(El Chincual)
La farra había comenzado desde temprano en “El Foco Rojo”, la única piquera del pueblo.
Cruz Agatón “El Negro” y José Pineda, mejor conocido por “La Bamba”, ya habían consumido gran cantidad de alcohol. No eran grandes amigos pero se volvieron entrañables en la farra de ese día.
-Carlota, ¿qué aquí en esta cantina no hay nada de bastimento? Ya el alcohol me sacó harta hambre y el tripaje me está rechine y rechine-gritó El Negro.
-No mi prietito; aquí lo único que hay es lo que ves: las muchachas, yo y vino- contestó una de las meretrices.
-No mi zanca; allá en mi querida costa, en todas las piqueras siempre hay algo qué comer.
-Eso será allá en tu tierra, pero aquí te aguantas mi negrito- contestó La Bamba.
Cruz “El Negro”, llamado así por el color de su piel, siempre vestía de ropa y mocasínes blancos. Había llegado, por azares del destino, a esas tierras calentanas proveniente de la Costa Chica del estado.
La Bamba era el clásico bromista de pueblo. Dicharachero y desparpajado, ya había hecho pasar malos ratos a muchos de sus conocidos, como consecuencia de bromas pesadas en extremo.
Ya entrada la noche:
-Oye zanca, ya vámonos, tengo muchísima hambre.
-Espérate amigo-replicó La Bamba mientras se espantaba los zancudos con el sombrero.
Después de dos horas de insistir, El Negro logró convencer a La Bamba de que se retiraran del lugar para poder comer algo. Pidieron la cuenta y se encaminaron hacia el centro del pueblo, ya que el congal estaba situado en uno de los extremos, allá por el campo de aviación.
Mientras caminaban tambaleándose por entre las primeras calles, José ya venia maquinando en su mente la siguiente broma a realizar y obviamente el destinatario era el inocente costeñito. Se sentaron en el pretil de la casa de doña Cholita a descansar.
-Fíjate negrito que se me está ocurriendo algo.
-¿Qué pasó zanquita?
-A mi también me están rechinando las tripas, y como que se me antojó un caldito de gallina, bien calientito.
-Ummm, buena idea mi chulo, pero ‘onde vamos a agarrar a estas horas quien nos haga de comer.
-Eso es lo de menos; podemos cocinarla en tu casa.
-¿Qué estás loco? Si ya tengo cuentas pendientes con mi mujer por haberme salido de la casa todo el día y de seguro la voy a encontrar hecha una fiera y tú todavía quieres que le diga que se ponga a cocinar. ¡Virgen santísima! Además yo no tengo gallinas en mi corral y ¿en dónde piensas tú que vamos a poder encontrar una a deshoras de la noche?
-Tú no tienes gallinas, pero ‘ora que me acuerdo doña Queta la pollera tiene hartas que se suben a dormir en el cascalote que está en el patio de su casa y sus ramas salen hasta la calle de atrás ¿Qué te parece si nos subimos al árbol y bajamos algunas?
-No zanca, estoy borracho pero no pendejo.
-Bueno mi negro, vamos a hacer una cosa: yo me subo por la gallina y luego se la llevamos a mi vieja. Ella sí se va a levantar a cocinarla.
El hambre era más fuerte que la decencia y La Bamba convenció al Negro de ir a conseguir la cena. Al llegar a la casa de doña Queta doblaron en la esquina y se situaron justo debajo del árbol que en esa temporada del año no tenía muchas hojas. Por tal motivo era muy fácil distinguir a las gallinas echaditas en sus ramas.
-Órale zanquita, súbete pues.
-Va pues.
La Bamba hizo el intento de quitarse los botines, pero siguió con su plan.
-¿Sabes una cosa? Se me hace que tú eres el que se va a subir negrito; yo estoy güero y con esta luna llena va a ser muy fácil que me vean las gallinas. Si te encueras con tu colorcito no te van a ver y no se van a asustar. Además tú ya tienes práctica subiéndote a las palmeras a cortar cocos; se te va a hacer muy fácil. Yo te echo aguas desde aquí.
-No más eso me faltaba, güero desabrido. ‘Ora me quieres agarrar de tu cuchito para que me suba al árbol.
-Bueno si no quieres, pus no, al fin que yo tengo frijoles en mi casa y me los voy a calentar, pero eso si, nomás alcanzan pa’ mí.
-No, no zanquita, pus ‘ai voy pa’rriba.
Se quitó la ropa, la dobló con mucho cuidado y la puso encima de un huizache. Con agilidad Cruz empezó a subir. A su paso las gallinas empezaron a despertar y a hacer escándalo.
