Consciente de su entorno, lejos estaba la imagen de un Nemorio ninguneado por el forastero Brígido Pantaleón. El viejo sabía su cuento: se divertía en aquel trato convencional. Aparecía en ocasiones como introvertido o parco; displicente o parlanchín; benévolo o sanguinario verbal. Y aunque había constatado el poder de adaptación que tenía su huésped, y la audacia e inteligencia que le caracterizaban, jugaba con él; dejaba que fuera hasta donde no lo comprometiera, lo atraía o rechazaba a su antojo, y a veces se dejaba llevar como niño interesado en el juego de su interlocutor; pero, sin perder el timonel. Muchas veces se le escuchó murmurar: “estos arribeños, ¡como joden con sus desplantes! Siempre pensando que vienen a descubrirnos”. Por el momento, el forastero le ayudaba a llenar sus horas de soledad; se había olvidado por momentos de su aislamiento voluntario, de aquella su viudez que había conservado después de cincuenta y siete años de casado con “La Mechita”, su mujer, y del abandono de hijos que se fueron renegando de la tierra que les negaba sustento y seguridad; se le habían escondido sus contrariedades con los Barroso, y enojos con aquellos que le arrebataron sus propiedades. Por eso ahora en parte estaba contento con aquel estado de cosas que sin pensarlas mucho se daban en él; por eso se divertía, dentro de un marco prudente; porque como le había dicho a Pantaleón: “Tenga cuidado, licenciado, mucho cuidado con lo que hace, porque usted se irá un día, y yo me quedaré con esta gente, con mi vejez y la soledad que me han dejado mis difuntos; con ellos, que me tienen atado a esta tierra de La Buenaventura”.
(Mayo 15 de...)
Seguro piensa, como me dijo el otro día, que los míos son puros cuentos. —iQué va! ... yo pienso... —habló por hablar Pantaleón.
—¡Piense lo que quiera! —el viejo se notaba de mal humor.
—Cálmese don Nemorio, cálmese. ¿Pues qué le dieron tan temprano?
—¡Otra cosa sería si me hubieran dado!
—¡Ah, ya caigo! ...usted...
—…¡Y Ahora escuche!
«El lío del tipo aquel de La Tronadera, ese, ese si que fue otra cosa. También, gracias a los chismes de Homobono el arriero, desde allá de Los Abajales se dejó venir Atenógenes Simón, don Simoné, como le llamaban sus allegados. Entró por el lado de las trancas como a las doce de un día domingo. Luego mandó llamar a don Nicho, el comisariado; a Petronilo, el tendero; a Fortunato, el acaparador y usurero; a Cornelio, el ganadero; Paulino, el robavacas; y también a Melesio, el contrabandista; y, a otros que gozaban de algún prestigio, o para mejor decir, de desprestigio en el pueblo. A mí luego me caló su actitud porque llegó ladino, gracejo el malvado, y hasta dicharachero intentando aparentar amistad, cuando bien sabido era que el muy desgraciado ni con su madre la había tenido. Mandó que sacaran de un baúl, que traía en una carreta, muchas botellas y unos trapos que, pregonó con ostentación, serían para regalarlos a sus amigos de Buenaventura. La gente que conocía su fama de maldito, de pronto se acercó con recelo y hasta con un cierto repudio disimulado; pero, sería por la necesidad, el temor o porque sencillamente estaba harta del aburrimiento, se acercó, comió y bebió lo que les ofreció Simoné.
«Algunos pobres, hasta de las afrentas que de él habían recibido se olvidaron, y envilecidos por los efectos del alcohol se arrimaron. Se les vio mansos, sumisos, serviles; mientras él, socarronamente se recreaba en su soberbia; le afloraba su verdadera estampa.
«Ya avanzada la noche flotaron en el ambiente matices de emancipación; se amordazaron los miedos, y al amparo de la obscuridad se susurraron decires en torno a la vida del cacique Atenógenes Simón: algunos lo describían como benefactor, dador de todo lo que se deseaba, gestor de los desprotegidos; el “bienparado” con las autoridades de la Capital y los peces gordos de la política; apaciguador de querellas, y no faltó quien lo considerara hombre necesario para el progreso de la región, y más ... En cambio para la mayoría, no era más que un desgraciado vividor, miserable usurero, fustigador de los humildes; político chicharronero, lambiscón; buscapleitos, abusador de los desprotegidos; degenerado y libidinoso; hijueputa podrido y toda una sarta de calificativos que le reconocían como ciertos. Hasta se llegaron a contar versiones de lo que supuestamente escondía en un cuarto oscuro de su hacienda. Se afirmaba que era uno o más los chaneques que guardaba en botellones mezcaleros; que esos chaneques eran duendes que le daban suerte en los negocios que emprendía, y que además eran la causa de que tuviera mucho ganado, tierras, alhajas y dinero para comprar lo que él quisiera. Que se había hecho de ellos haciéndola él, de gallina, metiéndose veintiún días en los sobacos, huevos de gallo, esos pequeños como de tórtola que ponen las gallinas, hasta que aparecieron los que dizque son como hombres muy chiquitos y que lo protegían. Y que por eso no le pasaba nada al viejo maldito; pero que, para su desgracia, no podía tener hijos ni disfrutar, como a él le hubiera gustado, su riqueza. ¡Decires de borrachos!, ocurrencias de agradecidos o malagradecidos; realidades o cuentos. ¡Vaya usted a saber! Lo cierto es que la gente se desahogaba de esa manera.
