jueves, octubre 05, 2006

Concho Terencio (7a. parte)

(Mayo 27 de…)

Me llamo, Blandino, Blandino Massini; nadie me conoce por mi nombre. ... Aquí entre nos..., me dicen El Chupetas.
—Yo, Brígido Pantaleón.
—Ahora sí, que usted está para saberlo y yo para contárselo:
«Fue en la última huarapeta que se puso Homobono aquí en mi cantina cuando me contó todo el relajo que armó. No se aguantaba la risa el cabrón, ¡Cómo gozó! Cómo se carcajeó cuando me dijo todos los pormenores.
«Me contó que su compadre Emeterio Chacón le había dicho que comerciar por el rumbo de La Buenaventura era como andar en caballo de hacienda, y que luego se vino a pueblear con su recua cargada de chucherías. Que eran muchos años los que llevaba cambiando sus baratijas por ganado, por licor, por dinero, y hasta trapos corrientes por muchachitas que luego vendía a trinqueteros y caciques que hay por esta región. Que había habido de todo. Y que no se quejaba ‘porque de que los había los había...’ Con decirle que festejaba que lo hubieran llamado ‘heraldo celestial’. De eso, decía, que ya habían pasado muchos años.
«Recordaba que estaba medio borracho cuando Altagracia Guerra y otras nagudas enlutadas le habían entregado unos sobres, no sin antes echarle una perorata que no entendió. Dijo que tenía prisa, pues le urgía pasar por una muchachilla de El Pedernal que se iría con él, con el conque de que le conseguiría trabajo en la ciudad, pero que la mera verdad ya la tenía apalabrada con el sebudo de Atenógenes Simón, el cacique de La Tronadera, que buenos pesos le daría por ella.
«Mencionó que salió de Buenaventura, por lo alargado de la calle seguido de chamacos y el ladrerío de perros que asustaban a sus mulas. Que tomó el rumbo de la cañada, pero antes de llegar a la primera cuadrilla que está a la vera del arroyo Torcasitas una duda se apoderó de él. Se le vino a la memoria lo de ‘heraldo celestial’. Y como dicen que más mata una duda que el desengaño, luego sacó las cartas y las empezó a leer. Se enteró de lo que decían de Terensio: unas lo consideraban ‘angelito de Dios, hado, querubín, mensajero del Señor, médico nato, bendición para los enfermos, fruto de la Providencia…’; otras, en cambio lo comparaban con ‘hijo de lucifer, chaneque, zaragate maldito, anticristo…’ Y que mientras las primeras imploraban que lo bendijera el Santo Papa, las otras solicitaban castigo ejemplar por su malicia y actos herejes; pedían que se empezara por .exorcizarlo. Y, que él, se dijo para sus adentros: ‘Homobono, aquí está la centaviza’.
«Entre copa y copa que consumió, me contó que eran como las ocho de la noche cuando llegó a la casa de su compadre Emeterio, que vive en El Zauce, ahí a la vuelta del camino cerca de su ruta; que dizque tiene fama de vivaracho y tramposo, como mandado hacer para los trinquetes, y que luego le armó el negocio. Comentó que días después fueron vendiendo, cambiándole y haciéndole a todo por los puebluchos al tiempo que divulgaban la existencia de un Terensio que hasta entonces nadie había conocido. Y que, al grito de ‘santo o lucifer…’ sembraron la duda entre la bola de ignorantes de todos esos parajes. Y que fue hasta entonces que la gente ideó lo de niño prodigio, alborotándose al pensar que la región tendría su santo protector: De eso, como dijo él, ya había transcurrido mucho tiempo. Él no negó que de Terensio hayan obtenido buenas ganancias; pero también consideraba que lo elevaron a la popularidad, y que para esos días que me lo contó, según él, hasta le salía debiendo, porque antes ‘no era nadie’; no era más que un pobre chamaco como los muertos de hambre que hay por aquí en La Buenaventura; y que por eso iba a buscarlo y cobrarle lo que le debía; y que lo encontraría aunque tuviera que revolver las tierras de miseria por donde se decía que andaba; y que ya vería lo que le esperaba al Terensio cuando lo encontrara. Eso dijo,... pero de ello ya tiene mucho tiempo.»


