jueves, octubre 05, 2006

Concho Terencio (2a. parte)

—¿Qué... se quedó mudo?
—No, lo que pasa es que hablé mucho y usted no me ha dicho algo relacionado con ello — contestó el forastero con tono de resentido.
—¡Ah que don usted!... Le digo “usted” porque no me ha dicho cómo se llama.
—Brígido Pantaleón... Brígido, para servirle a usted.
—Que no sea tanto.... nada más, Brígido Pantaleón.
—Yo soy, como sabe, Nemorio Cegueda. ... de una vez le digo que sí le he de contar lo que sé, pero ha de ser si usted no me interrumpe ni apura. Ahí le iré diciendo lo que recuerde poco a poco. Lo demás lo pregunta a otros. Mañana empezaremos, si acepta; mientras, se puede quedar aquí, que un techo y un taco no le faltarán en este jacal.
La botella fue perdiendo su contenido al tiempo que pláticas baladíes merodearon aquel encuentro. Se fue la tarde. Ya para esa hora iniciaba a pardear el día y en las casas vecinas se empezaban a encender candiles que dejaban escapar un olor a mecha y petróleo quemados. La noche llegaba y con ella, ruidos, silencios...

Cuando mezcal y conversación escasearon, el viejo Nemorio, que había permanecido en cuclillas, se puso de pie; lo hizo con dificultad pero sin malversar su dignidad: no aceptó el improvisado bastón que estuvo a su alcance ni la mano que acudió en apoyo a su esfuerzo; entonces recobró su estatura y se vio dueño de su señorío. Con pasos inciertos fue hasta un tapanco de don-de apeó un petate que desenrolló en un rincón del corredor de la casa. Después en la oscuridad, como sonámbulo desapareció de la mirada del forastero que de pronto no supo qué hacer hasta que sus músculos cansados y su embriaguez le ordenaron que se dejara caer en lo que supuso sería su dormitorio. Ahí quedó. Una nube de zancudos empezó a volar en su alrededor. Con manotazos que surcaban el aire trató de amedrentarlos, pero sólo logró enardecerlos.
Cuando cansado estuvo de su intento recordó la broma que alguien le hiciera: «No los mate, Licenciado, no los mate, porque si lo hace vendrán muchos al velorio y todos querrán cenar». Una leve sonrisa apareció en su rostro mientras se disponía a quedarse quieto en un estoicismo absurdo que dio pie a que los insectos se hartaran. Para hacer soportable aquel suplicio imaginó estar en su casa: espacios iluminados, ambiente acogedor, tecnología en aparatos, todo al alcance de su mano. ¡En la civilización!
—¿Qué hago aquí, qué rayos? ¿En dónde tenía la cabeza cuando acepté cumplir esta comisión?, murmuró encolerizado.
Más tarde, cuando algunos de los zancudos levantaban el vuelo con dificultad y otros rodaban agobiados por su carga sanguinolenta, el forastero entró en esa quietud y tranquilidad reclamadas por su cuerpo; penetró en una pesadez que lo llevó a los umbrales de lo que parecía ser su muerte ía abandonado a las circunstancias y tiempo que vivía.

El canto de gallos, y las necesidades fisiológicas que se presentaban inaplazables, lo despertaron. Amanecía. Buscó en su alrededor un espacio y privacidad para canalizar sus urgencias corporales, pero no los encontró. Una angustia repentina se apoderó de él, mas como viera que en los patios contiguos los coterráneos se desahogaban sin mayores ocultamientos, se dispuso a imitarlos. Una mano sobre la frente sirvió para ocultar su vergüenza. Y otra vez recordó las comodidades de la ciudad y las razones que lo indujeron al no rehuir la encomienda que lo hacía permanecer ahí, en el último lugar que hubiese deseado estar.
A su regreso, junto al petate, un carro con agua humeante lo esperaba; también el viejo Nemorio con una mirada inquisitorial que lo hacía ver como juez incorruptible.