«Transcurrieron las horas de la madrugada y poco a poco se apaciguaron los ruidos de los impertinentes. Amaneció, y los que habían estado en la convivencia, además de la “cruda” tenían estados de ánimo encontrados; y, más crecieron éstos cuando se enteraron que Atenógenes Simón se había apalabrado con J. Concepción. Los pormenores se supieron: don Simoné, desde que llegó al pueblo de Buenaventura, le había mandado recados para que fuera a la fiesta que sus achichincles le organizaron que dizque de bienvenida. Toda la noche estuvo el mitote, y también el ir y venir de mandaderos con mensajes y regalos que él regresó sin tan sólo enterarse de lo que pudieran decir o ser. ¡Ni falta hacía! A la mañana siguiente se enteraría por boca del mero Atenógenes Simón:
—Yo soy hombre de negocios y de carácter —gritó a un J. Concepción desconcertado— porque lo que me propongo hacer lo ejecuto a como dé lugar. ¡Tú me conoces! ¿Verdad?
—Sí —se escuchó como respuesta escondida.
—Conoces que soy bueno. ¡Pero también sabes que soy hijo de la chichuria cuando se me sube lo Simoné!
—Sí, digo, no.
—Pero dejémonos de rodeos, ¿Qué te parece?
—Usted dirá, don Simoné.
—¡Así me gusta! La cosa es sencilla: quiero que me vendas a Cipriano. ¡Porque creo que has de querer lo mejor para él. ¿O no es así?
—Sí, claro que sí.
—Porque considerando lo que ganas de tarecuero, apenas si te ajusta para tenerlo a medio tragar, ¿o me equivoco?
—No, pues sí.
—Luego entonces no te queda más que vendérmelo o dármelo.
—Pues…, sí, pero no.
—¡Cómo fregados no! A don Simoné nadie le dice que no. ¿Lo sabes?
—Sí.
—Entonces, ¡Carajo!
—Sí, pero no. ¡No se llevará a Cipriano!
«Atenógenes luego se enojó y empezó a aventar madres a todos. Pero no le quedó más que emprender la retirada ante un J. Concepción firme. Se fue el viejo ombligón. Había llegado haciendo barullo y con barullo se fue de Buenaventura. Iba que reventaba de coraje. Nomás lo hubiera visto parecía sapo esponjado, prieto e inflado con los ojos como si se le fueran a salir. Así sucedió, ... así.
«Y ahora, más vale que se vaya por ahí con su preguntadera de vieja curiosa; hágalo para su conveniencia, que yo, a decir verdad, no recuerdo gran cosa al respecto que no le haya chismeado.»
La imagen de Brigido Pantaleón, creció. No era la del forastero que entró solo por esa larga calle de La Buenaventura, menos la del achicado recién llegado frente a la casa de don Nemorio. Era, en ese entorno, todo un personaje. En su “despacho”, como él lo llamaba (cuatro horcones que sostenían un techo de zacate, y dos sillas hechas de palo y zoyate). ¡Qué de cosas se dijeron y escucharon! Las mismas que el casero Nemorio oyó desde su escondrijo ubicado atrás de un bajareque.
Tres días con el mayor tiempo de sus noches no fueron suficientes para las entrevistas que tuvo con los aspirantes a participar en el supuesto proyecto. Enterados estuvieron de las intimidades familiares en cada hogar buenaventurense, sin escapar las actitudes virtuosas, triquiñuelas y demás enredos; supieron de anhelos, amores y desamores; lealtades, infidelidades y pasiones desbordantes. Mas, como viera el forastero que quienes más le interesaban no acudían a él, urdió un plan para acercarse a ellos.
Del Lic. BRIGIDO PANTALEON BRUGUEDA EJECUTIVO DE A.C.C.
Para la Sra. Teresa Rumbo de Terrero, a quien suplica encarecidamente le conceda una entrevista para incluirla como viable prospecta digna de considerarse en el proyecto que le redituaría ocupación inmediata en la ciudad.