(Mayo 28 de...)

«pero debe saber que, como que me llamo Yo no sé que se traerá usted entre manos,
Anacleta Benavides, la mera verdad es que curo a la gente pobre de estos lugares. Vienen a pedirme que lo haga y...
—¿Y siempre lo hace? ¿Los alivia?
—No, que va. ... Si puedo, bueno; y si no, ahí se van pensando que se aliviarán.
—¡Los engaña!
—No, no. Me dicen,... les digo;... me cuentan,... los atiendo. Les dedico mi tiempo. Fue así como conocí a Atenógenes Simón. Se sentó allí en don-de está usted. Se aplastó como sapo, y entre resoplidos empezó a decir:
«No está para saberlo, señora, pero debe saber que La Tronadera, tierras extensas de esta región, la heredé. Mi padre, que para muchos fue un maldito abusivo, trabajó duro para hacerse de ella.

«En su tiempo tuvo que fajarse los pantalones para apaciguar a la bola de indios que dizque se creían dueños. Lo de Tronadera se le quedó porque dicen que hubo muchos quebrados aquí, de esos que se alebrestan y no quieren entender quién manda y les trae progreso, de los que se le pusieron al brinco como si él hubiera estado maniatado.
«Ahora es menos necesario que en persona se enfrente uno a esas dificultades, más recomendable es conseguirse a alguien que lo haga por unos pesos, o hasta mejor sale aliarse con los peces gordos del poder y que sean ellos quienes se encarguen de hacerle a uno justicia. A mí me ha dado resultado al grado que dicen que estoy empautado con el diablo, y que por más que me busquen no me encuentran. ¡Cuál empautado! Al mero diablo lo mueven mis talegas, estas que traigo repletas de billetotes.
—¿Qué le motivó hablar así?
—Poquituras de cosas para medio dormir.
—¡Lo drogó!
—No, que va; de por si traía la lengua suelta; porque le siguió:


«Después que heredé, desde que mi padre estiró la pata, mi problema no ha sido con el dinero, ni el control de los desarrapados que hay por esta región, y menos la falta de compañía, porque de todo eso tengo. Mi problema es que no tengo descendencia; eso sí que me ha preocupado, al grado que he intentado remediarlo de muchas formas: cambiando esposa, visitando a los médicos de la ciudad, consultas a hierberos y brujos de la región, uso de concubinas alquiladas, y hasta he recurrido a la compra de inditas con la esperanza de preñar a una de ellas; pero nada ha resultado favorable.
—¡Eso lo traía!
—Que más, sino eso. Aunque quiso justificarse:

«Lo más significativo que hice para remediar mi carencia fue intentar raptar o comprar al chamaco que me recomendó el arriero Homobono, a Terensio, de aquí de Buenaventura, que dizque es carajo como de mi calaña, digno heredero de La Tronadera, alguien que conserve a como dé lugar lo que con tanto esfuerzo hemos adquirido, alguien como lo recomendó mi padre. Pero más que lograrlo; solamente llené el buche de un atajo de cabrones convenencieros que a la mera hora no me ayudaron y me dejaron sólo con J. Concepción, que no aceptó venderme al chamaco, como si no pudiera él otra vez preñar a su vieja Teresa.

—Ya para entonces, como se imagina usted, estaba enojado.
—¿Podría hacerlo?
—¡Vaya que sí! Era retebroncudo y vengativo, el desgraciado.