-Ira zanca, voy a agarrar ésta.
-Aviéntamela; yo la capeo acá abajo-susurró José.
Cruz tomó por las patas una gallina rechoncha y la aventó por los aires.
-Ya me voy a bajar.
-No mi negrito, espérate; ya que estás arriba, aviéntame otra.
-¿Ésta?
-No, ésa está muy flaca.
-Entonces ésta
-No, tampoco; se ve que ya está vieja. Mira, en aquella rama de hasta arriba se alcanza a ver una grandota; se ve que va a hacer buen caldo.
-No, mi rey. Eso ya está muy alto.
-Ándale condenado, al fin ya estás trepado; jálale más pa’rriba.
Cruz subía hasta la última rama del árbol mientras La Bamba, con gallina en mano, agarró la ropa del ingenuo negrito y empezó a retirarse del árbol, acercándose poco a poco hasta la ventana del cuarto de doña Queta, que da a la calle, en donde dormía plácidamente con su esposo don Pánfilo, el matancero.
Cuando El Negro estaba en lo más alto del árbol:
-¡Doña Queta se están robando sus gallinas! ¡Apúrese!
Cual fue la sorpresa del pobre Cruz al oír el grito de su compañero de farra. Trató de empezar a bajar, pero en un instante salió doña Queta acompañada de don Pánfilo que iba armado de pavorosa Cuasclera que guardaba tras la puerta del cuarto, y de una lámpara de baterías. Apuntó el haz de luz de la lámpara hacia el árbol en donde sabia que dormían las aves y descubrió a Cruz, completamente desnudo, bajando con mucho trabajo por las ramas.
-Méndigo crestón, bájate de ahí.
Doña Queta miraba azorada aquella escena.
-¿Y tú que vez Quetita? Tápate los ojos.
Don Pánfilo apuntó su arma y disparó contra la figura obscura que descendía rápidamente. El disparo atinó muy cerca de Cruz e hizo pedazos a varias gallinas. En su desesperación El Negro brincó hacia el lado equivocado cayendo sobre una nopalera. Nunca más se supo de Cruz en el pueblo. Por cierto, que al siguiente día el médico del lugar atendió a La Bamba por dolor estomacal y vómito; el dictamen: indigestión, con síntomas de cacareo.
La farra había comenzado desde temprano en “El Foco Rojo”, la única piquera del pueblo.
Cruz Agatón “El Negro” y José Pineda, mejor conocido por “La Bamba”, ya habían consumido gran cantidad de alcohol. No eran grandes amigos pero se volvieron entrañables en la farra de ese día.
-Carlota, ¿qué aquí en esta cantina no hay nada de bastimento? Ya el alcohol me sacó harta hambre y el tripaje me está rechine y rechine-gritó El Negro.
-No mi prietito; aquí lo único que hay es lo que ves: las muchachas, yo y vino- contestó una de las meretrices.
-No mi zanca; allá en mi querida costa, en todas las piqueras siempre hay algo qué comer.
-Eso será allá en tu tierra, pero aquí te aguantas mi negrito- contestó La Bamba.
Cruz “El Negro”, llamado así por el color de su piel, siempre vestía de ropa y mocasínes blancos. Había llegado, por azares del destino, a esas tierras calentanas proveniente de la Costa Chica del estado.
La Bamba era el clásico bromista de pueblo. Dicharachero y desparpajado, ya había hecho pasar malos ratos a muchos de sus conocidos, como consecuencia de bromas pesadas en extremo.
Ya entrada la noche:
-Oye zanca, ya vámonos, tengo muchísima hambre.
-Espérate amigo-replicó La Bamba mientras se espantaba los zancudos con el sombrero.
Después de dos horas de insistir, El Negro logró convencer a La Bamba de que se retiraran del lugar para poder comer algo. Pidieron la cuenta y se encaminaron hacia el centro del pueblo, ya que el congal estaba situado en uno de los extremos, allá por el campo de aviación.
Mientras caminaban tambaleándose por entre las primeras calles, José ya venia maquinando en su mente la siguiente broma a realizar y obviamente el destinatario era el inocente costeñito. Se sentaron en el pretil de la casa de doña Cholita a descansar.
-Fíjate negrito que se me está ocurriendo algo.
-¿Qué pasó zanquita?
-A mi también me están rechinando las tripas, y como que se me antojó un caldito de gallina, bien calientito.
-Ummm, buena idea mi chulo, pero ‘onde vamos a agarrar a estas horas quien nos haga de comer.
-Eso es lo de menos; podemos cocinarla en tu casa.