Con el mismo texto, pero distintos destinatarios, salieron de sus manos otras tarjetas. Las respuestas no se hicieron esperar. Imperó la argucia sobre la ingenuidad,... Llegaron o permitieron que fuera hasta ellos: Teresa Rumbo, Casimiro Barroso, Concepción Terrero, Altagracia Guerra, Blandino Massini; hasta Anacleta Benavides se hizo presente.
(Mayo 18 de...)
Por qué habría de contárselo? —dijo con indignación Teresa Rumbo.
—Digamos que porque se lo pido.
—Lo dice como si no se diera cuenta que son cosas íntimas. ¡Cosas de mujer!
—Ni quien dude que es verdad. Como que también nadie lo sabrá —afirmó Brígido Pantaleón.
—¡Qué más da! Aquí lo sabe todo el pueblo. A su modo, pero lo sabe —expresó ella.
—Vea pues, como contarme su verdad tiene ventaja.
—Sea por eso, y porque siento ganas de sacarla de mí. Ojalá que así me alivien el alma. ¡Sea por eso!
«Verá, don usted, desde que era apenas una chamaca mi madre y parientes que vivían con nosotros convinieron que me casaría con J. Concepción Terrero, un muchacho de aquí, y aunque conocía a mi prometido, al principio me molestó ese compromiso porque nadie me preguntó si lo quería. Con el paso del tiempo llegó a mí la conformidad y hasta tuve preferencia por lo acordado para no quedar expuesta a que me vendieran a un extraño como había acontecido con mi hermana mayor. Desde entonces no permití que otro casamentero se me arrimara. Un día J. Concepción se me acercó y me dijo que me quería, y que por eso se iría a la ciudad para juntar lo necesario para el casorio. No recuerdo qué dije, lo cierto es que anocheció en Buenaventura y ya no se le vio al siguiente día. Su padre lo buscó. Se había ido, y la mera verdad, yo me hubiera ido con él para salir de este pueblo; pero ni tiempo me dio para que se lo propusiera; tampoco le dije lo de Casimiro Barroso, y creo que hice mal en ocultárselo, porque si se lo hubiera dicho tal vez se hubiese quedado, y con él aquí muchas cosas se habrían evitado.
«Pienso que ya estaba escrito que así sucediera. José Concepción se fue, y con el tiempo, aunque todos me sabían “dada”, el Casimiro incrementó su acoso: no me dejaba en paz; terco me seguía con su gracejería y galanteo de “muchacho bien”. No sé a partir de cuándo, empecé a sentir que la sangre me hervía cada vez que me miraba o se dirigía a mi con esa voz que me hacía eco en los oídos y se me introducía en el alma; al principio contra mi intención, porque si bien era cierto que a J. Concepción no lo quería, también lo era que había un compromiso que mis familiares y su padre habían establecido; pero después como quien no quiere la cosa, se me fueron quedando su forma de andar, la galanura de sus ojos y esa forma que tenía para decirme que me quería cuando pasaba escurridizo junto a mí.
«Pasó un año, y los meses se fueron yendo. Al principio todos los días estaba pendiente de quiénes llegaban por el rumbo de La Tronconera; pero después poco a poco fui perdiendo el interés por lo que pudiera aparecer en él; mis ojos ya no volteaban hacia ese camino, ya no suspiraba, ni me atosigaba la ausencia de mi prometido; en cambio, no obstante que estaban terminados mis trapos para el casorio y había memorizado los rezos para cuando los pidiera el cura, la sangre se me alborotaba con sólo acordarme de Casimiro Barroso. Seguro que lo notó mi madre porque to-dos los días me obligó a beber un hervitorio que dizque servía para rebajar los calores; noté que al anochecer se iba escurridiza a la cocina en don-de entre rezos se le veía azotar, con un paliacate que me había dejado mi prometido; el metate, que yo utilizaba; después me enteré que era para atraer a J. Concepción. ¡Cosas de superstición! ¡Cosas de señoras!
Habían transcurrido más de tres años desde aquel día que yo también me había querido ir por ese camino que a muchos se había tragado, ya para entonces sentía que mis senos se erguían briosos al sólo roce de la tela que los cubría y me invadían cosquilleos en el cuerpo, ansiedades ajenas a mi voluntad que en las noches naufragaban en lo bajo y blando de mi vientre con sólo imaginarme lo que estuviera haciendo a esas horas en mi cama si ya hubiera estado casada, como algunas de mis amigas.