(Mayo 7 de...)
Pensándolo bien ya no quiero contarle lo que sé, por aquello de que en boca cerrada no entra mosca —el anciano habló socarrón.
—Hágalo por la verdad,... por mí, don Nemorio.
—¡Carajo, Pantaleón! No me vaya a salir con el conque de que tengo obligación de vomitarle todo.
—¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por qué? ¡Dígame!
—Por nuestra amistad, por nuestra amistad, y...
—No sea mentiroso, Pantaleón. ¿Cuál amistad, cuál? Si apenas ayer nos conocimos, y ahora me sale conque ya somos amigos. No juegue con eso.
—Acaso no valora la trascendencia... la...
—¡No empiece a fastidiar!..., no empiece de ampuloso porque si me hace encabronar con sus ladinerías nomás no le ayudo.... Así es que, mejor se está sosiego y pare oreja que voy de volada.
—Está bien, como usted diga.
El viejo Nemorio empezó su perorata:
Ese Concho Terensio desde pequeño fue complicado. Su nombre no es de pila; se debe a que el marido de su madre se llama J. Concepción, y ella, Teresa; de ahí que la gente, que es caraja para poner apodos, le haya endosado lo de Concho Terensio. Su nombre verdadero es Cipriano, el que le dio el cura cuando lo bautizó en la capilla de la Santa Cruz, el que le escogió su padrino Reberiano Cortaza, el viejito manchado de vitíligo, el varillero que vendía chucherías los domingos en el mercado.
Recuerdo que el día que lo bautizaron hubo mucho relajo en el pueblo: Pablo Trenzas había estado emborrachándose durante la noche anterior en la cantina de El Chupetas, y para cuando dieron las 12, él y su amigo El Niguas escenificaban su numerito. Inicialmente aparentaron que peleaban a muerte, lo que motivó que todos los vecinos se asomaran. Cuando la calle estuvo llena de curiosos, el primero de ellos tuvo una ocurrencia:
—¡Mira cuantas viejas y pendejos mitoteros! Como si no tuvieran qué hacer. ... ¿Cuánto pierdes si logro que se metan de volada a sus chiqueros?
—¡Pendejo!... no te obedece ni tu vieja, y ahora quieres mandar a esta bola de cabrones. No me vengas con jaladas, güey.
—¿Cuánto?... ¿cuánto? ¡Vétele poniendo! —Ya vas,... ya vas, contestó El Niguas, frotándose las manos.
La apuesta se hizo, y una botella de mezcal quedó en espera de quien resultara triunfador. Dentro del tugurio también se hacían apuestas. Pocos le iban al Trenzas. Cuando todo estuvo acordado, él se colocó a mitad de la calle y empezó a pedir que los señores metieran a sus hijas y demás mujeres a las casas, porque, según decía, se miraba muy mal que estuvieran de chismosas. Pero nadie le hizo caso; más bien, recuerdo que todos se reían de sus decires, y le gritaban uno que otro insulto acompañado de sonoras trompetillas. Él, les tuvo paciencia, los consecuentó, les permitió que se sintieran dueños de la situación, y hasta se arrodilló en aparente actitud de alguien que implora un favor. ¡La gente estaba crecida! Se burlaba a carcajada abierta, pero ahí estuvo que después de eso empezó lo bueno, porque al grito de:
—¡Yo se los dije, bola de güeyes!... ¡Se los dije, les dije que metieran a sus viejas! ¡Ahora se aguantan!
Pablo Trenzas se sacó el «pito» y empezó a orinar en círculo para que todos vieran lo que estaba haciendo. Pronto se escuchó entre argüende y movimiento:
—¡No seas pinche!
—¡Así se hace...!
—¡Son ojetadas de mariguano!
—¡Eso! ¡Eso!... enséñaselos.
—¡Maldito loco!
—Revoléaselos... ¡Recréalo!
—¡Briago de mierda...!
—¿No que no…?
Entre gritos le protestaban unos, mientras que otros le festejaban. Era tal la alharaca que no se sabía si era mayoría o minoría a favor de él. Lo cierto fue que luego se escuchó la tronadera de puertas y un vocerío que encalabernó:
—¡Eso nos pasa por argüenderos!, dijo alguien.
—¡Métase! ¡Jálele pa’ dentro!, se escuchó de otro.
—¿Qué le ves a ése? ¿Qué le ves?, dime qué...
—Babosa, a tu casa. ¡Métete, pícale...
—Dejen de mitotear y métanse de volada.
—¡Métanse, pero ya, hijos de…!
Todos se metieron, aunque no faltó quien de vez en cuando se asomara para recrearse con los atributos del Trenzas quien después de terminar se dispuso a cobrar su apuesta entre la gritadera que se había armado en la cantina.
Pero yo más recuerdo ese día porque había llegado al pueblo Fortunato Chiporagua, el de la adobera; traía a su hijo el “chocoyote” para que los cuates hijos de Cenobio Corrales lo curaran. Rápido se apalabraron:
—Tú has de dispensar Cenobio, pero quiero que tus cuatitos curen a mi Panchito.
—Ahorita te lo arreglan, Fortunato. Despreocúpate,…ya verás que te lo alivian.
—Te lo agradeceré mucho, ya sabes que yo no soy desentendido.
—Ni lo digas, que para eso somos amigos.
—Gracias.
—¿Ya oyeron? … ¡A entrarle a la curada!
Pero los cuates, hijos de Cenobio, nada más de ver que cada rato “le daba el aire” al chamaco de Fortunato, y pegaba tamaños gritotes aventando espuma por la boca, pues se negaron y echaron a correr por entre las tierras de labranza que están por las tejerías; hasta que con la ayuda de los yegüeros los trajeron amarrados, y a punta de palo los obligó su padre a que con untadas de saliva y sobadas le “quebraran” los incordios que le habían brotado al enfermo.
También lo tengo presente porque el día del bautizo se terminó la cerveza en Buenaventura. El padrino Reberiano, como llamaron ese día al varillero los que bebieron a sus costillas, quiso que fuera lo de su ahijado un acontecimiento inolvidable; y hasta cierto punto lo fue. Con garbo se le oía decir:

—¡No quiero miserias! Que al cabo mundo a’í te quedas. ¡Beban! ¡Beban! Que por algo soy el padrino, el mero Reberiano Cortaza, su servidor. ¡Beban! ¡Salud! … ¡A la salud de mi ahijado!
Mientras que la concurrencia coreaba parabienes en su honor:
—¡Viva el padrino!
—¡Salucita por él!
—¡Bravo! ¡Por el padrino más padre! —A su salud...
Aprovechando la amable invitación que había hecho personalmente a todos los que más o menos tenían algún recurso en el pueblo, Reberiano mandó traer, en calidad de “díganle que mañana se lo pago”: castañas con mezcal de la magueyera de los Portillo, así como chivos guisados de Eufrosino Piedra, “El Chitero”, y menesteres de otras tiendas. Cuando estuvo avanzada la noche, sus mandaderos acarrearon todo lo que les permitieron sacar de los changarros cuyos dueños se encontraban también en la fiesta, con decirle que hasta pipermán y anís de la piquera de El Chile Verde se consumió. Fue un fiestón, un argüende grande, tan grande como las deudas que contrajo el varillero, desde luego, las mismas que no pagó porque en las últimas horas de la madrugada desapareció, como decimos aquí: “la tierra se lo tragó”. ¡Jamás apareció! Con decirles que, en la actualidad todavía suspiran sus acreedores, y han pagado muchas misas al padre que viene de vez en cuando a La Buenaventura, están en espera de que un milagro suceda que les permita recuperar lo perdido, lo que fiaron en aquella fiesta. Fue una fecha, … ¿cómo dicen ustedes los leguleyos? …
—¡Trascendental! …
¡Eso sí! … ¡Sí! ¡Sí! Un día que ellos recuerdan porque los estafó el tal Reberiano, pero la mayoría del pueblo se divirtió de lo lindo.
—Don Nemorio, de la niñez de Terensio, ¿qué hay? ¿Qué hay? ¿Recuerda cómo fue?
—Voy, voy. No se me adelante:
—Algunos detalles de su vida de escuintle los recuerdo como si fuera ayer. Y es que, como le dije el tal Terensio, desde su nacencia traía aires de complicado que no se pueden olvidar fácilmente. Para empezar, cuenta la tía Chona que a ella y al doctorcito que vino de la capital les dio mucho trabajo traerlo a este mundo, que dizque el pinche chamaco traía el cordón umbilical enredado en el pescuezo. Desde que tuvo sus primeros años se empezó a comentar sobre su persona; entre lo que más se le achacaba, y que me consta, le puedo decir: primero, que tenía “la sombra pesada”, por aquello de que “mataba”, por decirse así, a sus hermanos menores que murieron inexplicablemente: uno de tiricia, otro de espinilla y el último, creo que de chorrillo amarillo; mientras el muy cabrón se veía lleno de vida. Esto motivó que se quedara como hijo único, y con todo el cariño de J. Concepción y Teresa. Otra cosa que le puedo informar de Terensio, es que sabía echar maldeojo.

—¿Qué, qué? ¿Cómo dijo? —interrumpió Brígido Pantaleón con cara de incrédulo.
¡Maldeojo!… Por si se imagina que son puros cuentos, a’i le va algo de ello: a la hija de Malaquías Palomero, a la pichotita que no quisieron que Terencio la tocara, fue necesario que don Tobías Ranchito le rezaramagníficas, avemarías, y padrenuestros, que le rociara con mezcal y la sobara con flores de pericón para que se le quitara lo legañosa. A don Cástulo Reyes le secó un árbol limonero con sólo decirle en tono burlón al viejito: “don Casto, se le va a secar el palito”. Ya sé, seguro dirá que somos ignorantes, pero a’i está que a los pocos días se empezó a secar la plantita, y ni por más agua que le echaron, rezos y sahumadas que le dieron con venas de chile seco, nomás se quedó el arbolito para alimentar al fogón. ¿Y qué le cuento? También a Merenciana Ríos le hizo lo suyo cuando una tarde le cortó el mole que estaba guisando, que dizque lo había puesto pachacaludo con sólo mirarlo. Recuerdo que ese día, como otros, se le armó una alharaca a Concho Terensio.

—No quiero dificultades contigo, J. Concepción; mira que no las quiero —estaba brava Merenciana—; pero si no sujetas a tu chamaco, te juro que no respondo.
—¿Y ahora qué te hizo, qué te hizo? —Le contestó pasmado él…
—No el muy carajo se quedó mirando mi cazuela de mole y luego escupió dentro de ella.
—No le des permiso de que se meta a tu casa.
—¡Oye, Concepción! No seas inocente. ¡No se lo doy! Se lo toma el pinche chamaco.
—Ya no lo volverá a hacer, te lo prometo —se escuchó afirmar a J. Concepción en tono suave. —Te lo prometo, sí, sí, me lo prometes pero dime, ¿quién me pagará el mole cortado, quién?

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