«Pero más que sea por pura venganza uno de estos días le voy a enviar mis muchachitos al güey de J. Concepción, siguió diciendo como merolico. Nomás para que vea que conmigo no se juega; y al Terensio que dice que anda huidizo, también le va a llegar su momento. Van a saber quién es el mero mero de La Tronadera, don Simoné, éste, su padre, amo y señor de la región ¡por si no lo sabían!... Desgraciados, muertos de hambre... Y si duda tiene de que lo que digo lo cumplo; pregúntele a Nicho, el que por mucho tiempo fue dizque autoridad, comisariado o como le quiera llamar, de Buenaventura; a él, a quien por mis puros calzones lo vinieron a quitar del puesto; a él, que se creía intocable. Pregúntele cómo le fue cuando mi compadre, el diputado Poblete Motines le mandó decir que tenía cinco minutos para entregar su chiquero de oficina o que se atuviera a las consecuencias institucionales; a él mero, que lo puse, lo sostuve por mucho tiempo y lo quité cuando quise, como que yo soy don Simoné, y represento a la democracia que necesitan estos desarrapados, piojosos de la fregada».
—Ahora me explico...
—¡Qué se va a explicar, qué! ... Si ustedes los ladinos saben de estos abusos y nomás los ven como normales y necesarios.
—No la agarre contra mi, doña.
—No, no es eso, mejor oiga, y no me interrumpa; oiga que el Simoné estaba encarrerado:
«O si lo prefiere —prosiguió— también le puede dar razón de cómo le fue a Petronilo, matraquero de mierda, el que más que expendio de abarrotes tiene una ‘Tienda de Raya’ que ha entrampado a cuanto jodido se ha acercado a pedir fiado; a él que hasta me vino a llorar cuando le corté los envíos de mercancías que le revendía, y porque de pronto los otros arrieros que le surtían
empezaron a ser asaltados, que dizque por forajidos; al mismo que no lo solté hasta que se comprometió a pagarme un porcentaje de sus ganancias a cambio de seguridad que le darían mis muchachos, los mismos que le habían causado desgracias; pregúntele si lo duda, ya verá que se lo dice. O al mero Fortunato, pregunte a ese desgraciado usurero que se quiso poner al tú por tú conmigo; maldito acaparador de cosechas que compra al tiempo cuando más muertos de hambre están los huarachudos del campo; a él, si, el muy gracejo que me mandó su recua cargada de cosechas producto de sus abusos; a él, que comedidito la mandó para que, como en otros años, se la comprara; a él, que le salió, como dicen, el tiro por la culata, porque no se la merqué; y más que eso, se la regresé y para su desgracia empezaron a aparecer tirados sus arrieros cuando intentaban vender en otros lados; a él, que sus males terminaron cuando vino a lambisconearme con la muchachilla aquella que me regaló, y a justificarse con el conque de que el día que me quise robar a Terensio, él , el muy hijueputa, no me había apoyado por miedo a los Barroso, a la tal Altagracia y no recuerdo a quién más; pero que, como dijo, en otra ocasión me apoyaría; en fin que, como me convenía, volvimos a los negocios: él, jodiendo a los jodidos, y yo, yo nada más apoyándolo para que las cosechas no se quedaran atoradas en este pueblo de Buenaventura y sus alrededores. Porque de no ser yo, quién si no yo, don Simoné que por la buena no hay quién me gane a buena gente; pero por las malas... Como se lo dije al propio Cornelio, por las malas todavía no ha nacido el que me gane a cabrón, y a hijo de la chingada.

—Como verá, se recreaba contando su vida de maldito.
—No era para menos, con tanto poder.
—Poder que se acaba, señor, se acaba…

«No me lo va a creer —reanudó su plática don Simoné—, pero siento bonito nomás de acordarme lo que les he hecho a estos tarugos: a Cornelio, el que dizque ganadero de Buenaventura, y a Paulino, el robavacas disfrazado devendechácharas, a ellos les endosé unos arribeños que de madrugada conseguían harta carne de descuartizaderos clandestinos, la misma carne que mi administrador hacía que llegara a las cámaras congeladoras de mi queridísimo compadre, El Comisionado de la Capirucha; un negocio fácil y seguro por unos cuantos pesos que repartíamos, negocio que de pronto se les había caído a ellos, y que por él hasta los andaban enchiquerando por sospechas de abigeato; cosa que paró cuando volvieron al redil y entendieron que más les valía estar conmigo y, desde luego, con el Comisionado que apaciguó la gendarmería que los perseguía.