«Recuerdo que esa inquietud se apoderó de mí por los meses de la primavera; viene a mi memoria por esos trajineos que había en Buenaventura porque estaba reciente lo de los matados, que involucraba a los Barroso cuando dos de ellos, hermanos, se habían balaceado. Y, más lo recuerdo porque Altagracia Guerra amaneció como novia en la casa de Tranquilino que repentinamente le había dado por galantearla. Al siguiente día, en el atardecer, cuando aún estaban frescos los comentarios en torno a ella y lo que había tenido que hacer para que no se quedara a vestir santos, me fui al río por el recodo destinado a las mujeres; ahí me desvestí y confiada empecé a lavar mi cuerpo. Fue cuando sorpresivamente apareció Casimiro con su labia diciéndome que me quería para su mujer de toda la vida, que me amaba mucho, que no podía vivir sin mí, que era la mujer más hermosa que había conocido, que yo... que... no sé qué tanto dijo que no entendí con claridad por mi condición de mujer desnuda e indefensa. Fue cuando por primera vez me agarró con esas manos que tenían algo como lumbre que encendían lo que tocaban; fue cuando se me acercó poco a poco y otra vez sentí ese cosquilleo, y me olvidé de mis trapos de “pedida” y de los rezos de mi madre; porque aunque no creyera lo que me decía, él sentía que mi cuerpo se quería acercar al suyo, y que mi calor se parecía al que él traía y que lo quería dentro de mí con unas ganas que hasta la vergüenza se me hizo perdediza.
«Fue así como me pasó aquello con él; fue así que se me pegó a la piel su olor de macho, el mismo que transpiraba mi cuerpo y que me obligaba a ir adonde se encontrara; fue así que un día me enteré que ya no me “bajaba la luna”. Lo demás fue muy incómodo para mí; sobre todo cuando se enteró que esperaba un hijo suyo; luego se hizo el enojado y le brotó la sangre de maldito que lleva en sus entrañas. Hasta parece que lo estoy viendo parado junto al petate donde apenas unos minutos antes nos habíamos revolcado. Estaba muy cambiado de cómo lo conocí; ya no había galanuras en él, ni miradas cariñosas, menos palabras como las que utilizó para metérseme allá en el recodo del río. Me gritó:
—“¡Túmbate esa fregadera que dices que llevas! ¡Sácatela porque ni creas que la voy a reconocer!”
«Me echó en cara muchas cosas que hicieron sentirme ingenua, tonta... No le respondí. Me puse de pie y erguida me dispuse a cubrir mi cuerpo, este cuerpo cuya desnudez no vería jamás. Después salí dispuesta a refugiarme en mi sole-dad. A nadie le dije lo que me pasaba, pero todos se enteraron, mi madre también; pero como dijo ella, con esa familia de malditos que tenía, ni para reclamarle, prefirió desahogarse pegándome hasta cansarse; fue entonces cuando sí lloré, pero no porque me doliera, sino por su incomprensión, por su falta de apoyo.
«En la mañana de un día del mes de agosto cuando arrecian los aguaceros, Concepción llegó al pueblo. Lejos de alegrarme, entristecí y me arrinconé más en mi soledad. Ahí estuve hasta que una noche, con el permiso de mi madre, se presentó él ante mí y me dijo:
—“Aquí tienes el vestido blanco que te merqué para nuestra boda”.
«No dio tiempo que le dijera lo de Casimiro Barroso, porque quiso que al siguiente día nos casara el comisario, y que cuando viniera el cura arreglara lo necesario en la capilla.
«Así sucedió. No hablamos nunca de lo que aconteció en su ausencia; jamás me permitió que me desahogara, más que eso, me procuró y también a mi chamaco cuando nació, al que quiso como si él me hubiera preñado. Pero mire cómo son las cosas, yo hubiera preferido que permitiera contarle todo, y que me reprendiera, porque aquello que no le he dicho lo he traído como remordimiento, y hasta llego a pensar que las tristezas que me han fustigado, sobre todo por el fallecimiento de mis otros hijos y las andanzas de Cipriano, son parte de mi castigo, si es que se puede considerar que fue toda la culpa mía, porque habría que reconocer que la soledad desquicia, y más cuando se tiene diecinueve años y la sangre fluye con ansias de vivir. Pero aquello ha pasado; ahora sólo me queda rezar y, de vez en cuando, hablar junto a esta troje que me trae tantos recuerdos.
«Ahora que, la mera verdad, aunque haya pasado el tiempo, no puedo negar que lo que sentí, con Casimiro Barroso jamás lo sentí con J. Concepción, y no fue porque me negara a ello, sino porque así se dieron las cosas. Con él fue distinto. Una noche que mi marido no estaba conmigo, cuando más dormida me encontraba, sentí un aliento que luego me inquietó; me invadió ese olor que lo delataba, y ese calor que siempre cargaba en el cuerpo, y esa forma de pegarse que no deja oportunidad para apartarse de su lado; y esa forma de meterse que quisiera una tenerlo ahí con su calentura, su manoseo, y sus cosas que dice mientras besa la piel. Y, luego con sus temblores y gritos que hace que se confundan con los de una; sus brusquedades y suavidades que hacen que también una se meta en él, por así decirlo, y no se quiera salir jamás como para descubrir lo que tiene adentro y quedarse derretida en su sangre de macho. Cuando más emocionada estaba como próxima a la locura que me ahogaba pero que me gustaba, me lastimaba pero deseaba, cuando así estaba, un grito escapó de mi boca: ... ¡Soñaba! Mas como si así no fuera, dejé que mi cuerpo prosiguiera en su alborotamiento que naufragó en torrentes que me humedecieron de felicidad.
«Fue la última vez que soñé con Casimiro Barroso; mi embarazo me apartó de él, también la comprensión de J. Concepción. Me sobrevino una indiferencia total por lo que me había pasado y por lo que sucedía alrededor de mí.»
(Mayo 15 de...)
Seguro piensa, como me dijo el otro día, que los míos son puros cuentos. —iQué va! ... yo pienso... —habló por hablar Pantaleón.
—¡Piense lo que quiera! —el viejo se notaba de mal humor.
—Cálmese don Nemorio, cálmese. ¿Pues qué le dieron tan temprano?
—¡Otra cosa sería si me hubieran dado!
—¡Ah, ya caigo! ...usted...
—…¡Y Ahora escuche!
«El lío del tipo aquel de La Tronadera, ese, ese si que fue otra cosa. También, gracias a los chismes de Homobono el arriero, desde allá de Los Abajales se dejó venir Atenógenes Simón, don Simoné, como le llamaban sus allegados. Entró por el lado de las trancas como a las doce de un día domingo. Luego mandó llamar a don Nicho, el comisariado; a Petronilo, el tendero; a Fortunato, el acaparador y usurero; a Cornelio, el ganadero; Paulino, el robavacas; y también a Melesio, el contrabandista; y, a otros que gozaban de algún prestigio, o para mejor decir, de desprestigio en el pueblo. A mí luego me caló su actitud porque llegó ladino, gracejo el malvado, y hasta dicharachero intentando aparentar amistad, cuando bien sabido era que el muy desgraciado ni con su madre la había tenido. Mandó que sacaran de un baúl, que traía en una carreta, muchas botellas y unos trapos que, pregonó con ostentación, serían para regalarlos a sus amigos de Buenaventura. La gente que conocía su fama de maldito, de pronto se acercó con recelo y hasta con un cierto repudio disimulado; pero, sería por la necesidad, el temor o porque sencillamente estaba harta del aburrimiento, se acercó, comió y bebió lo que les ofreció Simoné.
«Algunos pobres, hasta de las afrentas que de él habían recibido se olvidaron, y envilecidos por los efectos del alcohol se arrimaron. Se les vio mansos, sumisos, serviles; mientras él, socarronamente se recreaba en su soberbia; le afloraba su verdadera estampa.
«Ya avanzada la noche flotaron en el ambiente matices de emancipación; se amordazaron los miedos, y al amparo de la obscuridad se susurraron decires en torno a la vida del cacique Atenógenes Simón: algunos lo describían como benefactor, dador de todo lo que se deseaba, gestor de los desprotegidos; el “bienparado” con las autoridades de la Capital y los peces gordos de la política; apaciguador de querellas, y no faltó quien lo considerara hombre necesario para el progreso de la región, y más ... En cambio para la mayoría, no era más que un desgraciado vividor, miserable usurero, fustigador de los humildes; político chicharronero, lambiscón; buscapleitos, abusador de los desprotegidos; degenerado y libidinoso; hijueputa podrido y toda una sarta de calificativos que le reconocían como ciertos. Hasta se llegaron a contar versiones de lo que supuestamente escondía en un cuarto oscuro de su hacienda. Se afirmaba que era uno o más los chaneques que guardaba en botellones mezcaleros; que esos chaneques eran duendes que le daban suerte en los negocios que emprendía, y que además eran la causa de que tuviera mucho ganado, tierras, alhajas y dinero para comprar lo que él quisiera. Que se había hecho de ellos haciéndola él, de gallina, metiéndose veintiún días en los sobacos, huevos de gallo, esos pequeños como de tórtola que ponen las gallinas, hasta que aparecieron los que dizque son como hombres muy chiquitos y que lo protegían. Y que por eso no le pasaba nada al viejo maldito; pero que, para su desgracia, no podía tener hijos ni disfrutar, como a él le hubiera gustado, su riqueza. ¡Decires de borrachos!, ocurrencias de agradecidos o malagradecidos; realidades o cuentos. ¡Vaya usted a saber! Lo cierto es que la gente se desahogaba de esa manera.
«Transcurrieron las horas de la madrugada y poco a poco se apaciguaron los ruidos de los impertinentes. Amaneció, y los que habían estado en la convivencia, además de la “cruda” tenían estados de ánimo encontrados; y, más crecieron éstos cuando se enteraron que Atenógenes Simón se había apalabrado con J. Concepción. Los pormenores se supieron: don Simoné, desde que llegó al pueblo de Buenaventura, le había mandado recados para que fuera a la fiesta que sus achichincles le organizaron que dizque de bienvenida. Toda la noche estuvo el mitote, y también el ir y venir de mandaderos con mensajes y regalos que él regresó sin tan sólo enterarse de lo que pudieran decir o ser. ¡Ni falta hacía! A la mañana siguiente se enteraría por boca del mero Atenógenes Simón:
—Yo soy hombre de negocios y de carácter —gritó a un J. Concepción desconcertado— porque lo que me propongo hacer lo ejecuto a como dé lugar. ¡Tú me conoces! ¿Verdad?
—Sí —se escuchó como respuesta escondida.
—Conoces que soy bueno. ¡Pero también sabes que soy hijo de la chichuria cuando se me sube lo Simoné!
—Sí, digo, no.
—Pero dejémonos de rodeos, ¿Qué te parece?
—Usted dirá, don Simoné.
—¡Así me gusta! La cosa es sencilla: quiero que me vendas a Cipriano. ¡Porque creo que has de querer lo mejor para él. ¿O no es así?
—Sí, claro que sí.
—Porque considerando lo que ganas de tarecuero, apenas si te ajusta para tenerlo a medio tragar, ¿o me equivoco?
—No, pues sí.
—Luego entonces no te queda más que vendérmelo o dármelo.
—Pues…, sí, pero no.
—¡Cómo fregados no! A don Simoné nadie le dice que no. ¿Lo sabes?
—Sí.
—Entonces, ¡Carajo!
—Sí, pero no. ¡No se llevará a Cipriano!
«Atenógenes luego se enojó y empezó a aventar madres a todos. Pero no le quedó más que emprender la retirada ante un J. Concepción firme. Se fue el viejo ombligón. Había llegado haciendo barullo y con barullo se fue de Buenaventura. Iba que reventaba de coraje. Nomás lo hubiera visto parecía sapo esponjado, prieto e inflado con los ojos como si se le fueran a salir. Así sucedió, ... así.
«Y ahora, más vale que se vaya por ahí con su preguntadera de vieja curiosa; hágalo para su conveniencia, que yo, a decir verdad, no recuerdo gran cosa al respecto que no le haya chismeado.»
La imagen de Brigido Pantaleón, creció. No era la del forastero que entró solo por esa larga calle de La Buenaventura, menos la del achicado recién llegado frente a la casa de don Nemorio. Era, en ese entorno, todo un personaje. En su “despacho”, como él lo llamaba (cuatro horcones que sostenían un techo de zacate, y dos sillas hechas de palo y zoyate). ¡Qué de cosas se dijeron y escucharon! Las mismas que el casero Nemorio oyó desde su escondrijo ubicado atrás de un bajareque.
Tres días con el mayor tiempo de sus noches no fueron suficientes para las entrevistas que tuvo con los aspirantes a participar en el supuesto proyecto. Enterados estuvieron de las intimidades familiares en cada hogar buenaventurense, sin escapar las actitudes virtuosas, triquiñuelas y demás enredos; supieron de anhelos, amores y desamores; lealtades, infidelidades y pasiones desbordantes. Mas, como viera el forastero que quienes más le interesaban no acudían a él, urdió un plan para acercarse a ellos.
Del Lic. BRIGIDO PANTALEON BRUGUEDA EJECUTIVO DE A.C.C.
Para la Sra. Teresa Rumbo de Terrero, a quien suplica encarecidamente le conceda una entrevista para incluirla como viable prospecta digna de considerarse en el proyecto que le redituaría ocupación inmediata en la ciudad.
Con el mismo texto, pero distintos destinatarios, salieron de sus manos otras tarjetas. Las respuestas no se hicieron esperar. Imperó la argucia sobre la ingenuidad,... Llegaron o permitieron que fuera hasta ellos: Teresa Rumbo, Casimiro Barroso, Concepción Terrero, Altagracia Guerra, Blandino Massini; hasta Anacleta Benavides se hizo presente.
(Mayo 18 de...)
Por qué habría de contárselo? —dijo con indignación Teresa Rumbo.
—Digamos que porque se lo pido.
—Lo dice como si no se diera cuenta que son cosas íntimas. ¡Cosas de mujer!
—Ni quien dude que es verdad. Como que también nadie lo sabrá —afirmó Brígido Pantaleón.
—¡Qué más da! Aquí lo sabe todo el pueblo. A su modo, pero lo sabe —expresó ella.
—Vea pues, como contarme su verdad tiene ventaja.
—Sea por eso, y porque siento ganas de sacarla de mí. Ojalá que así me alivien el alma. ¡Sea por eso!
«Verá, don usted, desde que era apenas una chamaca mi madre y parientes que vivían con nosotros convinieron que me casaría con J. Concepción Terrero, un muchacho de aquí, y aunque conocía a mi prometido, al principio me molestó ese compromiso porque nadie me preguntó si lo quería. Con el paso del tiempo llegó a mí la conformidad y hasta tuve preferencia por lo acordado para no quedar expuesta a que me vendieran a un extraño como había acontecido con mi hermana mayor. Desde entonces no permití que otro casamentero se me arrimara. Un día J. Concepción se me acercó y me dijo que me quería, y que por eso se iría a la ciudad para juntar lo necesario para el casorio. No recuerdo qué dije, lo cierto es que anocheció en Buenaventura y ya no se le vio al siguiente día. Su padre lo buscó. Se había ido, y la mera verdad, yo me hubiera ido con él para salir de este pueblo; pero ni tiempo me dio para que se lo propusiera; tampoco le dije lo de Casimiro Barroso, y creo que hice mal en ocultárselo, porque si se lo hubiera dicho tal vez se hubiese quedado, y con él aquí muchas cosas se habrían evitado.
«Pienso que ya estaba escrito que así sucediera. José Concepción se fue, y con el tiempo, aunque todos me sabían “dada”, el Casimiro incrementó su acoso: no me dejaba en paz; terco me seguía con su gracejería y galanteo de “muchacho bien”. No sé a partir de cuándo, empecé a sentir que la sangre me hervía cada vez que me miraba o se dirigía a mi con esa voz que me hacía eco en los oídos y se me introducía en el alma; al principio contra mi intención, porque si bien era cierto que a J. Concepción no lo quería, también lo era que había un compromiso que mis familiares y su padre habían establecido; pero después como quien no quiere la cosa, se me fueron quedando su forma de andar, la galanura de sus ojos y esa forma que tenía para decirme que me quería cuando pasaba escurridizo junto a mí.
«Pasó un año, y los meses se fueron yendo. Al principio todos los días estaba pendiente de quiénes llegaban por el rumbo de La Tronconera; pero después poco a poco fui perdiendo el interés por lo que pudiera aparecer en él; mis ojos ya no volteaban hacia ese camino, ya no suspiraba, ni me atosigaba la ausencia de mi prometido; en cambio, no obstante que estaban terminados mis trapos para el casorio y había memorizado los rezos para cuando los pidiera el cura, la sangre se me alborotaba con sólo acordarme de Casimiro Barroso. Seguro que lo notó mi madre porque to-dos los días me obligó a beber un hervitorio que dizque servía para rebajar los calores; noté que al anochecer se iba escurridiza a la cocina en don-de entre rezos se le veía azotar, con un paliacate que me había dejado mi prometido; el metate, que yo utilizaba; después me enteré que era para atraer a J. Concepción. ¡Cosas de superstición! ¡Cosas de señoras!
Habían transcurrido más de tres años desde aquel día que yo también me había querido ir por ese camino que a muchos se había tragado, ya para entonces sentía que mis senos se erguían briosos al sólo roce de la tela que los cubría y me invadían cosquilleos en el cuerpo, ansiedades ajenas a mi voluntad que en las noches naufragaban en lo bajo y blando de mi vientre con sólo imaginarme lo que estuviera haciendo a esas horas en mi cama si ya hubiera estado casada, como algunas de mis amigas.
«Recuerdo que esa inquietud se apoderó de mí por los meses de la primavera; viene a mi memoria por esos trajineos que había en Buenaventura porque estaba reciente lo de los matados, que involucraba a los Barroso cuando dos de ellos, hermanos, se habían balaceado. Y, más lo recuerdo porque Altagracia Guerra amaneció como novia en la casa de Tranquilino que repentinamente le había dado por galantearla. Al siguiente día, en el atardecer, cuando aún estaban frescos los comentarios en torno a ella y lo que había tenido que hacer para que no se quedara a vestir santos, me fui al río por el recodo destinado a las mujeres; ahí me desvestí y confiada empecé a lavar mi cuerpo. Fue cuando sorpresivamente apareció Casimiro con su labia diciéndome que me quería para su mujer de toda la vida, que me amaba mucho, que no podía vivir sin mí, que era la mujer más hermosa que había conocido, que yo... que... no sé qué tanto dijo que no entendí con claridad por mi condición de mujer desnuda e indefensa. Fue cuando por primera vez me agarró con esas manos que tenían algo como lumbre que encendían lo que tocaban; fue cuando se me acercó poco a poco y otra vez sentí ese cosquilleo, y me olvidé de mis trapos de “pedida” y de los rezos de mi madre; porque aunque no creyera lo que me decía, él sentía que mi cuerpo se quería acercar al suyo, y que mi calor se parecía al que él traía y que lo quería dentro de mí con unas ganas que hasta la vergüenza se me hizo perdediza.
