(El Chincual)
El General Jonás León fue en su tiempo un revolucionario que luchó del lado de los villistas. Había participado en gloriosas batallas, llegando incluso a entrar en acción en la toma de Zacatecas, de donde no salió bien librado, ya que recibió una bala en la pierna izquierda.
Ahora a sus 80 años, ya su visión se había nublado, la mano le temblaba cuando se llevaba la cuchara a la boca y a raíz de esa bala las dolencias en la pierna ahora le imposibilitaban caminar; yacía postrado en la cama. Había perdido la mayoría de los dientes y su dieta básica la constituían atoles de diversos sabores.
Doña Clara, su esposa, una mujer con mucha paciencia, diariamente a las ocho de la mañana servía una taza de atole a don Jonás. Si doña Clara, por algún motivo, no estaba puntual a la hora del atole, don Jonás le gritaba desde su cama:
-¡Clara, atolito!
Así transcurrían los días de Don Jonás. Por su parte Doña Clara estaba harta y no veía ya el día en que tuviera que dejar de atender de esa manera al General.
Una mañana, Clara se levantó, como de costumbre, a las seis de la mañana a barrer el patio del zaguán y a darles maíz a las gallinas. Después encendió el fogón y preparó un delicioso atole de arrayán, lo sirvió en un jarro y lo acompañó con pan de huevo.
Con paso lento se acercó a los aposentos del General, abrió la puerta y le llamó:
-Jonás, Jonás, despiértate ya, que está listo tu atole.
-Jonás, Jonás….
El General no daba signos de escuchar. Clara se acercó y lo sacudió.
-Ándale viejo, ya despiértate.
Entonces Clara comprendió que el General Jonás León había sido llamado a rendir cuentas con el Creador; tapó a su compañero de varios años con la sábana y con paso tranquilo si dirigió a la iglesia, por el cura.
En el transcurso del día, Clara se dedicó a comprar el féretro y a realizar los arreglos necesarios para velar el cuerpo del General. Al llegar la noche, Procorito, el rezandero, ya empezaba las primeras plegarias. Algunas gentes del pueblo se acomidieron a ayudar a doña Clara a repartir café, cigarros y pan.
Clara no había derramado una sola lágrima; parecía como si la muerte del General le hubiera quitado un gran peso de encima, ya que ella era la única encargada de atenderlo y de aguantar sus gritos y los maltratos típicos de una persona de edad avanzada.
Eran ya las siete de la tarde, el frío arreciaba y la gente abarrotaba la sala de la casa y seguía en el rosario que Procorito efectuaba. La tapa del féretro permanecía abierta a fin de que la gente que llegaba tuviera la oportunidad de despedirse del General.
De repente, Procorito notó un leve movimiento en los parpados del difunto. Tragó saliva y perdió el hilo de la oración, trató de concentrarse nuevamente en el rosario. Fijó otra vez la vista en don Jonás y se percató de una temblorina en una de las manos. Entonces Procorito envió por los aires el rosario y el libro de oraciones, y corrió despavorido al tiempo en que el General se incorporaba con dificultad dentro del féretro, con las manos colocadas en el pecho, ante los desorbitados ojos de los asistentes al velorio.
-Clara: ¡Atolito!- gritó el General con voz ronca.
Todos los asistentes corrieron y trataron de pasar para salir hacia la calle por la angosta puerta de la sala. Las mujeres observaban con horror y emitían gritos de terror, otras se santiguaban o lloraban. No faltó quien, con oraciones, trató de devolver al General al mundo de los muertos o de ahuyentar al mismo diablo.
-Clara: ¿Dónde está mi atole?
El segundo reclamo, del hasta hacía poco tiempo difunto, hizo que en un santiamén la casa quedara completamente vacía; nadie tuvo el valor suficiente para estar un momento más en aquel pandemonium. Era lógico que nadie se había dado cuenta que el General estaba despertando de un agudo estado cataléptico.
Doña Clara con paso sigiloso, se acercó hacia donde se encontraba el ataúd que contenía al General que permanecía sentado. Se armó de suficiente valor y llegó hasta el ataúd. Tomó al General de las solapas del traje color negro que vestía, lo miró a los ojos y le dijo:
-No, no, no, no,…yo ya compré la caja, ya gasté en flores, café, comida, rezandero; estuve toda la mañana en el trajín; no, no, no,…ahora “TE MUERES CABRÓN”.

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