía una pequeña nube de humo proveniente del fogón de la cocina; en el patio había un pozo de reata. Los perros les dieron la bienvenida asustando a los caballos. Llegaron hasta la tranca de la casa; en el patio jugueteaban dos niños que sacaban agua del pozo y se la arrojaban uno con el otro:

-Buenas tardes; oye guache ¿no’stá tu apá?- preguntó Chivete.

Uno de los niños corrió hasta la puerta de la casa y gritó:

-Amá, te buscan unos forasteros.

-Mira Chivete, se ve que ya está ardiendo el fogón de la cocina; de segurito nos van a ofrecer de comer- Dijo Lupe.

Salió la mamá de los niños limpiándose las manos con el mandil y acercándose hacia la tranca. A primera vista todo parecía estar bien. Lupe fijó su vista en la cara de la señora: era muy visible la deformidad de su rostro causada por el labio leporino.

-Muejnas tajdes senores ¿ En que lej puedo sejvil.
-Señito buenas tardes, mire ya llevamos mucho tiempo buscando unas reses y tenemos mucha sed, ¿No sería usted tan amable de regalarnos un jarro con agua?.
-Ji como no, con usto. Peo pajen, jiéntense, dejcansen.

La señora se metió a la casa; Silvestre y Gudalupe se bajaron de los caballos y se cubrieron con la sombra de un cirián.

-Mira Chivete, hay que decirle a la señora que nos dé un plato de frijoles y unas tortillas, y que se las pagaremos, yo ya tengo hartisisima hambre.
-Ari, bueno, tas bien loco Lupe; no ves cómo tiene la boca la señora; a lo mejor esa enfermedad se pega.
-Hmmmm…tan delicado que eres hombre.

En ese instante salió la señora de la casa con dos enormes tarros de agua.
-Gracias señito.

Guadalupe lo bebió con avidez mientras Silvestre tomó el jarro entre sus manos y dándole vuelta intentó beber del lado del asa, donde por lo menos –pensaba- que la mujer no colocaba su boca con frecuencia; y trataba así de evitar el contagio.
Guadalupe terminó el agua y le regresó el tarro a la señora, quien reía disimuladamente, como burlándose de ellos.

-¿Qué le pasa seño?- le preguntó Guadalupe.
-Nada. Jijijijijiji. Lo que paja eg que el señor bebe en el jarro igualitito que yo. por el mijmo lado.

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