«Fue así como me pasó aquello con él; fue así que se me pegó a la piel su olor de macho, el mismo que transpiraba mi cuerpo y que me obligaba a ir adonde se encontrara; fue así que un día me enteré que ya no me “bajaba la luna”. Lo demás fue muy incómodo para mí; sobre todo cuando se enteró que esperaba un hijo suyo; luego se hizo el enojado y le brotó la sangre de maldito que lleva en sus entrañas. Hasta parece que lo estoy viendo parado junto al petate donde apenas unos minutos antes nos habíamos revolcado. Estaba muy cambiado de cómo lo conocí; ya no había galanuras en él, ni miradas cariñosas, menos palabras como las que utilizó para metérseme allá en el recodo del río. Me gritó:
—“¡Túmbate esa fregadera que dices que llevas! ¡Sácatela porque ni creas que la voy a reconocer!”
«Me echó en cara muchas cosas que hicieron sentirme ingenua, tonta... No le respondí. Me puse de pie y erguida me dispuse a cubrir mi cuerpo, este cuerpo cuya desnudez no vería jamás. Después salí dispuesta a refugiarme en mi sole-dad. A nadie le dije lo que me pasaba, pero todos se enteraron, mi madre también; pero como dijo ella, con esa familia de malditos que tenía, ni para reclamarle, prefirió desahogarse pegándome hasta cansarse; fue entonces cuando sí lloré, pero no porque me doliera, sino por su incomprensión, por su falta de apoyo.
«En la mañana de un día del mes de agosto cuando arrecian los aguaceros, Concepción llegó al pueblo. Lejos de alegrarme, entristecí y me arrinconé más en mi soledad. Ahí estuve hasta que una noche, con el permiso de mi madre, se presentó él ante mí y me dijo:
—“Aquí tienes el vestido blanco que te merqué para nuestra boda”.
«No dio tiempo que le dijera lo de Casimiro Barroso, porque quiso que al siguiente día nos casara el comisario, y que cuando viniera el cura arreglara lo necesario en la capilla.
«Así sucedió. No hablamos nunca de lo que aconteció en su ausencia; jamás me permitió que me desahogara, más que eso, me procuró y también a mi chamaco cuando nació, al que quiso como si él me hubiera preñado. Pero mire cómo son las cosas, yo hubiera preferido que permitiera contarle todo, y que me reprendiera, porque aquello que no le he dicho lo he traído como remordimiento, y hasta llego a pensar que las tristezas que me han fustigado, sobre todo por el fallecimiento de mis otros hijos y las andanzas de Cipriano, son parte de mi castigo, si es que se puede considerar que fue toda la culpa mía, porque habría que reconocer que la soledad desquicia, y más cuando se tiene diecinueve años y la sangre fluye con ansias de vivir. Pero aquello ha pasado; ahora sólo me queda rezar y, de vez en cuando, hablar junto a esta troje que me trae tantos recuerdos.
«Ahora que, la mera verdad, aunque haya pasado el tiempo, no puedo negar que lo que sentí, con Casimiro Barroso jamás lo sentí con J. Concepción, y no fue porque me negara a ello, sino porque así se dieron las cosas. Con él fue distinto. Una noche que mi marido no estaba conmigo, cuando más dormida me encontraba, sentí un aliento que luego me inquietó; me invadió ese olor que lo delataba, y ese calor que siempre cargaba en el cuerpo, y esa forma de pegarse que no deja oportunidad para apartarse de su lado; y esa forma de meterse que quisiera una tenerlo ahí con su calentura, su manoseo, y sus cosas que dice mientras besa la piel. Y, luego con sus temblores y gritos que hace que se confundan con los de una; sus brusquedades y suavidades que hacen que también una se meta en él, por así decirlo, y no se quiera salir jamás como para descubrir lo que tiene adentro y quedarse derretida en su sangre de macho. Cuando más emocionada estaba como próxima a la locura que me ahogaba pero que me gustaba, me lastimaba pero deseaba, cuando así estaba, un grito escapó de mi boca: ... ¡Soñaba! Mas como si así no fuera, dejé que mi cuerpo prosiguiera en su alborotamiento que naufragó en torrentes que me humedecieron de felicidad.
«Fue la última vez que soñé con Casimiro Barroso; mi embarazo me apartó de él, también la comprensión de J. Concepción. Me sobrevino una indiferencia total por lo que me había pasado y por lo que sucedía alrededor de mí.»

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