«Por último, nomás por si la duda cabe, le puede preguntar a Melesio Mañas, a él mero, si es que lo encuentran; porque según sé, prefirió irse de La Buenaventura para no verse involucrado en la búsqueda que hacía la cuicada que había enviado, mi también compadre Armando Coroneles, cuando le platiqué que unos mariguaneros rondaban la región; y es que ya se me estaba poniendo broncudo el tal Melesio: quería pasarse de listo en lo del control de la yerba; por eso preferí que se fuera para darle oportunidad a otros con los que me podía entender sin complicaciones, y más para demostrar que, como dicen los que se dedican a ésta ‘no se mueve nada por estos lugares si no lo quiere don Simoné’. iYo! Aunque cuando me pongo a pensar en lo que me pasó cuando lo de Terensio, entonces se me calienta la sangre y, como lo he dicho, no está lejos el día que me las voy a cobrar juntas, nomás para que sepan quién soy...»

—Ya para entonces sudaba el viejo, y empezaba a recuperarse.
—Se aprovechó de las circunstancias, doñita.
—No sé qué me quiera decir, pero además de que quería que lo curara de un mal de hombre, yo hasta creo que deseaba que alguien lo escuchara; y yo, que me dijera sus intenciones hacia Terensio.
—Y vaya que lo logró, señora.
—Yo se lo cuento, por si le interesa. Que lo mío,... es como lo sabe usted...»



La idea del eterno retorno es misteriosa
y con ella Nietzsche dejó perplejos
a los demás filósofos: —pensar
que alguna vez haya de repetirse
todo tal y como lo hemos vivido
ya, y que incluso esa repetición
haya de repetirse hasta el infinito
¿Qué quiere decir ese mito
demencial
Milan Kundera
La Insoportable Levedad del Ser. p.7 RBA Editores
Barcelona, 1993.


