jueves, octubre 12, 2006

EL GALLO DE MARTÍN.

(El Chincual)

Una veintena de hombres, entre los que había choferes y chalanes en el pueblo de Nativitas de los Tepanoles, esperaba que Martín Feliciano arreglara descompostura de su vehículo. El aburrimiento se apoderó de ellos. Rodolfo Bustillo, hombre inquieto y dicharachero, buscó algo que lo distrajera. Lo primero que se le ocurrió, fue elogiar el gallo que deambulaba en el patio la casa.

-¡Qué bonito gallo tienes Martín!- dijo él, con el propósito de resaltar las cualidades que el animal tenía para adornar una cazuela con mole.

-¿Sí, hermano?- contestó Martín, al tiempo que dirigía su mirada hacia el gallo que agitaba su plumaje para despabilarse el disfrute de la pisada que había dado a una gallina copetona que lo rondaba.

-¡Sí, es un gallo fregón!- fue su decir para referirse que era bueno para las gallinas.

Pero Martín, que tiene fama de argüendero, empezó por afamar el gallo atribuyéndole facultades que no tenía.

¿Sabías que este animalito es descendiente de El Gallo de Oro, el de la película en donde actuó la chulota Villa?

-¡No seas mitotero, Martincero, no seas mitotero!

-¡Hermano te digo la verdad!-Insistió con vehemencia-ha ganado muchas peleas,... es bueno.

Rodolfo Bustillo tuvo deseos de hacerle ver que si para algo fuera bueno el animal, sería únicamente para el chilatequile picoso, pero prefirió seguirle la corriente. Cuando más estaba Martín afamando su gallo, Rodolfo lo retó:

-¡Vamos jugando tu gallo contra un gallo que tengo!

Martín, que era observado por su esposa Hortensia, doña Tencha, y por aquellos hombres que habían encontrado distracción a costa de quien les arreglaría sus máquinas, no se pudo negar. Con rapidez cogieron el animal que se disponía a incursionar en las caderas de una polla colorada; le seguetearon los espolones y arrancaron las plumas que resaltaban en sus patas costrosas. A los pocos minutos lo enfrentaron a un gallo que de por vida estaba destinado a la pelea. Por instinto el gallo molero, mostró bravura erizando las plumas al tiempo que lanzaba navajazos. Al verlo Martín, saltó tan alto como pudo y se le escuchó decir:
-¡Ayayayyy, bravo como su dueño!

Hubo un segundo encontrón, con el mismo resultado, y en Martín creció la emoción.

-¡Chingón, chingón!- decía con los brazos en alto, con entusiasmo desbordado que lo hacía ver como chamaco y no como hombre setentón.

Pero al tercer choque, el gallo molero cayó agonizante por la herida que le produjo su contrincante. Sin esperar más, Rodolfo y los demás que habían apostado en contra de Martín, agarraron los animales, el viviente y el muerto; recogieron los dineros producto de la apuesta, y se alejaron en busca de un lugar para festejar la inesperada jugada de gallos. Todavía alcanzaron a escuchar ecos provenientes de la voz de doña Tencha, quien a grito pelón se dirigía a su marido:

-¡Martín, hijo de siete chingadas, me mataron mi gallo, pero a partir de mañana tú pisarás mis gallinas!

Ya no se supo más de esa pelea entre el giro de Rodolfo y el descendiente de El Gallo de Oro del citado Martincero; tampoco de la amenaza producto de los enojos de doña Tencha.

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