-¿Qué estás loco? Si ya tengo cuentas pendientes con mi mujer por haberme salido de la casa todo el día y de seguro la voy a encontrar hecha una fiera y tú todavía quieres que le diga que se ponga a cocinar. ¡Virgen santísima! Además yo no tengo gallinas en mi corral y ¿en dónde piensas tú que vamos a poder encontrar una a deshoras de la noche?
-Tú no tienes gallinas, pero ‘ora que me acuerdo doña Queta la pollera tiene hartas que se suben a dormir en el cascalote que está en el patio de su casa y sus ramas salen hasta la calle de atrás ¿Qué te parece si nos subimos al árbol y bajamos algunas?
-No zanca, estoy borracho pero no pendejo.
-Bueno mi negro, vamos a hacer una cosa: yo me subo por la gallina y luego se la llevamos a mi vieja. Ella sí se va a levantar a cocinarla.
El hambre era más fuerte que la decencia y La Bamba convenció al Negro de ir a conseguir la cena. Al llegar a la casa de doña Queta doblaron en la esquina y se situaron justo debajo del árbol que en esa temporada del año no tenía muchas hojas. Por tal motivo era muy fácil distinguir a las gallinas echaditas en sus ramas.
-Órale zanquita, súbete pues.
-Va pues.
La Bamba hizo el intento de quitarse los botines, pero siguió con su plan.
-¿Sabes una cosa? Se me hace que tú eres el que se va a subir negrito; yo estoy güero y con esta luna llena va a ser muy fácil que me vean las gallinas. Si te encueras con tu colorcito no te van a ver y no se van a asustar. Además tú ya tienes práctica subiéndote a las palmeras a cortar cocos; se te va a hacer muy fácil. Yo te echo aguas desde aquí.
-No más eso me faltaba, güero desabrido. ‘Ora me quieres agarrar de tu cuchito para que me suba al árbol.
-Bueno si no quieres, pus no, al fin que yo tengo frijoles en mi casa y me los voy a calentar, pero eso si, nomás alcanzan pa’ mí.
-No, no zanquita, pus ‘ai voy pa’rriba.
Se quitó la ropa, la dobló con mucho cuidado y la puso encima de un huizache. Con agilidad Cruz empezó a subir. A su paso las gallinas empezaron a despertar y a hacer escándalo.
-Ira zanca, voy a agarrar ésta.
-Aviéntamela; yo la capeo acá abajo-susurró José.
Cruz tomó por las patas una gallina rechoncha y la aventó por los aires.
-Ya me voy a bajar.
-No mi negrito, espérate; ya que estás arriba, aviéntame otra.
-¿Ésta?
-No, ésa está muy flaca.
-Entonces ésta
-No, tampoco; se ve que ya está vieja. Mira, en aquella rama de hasta arriba se alcanza a ver una grandota; se ve que va a hacer buen caldo.
-No, mi rey. Eso ya está muy alto.
-Ándale condenado, al fin ya estás trepado; jálale más pa’rriba.
Cruz subía hasta la última rama del árbol mientras La Bamba, con gallina en mano, agarró la ropa del ingenuo negrito y empezó a retirarse del árbol, acercándose poco a poco hasta la ventana del cuarto de doña Queta, que da a la calle, en donde dormía plácidamente con su esposo don Pánfilo, el matancero.
Cuando El Negro estaba en lo más alto del árbol:
-¡Doña Queta se están robando sus gallinas! ¡Apúrese!
Cual fue la sorpresa del pobre Cruz al oír el grito de su compañero de farra. Trató de empezar a bajar, pero en un instante salió doña Queta acompañada de don Pánfilo que iba armado de pavorosa Cuasclera que guardaba tras la puerta del cuarto, y de una lámpara de baterías. Apuntó el haz de luz de la lámpara hacia el árbol en donde sabia que dormían las aves y descubrió a Cruz, completamente desnudo, bajando con mucho trabajo por las ramas.
-Méndigo crestón, bájate de ahí.
Doña Queta miraba azorada aquella escena.
-¿Y tú que vez Quetita? Tápate los ojos.
Don Pánfilo apuntó su arma y disparó contra la figura obscura que descendía rápidamente. El disparo atinó muy cerca de Cruz e hizo pedazos a varias gallinas. En su desesperación El Negro brincó hacia el lado equivocado cayendo sobre una nopalera. Nunca más se supo de Cruz en el pueblo. Por cierto, que al siguiente día el médico del lugar atendió a La Bamba por dolor estomacal y vómito; el dictamen: indigestión, con síntomas de cacareo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario