Con la carga emocional de una incertidumbre que repetidas veces lo indujo a postergar su viaje en el transcurso de los últimos días, Saturnino Lama está a la vera de la carretera que da acceso a su terruño. Se le ve con chamarra negra, botines de piel clara, camisa y pantalón de mezclilla azules y un bolso color rojo que semeja una mochila de sofisticado diseño. Observa en el horizonte el rosicler que arremete contra la oscuridad agonizante. ¡Solazado parece estar ante la visión que muestra el paisaje que antecede al amanecer!
La tranquilidad que impera en el paisaje lo imbuye en sus reflexiones: ¿Cómo iniciar sin pensar en el final? ¿Cómo pensar en el amor sin trastocar el desamor...? ¿Cómo evocar sin sentir la fustigación del olvido encubierto...? ¿Cómo llegar y remover escombros sentimentales que apretujan el alma...? ¿Cómo hablar sin corromper silencios...?
El amontonamiento de ideas semeja maraña; hilaza sin principio ni fin, nave sin proa, navegante sin puerto, céfiro sin rumbo. Sólo será de entrada por salida, como quien no quiere la cosa; como quien dice: para taparle el ojo al macho —le rebotan en la memoria las frases que su conciencia le dicta para sosegar sus deseos, anhelos, remordimientos y resentimientos.
Pasan frente a él algunos conductores de automotores a quienes pide que lo lleven; pero ninguno se detiene. Como autómata, con el brazo en alto, insiste en su propósito sin asimilar el desdén de aquellos que lo miran pero no le dan respuesta alguna. Transcurren algunos minutos que le parecen eternos. La soledad del solar, y su soledad adosada al frío lo atosigan y lo inducen a pensar en el ayer, ahí apenas unos años atrás, cuando por la misma ruta que ahora desanda, salió con sentimientos encontrados: unos, diciéndole: ¡Aléjate! Ojos que no ven, corazón que no siente... los amores perdidos, como a los muertos, se les entierran;” otros, contrariando: “¡Quédate! Sólo los cobardes huyen para no enfrentar su adversidad, las batallas se ganan en el frente... santo que no es visto, no es adorado”.
Para cuando los primeros destellos solares dibujan la aurora, el cuerpo de Saturnino se zangolotea en la cabina destartalada de un viejo camión de redilas oscilantes y lámina mohosa en la que imperan brochazos de pintura color verde tierno, y en cuya parte frontal luce la enorme cornamenta de un ejemplar vacuno. Desde allí, avizora sembradíos que semejan tapices multicolores ensamblados con pulcritud artesanal; observa residuos acuosos acumulados y se embelesa ante la pluralidad del relieve conformado por el valle rodeado por domos, cerros y lomerío.
Al escudriñar el paisaje, encuentra alientos y vivencias que arriban a él. Revive recuerdos de su niñez, recuerdos de cuando recorría los caminos llevado ahorcajado en el cuello de sus tíos, o en ancas de los caballos jineteados por su padre o su abuelo; atrae vivencias de las andadas de arreador de vacas paridas, dadoras de leche espumosa en el patio de su casa; añoranzas de su adolescencia en la que idealizó a su abuelo y también a su maestra a quien amó y miró como estrella inalcanzable; sin olvidar que idolatró a la vecina de carnes tilicas, facciones diminutas, pecas en la piel y cabellos amordazados en un remedo de molote apretujado por una peineta de carey. De su juventud, afloran reminiscencias de rebeldías, anhelos, osadías, frustraciones y realidades y de la antesala de su hombría, acuden pormenores de noches bohemias en las que, en compañía de sus amigos, entonó canciones de Pancho Padilla, Álvaro Carrillo, Indalecio Ramírez, Agustín Ramírez...
Cual bálsamo cicatrizante de las heridas que le produjeran el desamor, le afloran deseos que lo inducen a canturrear: parece mentira que ahora, no quieras saber más de mí, si ayer en tus brazos me dabas tu amor con frenesí, me quieres o...
Un repentino y abruto palpitar sacude sus entrañas y le enrarece el entendimiento. Tan metido va en lo suyo, que no atiende los pormenores del monólogo de su benefactor ocasional de quien apenas escucha algo de lo mucho que le dice en la proximidad de su adiós: “no pasaré por el centro del pueblo. Me iré de largo, pero no olvide que... Tenga presente... Lo dejo en la orilla...”, advertencias que ignora y otra vez, de repente, se percata de que está de pie en la cuneta de la carretera, y más aún, que descendió del vehículo sin haber dado las gracias ni despedirse siquiera del hombre que fue amable con él.
—Seguramente habrá pensado que soy un idiota— se dice para sus adentros.
En pos de su afán, camina rumbo a la avenida principal que da acceso a su pueblo, pero antes de llegar a ésta, desvía sus pasos al paraje denominado Las Piedras Altas, situado a un lado de la ruta que lo guía. Se encarama en una enorme roca, y con la emoción que produce el retorno a lo querido, escudriña el entorno. Su cuerpo asimila la luz tempranera y se estimula con la humedad asentada en los suelos. En la amalgama de sus pensamientos, descuella la imagen de Abril Fernanda al tiempo que su mirada se posa en la hierba que fenece en un recoveco de tierra asida a la concavidad de un promontorio rocoso, parece sentir o resentir los momentos del desenfreno amoroso vivido en ella. ¡Vive...!, revive su ayer, tan hondamente, que no se percata del tiempo transcurrido. Quienes lo ven, sin reconocerlo, se plantean interrogantes:
—“¿P’os qué hace ese, allí encaramado? P’os ni que fuera zopilote. ¿Y ahora qué, con eso de estar... mirar y mirar?”
En El Valle, el calor matinal da ventura a los cultivos que crecen en la tierra fértil alentados por el riego sobre amelgas o la humedad que yace bajo las costras terrosas de los barbechos. Saturnino Lama, observa en la amplitud de él: bultos con indumentaria blanquecina, gente que va de aquí para allá, de allá para acá; hombres y mujeres; campesinos que transitan entre verdores que contrastan con los suelos sacamoleados que esperan las simientes que fermentarán impulsadas por las aguas del temporal lluvioso que se avecina.
El calor arrecia y mientras unos zanates relumbrosos cogen chapulines en las cercanías de una milohuatera, en el infinito azul del cielo el estruendo de un cohete rompe el silencio, y prende la algarabía del festejo de la Santa Cruz en distintos lugares del entorno: la Cabaña de don Fabián, El rincón de los amates, Pacho, Santa Rosa, Mechacingo, Zoconantitlán, El Fortín, Texcalzín, Machohua. La cuchara del albañil y la pala del chalán quedan bajo resguardo porque es día tres de mayo, fecha dedicada a la Santa Cruz, y también a los constructores, quienes desde temprana hora han traído sus cruces ornadas con listones y flores.
Un campesino cultivador de hortalizas emite un agudo y prolongado grito cuyos sonidos, cual abanico extendido, se dispersan en el relieve que semeja mosaico de matices florales que simbolizan vida y esperanza; se dispersa, extinguiéndose en la distancia delimitada por el horizonte lejano. Las manos del hombre abandonan la tarecua, el azadón, el toconi y se allegan de tapayolas, varas de San José, margaritones, terciopelo, Sangre de Cristo, perritos y mercadelas que acoge en sus brazos. ¡Es día de fiesta! Día de expresiones rogativas, solemnidad y misticismo; día de plenitudes y desahogos; día de veneración y felicidad pueblerinas. ¡Día de la Santa Cruz!
Acicateado por sus vivencias y las manifestaciones jubilosas de su coterráneos, reinicia su caminar; desciende con ánimo renovado hacia el caserío. A su paso encuentra a quienes su presencia es motivo de admiración; ya por su prolongada ausencia; ya por lo que se supone fue su alejamiento; ya porque lo ven con su indumentaria catrina o bien porque le miran como si fuese un reaparecido.
— Hasta hoy viene a dar Saturnino. ¡Dios mío! ¿Si supiera cuánto tiempo lo esperaron su padre y hermanos? ¡Qué ingratitud!— murmura doña Mercedes Guevara, la rezandera del barrio, al tiempo que se santigua como si temiese que algo malo le sucediera.
— ¡Qué dios la guarde, doña meche! ¿Cómo están por allá en su casa?— suena la voz del recién llegado que se manifiesta en apego a las costumbres del pueblo.
— Bien. ... Todo bien... Satur...
En las expresiones de la anciana, amables, pero parcas, deja entrever que el padre de Saturnino, se quiere morir, y que por más que sus otros hijos intenten distraerlo, el anciano está metido en lo suyo, con su cantaleta: “me quiero morir... me quiero morir”. Cosa que preocupa a sus vecinos y amigos. Saturnino no emite respuesta alguna, sólo muestra preocupación que rubrica su adiós.
En la calle principal, sonido de flautas y el tuntunear de una tamborilla anuncian el porrazo de tigre.
—¡Viene el encuentro!— dice la gente al tiempo que resuenan acordes del Chile Frito y bailan los Manueles, seguidos de los Diablitos.
Allá truena el chirreón del tlacololero mayor, y se oyen sungas de huexquistles y mojigangas.
La mayordomía pasea su algarabía y su veneración a la Santa Cruz. Entre la multitud, mujeres que apretujan sus cinturas con rebozos, transportan una vara de la cual cuelgan velas de cera y cadenas de tapayolas. Al tiempo que estalla la cohetería, manos comedidas ofrecen mezcal vertido en pedazos de carrizo.
—Hay fiesta en mi pueblo, señor— murmura Saturnino.
Los chamacos esparcen su algarabía en el Callejón de los Dolores; transitan apresurados por este espacio que la autoridad del pueblo ha insistido en llamar Monte Blanco; pero quienes lo habitan lo han llamado y llaman a su modo: cuando no tenía denominación empezaron por nombrarlo callejón de la Dolores por eso de que en él residía Macrina Romero, madre de Chofa la partera a quien con sólo saludarla con un: “¿doña... cómo está?”, se soltaba diciendo que le dolía una y más partes del cuerpo, de ahí que sus vecinos le hayan endosado el mote de La Dolores; después, cuando ésta parió y crió a sus trillizas, callejón de las Dolores. La denominación actual quedó cuando la prole de doña Macrina y su marido El Doloritos se vio incrementada con el nacimiento de sus gemelos Los Doloritos; por eso y aunque hay una placa en lo alto de la pared de una de las esquinas que reza: calle Monte Blanco, la gente le llama Callejón de los Dolores.
¡Carajadas de la gente!
Saturnino adentra su andar en el callejón: ámbito de su pasado, espacio de juegos infantiles, paisaje de fantasías y realidades, lugar de quimeras de adolescente; territorio de amigos y adversarios, propiedad de todos y de nadie; cauce ocasional de aguas procelosas en donde zarparon, navegaron o naufragaron sus barcos de papel; solar de quicios y rincones testigos de caricias y besos primeros; foro de disputas, avenencias y contemplaciones.
Pasa de largo junto a la morada de doña Agapita, su maestra de párbulo que daba clases por una módica cuota que pagaban los padres de familia, de quien aprendió el Silabario de San Miguel, y en éste, a pronunciar ese deletrear que fue riguroso ejercicio en su aprender: ce ache i chi ve o vo (chivo) ce a che a cha eme a ma ce a ca (chamaca). Y lo que ayer fue llanto y temor por la exigencia de la mentora, hoy sólo es reminiscencia de castigos que le generan alegría misma que aflora a través de una leve sonrisa; y más, cuando esta vivencia lo vincula al momento en que, atraído por las mejillas sonrosadas de su compañera de al lado, le plantó un beso a lucesita, niña bonita de hermosos y brillantes ojos. Como acto reflejo, una de sus manos toca el glúteo que soportó en aquel entonces el cuerazo proveniente del coraje que había en su profesora por lo que consideró un atrevimiento indigno de un niño de escasos cinco años de vida.
—Aunque me castigaran otra vez, la volvería a besar. ¡Vaya que sí!— pensó para sus adentros.
Otra vez sonríe, mientras avanza. A pocos pasos de allí, detiene sus pasos frente a la que fuera su casa paterna, y le da por escudriñar la fachada de la misma. Imbuido en lo que hace, no repara que lo observan algunos de sus antiguos vecinos, entre ellos jesusita, quien lo columbró desde que se adentró en el callejón.
—El arribo del hijo ausente— exclama jesusa.
—¡Hasta que se dignó... !— remarca con la intención de que se le escuche; mas, como advierte que nadie la atiende, abandona el propósito que la llevaba fuera de su casa, y traspone sus pasos a través de la primera puerta que ve entreabierta y ahí, se entrega a sus habladurías; suelta una retahíla de hechos o suposiciones en torno al recién llegado.
—Segura estoy que no tanto viene por su difunta, seguro que está aquí por Abril Fernanda, porque deben de saber que...— casi se ahoga por su decir arrebatado, reforzado éste con gesticulaciones y ademanes ante alguien que le da poca importancia a su verborrea.
Afuera, en el callejón, los nudillos de la mano izquierda de Saturnino, golpean, primero con suavidad y después con fuerza, la carcomida madera que resguarda la privacidad de “don”, su padre. Su insistencia se detiene al escuchar un acompasado y lento caminar que va hacia él, al tiempo que suena tras la puerta una i nterrogante:
—¿Quién es?
—Yo— se concreta a responder, titubeante.
En el encuentro no hay mayor demostración de
afectos; aunque Saturnino experimenta en su interior el animoso regocijo que lo induce a estrechar entre sus brazos a su progenitor, se detiene y dice:
—Santo, papá— se concreta a saludarlo.
—Dios te bendiga— responde el anciano.
No median otras expresiones. Después de frases entrecortadas, carentes de contenido, se da entre ellos una conversación informal en la que cada cual guarda sus emociones, pensamientos, sentimientos, añoranzas, y tal vez reclamos. Saturnino mantiene su mirada enfocada a los pies de su padre, como se le enseñó antaño: “no mires a la cara de tus mayores, y menos cuando se te está regañando, porque se te secan los ojos...” Hoy, no hay regaño, pero le dura y acata la sentencia. Le vienen a la mente algunos refranes que enmarcaron su comportamiento ante sus mayores: cuando habla cana, calla moco, donde manda capitán no gobierna marinero, más sabe el diablo por viejo, que por diablo, como te ves, me vi, como me ves, te verás...
Con la mirada en el suelo áspero conformado por un amasijo rugoso y mal extendido de un albañil chambón, “don” descansa su cuerpo en el mullido tejido de palma de zoyate que conforma el asiento de una silla estructurada con fajillas y retazos de madera envejecidos; reposa sin mostrar la emoción que le genera la presencia de su hijo, el xocoyote.
Saturnino, traspasa los umbrales de la casa; va por ahí como si buscara algo en corredores, cuartos, cocina, jardines y patio pueblerinos. Conforme avanza encuentra vestigios de haceres y utensilios que se allegan quienes cultivan el campo o se dedican a la crianza de animales; husmea aquí, allá y hurga en el aposento materno en el cual imperan silencios y recuerdos amontonados. Un torrente lacrimoso amenaza inundar sus ojos, pero lo reprime; su garganta lo traga dolorosamente. “Don”, acogido en su silencio, observa a su hijo. “Los años no pasan en vano —murmura—, su físico no es el mismo; parece como si de repente se le hubiesen venido los años encima; pero, aún es fuerte. ¡Oh, Dios! Qué no diera por volver a tener ese vigor, fuerza y voluntad, para salir airoso ante la adversidad y las dificultades de la vida. ¡Es más!, ahora que convengo lo que he vivido, lo que soy y lo que desearía vivir, hasta por menos daría todo lo que tengo; pero, por desgracia, mi esperanza de existencia se escapa y veo venir el golpe que la truncará de raíz. ¡Dios mío!, ¡cuán rápido transcurre el tiempo! Cuánta razón tienen quienes afirman que “la existencia es efímera, mero tránsito, mera ilusión pasajera.”
“Don”, se haya ante la encrucijada de su existencia. Agobiado por los años, concluye: “sólo me queda morir.”
El silencio que circunda a ambos es semejante a un velo terso que une y separa a la vez, un silencio que se ahonda conforme pasa el tiempo y no obstante que cada cual siente afectos recíprocos, un dique emocional se apoltrona entre ellos, de ahí que se les mire metidos en lo suyo: uno, pensando que ha llegado, otro preguntándose por qué de esa presencia tardía.
El maullido y ronroneo de un gato oculto en algún reducto existente en el amontonamiento de cachivaches que yacen al amparo de una mediagua, atraen la atención de Saturnino, motivándole la evocación de un pasaje vivido en su infancia:
“Un día soleado de un mes de noviembre que estaba sentado entre mazorcas, maíz desgranado, arneros con tamo, costales de jarcia repletos de granos y olotes desperdigados. La campana y el reloj emitían sonidos anunciando las doce horas. Mi padre llamó a Morrongo, mi gato consentido, y después de acariciarlo, con un pedazo de madera maciza, empezó a golpearle la cabeza. Para que no se le escapara, lo sostenía de la cola columpiándolo como péndulo en movimiento. El animal de mirada con tintes de azul añil, de pelaje negro, otrora hermoso ejemplar de bigotes largos embadurnados de tufos de ratón, se convulsionaba; abandonaba su elasticidad de felino; sufría el rompimiento de su cráneo; agonizaba, sucumbía. ¡Moría emboscado! Traicionado. Todavía me parece ver sus ojos, esos bellos ojos desorbitados intentando mirar para encontrar respuesta a los impulsos cerebrales que le preguntaban por qué de su muerte repentina y cruel. Mi padre golpeaba con saña inaudita, al tiempo que yo gritaba desesperado en un intento por salvar a mi gato. Cuando yacía ensangrentado en el suelo, aún tuve la esperanza de que recurriera a su segunda vida; pero por más que lo alentaba se vino por tierra la creencia de que los gatos tenían siete vidas. Alejado de la escena funesta, lloré en un rincón la desdicha de mi gato.”
Como en aquellos años de su infancia, Saturnino, siente que cada golpe dado por su padre, lo induce al llanto; pero ahora, contrario a lo que la liviandad de su niñez le facilitó, no llora, sólo se atraganta la congoja que le trae el recuerdo y otra vez se pregunta: ¿fue la forma más sabia para contrariar el instinto de cazador que mi gato llevaba dentro y que lo hizo asiduo cazador de pollos? No quiere ir más allá y como siempre, en su condición de hijo, piensa: lo hecho por mi padre está bien hecho, por la sola condición de que es mi padre. ¡No se diga más! —concluye— .Trae a su mente el decir de su madre: “No somos nadie para juzgarlo. ¡Dios dirá!”, como ayer, la conformidad le llega; aunque no la comprensión a lo que su padre manifestó, refiriéndose a ella cuando yacía casi inmóvil y agonizante en su lecho: “ Ya no me sirve como mujer... De una vez que se muera. No la mato porque no quiero que se diga que soy vil; pero, ganas no me faltan...” Las palabras son como latigazos; y otra vez el hilillo del resentimiento lo fustiga; pero teme acogerlo cuando a su mente arriba el relato que su abuelo le hiciera cuando en cierta ocasión le ejemplificó aquello de que “cada quien cosecha lo que siembra”. Parécele escuchar la voz del anciano:
En el patio de una casa habitada por una familia acomodada, un niño, valiéndose de un cuchillo de cocina, intentaba redondear un pequeño trozo de madera. El padre de éste, atraído por el ahínco que demostraba su hijo, se acercó a él y lo interrogó:
—¿Qué hace mi cachorrito?
—Un plato— contestó el niño sin despegar los ojos del trozo de madera.
—¿Un plato...? ¿Haz dicho un plato?
—¡Sí, papá... un plato!
—¿Pero, para qué quieres un plato de palo si en esta casa abundan platos de fina porcelana?
—Sí, papá; pero yo haré un plato de palo, como tú lo llamas.
—Pero, dime, ¿para qué lo quieres...? ¡Dime...! ¿Para qué?
—Para ti... papá; para ti; para cuando seas viejito, como mi abuelito.
El padre, molesto, intentó golpear al niño; pero viendo que éste trabajaba con natural empeño, se contuvo. En la tranquilidad de su alcoba, compartió con su esposa la preocupación que le motivaba la actitud de su h ijo.
En las primeras horas del día, cuando el niño se disponía a concluir su tarea, el abuelo fue traído del cuarto de los trebejos a una recamara aireada y soleada de la casa; se le bañó con esmero y cubrió su cuerpo con ropas limpias, también se le llevó al comedor y sin importar que sus manos temblorosas dejasen caer platos y tazas, los alimentos se le sirvieron en trastes de fina hechura. Satisfecho por las atenciones que se le daban al anciano, el niño dejó inconcluso el plato. Su padre lo abrazó con cariño.
Cuentan —había concluido su papalico— que de los platos de palo usados por el abuelo, sólo quedó el recuerdo; como quedó en el recuerdo el trabajo tesonero del nieto.
Intentando arribar al olvido, deja escapar de sus labios sonidos que atraen al animal: “bicho, bichito... bichito...”, al tiempo que, a manera de respuesta de éste, se escucha un maullido remolón, parecido al que emitía el Morrongo cuando se arrimaba a las piernas de su amo para lograr que le acariciaran el lomo y le dieran sopas con manteca.
Padre e hijo, se miran, como si ambos hubiesen coincidido en la vida del Morrongo. La evocación deja al desnudo sentimientos escondidos que, a fuerza de estar enclaustrados, se han transformando en resentimientos; pero Saturnino recuerda a su madre, y parafrasea lo dicho por ella: “No soy nadie para juzgarlo. ¡Dios dirá!”
La tranquilidad que impera en el paisaje lo imbuye en sus reflexiones: ¿Cómo iniciar sin pensar en el final? ¿Cómo pensar en el amor sin trastocar el desamor...? ¿Cómo evocar sin sentir la fustigación del olvido encubierto...? ¿Cómo llegar y remover escombros sentimentales que apretujan el alma...? ¿Cómo hablar sin corromper silencios...?
El amontonamiento de ideas semeja maraña; hilaza sin principio ni fin, nave sin proa, navegante sin puerto, céfiro sin rumbo. Sólo será de entrada por salida, como quien no quiere la cosa; como quien dice: para taparle el ojo al macho —le rebotan en la memoria las frases que su conciencia le dicta para sosegar sus deseos, anhelos, remordimientos y resentimientos.
Pasan frente a él algunos conductores de automotores a quienes pide que lo lleven; pero ninguno se detiene. Como autómata, con el brazo en alto, insiste en su propósito sin asimilar el desdén de aquellos que lo miran pero no le dan respuesta alguna. Transcurren algunos minutos que le parecen eternos. La soledad del solar, y su soledad adosada al frío lo atosigan y lo inducen a pensar en el ayer, ahí apenas unos años atrás, cuando por la misma ruta que ahora desanda, salió con sentimientos encontrados: unos, diciéndole: ¡Aléjate! Ojos que no ven, corazón que no siente... los amores perdidos, como a los muertos, se les entierran;” otros, contrariando: “¡Quédate! Sólo los cobardes huyen para no enfrentar su adversidad, las batallas se ganan en el frente... santo que no es visto, no es adorado”.
Para cuando los primeros destellos solares dibujan la aurora, el cuerpo de Saturnino se zangolotea en la cabina destartalada de un viejo camión de redilas oscilantes y lámina mohosa en la que imperan brochazos de pintura color verde tierno, y en cuya parte frontal luce la enorme cornamenta de un ejemplar vacuno. Desde allí, avizora sembradíos que semejan tapices multicolores ensamblados con pulcritud artesanal; observa residuos acuosos acumulados y se embelesa ante la pluralidad del relieve conformado por el valle rodeado por domos, cerros y lomerío.
Al escudriñar el paisaje, encuentra alientos y vivencias que arriban a él. Revive recuerdos de su niñez, recuerdos de cuando recorría los caminos llevado ahorcajado en el cuello de sus tíos, o en ancas de los caballos jineteados por su padre o su abuelo; atrae vivencias de las andadas de arreador de vacas paridas, dadoras de leche espumosa en el patio de su casa; añoranzas de su adolescencia en la que idealizó a su abuelo y también a su maestra a quien amó y miró como estrella inalcanzable; sin olvidar que idolatró a la vecina de carnes tilicas, facciones diminutas, pecas en la piel y cabellos amordazados en un remedo de molote apretujado por una peineta de carey. De su juventud, afloran reminiscencias de rebeldías, anhelos, osadías, frustraciones y realidades y de la antesala de su hombría, acuden pormenores de noches bohemias en las que, en compañía de sus amigos, entonó canciones de Pancho Padilla, Álvaro Carrillo, Indalecio Ramírez, Agustín Ramírez...
Cual bálsamo cicatrizante de las heridas que le produjeran el desamor, le afloran deseos que lo inducen a canturrear: parece mentira que ahora, no quieras saber más de mí, si ayer en tus brazos me dabas tu amor con frenesí, me quieres o...
Un repentino y abruto palpitar sacude sus entrañas y le enrarece el entendimiento. Tan metido va en lo suyo, que no atiende los pormenores del monólogo de su benefactor ocasional de quien apenas escucha algo de lo mucho que le dice en la proximidad de su adiós: “no pasaré por el centro del pueblo. Me iré de largo, pero no olvide que... Tenga presente... Lo dejo en la orilla...”, advertencias que ignora y otra vez, de repente, se percata de que está de pie en la cuneta de la carretera, y más aún, que descendió del vehículo sin haber dado las gracias ni despedirse siquiera del hombre que fue amable con él.
—Seguramente habrá pensado que soy un idiota— se dice para sus adentros.
En pos de su afán, camina rumbo a la avenida principal que da acceso a su pueblo, pero antes de llegar a ésta, desvía sus pasos al paraje denominado Las Piedras Altas, situado a un lado de la ruta que lo guía. Se encarama en una enorme roca, y con la emoción que produce el retorno a lo querido, escudriña el entorno. Su cuerpo asimila la luz tempranera y se estimula con la humedad asentada en los suelos. En la amalgama de sus pensamientos, descuella la imagen de Abril Fernanda al tiempo que su mirada se posa en la hierba que fenece en un recoveco de tierra asida a la concavidad de un promontorio rocoso, parece sentir o resentir los momentos del desenfreno amoroso vivido en ella. ¡Vive...!, revive su ayer, tan hondamente, que no se percata del tiempo transcurrido. Quienes lo ven, sin reconocerlo, se plantean interrogantes:
—“¿P’os qué hace ese, allí encaramado? P’os ni que fuera zopilote. ¿Y ahora qué, con eso de estar... mirar y mirar?”
En El Valle, el calor matinal da ventura a los cultivos que crecen en la tierra fértil alentados por el riego sobre amelgas o la humedad que yace bajo las costras terrosas de los barbechos. Saturnino Lama, observa en la amplitud de él: bultos con indumentaria blanquecina, gente que va de aquí para allá, de allá para acá; hombres y mujeres; campesinos que transitan entre verdores que contrastan con los suelos sacamoleados que esperan las simientes que fermentarán impulsadas por las aguas del temporal lluvioso que se avecina.
El calor arrecia y mientras unos zanates relumbrosos cogen chapulines en las cercanías de una milohuatera, en el infinito azul del cielo el estruendo de un cohete rompe el silencio, y prende la algarabía del festejo de la Santa Cruz en distintos lugares del entorno: la Cabaña de don Fabián, El rincón de los amates, Pacho, Santa Rosa, Mechacingo, Zoconantitlán, El Fortín, Texcalzín, Machohua. La cuchara del albañil y la pala del chalán quedan bajo resguardo porque es día tres de mayo, fecha dedicada a la Santa Cruz, y también a los constructores, quienes desde temprana hora han traído sus cruces ornadas con listones y flores.
Un campesino cultivador de hortalizas emite un agudo y prolongado grito cuyos sonidos, cual abanico extendido, se dispersan en el relieve que semeja mosaico de matices florales que simbolizan vida y esperanza; se dispersa, extinguiéndose en la distancia delimitada por el horizonte lejano. Las manos del hombre abandonan la tarecua, el azadón, el toconi y se allegan de tapayolas, varas de San José, margaritones, terciopelo, Sangre de Cristo, perritos y mercadelas que acoge en sus brazos. ¡Es día de fiesta! Día de expresiones rogativas, solemnidad y misticismo; día de plenitudes y desahogos; día de veneración y felicidad pueblerinas. ¡Día de la Santa Cruz!
Acicateado por sus vivencias y las manifestaciones jubilosas de su coterráneos, reinicia su caminar; desciende con ánimo renovado hacia el caserío. A su paso encuentra a quienes su presencia es motivo de admiración; ya por su prolongada ausencia; ya por lo que se supone fue su alejamiento; ya porque lo ven con su indumentaria catrina o bien porque le miran como si fuese un reaparecido.
— Hasta hoy viene a dar Saturnino. ¡Dios mío! ¿Si supiera cuánto tiempo lo esperaron su padre y hermanos? ¡Qué ingratitud!— murmura doña Mercedes Guevara, la rezandera del barrio, al tiempo que se santigua como si temiese que algo malo le sucediera.
— ¡Qué dios la guarde, doña meche! ¿Cómo están por allá en su casa?— suena la voz del recién llegado que se manifiesta en apego a las costumbres del pueblo.
— Bien. ... Todo bien... Satur...
En las expresiones de la anciana, amables, pero parcas, deja entrever que el padre de Saturnino, se quiere morir, y que por más que sus otros hijos intenten distraerlo, el anciano está metido en lo suyo, con su cantaleta: “me quiero morir... me quiero morir”. Cosa que preocupa a sus vecinos y amigos. Saturnino no emite respuesta alguna, sólo muestra preocupación que rubrica su adiós.
En la calle principal, sonido de flautas y el tuntunear de una tamborilla anuncian el porrazo de tigre.
—¡Viene el encuentro!— dice la gente al tiempo que resuenan acordes del Chile Frito y bailan los Manueles, seguidos de los Diablitos.
Allá truena el chirreón del tlacololero mayor, y se oyen sungas de huexquistles y mojigangas.
La mayordomía pasea su algarabía y su veneración a la Santa Cruz. Entre la multitud, mujeres que apretujan sus cinturas con rebozos, transportan una vara de la cual cuelgan velas de cera y cadenas de tapayolas. Al tiempo que estalla la cohetería, manos comedidas ofrecen mezcal vertido en pedazos de carrizo.
—Hay fiesta en mi pueblo, señor— murmura Saturnino.
Los chamacos esparcen su algarabía en el Callejón de los Dolores; transitan apresurados por este espacio que la autoridad del pueblo ha insistido en llamar Monte Blanco; pero quienes lo habitan lo han llamado y llaman a su modo: cuando no tenía denominación empezaron por nombrarlo callejón de la Dolores por eso de que en él residía Macrina Romero, madre de Chofa la partera a quien con sólo saludarla con un: “¿doña... cómo está?”, se soltaba diciendo que le dolía una y más partes del cuerpo, de ahí que sus vecinos le hayan endosado el mote de La Dolores; después, cuando ésta parió y crió a sus trillizas, callejón de las Dolores. La denominación actual quedó cuando la prole de doña Macrina y su marido El Doloritos se vio incrementada con el nacimiento de sus gemelos Los Doloritos; por eso y aunque hay una placa en lo alto de la pared de una de las esquinas que reza: calle Monte Blanco, la gente le llama Callejón de los Dolores.
¡Carajadas de la gente!
Saturnino adentra su andar en el callejón: ámbito de su pasado, espacio de juegos infantiles, paisaje de fantasías y realidades, lugar de quimeras de adolescente; territorio de amigos y adversarios, propiedad de todos y de nadie; cauce ocasional de aguas procelosas en donde zarparon, navegaron o naufragaron sus barcos de papel; solar de quicios y rincones testigos de caricias y besos primeros; foro de disputas, avenencias y contemplaciones.
Pasa de largo junto a la morada de doña Agapita, su maestra de párbulo que daba clases por una módica cuota que pagaban los padres de familia, de quien aprendió el Silabario de San Miguel, y en éste, a pronunciar ese deletrear que fue riguroso ejercicio en su aprender: ce ache i chi ve o vo (chivo) ce a che a cha eme a ma ce a ca (chamaca). Y lo que ayer fue llanto y temor por la exigencia de la mentora, hoy sólo es reminiscencia de castigos que le generan alegría misma que aflora a través de una leve sonrisa; y más, cuando esta vivencia lo vincula al momento en que, atraído por las mejillas sonrosadas de su compañera de al lado, le plantó un beso a lucesita, niña bonita de hermosos y brillantes ojos. Como acto reflejo, una de sus manos toca el glúteo que soportó en aquel entonces el cuerazo proveniente del coraje que había en su profesora por lo que consideró un atrevimiento indigno de un niño de escasos cinco años de vida.
—Aunque me castigaran otra vez, la volvería a besar. ¡Vaya que sí!— pensó para sus adentros.
Otra vez sonríe, mientras avanza. A pocos pasos de allí, detiene sus pasos frente a la que fuera su casa paterna, y le da por escudriñar la fachada de la misma. Imbuido en lo que hace, no repara que lo observan algunos de sus antiguos vecinos, entre ellos jesusita, quien lo columbró desde que se adentró en el callejón.
—El arribo del hijo ausente— exclama jesusa.
—¡Hasta que se dignó... !— remarca con la intención de que se le escuche; mas, como advierte que nadie la atiende, abandona el propósito que la llevaba fuera de su casa, y traspone sus pasos a través de la primera puerta que ve entreabierta y ahí, se entrega a sus habladurías; suelta una retahíla de hechos o suposiciones en torno al recién llegado.
—Segura estoy que no tanto viene por su difunta, seguro que está aquí por Abril Fernanda, porque deben de saber que...— casi se ahoga por su decir arrebatado, reforzado éste con gesticulaciones y ademanes ante alguien que le da poca importancia a su verborrea.
Afuera, en el callejón, los nudillos de la mano izquierda de Saturnino, golpean, primero con suavidad y después con fuerza, la carcomida madera que resguarda la privacidad de “don”, su padre. Su insistencia se detiene al escuchar un acompasado y lento caminar que va hacia él, al tiempo que suena tras la puerta una i nterrogante:
—¿Quién es?
—Yo— se concreta a responder, titubeante.
En el encuentro no hay mayor demostración de
afectos; aunque Saturnino experimenta en su interior el animoso regocijo que lo induce a estrechar entre sus brazos a su progenitor, se detiene y dice:
—Santo, papá— se concreta a saludarlo.
—Dios te bendiga— responde el anciano.
No median otras expresiones. Después de frases entrecortadas, carentes de contenido, se da entre ellos una conversación informal en la que cada cual guarda sus emociones, pensamientos, sentimientos, añoranzas, y tal vez reclamos. Saturnino mantiene su mirada enfocada a los pies de su padre, como se le enseñó antaño: “no mires a la cara de tus mayores, y menos cuando se te está regañando, porque se te secan los ojos...” Hoy, no hay regaño, pero le dura y acata la sentencia. Le vienen a la mente algunos refranes que enmarcaron su comportamiento ante sus mayores: cuando habla cana, calla moco, donde manda capitán no gobierna marinero, más sabe el diablo por viejo, que por diablo, como te ves, me vi, como me ves, te verás...
Con la mirada en el suelo áspero conformado por un amasijo rugoso y mal extendido de un albañil chambón, “don” descansa su cuerpo en el mullido tejido de palma de zoyate que conforma el asiento de una silla estructurada con fajillas y retazos de madera envejecidos; reposa sin mostrar la emoción que le genera la presencia de su hijo, el xocoyote.
Saturnino, traspasa los umbrales de la casa; va por ahí como si buscara algo en corredores, cuartos, cocina, jardines y patio pueblerinos. Conforme avanza encuentra vestigios de haceres y utensilios que se allegan quienes cultivan el campo o se dedican a la crianza de animales; husmea aquí, allá y hurga en el aposento materno en el cual imperan silencios y recuerdos amontonados. Un torrente lacrimoso amenaza inundar sus ojos, pero lo reprime; su garganta lo traga dolorosamente. “Don”, acogido en su silencio, observa a su hijo. “Los años no pasan en vano —murmura—, su físico no es el mismo; parece como si de repente se le hubiesen venido los años encima; pero, aún es fuerte. ¡Oh, Dios! Qué no diera por volver a tener ese vigor, fuerza y voluntad, para salir airoso ante la adversidad y las dificultades de la vida. ¡Es más!, ahora que convengo lo que he vivido, lo que soy y lo que desearía vivir, hasta por menos daría todo lo que tengo; pero, por desgracia, mi esperanza de existencia se escapa y veo venir el golpe que la truncará de raíz. ¡Dios mío!, ¡cuán rápido transcurre el tiempo! Cuánta razón tienen quienes afirman que “la existencia es efímera, mero tránsito, mera ilusión pasajera.”
“Don”, se haya ante la encrucijada de su existencia. Agobiado por los años, concluye: “sólo me queda morir.”
El silencio que circunda a ambos es semejante a un velo terso que une y separa a la vez, un silencio que se ahonda conforme pasa el tiempo y no obstante que cada cual siente afectos recíprocos, un dique emocional se apoltrona entre ellos, de ahí que se les mire metidos en lo suyo: uno, pensando que ha llegado, otro preguntándose por qué de esa presencia tardía.
El maullido y ronroneo de un gato oculto en algún reducto existente en el amontonamiento de cachivaches que yacen al amparo de una mediagua, atraen la atención de Saturnino, motivándole la evocación de un pasaje vivido en su infancia:
“Un día soleado de un mes de noviembre que estaba sentado entre mazorcas, maíz desgranado, arneros con tamo, costales de jarcia repletos de granos y olotes desperdigados. La campana y el reloj emitían sonidos anunciando las doce horas. Mi padre llamó a Morrongo, mi gato consentido, y después de acariciarlo, con un pedazo de madera maciza, empezó a golpearle la cabeza. Para que no se le escapara, lo sostenía de la cola columpiándolo como péndulo en movimiento. El animal de mirada con tintes de azul añil, de pelaje negro, otrora hermoso ejemplar de bigotes largos embadurnados de tufos de ratón, se convulsionaba; abandonaba su elasticidad de felino; sufría el rompimiento de su cráneo; agonizaba, sucumbía. ¡Moría emboscado! Traicionado. Todavía me parece ver sus ojos, esos bellos ojos desorbitados intentando mirar para encontrar respuesta a los impulsos cerebrales que le preguntaban por qué de su muerte repentina y cruel. Mi padre golpeaba con saña inaudita, al tiempo que yo gritaba desesperado en un intento por salvar a mi gato. Cuando yacía ensangrentado en el suelo, aún tuve la esperanza de que recurriera a su segunda vida; pero por más que lo alentaba se vino por tierra la creencia de que los gatos tenían siete vidas. Alejado de la escena funesta, lloré en un rincón la desdicha de mi gato.”
Como en aquellos años de su infancia, Saturnino, siente que cada golpe dado por su padre, lo induce al llanto; pero ahora, contrario a lo que la liviandad de su niñez le facilitó, no llora, sólo se atraganta la congoja que le trae el recuerdo y otra vez se pregunta: ¿fue la forma más sabia para contrariar el instinto de cazador que mi gato llevaba dentro y que lo hizo asiduo cazador de pollos? No quiere ir más allá y como siempre, en su condición de hijo, piensa: lo hecho por mi padre está bien hecho, por la sola condición de que es mi padre. ¡No se diga más! —concluye— .Trae a su mente el decir de su madre: “No somos nadie para juzgarlo. ¡Dios dirá!”, como ayer, la conformidad le llega; aunque no la comprensión a lo que su padre manifestó, refiriéndose a ella cuando yacía casi inmóvil y agonizante en su lecho: “ Ya no me sirve como mujer... De una vez que se muera. No la mato porque no quiero que se diga que soy vil; pero, ganas no me faltan...” Las palabras son como latigazos; y otra vez el hilillo del resentimiento lo fustiga; pero teme acogerlo cuando a su mente arriba el relato que su abuelo le hiciera cuando en cierta ocasión le ejemplificó aquello de que “cada quien cosecha lo que siembra”. Parécele escuchar la voz del anciano:
En el patio de una casa habitada por una familia acomodada, un niño, valiéndose de un cuchillo de cocina, intentaba redondear un pequeño trozo de madera. El padre de éste, atraído por el ahínco que demostraba su hijo, se acercó a él y lo interrogó:
—¿Qué hace mi cachorrito?
—Un plato— contestó el niño sin despegar los ojos del trozo de madera.
—¿Un plato...? ¿Haz dicho un plato?
—¡Sí, papá... un plato!
—¿Pero, para qué quieres un plato de palo si en esta casa abundan platos de fina porcelana?
—Sí, papá; pero yo haré un plato de palo, como tú lo llamas.
—Pero, dime, ¿para qué lo quieres...? ¡Dime...! ¿Para qué?
—Para ti... papá; para ti; para cuando seas viejito, como mi abuelito.
El padre, molesto, intentó golpear al niño; pero viendo que éste trabajaba con natural empeño, se contuvo. En la tranquilidad de su alcoba, compartió con su esposa la preocupación que le motivaba la actitud de su h ijo.
En las primeras horas del día, cuando el niño se disponía a concluir su tarea, el abuelo fue traído del cuarto de los trebejos a una recamara aireada y soleada de la casa; se le bañó con esmero y cubrió su cuerpo con ropas limpias, también se le llevó al comedor y sin importar que sus manos temblorosas dejasen caer platos y tazas, los alimentos se le sirvieron en trastes de fina hechura. Satisfecho por las atenciones que se le daban al anciano, el niño dejó inconcluso el plato. Su padre lo abrazó con cariño.
Cuentan —había concluido su papalico— que de los platos de palo usados por el abuelo, sólo quedó el recuerdo; como quedó en el recuerdo el trabajo tesonero del nieto.
Intentando arribar al olvido, deja escapar de sus labios sonidos que atraen al animal: “bicho, bichito... bichito...”, al tiempo que, a manera de respuesta de éste, se escucha un maullido remolón, parecido al que emitía el Morrongo cuando se arrimaba a las piernas de su amo para lograr que le acariciaran el lomo y le dieran sopas con manteca.
Padre e hijo, se miran, como si ambos hubiesen coincidido en la vida del Morrongo. La evocación deja al desnudo sentimientos escondidos que, a fuerza de estar enclaustrados, se han transformando en resentimientos; pero Saturnino recuerda a su madre, y parafrasea lo dicho por ella: “No soy nadie para juzgarlo. ¡Dios dirá!”

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