Como ahora siento que estoy y no estoy,que soy y no soy; así había algo en mí cuando andaba alzado con los hombres de Pancho Pacheco; eso lo empecé a sentir cuando habían pasado como diez años al lado de él; sobre todo, después de atizarle a los plomazos, cuando me quedaba solo, cuando me apartaba de la boruca de los demás; entonces me venía el recuerdo de mi madre, de mi viejo y mi jacal, y aunque no tuve amigos, bien que tenía presente la algarabía de los chamacos y mis incursiones por los corrales, y de las casas ubicadas a los lados de esa única calle del pueblo; entonces sentía que algo de mí estaba aquí y que mi cuerpo se quedaba solo. Se había ido muriendo poco a poco esa indiferencia y desamor que en un principio me indujo a separarme de mis querencias.
«Por eso le empecé a meter en la cabeza de Pancho Pacheco la idea de que fuéramos por los alrededores de mi pueblo; pero él no quería, hasta que le platiqué de los viajeros que pasaban por el camino real, entonces se empezó a interesar, y más cuando supo lo de don Simoné, y aquello de la Dorotea. Entonces sí que nos descolgamos por mi rumbo.
«No sé quién gozaba más, Pancho Pacheco o yo, con el perjuicio que hacíamos, pero aquí dentro sentía que cada vez que nos despachábamos a un fulano era como calorcito que me enchicualaba la sangre, como si matar me tonificara. Y con eso de que nos cuidábamos mucho de aparentar lo que éramos, más emocionante resultaba; por que en el día éramos arrieros, campesinos, peregrinos que iban por los caminos; no así en la noche cuando atacábamos: nos salía a relucir la ladronería, lo incendiario, el instinto bestial, lo asesino. Ahora se los cuento porque ya no tiene chiste, ya ha pasado mucho tiempo; ya ni quién se acuerde de los matados, y menos de los destrozos que hicimos en las propiedades; como ninguno se interesó por el ladino aquel que se nos puso al brinco y entiesamos allá en la tranca del camino que conduce a Las Horconeras; ni las manos de El Mocho en la Loma Pelona que dizque le echó tram pa a Pacheco en la baraja, y que después de cortarle las manos su cuerpo se lo llevó el río. La pura indiferencia reinaba, si acaso la gente del pueblo armaba ruido cuando estaban recientes los hechos, después..., después les entraba como modorra que adormecía a todos; con decirles que los comerciantes que tronamos en el camino real, cerca de la huizachera, esos se quedaron inflados por muchos días hasta que otros arrieros les dieron sepultura. A nosotros nomás el dinerito nos interesó, y a los del pueblo, pues lo que quedaba de sus pertenencias.
«Todo iba bien, y como andábamos alzados en las cuevas, nadie sabía de nosotros porque para eso del despiste, para eso y más se pintaba solo el Pancho Pacheco. Pegábamos, y nos íbamos por un tiempo a otro lugar, luego veníamos, y como los zorros nos escurríamos, con decirle que hasta a Homobono le tocó en una de sus andadas; a ese yo lo pancié, no sé por qué pero luego que lo vi que venía con su recua, pedí que me lo dejaran. Tamaños ojotes peló cuando le metí el verduguillo, resopló, y allí se quedó; creo que no me reconoció, y eso sentí que le había quitado importancia a lo hecho. Hubiera deseado verlo acobardado, suplicante; pero no me dio ese gusto.
«Lo divertido estuvo cuando le caímos al empautado de don Simoné, ahí sí que se puso bueno: durante tres noches habíamos estado rondando su hacienda; agazapados medíamos distancias y se afinaban los detalles para el asalto; pero Pancho Pacheco y los demás se miraban indecisos muy a pesar de las chupadas de mariguana que daban; que dizque ten ían miedo a los chaneques del viejo. Yo por pura precaución, como siempre que entrábamos a los plomazos, repasaba: ‘Amén, de los siglos y de los siglos toda su descendencia de Abrahám, a nuestros padres que les habían prometido así, como su gran misericordia acordándose de él. Su siervo Israel exaltó...’ rezaba la mera Magnífica, pero al revés que me enseñó Altagracia, la mera para los casos difíciles. Si vieran que me sentía seguro con lo que pronunciaba; por eso le estuve insistiendo a Pacheco hasta que con un ‘hijoeputa el que se raje’ indicó que lo siguiéramos; abandonamos el escondite que ya apestaba a petate quemado. Nos fuimos cada quien por donde debía. Queríamos los pesos y las alhajas, y yo deseaba algo más por aquello que le había gritado a mis padres y a los del pueblo; pero no se me cumplió el gusto porque cuando mi jefe y yo entramos con sigilo a la recámara principal de la casona, don Simoné estaba encaramado como caguamo en las nalgas de una de sus sirvientas; resoplaba, el viejo; pero más resopló cuando lo sorprendió el grito de Pacheco: ¡viejo marrano! Nomás se recargó a un lado y en un sólo estirón se quedó con los ojos desorbitados; se ‘peló’ el cabrón... Lo demás fue fácil, ahí mismo se quedó la mujer, para que no dijera nada, chinqueteada sobre la almohada. Afuera los perros ladraban, lloraban las mujeres y los guardianes y peones pedían que no los mataran. Siete hombres cargaron morrales con dinero, y por si era verdad lo de los chaneques, la agarramos contra los botellones llenos de mezcal hasta que quedó inundado el cuarto y sin uno solo de ellos entero. La huida fue rápida, y de ahí a los escondites. Íbamos contentos, pero no sé por qué, a partir de entonces cayó como chahuiztle sobre nosotros: a cada rato se liaban a golpes los hombres de Pacheco, y una inquietud se apoderó de todos; por eso una tarde nos fuimos acercando a las orillas de mi pueblo, ellos con ganas de ver a otra gente; yo, con deseos de meterme en la troje de mi padre, y estar entre mis querencias. Por eso nos fuimos acercando hasta llegar al río; fue así como sin proponérnoslo llegamos junto a la Dorotea que se bañaba en la poza que está en un recodo de la corriente; fue así que la quise defender; fue así, . . .fue así ... que pasó todo aquello.»

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